Roxy 22
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La ciudad respira humedad y neón. La lluvia ha cesado hace unos minutos, pero los charcos reflejan luces rojas, verdes y amarillas, distorsionando cada silueta. Cada esquina es un espejo de la realidad y de mi mente. Cada reflejo tiene sentido. Cada sombra es una oportunidad.

No podemos fallar. Él está muy cerca.

Doblo en un callejón y lo veo: el inspector. Su mirada no busca atraparme con violencia, sino entender, reconstruir, anticipar. Por primera vez, la distancia entre cazador y cazado se acorta, y la ciudad se convierte en un tablero de espejos y estrategias.

—Roxy —dice con voz firme—. Necesito que seas honesta conmigo. No podemos avanzar si no entiendo lo que pasa.

El inspector da un paso hacia mí clavándome esos ojos verdes que pretenden hipnotizarme.

Yo retrocedo. Mis botas pisan charcos que reflejan mi silueta múltiple, multiplicando mis movimientos.

La ciudad actúa como aliado y laberinto: luces parpadeantes, sombras alargadas y callejones estrechos forman un escenario táctico.

Comienzo a moverme. Quedarme tan cerca de él es un error. Me muevo con precisión. Cada charco, cada sombra, cada reflejo se convierte en extensión de mi mente. Anticipo sus movimientos, confundo su percepción, y la ciudad me protege y me oculta al mismo tiempo.

****

Roy empieza a comprender patrones imposibles: rutas calculadas, movimientos anticipados, desapariciones estratégicas entre charcos y sombras.

Sus notas ratifican algo que había sospechado desde su transformación en la comisaría: Roxy no es solo quien parece ser, sino alguien con múltiples facetas internas actuando como un solo ser.

—Esto no es un criminal común —murmura—. Es alguien fragmentado, pero extremadamente consciente.

Tal vez se ha equivocado y no se encuentra bajo el efecto de las drogas. Es una mujer atormentada y desquiciada a partes iguales, necesita ayuda urgente. El problema es que no se deja ayudar y se escapa de él.

No esperaba encontrarla. Tal vez ella ha salido a su encuentro aunque manteniendo las distancias.

Es fácil ver que está asustada. Lo que sea que la sostiene se está desmoronando.

Pero sigue sin confiar en él. Si no fuera por su hermano la comunicación con ella sería más sencilla.

El hermano, o quien sea, la retiene y controla y ella no sabe librarse de ese dominio.

Se queda en su despacho varias horas después de terminar su jornada laboral y en su casa no descansa. Se le olvida llamar a Brenda. Olvida citas. Vive única y exclusivamente para aclarar el misterio de Roxy, necesita tener algo sólido para batir la ciudad y detenerla.

Ha aparecido otro cadáver, esta vez cerca de una gasolinera.

Un camionero, asesinado de idéntica forma dentro de su cabina.

La cámara refleja al hombre saliendo de la tienda con un paquete en la mano, subiendo al camión y poniéndose en movimiento.

El ataque se producido poco después, al salir a la carretera.

—Nuestro asesino le paró y le mató. Debió de ser muy rápido —Gordon empieza ya a sentirse agobiado también.

—La cuestión es dónde estaba esperándole.

Los testigos coinciden en sus declaraciones.

—Puso gasolina, comió algo en el restaurante y compró unos sandwiches y café para el camino —el encargado de la gasolinera se acuerda perfectamente de él.

—¿Estaba solo?

—Todo el tiempo. Entró y se marchó solo. Habló un momento por teléfono antes de salir. Nada extraño.

—¿No vio a ninguna chica por los alrededores?

—Había una mujer con su hija, se marcharon después que él en su coche. Ya les he dicho que fue una noche normal, poca gente.

—Está saliendo de su zona de confort. La cuestión es por qué.

Aunque inspeccionan los alrededores el equipo no encuentra nada. La autopsia da los resultados que ya esperaban. Respecto a la víctima, es un hombre de cuarenta y cinco años, soltero.

—Era un buen tipo —les dice su jefe—. Todos le apreciaban. Siempre dispuesto a echar una mano. Llevaba veinte años trabajando en la empresa y nunca dio motivos para una queja.

—Qué locura —suspira Gordon—. Esto ya se nos está quedando grande, Roy. El jefe ha decidido pedir ayuda a los expertos. Nosotros solos no podemos hacer más.

—No jodas. ¿Va a venir gente que no conoce el caso a meter las narices?

—Eso me temo. O le damos resultados ya o vienen, lo arreglan ellos y se llevan la gloria.

—Como si no soportáramos ya suficiente presión.

—Qué gana tengo ya de jubilarme y pasar las mañanas en el jardín ayudando a Wilma.

—Te aburrirás y la aburrirás. No te imagino jubilado sin hacer nada.

—A lo mejor me voy a España. Estuve una vez de vacaciones y me gustó mucho. La comida es excelente aunque almuerzan y cenan a horas horribles. También se acuestan muy tarde. Playa, sol, paseos por la tarde, sentarse en una terraza al aire libre por la noche. Una delicia.

—No parece mal plan. ¿Qué opina Wilma?

—Dice que vendamos nuestra casa de aquí y nos compremos una allí con vistas al mar.

—Si es lo que de verdad queréis, adelante. Brenda y yo iremos a veros.

