23
La noche ha caído sin que Roy se dé cuenta.
El salón de su casa está en penumbra, solo la lámpara de la mesa de trabajo sigue encendida.
La libreta, abierta. Roy escribe despacio con letra firme, precisa.
Se detiene y mira lo que ha escrito. No recuerda haber empezado esa frase.
No la dejes sola. Parpadea, frunce el ceño.
Pasa la página. Más anotaciones. Llega antes.
Esta vez sí. Cierra la libreta de golpe.
Se levanta, va a su dormitorio y abre un cajón donde guarda la bolsita.
La ha cambiado de sitio. La coge y la abre.
El espejo le devuelve su reflejo, pero hay algo, ligeramente desplazado, como si no encajara del todo.
El labial en su mano. Roxy. Apaga las luces y sale del apartamento.
La calle está húmeda. Ha empezado a llover hace poco.
Camina sin rumbo claro. O eso parece. Las farolas se reflejan en los charcos.
Luces rotas. Fragmentadas. Roy avanza con seguridad.
Gira justo donde tiene que girar. Cruza la calle.
Otro giro. Un callejón oscuro y silencioso.
Se detiene y escucha. Nada. Pero no parece sorprendido.
Como si supiera que no había nadie. O que aún no ha llegado. Respira hondo.
—Esta vez sí —oye decir muy cerca.
Cierra los ojos un segundo. Cuando los abre su expresión es distinta. Más fría. Da un paso adelante.
****
Brenda abre con su llave y entra en el apartamento de Roy.
Le ha telefoneado en vano: el número al que llama está apagado o fuera de cobertura; y dejado mensajes que él no ha leído.
Enciende las luces y mira a su alrededor.
Efectivamente, tal y como él le había explicado el lugar parece un centro de mando y no un hogar.
Abre la nevera: vacía. Los armarios de la cocina también lo están salvo por un paquete de café.
Suspira con resignación. Entra en el dormitorio con una maleta que contiene algo de ropa y un neceser elemental.
Roy le ha dicho que deje allí algunas de sus cosas para poder cambiarse cuando se queda a dormir.
Lleva el neceser al baño. Abre el armario y toca cariñosamente la ropa antes de colgar la suya.
Abre cajones buscando espacio para su lencería.
Uno de ellos está prácticamente vacío salvo por una libreta y un par de bolígrafos.
No abre la libreta aunque la toca. Entonces descubre una bolsa pequeña de terciopelo con un nombre bordado: Roxy.
Sorprendida, la vacía sobre la cama: un labial y un espejo muy bonito.
El labial es de color rojo oscuro. Se toca sus propios labios.
Ella usa labiales en tonos nude melocotón.
No sabe a quién puede pertenecer la bolsa ni por qué su novio la guarda.
Se queda más perpleja que preocupada. Vuelve a dejarla en su sitio y coloca su ropa interior en el mismo cajón que la de Roy.
Después llama a Uber Eats y encarga algo de comida.
Seguro que Roy tendrá hambre cuando llegue.
Lo que ve sobre la mesa la deja descolocada: su móvil.
Esté donde esté no hay forma de comunicarse con él.
Ha dormido a ratos en el sofá. Cuando Roy llega se la encuentra sentada y envuelta en un plaid de lana, con la televisión apagada y una taza de café en la mano.
—¿Qué haces aquí?
El tono no es amable. Se ha sobresaltado al verla.
—¿Cómo dices? Me dijiste que trajera algo de ropa para cambiarme cuando duermo aquí. Y la he traído.
Roy frunce el ceño, como si no entendiera.
—¿Hoy?
—Cuando yo quisiera. Y hoy era un día tan bueno como cualquier otro.
Él se pasa la mano por la cara. Se le ve claramente cansado y confundido.
—He encargado comida. No tenías nada en la nevera —continúa ella despacio.
—Gracias.
—¿Estás bien, Roy?
—Sí. Lo siento… He tenido un día complicado… No he oído el teléfono.
Brenda coge el móvil y se lo enseña.
—Te lo has dejado en casa.
—No sé… estaba trabajando…
—¿A las tres de la madrugada?
Roy se queda quieto, pensando. Buscando algo en su memoria. No encuentra nada.
—¿Son las tres? No sé, cariño. No me he dado cuenta de la hora.
—Roy… ¿Te pasa algo?
Él no responde. No puede. Porque no sabe la respuesta.
Ella le sigue mirando. Y entonces se da cuenta.
No es evidente. No es claro. Pero está ahí.
Algo en su forma de sostenerle la mirada fija.
Demasiado ajena. Como si estuviera mirando a alguien pero no a ella.
Brenda se echa ligeramente hacia atrás sin darse cuenta.
—Roy, no… —se detiene—. No estás.
Roy parpadea.
—Claro que estoy —pero no suena convincente.
Brenda lo observa. No insiste porque ya ha aprendido que no sirve de nada presionarlo.
—Tendrás hambre, imagino.
Abre dos bolsas de pollo. Ella juega con el tenedor y él no come.
—He guardado mi ropa interior en el mismo cajón que la tuya. Espero que no te importe.
Roy apenas sonríe pero asiente. Ella sigue hablando, como si fuera una conversación cualquiera.
—Abrí un cajón y encontré una bolsita…
Roy no se mueve. Pero deja de respirar durante un instante.
