Rozar una estrella con la punta de los dedos Cinco
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Cinco

La última hora de la mañana siempre se hacía demasiado larga, pero aquel día parecía haberse estirado más de la cuenta, y es que todos, lo verbalizaran o no, estaban ansiosos, aguardando la esperada entrega.

La profesora hacía hincapié en que lo que estaba explicando caería en el examen, seguro, con tal de que el grupo le prestara atención, pero varias conversaciones en voz baja la distraían hasta el punto de que también ella consultase el reloj cada dos por tres, deseando que terminase de una vez la jornada.

—¿A qué coño están esperando estas para repartir? —susurró Claudia, inclinándose ligeramente hacia atrás para mirar a Ana.

—Calla, que te oye la Bambi y acabaremos todos pagando el pato —respondió Ana, llamando a la profesora por el mote que le habían puesto los alumnos años atrás a su llegada al instituto.

Leire tenía la vista fija en el cuaderno, con el bolígrafo apoyado sobre la hoja y los dedos tensos alrededor del canuto plástico, haciendo el paripé de que tomaba apuntes, pero nada más lejos de la realidad, porque su cabeza estaba en otro sitio y no había forma de traerla de vuelta.

Desde que salieron de conserjería no se le iba de la cabeza lo que habían hecho. Allí sentada, mientras la mañana avanzaba como cualquier otra, notaba el estómago encogido. No sabía si era por los nervios, por arrepentimiento o por la inquietud de esperar a que sonara el timbre.

En la parte de atrás, Pedro hablaba con la naturalidad de siempre, sin preocuparse demasiado por bajar la voz.

—Como me toque una carta buena, os invito a todos a un café el lunes en el recreo, que lo sepáis.

—Tú invita igual, que tus padres son los dueños de la gestoría y tienes perras —respondió Manu—, que lo de la carta todavía está por ver.

—A mí me van a escribir fijo —añadió Joaquín, estirándose en la silla y cruzando los brazos detrás de la cabeza con gesto despreocupado.

—Sí, tu madre. ¿No es la conserje del insti? Habrá visto que no tenías ninguna y te escribió ella una por pena —soltó Santi, provocando una oleada de euforia general que se extendió por varias filas.

Pablo estaba apoyado contra el respaldo de la silla, con un brazo colgando y el otro haciendo girar un bolígrafo entre los dedos sin mirarlo siquiera, como si aquel movimiento le sirviera para mantenerse ocupado mientras escuchaba sin intervenir.

—¿Y tú qué, Vega? —le preguntó Pedro, girándose hacia él con chulería—. ¿Cuántas te van a caer?

Pablo levantó la mirada y se encogió de hombros.

—Las mismas que a ti.

—O sea, ninguna —añadió Manu.

—Exacto.

Pedro soltó una risa socarrona, provocando que Santi le lanzara la goma de borrar.

—Baja el volumen, colega, que parece que estás hueco.

Pablo volvió a bajar la vista, dejando que el Bic siguiera girando entre sus dedos, y suspiró, llamando la atención de Leire, que no pudo evitar guardar aquella fotografía del chico distante en su mente.

En ese momento llamaron a la puerta y el sonido hizo que varias cabezas se giraran a la vez, rompiendo por completo el hilo de la explicación.

La profesora dejó la tiza sobre la repisa y se giró, subiéndose las gafas de pasta con alivio.

—¿Sí?

La puerta se abrió y por ella asomaron las cabezas de las dos chicas de BUP que todos esperaban.

—Perdón… venimos a repartir las notas de San Valentín.

El efecto fue inmediato. Las voces se elevaron para convertirse en vítores y los chicos, como siempre, comenzaron a fanfarronear.

—Ah, claro —dijo la profesora, cerrando el libro—. Pasad. Ya pensé que se os había olvidado o que en esta clase nadie recibiría tarjetitas.

Entraron las dos chicas. Una llevaba el buzón y la otra una hoja doblada que desplegó con cuidado en cuanto se colocaron frente a la mesa.

La caja ahora era más fea que cuando las chicas bajaron a meter sus mensajes, pues, con el paso de las horas y el trajín de una clase a otra, la mayoría de los corazones se habían despegado.

—Hostia… —murmuró Pedro—. Vaya obra de arte.

—Ya lo sé —respondió una de las chicas de BUP, liándose un tirabuzón rubio en el dedo en un gesto coqueto, al pensar que el comentario iba por ella.

—Oye —se levantó para corregir el error—, a ver si ahora vas a dártelas de creída.

—Cállate —ordenó Pedro, tirándole del bajo del jersey para que se sentara.

—Vamos a ir diciendo nombres —anunció la chica de la lista, alisando el papel con la mano—. Cuando escuchéis el vuestro, venís a recogerla.

Todos empezaron a patear a la vez, en un coro de adolescentes con las hormonas disparadas en concordancia con las ganas de fiesta, ya que era la última clase del viernes y tenían el fin de semana al alcance de la mano.

