Rozar una estrella con la punta de los dedos Uno
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Rozar una estrella con la punta de los dedos

Rozar una estrella con la punta de los dedos

Por Lidia Pecero Claro

© inepub.com

Uno

Hay quienes dicen que la noche antes de una boda el amor deja de ser algo que una cree tener seguro, y empieza a parecerse un poco a la sensación de estómago revuelto que experimentamos cuando nos asomamos al vacío, sin una barandilla al frente a la que poder sujetarnos.

Vera llevaba varios minutos contemplándose en silencio frente al espejo.

El vestido caía desde sus hombros hasta el suelo con gran ligereza, casi etéreo. Se veía guapa y sus ojos azules, heredados de su madre, irradiaban felicidad.

La lámpara del techo iluminaba la seda blanca del vestido, deteniéndose especialmente en los delicados encajes que enmarcaban su espalda y hacían que la prenda pareciera sacada del sueño de la princesa protagonista de un cuento de hadas.

Desde la cama, con la espalda apoyada contra el cabecero y con los dedos entrelazados sobre las rodillas, su madre la contemplaba emocionada con total devoción.

No decía nada, pues temía romper el bonito momento que deseaba atesorar en la mente, como si esa imagen fuera una de las fotos importantes de su vida que, con tanto esmero, guardaba en el gran álbum familiar.

Vera giró ligeramente sobre sí misma, observando en el espejo el suave vuelo de la falda acompasado al movimiento de su cuerpo. Después volvió a mirarse el vestido desde otro ángulo.

—¿Estás nerviosa? —habló Leire al fin.

Vera siguió fija en su reflejo un segundo más antes de responder.

—Un poco —soltó una risita nerviosa que delataba que ese poco era un mucho.

—Se ve —sonrió tranquila Leire, al tiempo que se colocaba el flequillo de su pelo castaño tras la oreja.

Vera se examinó todo con más detalle y alisó con cuidado un pliegue invisible en la falda.

—¿Qué tal estoy? —preguntó una vez más, volviéndose hacia su madre.

A Leire se le escapó una sonrisa de ternura al notar el temblor de emoción en los dedos de su hija.

—Se ve perfecto. Tú eres perfecta.

Vera enarcó una ceja ante la rotundidad de las palabras que acababa de escuchar.

—Eso dicen todas las madres. Me veo sosa —resopló—. Me falta algo, pero no sé el qué.

—Yo sí lo sé. Espera, que ahora vengo —Leire se levantó y fue hacia su dormitorio, de donde regresó con un estuche azul que abrió ante la mirada incrédula de su hija.

—Ibas a llevarlas tú. Te quedan estupendamente con el vestido que escogiste —no podía creerse aún que su madre le estuviera ofreciendo las delicadas perlas que pertenecieron a su abuela Fernanda.

—Seguro que tu bisabuela estaría feliz de ver cómo las luces. Son las que llevaba el día de mi boda. En las fotos que tengo no se llegan a apreciar bien.

Sacó la gargantilla de plata, con una solitaria perla que daba la impresión de flotar bajo el cuello esbelto de Vera, cuando su madre se la abrochó. Después, se puso los pendientes y se miró de nuevo al espejo.

—Ahora sí es perfecto —reconoció la chica, al ver el efecto de los sencillos pero ideales complementos.

—Es lo que tienen las «perlas buenas buenas» de mi abuela —sonrió Leire, al ver a su hija realmente emocionada—. También te advierto de que, si sigues así toda la tarde, en lugar de vestido, mañana lucirás un abanico. Vas a arrugarlo, amor —cabeceó con calma, volviendo a sentarse en la cama.

Vera soltó una risa alegre. Una de esas carcajadas rápidas que aparecen cuando alguien intenta disimular que está pensando demasiado en algo, y se aproximó a su madre, sujetando la falda para mantenerla lo más lisa posible antes de tomar asiento a su lado.

—Mañana ya no habrá vuelta atrás. Llegó el momento —murmuró, casi para sí misma.

Leire ladeó la cabeza.

—Siempre hay vuelta atrás en todo, hija. Nunca es tarde para correr en sentido contrario.

Vera se volvió hacia ella.

—Lo dices por ti…

—Soy un buen ejemplo de lo que no se debería hacer, pero también de lo que sí —contestó Leire, tranquila.

