22 #2
—Se han asesinado mutuamente. Y ninguna de ellas parecía sospechar las intenciones de la otra.
El registro de la casa de Julie aclara otros asesinatos.
Desde el piso superior se ve claramente el jardín trasero de los Archer.
Sin duda ella vio a Susan enterrando a alguien y eso la sentenció.
En su móvil no aparece nada extraño. Su ordenador guarda ficheros inquietantes que la señalan directamente como la autora de los horribles crímenes cometidos en casas apartadas.
Dos asesinas en serie han coincidido extrañamente en la misma urbanización y en casas contiguas.
La prensa escrita, los informativos y otros formatos de televisión tienen temas jugosos para debatir.
Declaraciones de vecinos, de compañeros de trabajo de Julie, horrorizados por haber compartido tiempo y espacio con una asesina, compañeros de trabajo de Will, la amante de Will echando pestes de Susan Archer.
A la amante le ofrecen una cifra sustanciosa para que vaya a un programa de televisión a contar su historia. Una productora se pone en contacto con ella para realizar un documental y después una serie. La entrevistan en revistas del corazón. La noticia llega incluso a Europa.
—Es la única que va a sacar provecho de las muertes —comenta Gordon—. Mientras que nosotros tenemos que enfrentarnos a las familias que piden justicia. ¿Qué podemos hacer? Las culpables están muertas.
—Esa urbanización se va a devaluar mucho. Ya hay varias casas en venta y no creo que haya mucha gente dispuesta a comprarlas.
—¿Es cierto lo de la señora Archer? —le pregunta Brenda a Roy. Parece histérica.
—Sí, cariño. Era una asesina en serie. Y su vecina inmediata también.
—Julie. Las dos eran muy amables. Yo a Julie la traté menos. Era una chica muy educada y culta.
—¿De qué las conocías?
—Mi… ese… y yo vivíamos justo enfrente de los Archer. Cuando lo eché de casa ella me consoló y me preparó un té. Echó pestes de él.
—No se lo cuentes a nadie. No quiero que vengan a molestarte para que des detalles. Al fin y al cabo cuando te marchaste el señor Archer todavía estaba vivo.
—No diré nada. Y no creo que él hable. Y si lo hace espero que no me mencione.
—No te preocupes por eso ahora. Esto es de locos.
—¿Y tu otra investigación?
—Prefiero no hablar de eso. Es… complicado. Ven a cenar a casa. Te prometo un ambiente tranquilo y ricos manjares.
****
Los charcos brillan bajo luces intermitentes. La ciudad respira, húmeda y expectante. Yo observo y protejo a Roxy incluso de sí misma.
— Nadie sabe todavía lo que somos capaces de hacer —le aseguro.
Tengo que sostenerla porque Roxy se está empezando a derrumbar. No quiero, no puedo permitir que se aleje de mí porque entonces nada habrá merecido la pena. Porque entonces la pesadilla volverá a empezar una y otra vez y ya nada ni nadie podrá detenerla.
El inspector, desde lejos, reconstruye patrones, rutas y reflejos. Cada pieza apunta a alguien con control absoluto de su entorno y mente, acercándolo peligrosamente a descubrir la verdad completa.
La ciudad es un tablero, y yo he movido todas mis piezas con precisión. El clímax está cerca, y la tensión nunca ha sido más intensa.
El inspector está muy cerca. Casi a punto.
Pero lo que no sabe todavía es que yo soy más listo que él.
Que no podrá anular a Roxy porque soy yo quien maneja sus hilos.
Cree que he muerto, que soy una creación de la mente dispersa de mi hermana.
Lo que aún no entiende es que esa voz que llegó a escuchar en la comisaría es también la mía.
Lo que no sabe es que ella recurre a mi voz cuando está asustada y yo no estoy a su lado.
Lo que no sabes, inspector, es que te enfrentas a algo que no te han enseñado en la Academia ni en el ejército.
Ni siquiera en la Universidad. Lo que no sabes es que yo también te controlo a ti aunque no me veas.
Y cuando lo sepas, entonces nos enfrentaremos cara a cara.
Entenderás más de lo que estás dispuesto a entender.
Caerás a ese abismo que tanto te gusta mirar y nada ni nadie podrá frenar tu caída.
Porque, inspector Fletcher, como decían en aquella película: solo puede quedar uno .
Y eso es mucho más que una frase cinematográfica, es la realidad sin adornos.
Si juego bien mis cartas, si sigo en las sombras más oscuras, seré yo quien sobreviva.
****
La ciudad parece un monstruo vivo. La lluvia ha vuelto, golpeando los charcos que reflejan luces de neón rojas y verdes, multiplicando mi imagen en distorsiones imposibles. Cada callejón es un laberinto, cada reflejo un espejo de lo que soy y de lo que debo controlar.
