Roxy 19
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Doblo en la esquina de un bar cerrado y lo veo: el inspector parece que me ha estado siguiendo, bajo la luz naranja de la farola. Sus ojos me buscan, fijos, evaluando cada movimiento mío. El corazón se me dispara.

Me quedo quieta. Él da un paso hacia mí, y siento la presión de la ciudad: edificios altos a ambos lados, charcos que reflejan nuestras siluetas, la llovizna que confunde luces y sombras. Cada reflejo parece multiplicarnos.

La voz me guía.

—Usa la sombra, los reflejos, los charcos. Anticípalo.

Mi hermano se agita.

—No confíes en nadie.

Pero no puedo moverme como antes. No es solo miedo, sino estrategia. La voz susurrante me recuerda que cada acción debe ser calculada.

El inspector avanza. Yo calculo la distancia, la posición de los charcos y los reflejos. Mis pasos son silenciosos, pero cada uno calculado.

—Hazlo —susurra la voz—. Mueve la ciudad a tu favor.

Mi hermano se opone.

—No. Te expondrás.

Pero la otra voz gana fuerza. Me muevo hacia la esquina opuesta, usando los charcos para reflejar mi silueta, confundiendo su visión. Él se detiene, dudando.

—Ahora —dice la voz—. Aprovecha.

Un salto ágil, un giro rápido, y desaparezco en la calle lateral. La ciudad me envuelve, luces, lluvia y reflejos protegiéndome. El hombre queda atrás, confundido. Cada pista lo acerca más a la verdad: alguien mueve la ciudad como un tablero de ajedrez, y él está comenzando a descifrar las reglas.

Doblo otra esquina y desaparezco entre la lluvia y los reflejos de neón. La ciudad parece querer tragarse todo, pero me protege al mismo tiempo.

—Por fin has aprendido a moverte.

—Sí —gruñe mi hermano—. Pero no he terminado.

Mi perseguidor queda atrás, pero deja un rastro de duda y tensión. La ciudad vibra con cada charco, cada sombra y cada luz parpadeante. Yo camino, consciente de mis pasos y de la fuerza creciente de la tercera voz.

La investigación del inspector avanza, y la red de pistas se estrecha cada vez más alrededor de mí. La tensión crece. Nos queda mucho por jugar.

****

La ciudad de noche tiene un ritmo propio. La lluvia se ha detenido, pero la humedad persiste, mezclándose con el olor a asfalto y cemento. Los charcos reflejan luces de neón que parpadean, proyectando imágenes distorsionadas, como si el pasado se filtrara entre las sombras.

—Recuerda —susurra la voz—. Ellos nos observan, pero también nos enseñan.

Mi hermano me advierte.

—No, no puedes enfrentarlo.

Pero sé que debo. Mis pasos me llevan a un callejón estrecho, y en mi mente, los recuerdos se mezclan con la ciudad

****

—Volvemos a encontrarnos.

El hombre de la capucha fuma despacio apoyado en una pared que parece a punto de caerse.

—¿Sabías que iba a venir?

—Lo sospechaba. Necesitas salir de ti mismo para encontrar las piezas que te faltan y reconstruirte. Es lo que yo hago, solo que con consciencia. He aprendido que es lo correcto.

—¿Eres psicólogo? ¿O un coach de esos de autoayuda?

El hombre se ríe en voz baja.

—No. Solo soy un hombre que ha despertado al mundo real.

—Si me dices que has encontrado la luz o que has escuchado voces, me largo. No estoy para necedades.

—No siempre es tan malo ver una luz o escuchar voces del pasado. Tranquilo, hermano. Tienes que descubrirlo por ti mismo.

—¿Por qué estás aquí?

—He vuelto para enfrentarme a mi pasado, reconciliarme con él y perdonarme. Dormía pero he despertado. Despierta tú también, te conviene. Vivir en la verdad es mejor que vivir en la mentira, aunque duela más. Y no hay mentira peor que la que nos contamos a nosotros mismos.

—¿Quién eres?

—Tendrás que averiguarlo por ti mismo. Delante de ti hay un camino marcado con migas de pan. Síguelo antes de que se las coman los pájaros.

—Dices cosas muy extrañas. Pero lo más extraño es que en los últimos tiempos sueñe tantas veces contigo.

—Crees que esto es un sueño.

—Demasiado real pero sí, un sueño. Sé que estoy en mi cama.

—No siempre estamos a salvo cuando creemos estarlo.

—¿Quién eres?

