24
Roy no sabe dónde está. La oscuridad que le rodea no es completa.
Algo flota. Algo permanece. El pitido es rítmico, constante.
Siente una presión en el pecho que no es dolor, sino peso.
Oye voces lejos pronunciando las palabras «pulmón», «sangrado», «intubación.
» No entiende. No necesita entender. Algo tira de él hacia abajo.
Más profundo. Más lejos. Siente mucho calor.
Siente una mano pequeña que resbala de la suya sin que pueda evitarlo.
Una voz que no termina de pronunciar un nombre que acepta como suyo aunque no lo sea.
Y entonces… vuelve a escuchar una voz diferente.
Una voz clara y cercana: Andy, no deberías estar ahí.
No sabe quién es Andy ni dónde se supone que no debe estar.
El calor vuelve. El humo. La misma sensación.
Siempre la misma. No llegaste. Esta vez no lucha. No puede. Se deja caer.
No sabe si sueña o está allí, en ese escenario de muerte. Una emboscada. Un vehículo que salta por los aires. Fragmentos de metal hirviendo clavándose en su cuerpo. La cabeza del conductor al otro lado del parabrisas. El dolor insoportable. Los gritos. Lo perdemos. Vuelve.
Huele a galletas recién hechas. Una madre canta mientras saca la bandeja del horno. La cocina está llena de luz. Una mano pequeña coge una galleta, demasiado impaciente para esperar a que se enfríe. Alguien ríe mientras sopla sobre los dedos rosados. Un niño ríe. Andy, no te rías de tu hermana.
El pitido no se acaba nunca, sigue hasta incrustarse en sus oídos. Le molesta. Siente algo fresco en la piel. La primera vez que subió a una montaña y respiró el aire puro. Un río de agua fría y limpia donde nadó una vez. Un hombre le sumerge la cabeza en un balde de agua sucia. Se ahoga.
Un cementerio. Lluvia. ¿Dónde está papá?. No huele a galletas sino a hambre. Un hombre nuevo. Os presento a vuestro nuevo papá. Nunca le llamarán por su nombre. Nunca papá. Es «el hombre», su verdugo. Dos niños abusados y una madre que calla.
Roy llora sin saberlo. Quiere hablar pero no puede. Quiere moverse pero no puede. Sus ojos se mueven rápidamente bajo los párpados cerrados.
Humo. Cigarros mal apagados. Una explosión de gas. Llamas lamiendo muebles y paredes. Cuerpos en el suelo. Muertos. Una niña aferrada a su mano. Huída. La nada.
El pitido vuelve. Alguien le coge una mano. Abre los ojos. Roxy está a su lado.
—¿Cómo has entrado? —pregunta Roy, sorprendido. Su voz es muy débil.
—Ha sido fácil. Estaba escondida para que no me vieran. Nunca te he dejado.
—Has venido a matarme, ¿verdad? Te envía tu hermano.
—A ti no. A ti nunca podría matarte. Gracias por cuidarme tanto, por intentar ayudarme y comprenderme… No hables, solo escucha. No te atormentes, tú no tuviste la culpa.
El humo. El fuego. Gritos. Un nombre apenas pronunciado. La mano delgada que no puede seguir sujetando. La niña perdida.
—He venido a decirte que abandono. No más muertes. No más venganza estéril. No más vagar bajo la lluvia nocturna. Me voy. Solo quería despedirme de ti.
—¿Dónde vas?
—Donde pueda descansar por fin de tantos años de no ir a ningún sitio. Me voy sola.
—Entonces tu hermano seguirá asesinando. Y sin ti será peor.
—Mi hermano no hará nada. Si yo no estoy, parará. No me busques más. Deja reposar tu alma. Vive. La niña te perdonó hace muchos años.
—No lo entiendes. Esa niña…
Pitidos. Ruidos. Duerme. La nada.
****
Desde que han trasladado a Roy a una habitación Brenda apenas se separa de él.
Respira por su cuenta pero sigue en coma.
Ella le habla despacio, le coge las manos, le acaricia el pelo.
También le lee libros amenos. No sabe si él la oye o duerme ajeno a todo.
Pero cree que de alguna manera Roy sabe que ella está allí.
—He pedido que te corten el pelo, cariño.
Lo llevabas demasiado largo. No sé si estarás de acuerdo; pero si no te gusta puedes dejar que vuelva a crecer.
Yo te veo muy guapo y así es más fácil lavártelo.
Te están tratando y cuidando muy bien. Me han dicho que no te quedarán secuelas aunque tendrás que tener cuidado durante un tiempo y no hacer esfuerzos.
—En comisaría todo sigue como siempre —le explica Gordon—. No tengas prisa por volver, nos apañamos bien sin ti. Lo importante es que salgas pronto del hospital. Te echo de menos.
—Mi niño Roy, debería darte de escobazos por haberme asustado tanto. Cuando salgas de aquí entre Brenda y yo vamos a cuidarte. Te voy a obligar a comer bien aunque tenga que dártelo a cucharadas.
—¿Nos oye? —preguntan a la enfermera.
—Probablemente. Por eso conviene que le hablen. Pero díganle solo cosas positivas que no le alteren.
—Me han hecho una entrevista fantástica, ¿sabes? Vino un equipo a mi estudio, hicieron fotos y preguntaron por mi trabajo. Cada vez tengo más encargos. He contratado a una persona más. Mis padres y hermanos me preguntan siempre por ti. Los chicos siguen empeñados en llevarte a un karaoke.
