Roxy 23 #2
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23 #2

—Señor Evans, voy a hacerle una pregunta delicada y le ruego que no se ofenda, no es personal. ¿Al señor Bell se le notaba que era gay?

—¿A Albert? Mucho menos que a mí. Así a primera vista nadie lo hubiera sospechado. Luego estaban los pequeños detalles, claro. Pero él en el trabajo llevaba su uniforme como todos. Se había dejado barba porque me gustaba mucho, le daba un aire muy varonil y estaba guapísimo… Era muy guapo…

Comienza a llorar otra vez. Roy le ofrece un vaso de agua. Le apoya delicada y brevemente una mano en el hombro. Piensa en cómo se sentiría él si alguien matara a Brenda. Se queda sin respiración.

—¿Sabe cómo se llama ese compañero, por llamarlo de algún modo?

—Albert no me lo quiso decir. En casa dejaba fuera todos los malos rollos, éramos solo nosotros y nuestros amigos.

Y sí, todos somos gays. No es por nada especial, pero solo nos relacionamos con otros chicos del colectivo.

Creo que eso nos hace sentirnos más seguros.

Con los compañeros de trabajo la relación es respetuosa, nada más —le mira con los ojos hinchados y una sonrisa triste en los labios—.

Algunos heteros creen que a nosotros nos gustan todos los hombres por el mero hecho de serlo y que nos vamos a lanzar sobre ellos por las buenas. No es verdad.

—Lo sé —afirma Roy—. Otra pregunta: ese tipo que insultó a su novio, ¿los vio alguna vez a ustedes juntos?

—No lo sé. A lo mejor en una discoteca. No lo sé. Albert y yo no nos escondíamos, íbamos de la mano porque nos amábamos. No hacíamos daño a nadie —lo mira con los ojos llorosos—. Van a encontrarlo, ¿verdad?

—Se lo prometo, señor Evans.

—Muchas gracias, inspector. Por favor, ¿podría llevarme los efectos personales de Albert? Llevaba puesto un reloj que le regalé yo cuando nos prometimos, de la marca Hugo Boss, y una cadena de plata con una cruz pequeña. Era católico.

—¿Y usted, señor Evans?

—¿Es importante?

—En realidad no. Disculpe. Haré que le entreguen esos objetos. Señor Evans… —dice Roy de repente—. ¿Dónde estaba usted en ese momento? ¿Por qué no acompañó a su novio?

—Yo celebré mi despedida de soltero con mis hermanos y primos.

Una fiesta privada en el pub de mi primo Jamie.

Mi familia siempre me ha comprendido y apoyado.

Además adoraban a Albert. Él se fue con nuestros amigos y yo con los Evans.

Albert puede decirse que no tenía familia, le dieron la espalda y no quisieron saber nada de él.

La mía lo adoptó en cuanto hicimos público nuestro noviazgo.

Y respondiendo a su anterior pregunta, yo también soy católico. No tengo por qué esconderlo.

—Gracias por su colaboración, señor Evans.

—Tenemos a un puto homófobo asesino que ha matado a un pobre chico por odio —le dice Roy a Gordon—. Veremos si es el mismo que le insultaba en el trabajo o es otro.

No tienen ningún nombre, solo una cara. Y ninguna certeza de que se corresponda con el asesino porque la cámara no ha grabado el asesinato. Podría ser cualquiera.

Hablan con los compañeros del difunto. Con los vecinos del edificio que vigilaba Albert.

Uno de ellos es claramente el que tropezó con la víctima.

Bastante mayor que Albert, se muestra seco y esquivo.

Cuando le preguntan niega haber tenido ningún enfrentamiento con el fallecido ni haberlo insultado ni en privado ni en público.

El resto avala la declaración: nunca le han escuchado comentarios discriminatorios hacia Albert.

Algunos ni sabían que era gay. «No se le notaba», dicen.

Pero Roy quiere seguir su intuición con la menor alharaca posible. Da por buena la declaración y no insiste más para no ponerlo en alerta. No pide ni dirección ni teléfono, tiene otras formas de saberlo. Su sospechoso particular no se entera de que está siendo observado.

****

Roy observa el entorno con mucha atención. Gordon y él están rodeando la casa del sospechoso que han investigado como presunto autor de la muerte del chico de la discoteca.

La calle está demasiado tranquila. Roy lo nota antes de entender por qué. No hay coches, ni voces, ni ese ruido constante de fondo que nunca desaparece del todo. Silencio absoluto.

Le indica a Gordon que va a ir por la parte de atrás.

Se detiene un segundo mirando a su alrededor. Nada parece fuera de lugar; pero aun así algo no encaja. Da un paso más. Y entonces lo oye: un chasquido seco. No es un estallido. Es un ruido pequeño, casi discreto. Pero suficiente.

El impacto llega un instante después. Un golpe brutal en el pecho, como si alguien lo hubiera empujado con toda su fuerza.

El aire desaparece, literalmente. Roy abre la boca paro no entra nada.

Da un paso atrás. Otro. La mano se le va automáticamente al costado sintiendo calor y humedad. La retira oscura, demasiado oscura.

No hay dolor inmediato, solo presión y una sensación extraña, como si algo dentro de él no estuviera donde debería. Intenta respirar. No puede. Solo sale un sonido corto. Inútil.

