Roxy 20 #2
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20 #2

Él, desde lejos, empieza a unir piezas que lo acercan a descubrir no solo mi patrón de movimientos, sino la complejidad psicológica detrás de mí. La investigación se vuelve más concreta, más real, y el tablero de la ciudad empieza a mostrar las rutas y los secretos que antes parecían invisibles.

La ciudad sigue viva, húmeda, reflejando luces intermitentes sobre charcos, y yo camino, consciente de que comienzo a tener el control, de que mi hermano comienza a ceder, y que la investigación del inspector está a punto de cambiar el juego.

La ciudad me rodea como un espejo: luces, sombras, reflejos y charcos muestran no solo el mundo exterior, sino mi propio laberinto interno. Por primera vez, siento una sensación extraña: claridad mezclada con poder, miedo transformado en estrategia.

Doblo otra esquina y la ciudad parece expandirse ante mí. La lluvia ha disminuido, dejando charcos brillantes que reflejan luces parpadeantes. Ahora soy yo quien domina, guiando mi presencia, anticipando movimientos y observando patrones.

****

Roy, desde lejos, comienza a unir todo: la evidencia, los reflejos, las rutas.

Cada pieza apunta a alguien extremadamente inteligente y estratégico, consciente de la ciudad y de sí misma, y con fracturas internas que explican sus patrones impredecibles.

Siente que está más cerca de descubrir la verdad.

Mientras tanto, revisa evidencias concretas: una cámara de seguridad capta un reflejo distorsionado que coincide con los movimientos de Roxy. Un patrón de rutas que se repite: ciertos callejones y bares.

Cada dato le permite reconstruir mentalmente la ruta de alguien extremadamente consciente de la ciudad y de cómo manipular su entorno.

—Está jugando con la ciudad —murmura—. Y está adelantada a mí.

****

La ciudad late bajo la lluvia fina que cae desde el cielo gris.

El pavimento brilla con los reflejos de luces de neón: rojos, verdes y amarillos se mezclan en charcos que deforman y multiplican mi silueta.

Cada esquina, cada callejón, es un laberinto que me desafía, que me protege y que amenaza a la vez.

Doblo una esquina y lo veo: el inspector. Sus pasos resonando sobre el asfalto húmedo, mirada fija, atento a cada movimiento mío. No hay miedo en él, solo concentración. Por primera vez, siento que alguien me entiende desde fuera, aunque todavía no conoce toda la verdad.

—Roxy —dice, con voz firme pero calmada—. Necesito hablar contigo.

—No volveré a la comisaría —le advierto antes de que se acerque—. Lo que tengas que decirme dímelo aquí.

La lluvia golpea mi rostro y mis botas resuenan en charcos dispersos. La ciudad parece un tablero vivo: luces parpadeantes, sombras que se estiran entre callejones, reflejos que multiplican mi presencia. No puedo dejar que me alcance. No esta vez.

Mi cuerpo se mueve con precisión. Cada giro, cada salto sobre un charco, cada sombra usada como cobertura, es calculado. El inspector toma nota de cada reflejo, cada microgesto, y empieza a reconstruir mentalmente mis rutas y patrones.

Doblo otra esquina y él me sigue, pero a distancia segura. La ciudad húmeda actúa a nuestro favor y en nuestra contra: charcos reflejando luces, semáforos intermitentes, farolas que parpadean sobre paredes mojadas. Todo es confuso, pero estratégico.

—Ahora —susurra la voz—. Usa los reflejos, engaña la percepción.

El inspector frunce el ceño, observando cómo mis movimientos parecen multiplicarse, desaparecer y reaparecer entre charcos y sombras. Comienza a percibir que no se enfrenta a una sola persona, sino a alguien con control absoluto de su presencia y entorno.

El inspector finalmente me alcanza en un cruce amplio, luces de neón reflejadas en charcos alrededor de nosotros.

—Roxy, necesito entender quién eres —dice, levantando las manos para no intimidarme—. No quiero hacerte daño, solo necesito respuestas.

Respiro hondo. Por primera vez, puedo observar, escuchar y responder sin perder el control. La ciudad parece contener la respiración, los charcos brillan, las sombras se alinean.

—Soy… compleja —susurro finalmente—. Y tú todavía no sabes nada.

La lluvia disminuye, los charcos reflejan luces intermitentes y la ciudad sigue viva, húmeda y expectante. El inspector toma nota, analiza cada palabra, cada gesto, y empieza a comprender la complejidad de la persona que tiene delante.

—Sé que has sido tú —dice en voz baja—. Necesito que me digas por qué matas.

—No. No soy yo. Somos nosotros.

Mi respuesta le deja confundido. No dice nada.

La ciudad sigue siendo un laberinto de reflejos, luces y charcos, y yo camino, consciente de mi poder y del avance del inspector, que se acerca cada vez más a la verdad aunque todavía no sabe ni comprende.

****

Desde su perspectiva, Roy ha comenzado a unir los hilos: patrones de movimiento repetidos, rutas y charcos estratégicos. Cámaras de seguridad que muestran siluetas rápidas y reflejos distorsionados. Evidencia física mínima pero consistente.

