Rozar una estrella con la punta de los dedos Dos
6%

Dos

A las once sonaba el timbre y, de repente, las puertas de las aulas se abrían mientras los alumnos salían con ganas de disfrutar del recreo.

Era el momento de comentar las respuestas del examen, organizar los planes del fin de semana o hablar de cualquier serie que estuvieran siguiendo en televisión.

El edificio tomaba vida de un modo más que curioso.

Alguien gritaba un nombre desde la otra punta del patio mientras un balón golpeaba, repetitivo, la pared del gimnasio con un sonido hipnótico, que se convertía en molesto si le prestabas atención, y las conversaciones se mezclaban hasta convertirse en una sola, en la que varios grupos acababan participando, a pesar de que cada uno tenía su sitio.

Los de letras ocupaban los bancos cercanos a la verja que daba a la carretera.

Los de ciencias se sentaban en el bordillo que rodeaba los pinos de la puerta de entrada.

Y el grupo de los chicos más imponentes del centro se apropiaba de las pistas, en especial de los bloques de hormigón que servían de contrapeso a las canastas.

A su lado, Ana hablaba sin parar mientras removía el azúcar de un café de máquina con un palito de plástico agujereado en toda su longitud.

—Te juro que mi hermano es idiota, tía —se quejaba—. Ayer le quitó las pilas a mi walkman y me suelta, echándole morro al tema, que era por las que yo le había cogido a él del juego. Hay que joderse.

Leire asentía de vez en cuando, con la mente bastante lejos de la conversación, cosa que no pasó desapercibida para su amiga, que la conocía mejor que cualquiera de las otras del grupo.

—No me estás oyendo.

—Sí te oigo.

—No, y lo sabes. Como dice el profe, oír y escuchar son cosas distintas, aunque usemos los dos verbos a la ligera.

Leire sonrió bajando la vista al suelo de gravilla de aquel rincón para dirigirla después a la pista de baloncesto.

—Un poco.

Ana siguió la dirección de sus ojos, tardando menos de un segundo en entenderlo todo.

—Ah. Vale. Es que por ahí anda Pablo, el guaperas oficial del insti.

Allí, cerca de las canastas, estaba el grupo de siempre.

Santi hablaba gesticulando como si estuviera contando una historia imposible.

Manu se reía antes de que terminara cada frase y Pedro apoyaba un pie contra la pared mientras lanzaba una pelota pequeña al aire y la volvía a atrapar sin mirar. Y, en medio de ellos, estaba Pablo.

Tenía una mochila colgada de un solo hombro y escuchaba la conversación asintiendo de vez en cuando con una sonrisa, como si lo que escuchaba le pareciera interesante, pero no tanto como para implicarse en ella. Pablo era alto. Mucho más que la mayoría de los del equipo.

—Sigues colgada de él —dejó caer Ana.

—Ni me fijé en que andaba por ahí.

—Eso no te lo crees ni tú. Lo único que te faltó fue ponerte a babear. ¿Cuánto llevas pillada por él? ¿Dos años?

—Solo estoy mirando porque parece que se lo están pasando bien.

—Claro, claro —Ana enarcó una ceja y se encogió de hombros, volviendo a remover el café.

—Eres muy tonta —resopló Leire, enredando con la hebilla del cinturón con el que ajustaba sus vaqueros.

—Te gusta demasiado.

—No es verdad.

—Leire.

—¿Qué?

—Te gusta desde el primer día del curso anterior.

—¿A quién le gusta quién? —interrumpió Yoli, apoyándose en la jardinera junto a Leire.

—A alguien que yo me sé —canturreó Ana, tomando un sorbo de su bebida.

—No me rayes, tía —Leire hizo un gesto con los hombros que pretendía ser una negación, pero no puso gran empeño en que resultara convincente.

—Esto es ridículo.

—¿Qué cosa?

—No me entero de nada. Voy a saludar a Jesusito, que anda solo por allí —se despidió Yoli de ambas.

—Te decía que me parece absurdo que nunca le hayas hablado. No me refiero a saludaros y eso, sino a conversar de verdad —insistió Ana cuando se quedaron solas.

—No tengo nada que decirle.

—Siempre hay algo que decir. Puedes empezar por un «me gustas mazo». ¿Qué te parece?

Los chicos del equipo de baloncesto del pueblo atrajeron de nuevo la atención de Leire. Pablo acababa de levantar la cabeza para contarle algo a Manu. Durante un instante sus ojos recorrieron el patio sin fijarse en nadie en particular.

Leire bajó la vista enseguida, por si se daba la casualidad de que sus miradas colisionaran y él se diera cuenta de la atención que ella prestaba a cada uno de sus movimientos.