Leire bajó la vista aún más, fijándola en una línea del cuaderno que no estaba leyendo, mientras notaba cómo el pulso se le aceleraba de forma involuntaria, como si su cuerpo se estuviera adelantando a lo que todavía no había ocurrido. Intentó pensar una buena excusa por si la pillaban.

—Pedro García.

—Ese soy yo —se señaló a sí mismo con las dos manos, levantándose de inmediato y caminando hasta la mesa con una seguridad que arrancó algunas risas.

Recogió el papel con la piruleta roja, volvió a su sitio y abrió la nota sin esperar demasiado.

—«Eres el chico más guapo del instituto y no dejo de pensar en ti» —leyó en voz alta, exagerando el tono.

El aula estalló en carcajadas.

—¡Mensaje de tu abuela Paca! —gritó Santi.

—O de tu prima —añadió Manu.

—¡A lo mejor son vuestras madres las que me lo mandaron! —exclamó refunfuñando, y el alboroto se intensificó, de modo que la profe tuvo que llamar al orden.

Pedro levantó la vista con gesto de superioridad.

—Bueno, por lo menos tiene carta —zanjó Rober.

Pedro dobló el papel con cuidado y se lo guardó.

—Manuel Ruiz.

—Voy —dijo Manu, pasando entre las mesas como si estuviera posando en alguna alfombra roja.

Volvió a su lugar, despegó el caramelo y abrió su escrito, que leyó por encima.

—«Me gustan tus ojos».

—Porque se parecen a los piojos —cortó guasón Santi.

—Reconoce que los tengo bonitos —se puso serio, pareciendo realmente molesto, antes de que se le escapara una risotada.

—Eso no te lo crees ni tú —dijo Pedro.

La dinámica se repitió varias veces, con nombres, bromas, comentarios y ese ambiente entre expectante y burlón que convertía ese día en un pequeño espectáculo dentro del aula.

Hasta que llegó el momento temido por Leire.

—Pablo Vega.

Pablo se levantó sin prisa, caminando hasta la pizarra con ese gesto tranquilo que tenía siempre.

La chica miró dentro de la caja y buscó hasta encontrar lo que iba dirigido a él.

—Tienes más de una.

Sacó una.

Luego otra.

Y una tercera.

—Toma.

—Hostia… —murmuró Pedro—. El chaval es como la San Miguel, donde va, triunfa.

Pablo las recogió sin hacer ningún comentario y volvió a su sitio. Se sentó. Las dejó sobre la mesa, abrió la primera y la leyó sin darle ninguna credibilidad ni importancia a aquellas letras.

—«Suspendí mates aposta para que mi madre te contrate como profe particular».

Las risas y silbidos no se hicieron esperar. Pablo cabeceó y esbozó una media sonrisa, dobló el papel sin cuidado y lo lanzó a la papelera con un movimiento limpio.

—Otra —insistió Pedro, inclinándose hacia delante.

Pablo hizo lo mismo con esa.

—«Tú eres mi Bollycao favorito, bombón».

—Esa es buena —dijo Joaquín.

Pablo negó levemente con la cabeza, la dobló y la tiró también.

Quedaba una. La de la piruleta de corazón con sabor a cereza.

El rojo del caramelo contrastaba con el folio blanco y, durante un instante, lo sostuvo entre los dedos sin abrirlo.

Leire sintió cómo el calor le subía por el cuello hasta las mejillas, obligándola a abrir el libro y hacerse la interesante leyendo el tema, cuando por dentro estaba descompuesta.

Pablo despegó el celo con cuidado, dejando el caramelo sobre la mesa, y la desdobló intrigado. Empezó a leer, pero no en voz alta. Movía los labios en silencio.

En la clase continuaba el jolgorio, pero alrededor de él pareció hacerse un pequeño hueco, como si todo lo demás quedara ligeramente en segundo plano.

—Lee —exigió Pedro.

Pablo levantó la vista un segundo y lo miró cortante.

—Calla.

Regresó a aquellas palabras y lo siguió haciendo para él.

Su expresión cambió de forma casi imperceptible, como si algo no encajara con lo que esperaba encontrar y esas letras no tuvieran nada que ver con las frases de las otras dos notas.

Entonces, sin decir nada, la dobló y la guardó en su clasificadora.

—Te quedaste blanco, macho —soltó Santi.

—No es nada —aseguró Pablo.

—¿Cómo que nada?

—Que nada.

—Léela.

—No.

—Venga, tío —insistió Pedro—. No seas así.

Pablo apoyó la mano sobre la carpeta y con la otra se mesó el cabello de manera nerviosa.

—Que no me da la gana, joder. No seáis plastas.

—Seguro que es una cursilada.

—Lo que sea, es algo que solo me interesa a mí.

Pablo intentó centrarse en lo que quedaba de clase, pero su mente sopesaba posibilidades que le dijeran quién había sido la autora de esas palabras que le habían cortado momentáneamente la respiración.