Rozar una estrella con la punta de los dedos Tres
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Tres

El piso de Ana se encontraba a unos quince minutos del instituto, y estaba situado en la planta superior de una bonita casa de fachada encalada en la que vivían sus abuelos paternos. La escalera aún olía a guiso cuando Leire llegó acompañada por el resto del grupo.

Subieron hablando todas a la vez. Lourdes protestaba por la idea que habían empezado a comentar en el patio, mientras María insistía en que todavía no habían decidido nada, que se esperase a ver qué era lo que se proponían antes de poner pegas.

—Qué coñazo eres, tía, te quejas por vicio. Si lo sé, ni te incluyo. Te advierto de que estás a tiempo de darte media vuelta y marcharte a tu casa —respondió María, al tiempo que llamaba a la puerta.

Su amiga abrió enseguida y todas entraron.

La habitación de Ana tenía ese desorden que a Leire no le permitía su madre.

Había ropa doblada a medias sobre la silla del escritorio, varias cintas de casete tiradas al tuntún junto al radiocasete y hasta un póster enorme de los Backstreet Boys pegado en la pared, desgrapado, claramente, de una Super Pop.

El rubito Nick Carter sonreía desde el centro de la imagen con esa actitud de chico seguro que le daba saber que todas las chicas del planeta se morían por sus huesos.

—No miréis mucho —se disculpó Ana—. Mi madre ha recogido esta mañana.

—Eso explica por qué hoy se puede caminar por esta selva sin encontrarnos con un león —comentó Claudia, divertida.

Las chicas se sentaron en el suelo formando un círculo.

—Vale. ¿Cuál era exactamente la brillante idea? —Nerea fue directa al grano.

—Vamos a liarla parda este San Valentín. —María desató su risa de bruja malvada.

—Ya empezamos —bufó Lourdes.

—Escucha primero. Ana y yo ya hemos hablado. La llamé antes y le dije que tuviera preparado todo —informó María, refiriéndose a la llamada que obligó a Ana a dejar los garbanzos a medias para ir a atender el teléfono que tenían sobre el mueble bar.

Ana desapareció un momento y volvió con un cuaderno y varios bolígrafos de plástico de colores con tinta de olor a distintas frutas, o eso decían, aunque a Leire le olían todos igual.

—Cada una escribirá una nota —comenzó a explicar María, con la mirada chispeante por la genial idea que habían tramado.

—¿Una nota de qué? —preguntó Nerea.

—Romántica. ¿De qué otra forma va a ser? Hemos hablado de San Valentín, no de la nota de la compra que tiene tu madre en la puerta de la nevera —soltó Ana, poniendo los ojos en blanco.

Claudia achicó los ojos, escudriñando a sus dos compañeras más lanzadas, valorando cómo resultaría aquel embrollo en el que se estaban metiendo.

—Eso me gusta —afirmó al fin.

—Es infantil —juzgó Lourdes.

—Claro que lo es —respondió Ana—. Y precisamente por eso es divertido. No se le hace daño a nadie.

María arrancó varias hojas del cuaderno y empezó a cortarlas en trozos más pequeños.

—Cada una escribirá una nota anónima para un chico de clase. Las meteremos sin que nos vean en el buzón del amor que está en el mostrador de conserjería.

—¿Para cualquiera? —quiso asegurarse Leire.

—No.

Ana levantó un puñado de papelitos.

—Para el que te toque —intervino María.

—Ahí está el problema —Lourdes torció el gesto—. ¿Y si el que me toca no me gusta?

—No tiene por qué ser el amor de tu vida, tía. Lo hacemos de coña. Es una chorrada para reírnos un rato. ¡Venga, no seas palo! —exclamó Claudia.

Ana se puso a escribir los nombres de los chicos del equipo de baloncesto.

—Manu, Santi, Rober, Pedro, Joaquín… ¿Falta alguien? —preguntó.

—No has puesto a Pablo —intervino María.