—Pero antes tenemos que detener a esos dos o tres, los que sean. Quiero jubilarme con el deber cumplido.

****

No sé por qué mi hermano me ha llevado hasta esa gasolinera.

Me da miedo alejarme mucho de la ciudad, verme en un entorno hostil me acobarda.

Ha dejado de llover. Escondidos al otro lado de la carretera vemos a ese hombre subir a un camión.

El estómago se me revuelve. Es como volver a mi infancia.

El camionero y el hombre se parecen demasiado.

Lo odio. No sé quién es pero lo odio y quiero que muera.

Le hago señales para que pare. Fácil. Sonríe sencillamente y me ayuda a subir a la cabina.

Me pregunta dónde voy. Le respondo que a cualquier sitio, me da igual.

Me ofrece café, agua, un sándwich. Le digo que no y le doy las gracias.

—Pues arrancamos. Hasta el infinito y más allá —dice amablemente.

Parece una buena persona, no como el hombre. Pero el parecido es atroz. Tengo náuseas. Para en cuanto puede y me pregunta si estoy bien. No estoy bien. Estoy destrozada. Va a morir porque se parece a quien no debería. Me mira y sus ojos se abren con sorpresa y miedo. Tiene miedo.

—¿Por qué? —jadea.

No debería darle ninguna razón, pero lo hago. Ha sido bueno conmigo, merece saberlo.

—Porque te pareces demasiado al hombre —es la escueta respuesta.

Mi hermano y yo bajamos del camión y nos alejamos campo a través. La voz susurrante está extrañamente silenciosa. No aprueba esta muerte.

—Era necesario. Por nosotros.

—No esta vez. Era bueno y amable.

—No sabes dónde pretendía llevarte ni qué iba a hacerte. Era como el hombre. Como los otros. Ninguno era bueno.

—No más, por favor… No me hagas volver a pasar por esto… Déjame descansar. Déjame…

No puedo más. Tengo que acercarme al inspector y decirle que ha ganado. Que me rindo. He llegado a mi límite. Que me salve si todavía es posible.

****

Una llamada saca a Roy y a Gordon de su papeleo. El mayor atiende la llamada. Después mira a Roy.

—Han aparecido dos cadáveres en casa de la señora Archer.

—Eso es que su marido ha vuelto y la dulce señora lo ha liquidado —dice Roy en tono festivo.

—¿Y el segundo cadáver?

—Obvio: el de la amante.

—No me gustaría detener a una dama tan amable. Lo pasaría fatal en la cárcel.

—Siempre podemos alterar la escena del crimen y hacer creer que se cayeron por la escalera.

—Los dos a la vez.

—Veamos primero qué ha ocurrido. Ya pensaremos qué hacer.

Lo que encuentran les corta la risa. Tienen que pedir a los vecinos que vuelvan a sus casas.

El salón está muy limpio y ordenado. Huele a flores.

Sobre la mesa una tetera con restos de té, una taza, una jarra  y migas de bizcocho en una bandeja.

El equipo toma fotografías de todo. Se ponen los guantes y lo guardan en bolsas.

Hay un compacto dentro de un reproductor.

En un sillón Susan Archer caída hacia atrás.

En el sillón de enfrente, una chica con la cabeza apoyada en la mesa.

Las dos muertas. No hay signos de violencia.

—La chica es la vecina, la profesora de piano. ¿Qué demonios las ha matado?

Roy está a punto de pisar algo: una pistola taser muy cerca de la profesora.

—La huellas nos aclararán de quién era la pistola.

Recorren la casa. Ningún mueble desplazado. Ninguna señal de lucha. Todo en orden.

—Inspectores, vengan a ver esto.

El jardín sigue impoluto y bien cuidado excepto por un detalle. Al fondo hay cavado un agujero con amplitud suficiente para que quepa una persona. Roy y Gordon se miran.

—Quería enterrar a alguien aquí…

Continúan inspeccionando el jardín hasta que descubren que hay más agujeros debajo de las flores. Se trata de un cementerio en el que están enterrados cuerpos de hombres. Las autopsias aclararán sus identidades.

—¿Tú qué opinas, Roy?

—Todo apunta a que la dulce señora los mató, a saber por qué.

—¿Una asesina en serie?

—Eso parece. Joder. No puedo creerlo.

La prensa ya está fuera de la casa. Peter ha sido el primero en llegar.

—Aún es pronto para un diagnóstico: dos mujeres muertas y varios cuerpos masculinos enterrados en el jardín.

—¿En serio? ¡Qué noticia! Esto es oro puro.

—No seas psicópata, Peter.

El laboratorio forense tarda en entregar las conclusiones.

Todos los hombres han sido envenenados, Will Archer entre ellos.

Cuando ella presentó la denuncia por su desaparición, el hombre ya estaba muerto.

Un examen minucioso de la furgoneta de la señora Archer revela que no transportaba únicamente esquejes y abono.

Ella misma ha fallecido a causa de un infarto causado por varias descargas de la pistola taser, disparadas por Julie Szczepan, profesora de piano del conservatorio.

Las únicas huellas que aparecen en la pistola son las suyas.

Respecto a su muerte, también ha sido envenenada por la señora Archer.

Los restos del veneno aparecen en su organismo, en las migas y en la taza de té.