Roxy 21 #2
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21 #2

—Si de verdad te apetece que vayamos a la cabaña, iremos cuando quieras. De verdad, cariño. Me apetece desconectar un poco. Estoy sobrecargado. Tienes razón.

—¿Lo dices de verdad? ¿No solo para complacerme?

—Lo digo de verdad. Para complacerte, porque también me apetece y además nos vendrá bien a los dos.

Brenda le abraza y él le devuelve el abrazo.

—Te quiero —dice Roy en voz baja—. Vamos a la cama, amor.

****

La ciudad está cubierta por una neblina ligera, mezclada con humedad y el olor penetrante del asfalto mojado.

Los charcos brillan bajo luces rojas y verdes, multiplicando mi silueta en distorsiones que confundirían a cualquiera que me observara.

Mis botas golpean el pavimento con un ritmo calculado, cada eco un recordatorio de que estoy atrapada entre el miedo y el control.

Doblo en un callejón estrecho y lo veo: un tipo que lleva un buen rato siguiéndome sin perderme de vista.

Es uno de esos que creen que toda mujer sola de noche es una presa.

Sus ojos se clavan en mí, y por primera vez siento un peligro inmediato, tangible.

La ciudad se convierte en un tablero: charcos, luces y sombras funcionan como trampas visuales y rutas de escape.

El perseguidor avanza. Dejo que se acerque a mí.

Uno más. No es inteligente ni calculador.

Me mira con una sonrisa de depredador. Está jugando al gato y al ratón.

Él es el ratón. Doblo otra esquina y me encuentro con un callejón cerrado.

Los charcos reflejan luces intermitentes, distorsionando mi imagen.

El perseguidor sigue avanzando, se acerca, cree que me domina.

Pero algo en sus ojos cambia. Intenta retroceder.

Demasiado tarde. Parece dormir sobre la calle mojada.

Mi respiración se acelera. Mi hermano me aparta pero esta vez no tiemblo ni le hago reproches.

Ha hecho lo que tenía que hacer para protegerme una vez más.

Me alejo de allí pero no corro. Voy hacia la salida del callejón, mis botas golpeando con fuerza el pavimento, reflejos de neón multiplicando mis pasos. La ciudad se convierte en extensión de mi psique: controlada, anticipada, dominada.

Me muevo estratégicamente, usando reflejos y sombras como cobertura. Cada giro es un cálculo; cada salto sobre un charco, un movimiento táctico. La ciudad misma parece conspirar a mi favor, amplificando mis reflejos y multiplicando mis movimientos en los espejos líquidos del pavimento.

Por primera vez, siento una convergencia: miedo, estrategia y claridad. Cada movimiento es preciso, cada sombra y charco se convierte en extensión de mi mente. Por esta noche volvemos a estar a salvo.

****

—Tenemos otro cadáver. No vengas a la comisaría, ven directamente aquí. Te mando la ubicación.

Roy cuelga la llamada. Brenda se despierta y se frota los ojos.

—Me ha llamado Gordon —Roy responde a su pregunta muda—. Tengo que marcharme ahora mismo.

—¿Te preparo un café? No me cuesta nada.

—No, gracias. Voy con prisa. Te llamaré.

Brenda mira el reloj. Son las seis de la mañana.

Hora de levantarse y empezar su jornada.

Al final la noche ha terminado bien, entre besos y suspiros.

Se recuerda que tiene que pedirle a su padre la llave de la cabaña.

Aunque Roy consiguió asustarla la sensación de extrañeza ha desaparecido y le quita dramatismo.

Lo que tiene su novio es un agotamiento brutal que le puede hacer colapsar de un momento a otro.

El escenario es el de costumbre. Un hombre de entre cuarenta y cincuenta años, asesinado de una cuchillada certera.

—Lo han encontrado hoy pero lleva muerto casi dos días. Esta zona no es muy concurrida que digamos.

—¿Le han robado?

—No. Mismo modus operandi , mismo tipo de víctima. Ningún testigo. Y por aquí no hay ni una maldita cámara. Nos estamos desayunando con nuestro viejo conocido.

—Mierda… —escupe Roy.

—Buenos días. Por decir algo…

Peter Lee aparece de repente. Roy hace un gesto para que le dejen acercarse.

—Qué hay, Peter. Te has vuelto a enterar muy rápido.

—Tengo informantes muy eficaces. A la gente no le va a gustar nada. Esto son asesinatos en serie, ya no lo podéis negar. Espero que no cunda el pánico.

—No, a menos que seas un tipo de edad adecuada que frecuenta malas calles. Mira, tus compañeros de los noticiarios. Más carnaza para ellos.

—Solo hacemos nuestro trabajo, Roy. Como tú el tuyo. Tienen derecho a informar.

—Gordon, por favor, ¿podrías hablar tú con ellos? Yo no estoy para sutilezas.

—Es frustrante, ¿verdad?