Claudia silbó, viniéndose arriba.

—Esto se pone interesante. El monumento del instituto.

Leire bajó la vista, rogando que no le tocara precisamente a ella, al tiempo que Ana doblaba todos los papeles y los mezclaba en la palma de la mano.

—Venga. Uno para cada una.

Nerea fue la primera en coger el suyo.

—Santi.

—El graciosete —apuntó Claudia.

María cogió el siguiente.

—Pedro.

—Ese tiene un carácter más raro que un perro verde —soltó Ana—. Menos mal que te tocó a ti.

—Y vosotras os quejabais —resopló María, haciendo volar el mechón pelirrojo de su flequillo rizado.

Llegó el turno de Claudia.

—Manu.

—¿Te lo cambio? A ver si va a pensar que es verdad que estás por él con lo que nos contaste de los besos…

—No se puede. Eso es trampa —saltó María como un resorte—. A jodernos con lo que nos toque.

Lourdes suspiró mientras cogía el suyo.

—Joaquín.

—Te ha tocado el más normal. Has tenido suerte —la animó María.

Solo quedaban dos papeles.

Ana miró a Leire y puso ante ella la palma de la mano con los dos papelitos que quedaban.

—Venga —le ofreció que eligiera el suyo antes.

—Coge tú primero —renunció Leire.

Ana agarró uno de ellos, lo abrió y leyó.

—Me tocó Rober, el calladito.

Miró el último papel que quedaba en su mano. Y levantó las cejas, enseñándole a Leire el que le había caído en suerte a ella.

—Pablo.

Claudia soltó una carcajada.

—Esto es el destino.

—No —rebatió Leire inmediatamente.

—Sí.

—Cambiamos.

—No se puede cambiar —insistió María.

—Claro que se puede —Leire se puso roja como un tomate y Ana empujó hacia ella un bolígrafo rosa con tinta de brillantinas y olor a fresa.

—Venga. Dale caña. Escribe esa notita que logrará conquistar a tu Romeo. —Ana le guiñó el ojo, cómplice.

—No sé qué poner.

—Invéntate algo.

—Tú escribes mejor que todas —le recordó Claudia.

—Eso no es verdad.

—Claro que lo es. No sé cómo estás en ciencias con lo que te gusta la poesía.

Leire tomó el bolígrafo, lo giró entre los dedos y durante unos segundos se mantuvo pensativa ante el papel en blanco. Las demás hablaban entre ellas, pero ella ya no escuchaba lo que decían.

Levantó la vista hacia la ventana, viendo cómo el cielo se iba oscureciendo poco a poco y en el cristal se reflejaba una franja azul donde empezaban a aparecer las primeras estrellas.

Pensó en Pablo y en lo lejos que siempre lo veía. Bajó la mirada, apoyó la punta del bolígrafo sobre el papel y escribió.

Me conformo con mirarte desde lejos,

Se detuvo y arrugó el ceño.

—¿Qué haces? ¿Reescribiendo El Quijote? —bromeó Ana.

—Nada. Deja de cotillear y céntrate en la tuya.

Tapó la línea con la mano, pero el bolígrafo siguió moviéndose.

como se mira el cielo algunas noches,

sin esperar que la luna vaya a respondernos.

Las palabras salían a borbotones, sin pensar demasiado.

Hay luces que no se acercan

y, aun así, iluminan…

Cuando terminó, le devolvió el boli a su amiga e intentó relajarse. Realmente le había costado un mundo poner sus sentimientos por escrito.

—Vale —aplaudió Nerea, emocionada—. Ahora sí.

Las cuatro se inclinaron sobre el papel.

María fue la primera en hablar.

—Eso no es una broma.

Claudia alzó la vista.

—Es un poema precioso.

Leire se encogió de hombros.

—Pues será una broma poética. Es lo que me ha salido.

Ana dobló el papel con cuidado.

—El tío que reciba esto se enamorará perdidamente —aseguró María.