—Nunca le diría una cutrada de ese tipo. Va a pensar que estoy flipada si me dirijo a él para soltarle eso de buenas a primeras.

En ese momento aparecieron María y Lourdes, que se acercaron a ellas caminando deprisa.

—El examen de filosofía va a ser horrible. No me entra Nietzsche —anunció Lourdes nada más llegar.

—Siempre dices eso —respondió María— y luego sacas más nota que todos.

—Porque me lo aprendo de memoria aunque no lo entienda.

—Pues haz eso y deja de jodernos con tus paranoias —espetó Ana, lanzando el vaso vacío a la papelera que tenía a unos metros.

Claudia llegaba también, con un vaso de chocolate de la máquina del pasillo. Le dio un sorbo y puso cara de decepción.

—Esto sabe a agua sucia.

—Déjame probar —pidió María, quitándoselo de la mano.

—Ni se te ocurra, o te dará cagalera —le advirtió Nerea, que venía devorando un bocata de salami de la cafetería—. ¿De qué habláis? —preguntó.

—Del examen —contestó Lourdes.

—Paso.

—Hay cositas más interesantes de lo que hablar —insinuó María.

Nerea miró alrededor del patio con expresión distraída hasta dar con lo que buscaba, o, más bien, con aquellos a los que buscaba.

—Ahí están.

Todas se volvieron hacia donde ella señalaba con el dedo. El grupo de chicos seguía cerca de las canastas.

Pedro acababa de empujar a Manu, que fingía haber caído al suelo con exageración, y Rober levantaba las manos riéndose mientras Santi decía algo que nadie más parecía haber escuchado. Pablo estaba apoyado en la pared.

—Están que crujen —espetó de pronto María—. ¿No te parece, Leire?

—Manu y yo coincidimos en un cumple el pasado fin de semana —respondió Claudia.

—¿Y? —curioseó Leire.

—Nos dimos un par de piquitos al final y cada uno a nuestra casa.

—¿Te acompañó a casa? —intervino Nerea.

—No. Se fue después con Santi a no sé dónde.

—¡Más tonto y no nace el colega! —exclamó Ana—. No sé qué os pasa a todas con la puñetera vergüenza de decir las cosas como son.

—El larguirucho es un bombón, pero es peligroso —Nerea repasó de arriba abajo al chico que ahora abría su botella de agua para darle un trago largo.

—¿Pablo? —preguntó Lourdes.

—Claro.

—¿Por qué?

—Porque os tiene a todas tontas —aseguró Ana—. Incluida a ti, Nere, pero especialmente a esta —colocó la mano sobre el hombro de Leire.

—No es verdad. —La implicada se apartó, indignada.

—Sí que lo es.

Nerea observó a Leire con curiosidad.

—Nunca lo entenderé —dijo Claudia, dirigiéndose a Leire.

—¿El qué?

—Que te guste alguien con quien nunca hablas.

Leire tardó un momento en responder.

—Pues yo tampoco entiendo que te guste alguien que aprovecha para meterte mano cada vez que puede y luego ni te mira —la cortó malhumorada, levantando un pequeño revuelo general entre el resto.

—Hostia, que Leire está espabilando —rio Ana con ganas, haciendo que Claudia bufara de coraje.

—Lo siento… —comenzó a disculparse Leire al darse cuenta de que había sido demasiado brusca.

—La jodiste. Es mejor quedar de mala que de tonta —se carcajeó María.

—Faltan pocos días para San Valentín —recordó Ana.

—Otra vez no. Siempre es lo mismo —añadió Lourdes.

—Podríamos hacer algo… —insinuó Ana, con su mirada de malicia cuando ya tenía un plan en mente.

—No —cortó Lourdes inmediatamente—. A vosotras no se os puede ocurrir nada bueno.

—Nos divertiremos un rato —replicó María, con media sonrisa juguetona.

El timbre volvió a sonar cuando todavía seguían discutiendo. Las conversaciones se fueron apagando y los grupos empezaron a dispersarse hacia las distintas entradas al edificio.

—Luego lo hablamos —sugirió Ana.

Pablo estaba de espaldas, comentando algo con Santi, y se giró entonces, con aquella sonrisa en la cara que desarmaba a Leire, quien apartó la vista y echó a andar hacia las escaleras rojas.

—¿En tu casa? —preguntó Lourdes.

—Sin problema. Mi padre hoy regresará tarde y mi madre estará en la tienda, como de costumbre, así que podremos hablar tranquilas —confirmó Ana—. A las cinco y media, si os parece bien, que luego se hace de noche enseguida.

—Esto va a acabar mal —murmuró Lourdes.

—Por eso es buena idea. No seas aguafiestas, tía, que solo vamos a echarnos unas risas —zanjó María.