Cada detalle le permite anticipar comportamientos y predecir posibles rutas. La ciudad se vuelve su tablero de ajedrez y Roxy, sin saberlo del todo, su pieza más intrigante.

«No soy yo. Somos nosotros.» Esa frase le martillea la cabeza.

Roxy sigue convencida de que es su hermano la mano ejecutora.

Él está cada vez más convencido de que no hay hermano pero sí un hombre que la manipula.

Hace un sonido de fastidio. Cómo no lo ha pensado antes: la chica se droga, es adicta y su cerebro no distingue la realidad de las alucinaciones.

Por las zonas en las que se mueve hay camellos de poca monta que venden mercancía barata de tan mala calidad y tan mezclada que fríe el cerebro de los que la consumen.

Posiblemente paga las dosis con favores sexuales.

Roxy delira y recorre las calles sin un objetivo concreto hasta que da con la víctima adecuada.

Un hombre le hace proposiciones, en medio de su delirio recuerda un pasado turbio; y como consecuencia de un trauma que sigue latiendo en su interior, se venga en él de todas sus desgracias.

****

Brenda se mueve en sueños y alarga una mano. El lugar que ha ocupado Roy está vacío. Alarmada, se levanta. Lo encuentra mirando por la ventana del salón hacia la calle apenas iluminada. No se vuelve. No la ha oído acercarse.

—Roy…

—Tengo que irme —dice él de pronto.

—¿Irte dónde, cariño? Es muy tarde. O muy temprano. Vuelve a la cama.

—Tengo que irme, Brenda.

Está completamente vestido. Se pone la cazadora y se marcha sin más.

****

Roy se despierta. Está tumbado en su sofá.

Se levanta envarado. Otra vez se ha dormido mientras solo intentaba relajarse.

Va al baño y se mira en el espejo. Tiene círculos oscuros bajo los ojos.

Se desnuda para darse una ducha y se da cuenta de que los vaqueros y la sudadera están húmedos y sucios.

No los reconoce como suyos. Los mete en el saco de la ropa sucia para llevarlo todo a la lavandería.

Se ha dado un golpe en una mano y la tiene hinchada.

No recuerda nada. Vuelve al salón secándose el pelo con una toalla y ve un vaso con restos de whisky.

«Gordon tiene razón», piensa. «Como siga así voy a acabar desquiciado.

No como, no duermo y bebo más de lo habitual.

Que este puto asunto termino pronto, antes de que colapse del todo. »

Se bebe un café frío mientras repasa sus últimas anotaciones.

Repara en una línea escrita apresuradamente.

Es su letra pero no recuerda cuándo las escribió, ni por qué.

Si miras al abismo, el abismo te devuelve la mirada.

Conoce la frase: es del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, de su obra Más allá del bien y del mal .

Se impresiona. Sabe que se ha asomado tantas veces al abismo que éste le ha visto y reconocido.

Gordon se asusta al verle, y más al escucharle.

—Gordon, cuando el abismo te mira a los ojos, ¿cómo puedes seguir viviendo sin que te afecte? ¿Cómo puedes huir de él?

—No lo sé, Roy. ¿Qué te pasa?

—Nada. Me voy a buscar un café. Te traigo otro para ti pero sin azúcar.

—Como me lo traigas sin azúcar te bautizo con él. Tú lo que necesitas es una dosis de dulce, colega. Cómete un bollo bien cargado para variar.

—¿Sabes que no sé si estoy bautizado? Ahora que lo has mencionado.

—A lo mejor tus padres no eran creyentes.

—A lo mejor. Me meto con el papeleo. A ver si hoy tenemos la fiesta en paz y nos podemos aburrir escribiendo informes.

—¿Cómo está Brenda? Venid un día a cenar los dos.

—Iremos. Además quiero ver a Wilma, necesito hablar con ella.

—¿Para hacerle preguntas sobre el abismo?

—Mamá me comprende. Además es una mujer sabia.

—Los genes celtas le han dado hermosura y sabiduría. No sé qué genes son los tuyos; pero el karma o lo que sea te ha puesto en mi camino para probarme. Por cierto, ¿qué te ha pasado en la mano?

—Me he dado un golpe. No es nada. Me he puesto hielo.

—Algún día te caerás dormido y te romperás la crisma.

El día que promete ser tranquilo no tarda en alterarse. Ha aparecido otro cadáver. Gordon y Roy se miran.

Parece lo mismo pero algo ha cambiado. El fallecido es más joven que los otros.

Ese detalle les resulta inquietante. Está caído junto a un contenedor.

Drogadicto y camello ocasional. La sangre se ha secado en su ropa y formado un charco en el suelo.

No tiene documentación ni dinero, pero sí una bolsa pequeña con pastillas que se llevan los del laboratorio.

—Está perdiendo el control —dice Gordon.

—No es de nuestro fantasma —asegura Roy—. Yo diría que esto sí es un ajuste de cuentas. Estamos ante un crimen más sencillo.

Hay una huella de una pisada. Un pie grande. Todo se registra.

—A este lo conozco.

La voz de Peter Lee los saca de su concentración.

—Tú de nuevo. ¿Y dices que le conoces?