—O pondrá cara de tonto intentando descifrar qué es lo que le quieren decir. —Claudia soltó una carcajada.

Ana escribió Pablo Vega en una esquina y luego dejó la nota sobre la mesa junto a las que escribieron las demás.

Durante un momento se quedaron contemplando los papeles doblados. Nerea fue la primera en romper el silencio.

—¿Nos hacemos el test ?

—¿Qué? —preguntó Lourdes.

Claudia cogió una revista del montón que había sobre la cama.

—Ahora toca algo más importante. —Levantó la revista.

—Nuevo Vale. —Ana hizo un bailecito sensual con los hombros.

—Me encanta —se sumó Nerea.

—Escuchad esto —leyó Claudia—. Test: ¿Estás preparada para tu primera vez?

Ana rompió a reír.

—¡Hostia!

Mientras tanto, Lourdes había cogido la Super Pop. Se sentó en la cama y empezó a pasar páginas. Leire fue a tomar asiento a su lado.

—Yo paso de esas guarradas.

—¿Qué hay?

—Consejos para tener unas uñas perfectas.

—Eso suena interesante. Yo no tengo, porque me las muerdo, pero estará bien saber lo que se lleva para cuando pase la Selectividad y me crezcan —susurró Leire, mostrándole las manos a Lourdes.

—Y también tiene el horóscopo.

—Me quedo contigo. Ya me convenciste.

Al otro lado de la habitación empezaron a responder las atrevidas cuestiones del test .

—Primera pregunta —avisó Claudia—. «Cuando estás a punto con tu chico…»

—Para empezar, no tengo chico —dijo María.

—Imagínate uno. Sé que te mola Kevin de los Backstreet.

—Vale.

Claudia siguió leyendo.

—«A) Te pones nerviosa, pero te encanta. B) Prefieres esperar. C) No sabes bien qué hacer.»

Ana levantó la mano.

—A.

—Mentira —protestó Nerea.

—¿Por qué?

—Porque tú serías la D.

—¿Cuál es la D?

—Te tiras encima como una pantera.

La habitación estalló en risas. Leire hizo un gesto con el dedo en su sien.

—Estáis fatal.

—No te metas —respondió Ana—. Tú estás leyendo sobre uñas.

—Y horóscopos —añadió Lourdes.

—A ver qué dice el de Leire —se interesó Ana.

Lourdes pasó la página.

—Cáncer —leyó en voz alta—. «Pronto podrías descubrir algo sobre una persona que te gusta.»

Ana levantó la cabeza.

—¿Será sobre Pablo? Descubrirá que lo que tiene de macizo lo tiene de insulso cuando no sepa cómo interpretar lo que le puso —río Nerea.

—Como sigáis con la tontería, rompo la dichosa carta y no participo en este asunto, ¿eh? —se mosqueó Leire.

—Venga, vamos a seguir con el test , que son diez preguntas —convino Ana—, que enseguida llegarán mis padres y no les gusta escucharnos hablar de estas cosas.

—Por cierto, es raro no escuchar hoy la música del cuarto de Rafa. — María preguntó de manera indirecta a Ana por su hermano, de quien Leire se enteró tiempo más tarde que su compañera estaba enamoradísima desde primero de BUP.

—Ha ido con alguien a ver algo para cierta persona —respondió misteriosa.

—No hables tan claro, que puede ser que nos enteremos a la primera. —María puso los ojos en blanco, y todas rieron.

—Lourdes y yo nos animamos a jugar también —frotó el hombro de su amiga, que la observaba sin poder dar crédito a lo que escuchaba—. Nos sentarán bien unas risas.

—Pero me voy en nada, ¿eh? Que tengo que sacar a Galleta —se refirió Lourdes a su amigo perruno.

Tiró del brazo de la chica y la llevó a sentarse en el suelo con las demás, con la intención de que olvidaran el tema del escrito y a Pablo.