—Soy un fantasma del pasado, tal vez. Alguien necesario para que por fin sanes tu espíritu y tu sentimiento de culpa.

—Dime tu nombre.

—Tendrás que descubrirlo tú solo. Me marcho ya. No me sigas.

El hombre desaparece tan rápidamente de su vista que es como si se hubiera evaporado. Roy enciende un cigarro y camina lentamente hasta su coche.

—¡Roy!

La voz le llega fuerte y nítida. Conocida. Se vuelve y ve a Peter Lee que se va acercando a él. No puede creerlo. Que Peter se introduzca en su sueño es más de lo que podía esperar. Se acerca y le toca. Real.

—¿Qué haces en esta zona de la ciudad? ¿Me estás siguiendo?

—No seas desconfiado. Por supuesto que no. Quería entrevistar a alguien de por aquí. Imagina mi sorpresa cuando te he visto. Pero a ti no te pregunto, estás siguiendo pistas.

—Correcto. Pistas que no me han conducido a nada. Estoy en una especie de laberinto sin salida.

—Muy chungo. Debes de sentirte frustrado.

—Más que eso. Me siento cabreado con el puto asesino y también conmigo. Mientras voy dando palos de ciego él se esconde en las sombras y me vigila.

—¿Crees que ahora mismo nos está viendo?

—No me sorprendería. En fin, me voy a casa. Ten cuidado por aquí, no me gustaría tener que venir mañana a recogerte. Muchos van armados.

—¿Te apetece un perrito caliente y un café? Te invito.

Entra cada uno en su coche y salen del barrio. No muy lejos hay un local cerca de una gasolinera que abre las veinticuatro horas. Hay bastantes clientes, algunos de ellos camioneros, otros van de viaje y han parado a descansar.

—A lo mejor ya se han ido de la ciudad —dice Roy de repente mirando a los camioneros—. La chica hace dedo en la carretera y el tipo que para gana un dos por uno.

—Podría ser. Incluso podrían estar ya en otro estado. Oye, ¿no serán también ellos los que están atacando en casas aisladas?

—Unos compañeros se están ocupando de eso y también han entrado en un laberinto.

Otro puto fantasma. Gente muerta y ni una sola huella.

Además asesinadas con sadismo. Un  tipo cruel que disfruta con el sufrimiento de sus víctimas.

No creo que sean los mismos. Hasta ahora mi asesino no se recrea, mata al azar y huye.

—O quiere haceros creer que mata al azar.

Como no sabes quién es todavía no ves si hay algo que lo vincula con sus víctimas.

¿Por qué hombres de esa franja de edad? ¿Coincidió con ellos en algún momento y se la jugaron?

Podría estar vengándose por viejas injurias.

O bien, es un tipo joven que ha sufrido abusos y malos tratos y está matando simbólicamente a su padre, de la misma edad que esos hombres.

Los mira, le recuerdan a su padre y ¡zas1 le sale la vena justiciera.

—O a su padrastro.

—O a su padrastro, efectivamente.

Roy recuerda el caso de Wendy y vuelve a sentir que la ira le hace arder la sangre.

—Tendré en cuenta tu reflexión, Peter. Me has ayudado mucho con tu teoría.

—Siempre al servicio de la justicia —el periodista sonríe.

****

Roy llega a su casa a más de las tres. Se prepara un café con unas gotas de whisky y se tumba en el sofá un par de horas.

Esta vez no ha sido un caso de supuesto sonambulismo ni un sueño vívido.

Ha visto al tipo de la capucha, ha hablado con él.

Se ha tomado un perrito caliente con Peter. ¿O lo ha soñado todo?

Antes de ir a la comisaría llama por teléfono a Peter, que le responde con voz somnolienta.

—Joder, Roy, ¿es que tú no duermes nunca?

—Perdona, Peter, pero esto es importante. ¿Tú y yo nos hemos visto esta madrugada?

—Visto, hablado y tomado un perrito caliente con el pan algo duro y un café que parecía matarratas. ¿Qué te pasa? ¿Te has olvidado?

—No… Solo quería comprobar una cosa… Perdona.

—¿Seguro que estás bien?

—Algo aturdido y con sueño. Nada grave. Gracias, Peter.

En cuanto conecta el teléfono, vibra con la entrada de mensajes de WhatsApp.

brENDA_W: Cariño, ¿todo bien?

Anoche te llamé pero me saltó el contestador.

¿Nos vemos en mi casa?

ROYF: Mucho trabajo. Iré a verte lo antes

que pueda. Te quiero.