—No empieces —Vera negó con la cabeza, divertida.

—No empiezo nada.

Se quedaron en silencio. Entre ellas no había nada que llenar con ruido de fuera.

Vera se levantó, se cambió, saliendo del aseo con su cómodo pijama de gatitos dulces y colgó el vestido en la percha que le habían proporcionado en la tienda.

—¿Te pasó lo mismo? —se interesó Vera, regresando a sentarse junto a su madre, que frunció ligeramente el ceño.

—¿El qué?

—Esto.

Vera movió las manos en el aire, como si intentara describir una sensación para la que no hallaba un nombre exacto y eso que era toda una profesional del uso de las palabras.

—Los nervios, la emoción, las dudas, los deseos… —añadió—. Esta mezcla rara.

Leire lo pensó un momento.

—Sí.

—Creo que voy a explotar, y no sé si eso es bueno.

—Sentir siempre está bien. Lo peor sería que no pasara nada por tu cabeza ni por tu estómago. Es normal, hija.

Vera asintió ligeramente. Luego giró el cuerpo hacia su madre y la miró con esa expresión que había tenido desde pequeña cuando quería que le comprase el Kinder Sorpresa en el supermercado.

—Mamá.

—¿Sí?

—Cuéntamela otra vez.

Leire levantó una ceja.

—¿Otra vez?

—Sí.

—Te la sabes de memoria. Además, eres tú quien debe hablarme de lo que sientes. ¿Dudas importantes?

—Lo amo, eso lo sé. La única duda es si funcionará. Como lo tuyo con papá. No sé si me explico.

—Durará lo que ambos deseéis. No pienses de más…

—¿Sabias palabras de papá? —rio, refiriéndose a la última frase que su padre siempre le decía a su madre cuando intentaba anticiparse a todo.

—Así es —reconoció, con una sonrisa al recordar el tono exacto con el que se lo decía su marido.

—No quiero ponerme a darle vueltas a mil tonterías. Por favor, mamá, cuéntamela.

—Sabes que no me gusta hablar de mí.

—Venga. Hacemos como que me estás hablando de tu mejor amiga, si así te resulta más sencillo —la risa entusiasta de Vera llenó el dormitorio.

Eran muchas las veces que le había contado la misma historia: cuando Vera era pequeña y pedía cuentos antes de dormir, cuando cumplió quince y empezó a interesarse por los primeros amores, e incluso años después, ya en la universidad, sin venir demasiado a cuento, volvió a pedir que se la contara.

Y ahora, la noche antes de su boda, el pensamiento de Leire se veía en la tesitura de retroceder varias décadas.

—Está bien —concedió.

—Ya me la has contado varias veces, y sé que nada cambia, pero hoy quisiera preguntarte sobre algunas cosas —dijo Vera.

—Pues tú dirás —la mano de Leire acogió la de Vera, fría por los nervios.

—Sobre el poema.

—¿Qué sucede con eso?

Vera se echó hacia atrás, apoyándose en la pared, para estar más cómoda.

—Nunca entenderé cómo se te ocurrió escribir algo así —soltó, con una sonrisa curiosa.

—Ni yo —respondió Leire.

—Y además mandarlo.

Leire hizo un gesto con la mano para que se detuviera con las suposiciones.

—Eso tampoco fue exactamente idea mía.

Los labios de Vera se curvaron y se inclinó un poco hacia ella.

—Eso dices siempre.

—Porque es verdad.

Su hija la observó un momento, intentando bucear en el azul de la mirada de su madre.

—¿Te gustaba mucho? —insistió, casi con apuro. Se le notaba en el tono sonrojado que adquirieron sus mejillas.

—Mucho no sé si es la palabra. Muchísimo —expresó Leire, con aire soñador.

—¿Y él lo sabía?

—No.

—¿Ni lo imaginaba?

Leire se encogió ligeramente de hombros.

—No creo. Nunca se lo pregunté.

Vera negó con la cabeza.

—Eso es increíble.

Leire volvió la vista hacia la ventana. El cielo estaba despejado. En un rato se haría de noche y se verían las estrellas brillar sobre los tejados de las casas. La vida allí era completamente distinta a la que llevó durante años en una gran ciudad.

—En aquella época yo pensaba algo muy simple —continuó al cabo de un momento, y Vera siguió su mirada.