—No tienes ni idea, Peter. Más de lo mismo y ninguna huella. Nada. Si dos nenes están matando a su padrastro, como sugeriste, esto se nos irá de las manos a todos.

—A mí es una idea que me cuadra bastante. ¿Cuántos padrastros violentos y maltratadores puede haber en esta ciudad?

—Si estuvieran todos denunciados sería más fácil saberlo. Pero muchas mujeres se callan y aguantan por miedo o por costumbre. Si todo esto lo ha provocado un padrastro mal bicho, entonces su mujer es o fue de las que no denunciaron. Seguimos igual, Peter. Nada. Maldita sea.

****

El coche de Roy sigue un sendero bastante estrecho bordeado de vegetación y desemboca en un espacio donde se alza la cabaña de madera.

Aunque llamarla cabaña se queda corto. Es una casa de considerables dimensiones de dos plantas, totalmente aislada.

En la parte de atrás hay un lago con un embarcadero y una lancha.

—¿Qué te parece, Roy? ¿Te gusta?

—Es impresionante. Yo esperaba algo más pequeño.

—Mi padre la hizo construir para pasar parte de las vacaciones. Con cinco hijos hacía falta mucho espacio. Vamos dentro, te la enseño.

Construida totalmente de madera, en la planta baja se encontraba la cocina, el salón y el comedor, todo integrado en un espacio diáfano. Una chimenea enorme. Muebles rústicos hechos a mano. Rural, cómoda y elegante a la vez.

—Tenemos electricidad y agua corriente. Arriba están los dormitorios.

Abajo en el sótano una sala de juegos y televisión con algunos sofás que se convierten en cama.

Para cuando invitábamos a nuestros amigos.

Hay seis dormitorios con su baño incorporado, y otro baño adicional en el sótano.

Nosotros ocuparemos el mío. Tiene una cama suficiente para los dos.

Le muestra la casa sin prisa. Hay suficiente leña para pasar dos inviernos y comida en la despensa y el frigorífico suficiente para todo el condado.

—Papá hizo que nos trajeran comida y que llenaran la leñera. No pasaremos hambre ni frío. En el cobertizo hay bicicletas para dar paseos. Y… eso es todo, amigos —termina poniendo voz de Porky. A Roy se le escapa la risa.

—Me alegro de haber venido. Mira, voy a apagar el móvil y hasta el domingo por la noche no lo volveré a conectar. No quiero saber nada de lo que pase durante estos dos días.

—Deja que avise a mis padres de que hemos llegado bien para que estén tranquilos, y yo también lo apago.

El fin de semana se les pasa demasiado rápido.

Duermen sin despertador, comen abundante, dan paseos a pie, en bicicleta y en la lancha por el lago.

Roy recupera fuerzas y elimina parte del estrés.

Cuando oscurece se tumban sobre una manta junto a la chimenea con una copa de vino y miran el fuego.

No sienten la presión y el agobio propios de sus trabajos.

—Qué sensación de paz y bienestar, Brenda. Tu padre ha sido muy amable.

—Y lo mejor es que estamos solos. Durante las vacaciones escolares hay un momento en que nos juntamos toda la familia y es un no parar con los niños.

—Ya imagino… —Se queda pensativo, con los ojos clavados en las llamas.

—¿Sigues aquí? —le pregunta Brenda en voz baja.

—Más presente que nunca. Estaba pensando… Ya sabes que tengo entre manos un caso muy complicado. Pero cuando pueda solucionarlo me gustaría que vivieras conmigo, si te parece bien.

—¿En tu casa?

—Donde prefieras. Siempre que estemos juntos.

—Me gustaría mucho, Roy. El dónde ya es lo de menos. Sí, viviré contigo.

Roy lo ha propuesto de corazón. Quiere hacer las cosas bien con Brenda.

Será pronto, con suerte. El asesino, o Roxy, o los dos cometerán un grave error y allí estará él para apresarlos y entregarlos a la justicia.

No le gusta la idea de Roxy en la cárcel.

Allí su mente terminará de hacerse añicos a menos que reciba tratamiento psicológico.

Es un peligro para ella misma y para los demás.

Pero ¿una asesina?  Todavía no puede creerlo. Siempre busca excusas para exculparla.

El regreso es tranquilo. Brenda canta en voz baja. Busca una emisora y acompaña la canción mirando sonriente a Roy, que sigue el ritmo con más entusiasmo que arte.

—Es verdad, cantas horriblemente mal.

—Tengo otras habilidades, pero voz no. En cambio mi oído es excelente.

—Es lo que me sorprende, tu oído. Tus cinco sentidos están muy desarrollados.

—Tenemos más de cinco. Posiblemente superen los treinta.

—Me dejas asombrada. No tenía ni idea.

Siguen cantando y riendo hasta llegar a la ciudad. Roy deja a Brenda delante de su casa. Ella le mira y le coge de las manos. Suben juntos a su apartamento.

Esa noche, abrazado a Brenda, duerme de un tirón hasta las cinco de la mañana sin pesadillas.