—…de terciopelo. Ponía un nombre.
Roy levanta la vista.
—¿Qué nombre?
Ella lo mira directamente.
—Roxy.
—Eso no es nada. No tiene importancia.
La respuesta ha sido demasiado rápida. Roy no parece dispuesto a dar ninguna explicación. Baja la vista. Mira sus manos. Firmes. Siempre firmes. Pero ahora no del todo.
—No pasa nada —dice Brenda despacio—. Solo me llamó la atención.
—Vamos a dormir, cariño. Es demasiado tarde para ti.
Ella entiende con el cambio de conversación ha dado por zanjado el tema y no dirá nada. Al ponerse en pie, le mira con mayor atención. Se da cuenta de un detalle que debería haber observado desde el primer momento. Va sucio y mojado.
—¿Pero por dónde has andado? Llevas la ropa hecha unos zorros.
—Cosas de mi trabajo, ya sabes…
—Ya… ¿Esa mancha es sangre?
—No. Es pintura. Me he rozado con algo. Voy a darme una ducha.
Se mete en el baño. Brenda se pone el pijama y entra a cepillarse los dientes. Le mira pero él no se da cuenta porque tiene los ojos cerrados.
—No te duermas en la ducha, te caerás.
—Vamos a dormir —dice él.
—¿De verdad quieres que me quede?
—¿Es que aún no sabes que solo quiero estar contigo, Brenda?
—Lo sé, Roy. Incluso en días como hoy.
—Siempre.
****
Entre el bullicio y los juegos de luces al principio nadie se percata de lo que ha ocurrido.
Hasta que una chica lo ve tendido en el suelo sangrando y chilla.
El revuelo y el caos son indescriptibles, todos salen corriendo y se forma un tapón en la entrada.
La salida de emergencia está cerrada y asegurada con una cadena y un candado y nadie puede salir por allí.
Roy y Gordon no tardan en acudir, poniendo algo de orden.
Todas las luces están encendidas. Apuntan los nombres y examinan la documentación de los que siguen dentro del local, tomando también nota de una serie de irregularidades: la puerta trasera inutilizada.
Varias chicas menores de edad entre los asistentes a las que los porteros han dejado pasar y además les han servido bebidas alcohólicas sin pedirles el carnet.
El difunto es un hombre de veinticinco años que trabaja en una empresa de seguridad. La chica que ha descubierto el cadáver no le conoce ni ha interactuado con él. Sus amigos, que estaban bailando y bebiendo, no se han dado cuenta de nada.
—Yo sí vi algo pero no le di la mayor importancia. Ese chico venía de la barra con un vaso en la mano y tropezó con un tipo. Se disculpó con él y entró en la pista. Lo siguiente fue verlo desplomado.
—¿Te fijaste en cómo era el tipo?
—Buf. Difícil porque las luces no ayudaban y además no me pareció tan importante.
Pero era alto, pelo muy corto, musculoso de esos de gimnasio, ya me entiende.
No sé si era rubio o moreno ni cómo iba vestido.
Ya le digo que tampoco fue algo para fijarse, con tanta gente siempre es fácil tropezar con alguien aunque lleves cuidado.
El visionado de las cámaras ha captado la escena: la víctima tropezando casualmente con el presunto sospechoso.
Se le ve disculpándose y seguir su camino.
Aunque el otro aparentemente va detrás de él, un grupo se interpone entre ellos y después ya no se le ve más.
Todo ocurre en segundos. Puede haber sido cualquiera.
Albert Bell, la víctima, era gay según cuentan sus amigos, que también lo son. Tenía novio y estaban celebrando su despedida de soltero. Ellos no conocen al sospechoso. No saben si Albert ya lo conocía, en todo caso no los han visto juntos nunca.
El novio, Matt, está destrozado. Se ha desmayado en el depósito de cadáveres al reconocer a Albert. Llora descontroladamente.
—Hoy iba a ser el día de nuestra boda —solloza, inconsolable—. ¿Por qué? ¿Por qué? Albert era bueno, no se metía con nadie.
—Señor Evans, lamentamos su pérdida pero necesitamos que responda a algunas preguntas. ¿Usted conoce a todos los amigos de su novio?
—Son amigos comunes. Ninguno de los dos tenemos amigos fuera de nuestro círculo.
—¿Y sus compañeros de trabajo?
—No se relacionaba con ellos fuera del horario laboral. Albert iba del trabajo a casa y de casa al trabajo. No salíamos por separado.
—¿Nunca le habló de alguien que lo discriminara por su orientación sexual?
Matt se queda pensando un momento y asiente con la cabeza.
—Sí… había alguien. Me contó que uno de sus compañeros le llamó «maricón» entre dientes cuando coincidieron en el baño.
A Albert le dolió pero no quiso denunciarlo por homófobo, sabía que el sujeto tendría problemas y no deseaba ser responsable de que pudieran despedirlo.
Su empresa es muy estricta con ese tipo de comportamientos.
—¿Le contó si volvió a repetirse el incidente?
—En una cena de empresa, el mismo tío le dijo en voz baja: «como te sientes a mi lado te parto la cara.»
—Eso ya fue una amenaza directa. ¿Qué hizo el señor Bell?
—Nada. Por desgracia. Ojalá le hubiera denunciado la primera vez.