—¿Qué?

—Que algunas personas están demasiado lejos —aseguró despacio, tratando de hallar las palabras adecuadas para que su hija la entendiera.

Vera frunció el ceño.

—¿Lejos?

—Sí.

—¿En qué sentido?

—Las miras… —dudó un segundo, con la vista puesta en las luces del firmamento— y sabes que no pertenecen a tu mundo.

Vera la observó con atención.

—¿Así era él?

—Medía casi un metro noventa. Era un chico increíble. Me encantaba el contraste de su pelo negro con sus ojos verdes.

Vera levantó una ceja.

—O sea, que estaba buenísimo —resumió, logrando sonrojar a su madre.

—Todas las chicas lo miraban cuando pasaba.

—Me suena de algo eso...

—Yo también lo miraba, no iba a ser la tonta excepción.

—Pero desde lejos.

—Infinitamente lejos.

Hubo una pausa breve. Vera se fijó otra vez en el vestido.

—¿Y ahí se te ocurrió lo de las estrellas? —preguntó.

Leire negó con la cabeza.

—No. Eso vino después.

—Entonces empieza desde el principio.

Leire respiró lentamente. Cada vez que recordaba aquellos años volvía al mismo lugar, al patio del instituto, con las mochilas tiradas cerca de los bancos, y los estudiantes divididos en grupitos que se desperdigaban aquí y allá por todo el recreo.

Luego estaban los otros, al fondo, cerca de las canastas de la cancha de baloncesto.

Era un grupo de chicos, deportistas y exitosos, que parecían vivir al margen de todo lo que sucedía en el centro.

Buenos chicos, eso sí, pero no tenían ningún tipo de roce con los de otros cursos.

—Yo tenía diecisiete años —comenzó.

—Vale. Eso lo sé.

—Estaba en COU.

—Ajá.

—Y tenía una pandilla de amigas de lo más alegres y escandalosas.

Vera sonrió.

—Eso no ha cambiado.

—Ana, María, Lourdes, Claudia… y Nerea.

—De ese grupo son mis tres tías.

—Eso es.

Vera se inclinó un poco hacia delante.

—¿Y él?

Leire asintió.

—Y él. Pablo. Era el chico que hacía que más de una padeciera tortícolis alelada por seguir sus pasos.

—¿Y qué pasó? —preguntó Vera.

Leire miró otra vez hacia el cielo.

—Que un día —continuó— a alguien se le ocurrió una idea terrible.

Vera sonrió.

—Déjame adivinar.

—A ver.

—San Valentín.

Leire soltó una risa suave.

—Eso no se llama adivinar, sino recordar, porque lo sabes perfectamente. San Valentín, sí.

Vera apoyó la cabeza contra la pared.

—Siempre empiezas ahí.

—Porque todo comienza ahí.

La tela del vestido se movió ligeramente con la corriente de aire que entraba por la ventana entreabierta.

Leire miró a su hija durante un instante.

A veces el tiempo era extraño. Una mañana cualquiera en el instituto, un poema escrito sin pensar demasiado y una conversación breve en una escalera podían marcar toda una vida.

Y muchos años después, aquella historia estaba sentada frente a ella tras probarse un vestido de novia.

—Fue una idea absurda —susurró.

—Las mejores siempre lo son.

—Puede ser —ladeó la cabeza.

Vera levantó la mirada.

—¿Y entonces? — comenzó a mover el pie, impaciente, porque su madre continuase con el relato.

—Pasó lo que pasó.

—La nota —interrumpió Vera.

Leire levantó una ceja.

—Déjame contarla.

Vera hizo un gesto teatral con las manos.

—Adelante.

Su hija ya tenía la edad suficiente para escuchar la historia completa, con los detalles que siempre omitió para transformarla en el cuento ideal que hasta ahora le había contado.

La pregunta era si ahora ella tendría el valor suficiente para hablar de ello sin echarse atrás.

Cerró los ojos, inspiró profundamente y comenzó.

—Te la contaré tal y como sucedió. Aunque hay cosas que todavía hoy consiguen que me ruborice —se cubrió la cara exageradamente con las manos, y su hija la abrazó con todo el amor del mundo, el mismo que había recibido de ella—.

Vamos allá. Será como si la historia le hubiera pasado a mi mejor amiga.