El mundo se estrecha. Los bordes se oscurecen.

Se apoya contra la pared de la casa. La cabeza le zumba.

Tiene que moverse. Tiene que… Hace otro intento de coger aire.

Fracasa. Las piernas no responden igual: demasiado lentas, demasiado pesadas.

Y entonces le inunda un pensamiento claro, inesperado: «no llegas a tiempo.

» Roy parpadea. No sabe de dónde viene. Pero está ahí, nítido, más real que la calle.

Se desliza por la pared hasta el suelo. El frío del asfalto le atraviesa la ropa. Ahora sí empieza el dolor. Profundo. Intenso. Cada intento de respirar es peor que el anterior. Corto, superficial, insuficiente.

La luz se transforma. Las farolas se alargan, se rompen en el campo de visión. El sonido vuelve… pero distorsionado. Lejos. Como si no fuera con él.

Otra imagen: no la calle. Nada del presente. Fuego. Calor. Una mano pequeña resbalándose de la suya.

Roy intenta moverse. No puede. Alguien grita. No entiende las palabras. Siente unas manos sobre él ejerciendo presión en su pecho. El dolor es blanco. Puro.

—¡Aguanta! ¡No te duermas!

La voz suena lejana, irreal. Pero ya es tarde. Roy lo sabe. No como una idea sino como una certeza. El cuerpo se rinde antes que la mente. Siempre pasa así. El mundo se apaga por partes. Primero el sonido. Luego la luz. Luego… nada.

****

Roy llega al hospital muy débil, prácticamente inconsciente, con dificultad para respirar. Ha perdido mucha sangre.

La bala ha entrado por la zona lateral de las costillas aunque sin tocar directamente al corazón.

En el quirófano sospechan que puede haber hemorragia interna.

El diagnóstico es neumotórax, un pulmón colapsado.

Le colocan un tubo torácico para drenar aire y sangre.

Le someten a una toracotomía: abrir el tórax, separar las costillas, localizar el sangrado y reparar vasos dañados.

La cirugía de urgencia ha sido un proceso largo. En la Unidad de Cuidados Intensivos le monitorizan constantemente, tiene respiración asistida y es sometido a coma inducido para reducir el dolor, facilitar la respiración mecánica y permitir la recuperación del cuerpo.

****

—Wilma…

—¿Gordon? ¿Qué ocurre? ¿Cómo es que me llamas en horario de trabajo?

—No sé cómo decírtelo… es Roy… está muy mal…

Gordon se rompe. Al otro lado de la línea, Wilma guarda silencio y de pronto grita.

—¡Roy! ¿Qué le ha pasado a mi niño? ¡Gordon! ¿Qué le ha pasado?

Se la escucha llorar desesperada. Gordon apenas puede hablar.

—Un sospechoso le ha disparado… Está grave… Wilma… ve a decírselo a Brenda, por favor. No quiero que se entere por las noticias. Después venid al hospital. Le están operando. No sé nada más. El cirujano informará cuando termine.

—¿Y el sospechoso?

—Lo hemos detenido. Wilma, date prisa…

Gordon corta la llamada y se pasea por el pasillo.

Saca un café de la máquina y vuelve a apoyarse contra la pared.

Está destrozado. Una enfermera le dice amablemente que estará más cómodo sentado en la sala de espera, que el doctor le informará.

Es una operación delicada y llevará varias horas.

Él accede. Más que sentarse se deja caer sobre la silla de plástico.

No puede quitarse de la cabeza la escena de la persecución.

Ve una y otra vez a Roy caído en el suelo.

Se ve a sí mismo desde fuera sacando la pistola dispuesto a disparar al sospechoso.

Pocas veces en su larga carrera policial ha disparado a matar.

Ha sido mejor detenerlo para que lo procesen, que se pueda hacer justicia a ese pobre chico que en vez de a celebrar su boda sus seres queridos habían asistido a su entierro.

Si Roy muere… No. Imposible. Roy no puede morir abatido por un delincuente habiendo sobrevivido a despliegues militares en el extranjero.

Se niega a aceptar esa posibilidad. Si Roy muere Wilma se morirá un poco.

Y él también. Y Brenda quedará inconsolable.

No quiere ver los ojos de Wilma y de Brenda si les dan la peor de las noticias.

Brenda ha demostrado querer a Roy de corazón.

Pocas chicas aguantarían plantones y olvidos, no ser la prioridad absoluta, sin reproches ni quejas.

Y sin embargo ella le acepta con todas sus limitaciones sin intentar escarbar en su pasado.

Acepta lo que él le da, cuidándolo como a un tesoro mientras ella lo da todo.

El tiempo se alarga como si no tuviera prisa ni fin. Gordon pierde la cuenta de los cafés que ha bebido. Va al baño rápidamente, nervioso por volver a la sala de espera. Y entonces ve a Wilma y a Brenda.

****

Brenda está mirando las muestras de seda que ha recibido sin saber por cuál decidirse.

La esposa del alcalde quiere renovar completamente el salón en el que recibe a sus amigas.

Es un encargo importante en el que se está esmerando.

Ha visto el estilo del actual y quiere darle una vuelta, darle un aire rompedor sin perder su aire femenino y acogedor.