Poco a poco le van despertando. Cuando por fin abre los ojos Brenda tiene que disimular las lágrimas. Le abraza muy suavemente para no hacerle daño. Roy la mira desconcertado.
—Roy, amor mío, soy Brenda. ¿Cómo estás?
—Cansado —dice en voz baja.
—¿Sabes que has dormido durante casi un mes? Bienvenido, Roy.
—No me acuerdo…
—Tranquilo, ya te acordarás de todo. No te esfuerces.
—¿Dónde está la niña? —pregunta angustiado.
Brenda parpadea asombrada.
—¿Qué niña? Cariño, ¿de qué niña hablas?
—La que no pude salvar...
Y comienza a llorar. Brenda tiene que llamar a una enfermera. Intuye que la recuperación va a ser más complicada de lo que había previsto.
—Edgar, dime la verdad, ¿le van a quedar secuelas?
El cirujano mira a Brenda y le sonríe para tranquilizarla.
—Ninguna, te lo aseguro. Necesitará descansar uno o dos meses, tal vez menos. Pero podrá reintegrarse a su trabajo sin problema.
—¿Y secuelas psicológicas?
—Es posible. Siempre puede recurrir a un especialista.
—Él es psicólogo social.
—No es lo mismo. Necesitaría que le tratara un psicólogo clínico. Pero no adelantemos acontecimientos, Brenda. Se acaba de despertar.
****
La luz de la tarde entra por la ventana. Suave. Roy está incorporado en la cama. Más delgado. Más quieto. El vendaje asoma bajo la bata. Mira sus manos. Como si las estuviera viendo por primera vez.
La puerta se abre despacio. Brenda entra silenciosamente, como siempre. Lo observa antes de acercarse. Sonríe y se acerca para besarle.
—Hola.
Roy levanta la vista.
—Hola.
Su voz es más débil pero es suya. Ella se sienta y le acaricia las manos.
—Me han confirmado que dentro de unos días te darán el alta.
—Eso parece.
—¿Cómo estás?
Roy duda. No es una pregunta fácil.
—Cansado.
Es lo único que dice. Y es verdad. Brenda le acerca una mano a su mejilla.
—Entre Wilma y yo te vamos a cuidar, cariño. No te dejaremos solo. Tendrás que tener algo de paciencia pero te recuperarás pronto.
Roy baja la mirada un momento.
—Lo siento.
Ella frunce el ceño, sin entender a qué se refiere.
—¿Por qué?
—Por… desaparecer.
—Eso no tiene ninguna importancia ahora, Roy. Lo único que importa es que estás aquí, que has vuelto. Te he echado de menos.
—Y yo a ti, Brenda —suspira—. Ha sido un viaje largo y extraño. No sabía si podría volver, ni cómo volvería.
—Pero estás aquí.
Brenda levanta la vista hacia la ventana. La ciudad sigue su vida como siempre. Pero dentro de la habitación algo ha cambiado. Los ojos de Roy brillan con más serenidad, como si se hubiera encontrado consigo mismo y hubiera aprendido lecciones que había olvidado.
****
El apartamento está en silencio. Demasiado limpio.
Demasiado ordenado. Se nota que Brenda ha encargado una limpieza a fondo.
Por su parte, Gordon se ha hecho cargo de los casos que llevaban entre manos pero no ha querido comentarle nada a Roy para no agobiarle, todavía está en proceso de recuperación.
Se pasa de vez en cuando por comisaría pero Gordon le descarga del trabajo duro.
—No te acostumbres, ¿eh? Dentro de un mes ya estarás en forma y tendrás que coger el ritmo —le ha dicho.
Roy entra despacio. Cierra la puerta. Se queda un momento allí.
Sin moverse. Como si estuviera comprobando algo.
Todo está en su sitio. Pero no es igual.
Deja las llaves. Se quita la chaqueta. Camina hacia el baño.
La luz es fría. Directa. Se detiene frente al espejo.
No se mira inmediatamente. Respira. Una vez.
Otra. Entonces levanta la vista. Su reflejo le devuelve la mirada.
Cansado. Pero… estable. No aparta los ojos.
Y entonces… No es una imagen ni una alucinación. Es un recuerdo: el fuego, el calor, una mano pequeña que se resbala. Y él llega tarde. Siempre tarde.
Roy cierra los ojos. El peso está ahí, pero ya no empuja. Lo sostiene. Cuando vuelve a abrirlos no hay nadie más en el espejo. Solo él. Solo uno.
Mira el borde del lavabo. La bolsita. No recuerda haberla dejado allí. Sin embargo no se sorprende. La abre, saca el espejo y el labial. Lee el nombre: Roxy. Cierra la bolsita y la guarda en un bolsillo.
****
El despacho está en silencio. Roy repasa sus notas una vez más.
Las mismas palabras. Las mismas líneas. Los mismos errores.
Cierra la libreta. No hay nada nuevo. Y, sin embargo…
algo insiste. Los asesinatos no se han vuelto a repetir, como si Roxy y su hermano, o quien fuera, hubieran desaparecido de la ciudad.
Se levanta. Camina sin rumbo claro hasta el tablón. Fotos. Mapas. Líneas que conectan puntos que ya no dicen nada.