Cuatro
—Te veo, a la hora de meter la nota en el buzón, mirando a un lado y a otro como si fueras un espía en plena misión imposible. —Vera le dio un codazo divertido a su madre, que entrecerró los ojos y la observó con una falsa inquina que jamás sentiría de verdad hacia ella.
—Voy a prepararme una infusión y ahora vuelvo. —Amagó con levantarse de la cama, pero su hija la sujetó del brazo.
—De eso nada, que ahora se está poniendo interesante el cuento. Sigue, porfa. —Hizo un pucherito infantil que rindió el corazón de su madre.
—El caso es que yo no los eché.
—¿Cómo?
—Volvamos a esa época.
Leire llegó al instituto con la nota doblada en el bolsillo de su cazadora verde militar, esa que tanto se llevaba por entonces y que ella usaba siempre.
Cada vez que pensaba en la locura que estaba a punto de cometer, apretaba el papel entre los dedos con suavidad, como para comprobar que seguía ahí y que no había desaparecido por arte de magia en el último momento.
Aunque, pensándolo bien, ¿quién iba a quitárselo y para qué?
Guardó la carta de amor, y otras tantas veces la sacó antes de salir, dudando frente al espejo, acercándose a la puerta y volviendo atrás sin motivo claro, pensando en si era o no buena idea llevarla, como si todo aquello no fuera más que un juego de niñas inventado en una tarde tonta, del que todavía estaba a tiempo de echarse atrás antes de meter en serio la pata.
Pero allí estaba, en la entrada del centro, con el papel doblado en cuatro y una piruleta de corazón pegada con fiso en un lateral. A nadie le amarga un dulce, así que las chicas decidieron ponerle los caramelos para que, si lo que les escribieron no les hacía gracia, al menos se endulzaran.
Ana fue la primera en sacar a relucir el tema en cuanto entraron al aula, dejando la mochila caer con un golpe metálico contra el suelo, por culpa del estuche de lata que llevaba en la parte inferior, antes de girarse hacia las demás con la sonrisa que delataba cuánto disfrutaba con todo aquello.
—¿Estáis preparadas?
—Sííí. Aprovecharemos el recreo —añadió Claudia, que entró tras ella, empujando la silla hacia atrás con el pie mientras se recogía el pelo con un coletero que llevaba puesto en la muñeca como pulsera.
—Bajaremos solo dos. No es cuestión de llamar la atención —avisó Ana, a la que ya se le notaba la impaciencia por terminar con eso cuanto antes.
—¿Quién hace de vigilante? —preguntó Claudia, mirando de una a otra, porque alguien tendría que comprobar que no esté ninguno de estos por allí.
—Iremos Leire y yo —contestó Ana, tan fresca—. Ella las meterá en la caja y yo me quedaré en la esquina. Ya tengo todo pensado para que nada falle.
—¿Por qué yo? —protestó Leire, levantando las cejas.
—Porque sí. Cállate. No te quejes, que yo también voy a pringar contigo —Ana le guiñó el ojo, infundiéndole calma.
—Vale. Pero si os pillan, yo no os conozco —intervino Nerea.
—Qué buena amiga eres —Leire puso los ojos en blanco y se sentó, resoplando, en su silla, a la vez que buscaba en el bolso lo necesario para la primera clase.
—La mejor.
Sacó el estuche, luego el cuaderno, colocó el bolígrafo, el lápiz y la goma en línea con el borde de la mesa, y volvió a tocarse el bolsillo de la chaqueta para notar el relieve del papel.
La nota seguía ahí.
En mitad de la clase de matemáticas, mientras la profesora resolvía un problema en la pizarra, con el consiguiente chirrido de la tiza al escribir, un trozo de folio doblado aterrizó en la mesa de Leire, lanzado por la mano que Ana llevó hacia atrás desde la silla de delante.
No te mosquees. Prefiero que vayamos tú y yo. No quiero dejar en manos de algunas tu carta. Es demasiado bonita y puede servir de cachondeo.
A Leire se le aceleró el pulso al recordar el poema, y agradeció en silencio que su amiga hubiera pensado en ella.
Escupió el Bang Bang de fresa y plátano que llevaba en la boca en el papel del mensaje de Ana y se levantó a tirarlo a la papelera, regalándole una sonrisa a la chica como una forma silenciosa de decirle que todo estaba bien entre ellas.
A la hora del recreo, las cuatro salieron juntas al pasillo. Nerea y Claudia entraron en el servicio, donde ya había cola, y Ana y Leire emprendieron la misión secreta, llevando con ellas los escritos de San Valentín de todas.
Bajaron las escaleras y atravesaron el edificio hasta el pasillo de conserjería, intercambiando miradas de reojo y sonrisas nerviosas que las delataban.
El buzón estaba allí, en el mostrador.
Era una caja de cartón forrada con papel rojo sobre la que habían pegado, sin demasiado cuidado, una decena de corazones mal recortados. Se notaba que quien lo hizo tenía el mismo interés por el festivo amoroso que el que producía en Leire.
En la parte de arriba había una ranura y, debajo, escrito con rotulador negro, pusieron BUZÓN DEL AMOR , en esa letra chula con la que se escribían los títulos de los trabajos, lo que hoy conocemos como lettering .
—Tía, esto es más cursi que un almendro en flor. Es peor de lo que imaginaba —se le escapó a Ana.
—Calla y quédate en la esquina. Vigila, ¿eh? Que ya nos conocemos y al final seré yo la única pardilla que pringará por esto.
Leire sacó las notas del bolsillo con cuidado, alisando inconscientemente la esquina arrugada de la suya con el pulgar. Las piruletas seguían fijadas en todas ellas. La cosa iba bien.
—Venga —la apremió Ana, girando la cabeza hacia un lado y luego hacia otro—. Rápido.
—Voy…
Sabía que era la estupidez más grande que había cometido hasta la fecha y, teniendo en cuenta el grupito con el que se juntaba, eso ya era meritorio.
—Vamos, hostias. ¿Qué piensas ahora, Leire?
Ana abandonó su puesto de vigilancia y se aproximó a su amiga a velocidad de tornado. De pronto, Leire ya no tenía nada en las manos, y fue Ana quien, sin miramientos, las tiró todas de golpe en el interior de aquella caja horrorosa.
—A tomar por culo. Ya está.
—Tú, tú… —balbuceó Leire.
—Si espero más por ti, nos dan aquí las uvas.
—Ay, madre… —suspiró, llevándose la mano a la frente—. ¿Y ahora?
—Ahora nos vamos al patio con las otras, que hoy mi madre me preparó un bocata de chorizo Revilla rojo y, con todo este rollo, no me dará tiempo a hincarle el diente.