Los charcos no devuelven mi reflejo. Lo multiplican. Uno de ellos sonríe antes que yo.
—Ahora o nunca—me urge mi hermano—. No podemos fallar.
—Observa, controla, domina —susurra la voz—. Cada movimiento es decisivo.
Doblo la esquina final y lo veo: el inspector. Sus ojos fijos en mí, cada micro gesto calculado. La ciudad entera se convierte en tablero de ajedrez: farolas, charcos y sombras funcionan como piezas estratégicas en la partida más peligrosa de mi vida.
—Roxy —dice—. Esto termina ahora. Necesito saber la verdad.
Mis pasos golpean charcos, reflejando mi silueta múltiple. Cada salto, cada giro, cada sombra usada como cobertura, es un cálculo preciso. La voz domina completamente, mi hermano protege, y yo actúo con control absoluto.
****
El inspector me sigue, reconstruyendo patrones y rutas a la velocidad del pensamiento. Cada reflejo, cada charco, cada callejón se convierte en evidencia visual de mi mente fracturada y estratégica.
—No podemos fallar —susurra mi hermano—. Haz que todo cuente.
Dentro de mí se disuelven el miedo, la estrategia y el control.
Por primera vez comienzo a pensar que mi hermano está tan desorientado y temeroso como yo.
Ha sido mi fortaleza, mi refugio de protección y supervivencia pero ahora se siente perdido y agotado.
Como yo. Lo disimula. Me habla con una seguridad que sé que no siente.
Dice que es más listo que el inspector, que acabará con él de una manera que ni se imagina, que lo destruirá por dentro y por fuera.
Esa rabia, esa ira fría lo vuelven más peligroso pero también más débil.
Y yo… yo quiero proteger al inspector de la mente destrozada de mi hermano antes de que sea tarde.
Aunque me toque enfrentarme a la persona que más amo en este mundo, a ese hermano que vive únicamente para mí hasta el punto de que se le ha olvidado vivir.
Ambos vivimos sumergidos en un delirio constante que nos hace parecer coherentes y organizados.
Pero algo está fallando. No somos tan perfectos.
Ojalá pudiera pedirle al inspector que me abrace, que me insufle esa serenidad que ya no tengo, que me salve de todo: del hombre, de mamá, del miedo, del dolor. Incluso de mi hermano. Que me devuelva la vida que merezco. No puedo. No debo. Una vez más, elijo a mi hermano.
—Te equivocas —susurra la voz—. Sigues eligiendo el camino equivocado. Yo ya no puedo hacer nada por ti. Te he guiado, te he enseñado. Tú has decidido.
El inspector lo percibe parcialmente: la coherencia de los movimientos, los reflejos imposibles, la inteligencia táctica. Sus ojos revelan asombro y comprensión.
—No eres… solo una —murmura—. Eres todas tus experiencias, todas tus estrategias.
—Ya te lo dije. Somos nosotros. Por tu propio bien, deja de buscarme. Olvídate de mí. Quien con monstruos lucha, cuide de convertirse a su vez en monstruo —termino diciéndole. Parece muy sorprendido ante esa frase, que no esperaba.
Doblo la última esquina del laberinto urbano. Los charcos reflejan luces de neón que parpadean sobre paredes mojadas. El inspector se detiene a distancia, evaluando cada paso, pero ahora ya no hay persecución: hay entendimiento.
—Roxy —dice—. No quiero atraparte. Quiero ayudarte a salir de esto.
—No necesitamos escapar. Controlamos nuestro destino —mi hermano ha comprendido.
La ciudad refleja nuestra unidad: luces y sombras se alinean, charcos muestran una única silueta que domina el espacio urbano con claridad y estrategia.
****
El inspector analiza cada detalle, cada charco, cada reflejo.
La evidencia ahora tiene sentido: patrones, rutas, movimientos estratégicos.
Comprende finalmente la complejidad de mi mente y acepta que no se trata de un criminal común, sino de alguien que ha sobrevivido, aprendido y controlado su entorno de manera excepcional.
—Nunca había visto algo así —murmura—. Inteligencia, estrategia… fragmentación convertida en poder.
No hay arresto, no hay persecución violenta. Solo entendimiento, reconocimiento y aceptación. La ciudad, húmeda y brillante, parece respirar con nosotros.
La lluvia disminuye, los charcos siguen reflejando luces intermitentes. La ciudad es un tablero completo. La voz susurrante calla. Mi hermano me protege incluso sin querer entender que he cambiado. Y yo finalmente soy una sola. Rota y perdida. Cansada. Sola.