23 #4
—No es verdad. Mis compañeros de trabajo ya le contaron que nunca dije nada contra él en público.
—Le amenazaste.
—No lo hice. No pueden demostrarlo.
—Pero estás aquí. Y lo que sí se puede demostrar es que has disparado a un policía.
El hombre se encoge de hombros.
—Estaba acechando mi casa. Salí para ver qué pasaba y me amenazó con una pistola. No se identificó. Me persiguió pistola en mano y yo me defendí.
Gordon se inclina hacia adelante.
—Eso lo decidirá un juez. Pero hay algo que no encaja.
El hombre sonríe otra vez.
—Nada encaja si no sabes mirar.
Gordon lo observa. Sin parpadear.
—Explícamelo.
El sospechoso se inclina un poco, como si fuera a compartir algo importante.
—No era él.
Gordon frunce el ceño.
—¿Quién?
—El que busca —dice, casi en un susurro—. No es quien cree.
Gordon se queda en silencio. No comprende qué insinúa.
—¿De qué estás hablando?
El hombre lo mira con una mezcla de burla y algo más difícil de definir.
—A veces está. A veces no. Depende de quién mire.
Gordon no responde. Pero ahora sí. Algo le incomoda.
—¿Hablas de una mujer?
El sospechoso sonríe. Niega despacio.
—No lo entendería —hace una pausa—. Nadie lo hace… hasta que es demasiado tarde.
****
Gordon se encierra en el despacho. En la comisaría solo quedan los agentes de guardia.
A un lado, el café se ha enfriado. Al beber un trago hace un gesto de desagrado e inmediatamente se le escapa una sonrisa: ¿cómo demonios puede beberse Roy semejante pócima?
Se sienta ante la mesa cubierta de informes, fotografías y notas.
Lo mira todo cuidadosamente. Desde que empezaron los asesinatos en serie los informes parecen haberse multiplicado.
Lee otra vez las anotaciones. Se quita las gafas.
Se frota los ojos y vuelve a mirar. Fotos de los callejones, del interior de los bares, la botella rota, la sangre del suelo.
Los cuerpos. El apartamento: nada aparte del cuerpo, demasiado orden, como si alguien hubiera limpiado y alterado la escena del crimen antes de que llegaran.
El camionero muerto en la cabina. Todo está ahí delante de sus ojos.
«No lo entendería. Nadie lo hace… hasta que es demasiado tarde. » ¿Qué tiene que entender?
Va buscar otro café a la máquina. Tal vez Roy tenga las claves y las está investigando por su cuenta antes de contarle nada. Va de cowboy, sigue su instinto y no suelta palabra hasta que resuelve el rompecabezas. Esta vez están en el laberinto del Minotauro. Respira fuerte.
—Una mujer…Un hombre… Las dos cosas a la vez… —dice en voz baja.
Abre el informe del sospechoso de la muerte de Albert Bell y lee sus propias notas: «A veces está. A veces no. » «No es quien cree.» Frunce el ceño. La idea no le gusta nada.
Se levanta. Empieza a caminar por el despacho. Lento. Pensando.
—No es quien cree…—repite—. Hay algo…—murmura. Pero no termina la frase.
Se detiene frente al tablón lleno de fotos, hilos, anotaciones.
Todo conectado. O eso parecía. Vuelve a la mesa a examinar las fotografías.
Después de nuevo las notas. Coge el informe de los testigos y lo relee.
«Una chica, creo.» «No estoy seguro.» «Fue rápido.
» frunce el ceño. Se masajea las sienes.
—Siempre lo mismo. Siempre dudas. Siempre sombras.
Se levanta y empieza a caminar.
—A veces está…
Recuerda. «A veces está. A veces no.» Se detiene en seco.
—Claro.
Vuelve al tablón. Y entonces la idea encaja. Aún no del todo, pero lo suficiente para seguir ese hilo.
—Aparece una mujer, pero nadie la ve bien. Y luego… —observa las fotografías de los cuerpos—. El trabajo está hecho. Demasiado limpio. No trabaja sola. No son crímenes aleatorios. Hay un motivo detrás, un objetivo.
Aunque está solo y no espera respuestas, Gordon asiente como si alguien le hubiera dado la razón.
—Claro —empieza a ordenar mentalmente las secuencias, con mayor rapidez ahora que cree entender—. Ella aparece… Pero no siempre. Porque no actúa siempre —hace una pausa, inspira y espira el aire lentamente—. Porque hay más de uno.
Se acerca al tablón. Va señalando las fotografías en orden cronológico. Misma firma. Mismo estilo. Pero… Niega con la cabeza. No exactamente. Las diferencias son tan mínimas que no las habían apreciado. Vuelve a la mesa y comienza a tomar notas, convencido de que ha dado con la clave.
—Son un equipo.
La palabra queda en el aire. Le gusta. Encaja. Recuerda al sospechoso. «Somos el servicio de limpieza.»
Gordon sonríe; pero no es una sonrisa agradable.
—No eres tú solo…—murmura.
Asiente lentamente. Mira lo que ha escrito. Vuelve a asentir. Tiene sentido. Todo encaja mejor así.
—Eso lo explica todo —piensa.
Gordon se recuesta en la silla. Por primera vez desde que empezó la investigación se siente seguro.
—Te tengo…—susurra.
Pero en la mesa —entre papeles— hay algo que no ve. O no quiere ver. Una nota pequeña, casi perdida. «Mente fragmentada. Pero fría. Precisa.» La letra es de Roy. Gordon la mira un segundo. Frunce el ceño. Luego la aparta. No encaja en su teoría. Y ahora mismo prefiere la teoría.