Roy analiza su tablero de control: mapas de la ciudad, itinerarios de circulación, indicaciones de sus contactos sobre lo que han oído, sobre lo que otros han dicho que han visto. Compara horarios, usa cámaras de seguridad para identificar rutas.

Desde su despacho, observa cómo la ciudad se mueve bajo la lluvia. Cada charco, cada farola, cada callejón es una pieza de un rompecabezas que intenta resolver.

Roxy se le escurre entre los dedos como gotas de agua. Parece estar en todas partes sin estar en ninguna. Se aprieta las sienes. Busca un analgésico y se lo toma con un trago de café frío.

—Esa mezcla te matará —recalca Gordon.

—No, si damos con ese par.

—Si el jefe se entera de lo implicado que estás a nivel emocional, primero te asignará otro caso y segundo te enviará al psicólogo.

—¿Y quién se lo va a decir?

—Yo, no. Aunque debería hacerlo por tu propio bien. Pero Wilma me mataría y después me echaría de casa.

—Yo soy psicólogo.

—Lo sé, pero no sirve. No puedes tratarte a ti mismo. Sería como hacer trampas jugando al Solitario.

Roy sonríe y sigue concentrado en los datos. El bolígrafo repiquetea sobre la mesa. Gordon suspira.

—Por Dios, para ya. No me dejas concentrarme.

****

Parque oscuro, farolas que parpadean, un viento frío que corta la piel. Una niña pequeña, asustada, corre entre sombras que parecen gigantes. Las calles de su barrio son laberintos de miedo: vecinos indiferentes, adultos que no escuchan, y un silencio que aplasta cualquier grito.

—Roxy, yo te protegeré —recuerdo que decía la voz—. Nadie más lo hará.

Esa voz era la de mi hermano, mi única fuerza para enfrentar un mundo hostil. Cada abuso, cada miedo, cada noche de pesadilla él lo mitigaba con su cariño.

No me soltaba de la mano, se interponía entre el horror y yo. Él vivía su propio infierno pero nunca me lo contaba, como si su vida importara menos que la mía. Como si su sufrimiento fuera menor que el mío.

—Aprenderemos a sobrevivir. A observar.

Hemos aprendido. Hemos sobrevivido  pese a todo. Pero seguimos inmersos en nuestros recuerdos. Estamos rotos por dentro. La locura va escalando hasta el punto de que a veces parecemos uno. Divididos, pero el mismo.

Los charcos de la ciudad me recuerdan a aquel parque: reflejos distorsionados, sombras que se estiran, luces parpadeantes.

La ciudad y la infancia se mezclan: calles húmedas que parecen laberintos, farolas que iluminan figuras invisibles, ruido de tráfico que se confunde con gritos que silencié en su momento.

—Esto es lo que nos hace fuertes —susurra la voz—. No solo sobreviviste, aprendiste a ver.

Mi hermano resopla.

—Eso no te hace invencible.

****

Creo que estoy perdiendo a Roxy. A veces se queda inmóvil mirándome como si no me viera, como si también para mí se hubiera hecho invisible. Sé que de alguna manera quiere acercarse al inspector y contarle nuestro secreto. Si ella habla lo perderemos todo.

Creo que está cansada de esta huida constante a ninguna parte, de la oscuridad, de jugar con las luces de la ciudad y nuestro reflejo en los charcos. No comprende que yo estoy en ella, que vivimos juntos o morimos juntos. Que para sobrevivir nos necesitamos el uno al otro.

Siempre nos perseguirá nuestro pasado porque no tenemos futuro. Por muchos tipos asquerosos que mate, surgirán otros, y otros más, iguales o incluso peores. Estoy condenado a matar el recuerdo y ella está condenada a vivirlo una y otra vez.

No sanamos de ese dolor interno. Nunca seremos normales. El hombre mató nuestra infancia; y nosotros, yo, debo matarlo a él continuamente. Eternamente.

****

Roy sigue anotando patrones: ciertas calles, ciertos bares, aparecen con frecuencia en el mapa de movimiento de Roxy.

O de su hermano. De ambos. Comienza a trazar conexiones.

Charcos de agua reflejando luces intermitentes.

Posibles lugares de encuentro. Huellas diluidas que marcan trayectorias.

Cámaras de seguridad que muestran sombras rápidas.

Cada pista lo acerca a comprender a alguien que se mueve con rapidez, inteligencia y misterio entre la ciudad nocturna.

Al igual que él, Roxy no duerme. Tampoco su hermano o lo que sea que controla su vida.

Aunque después de la experiencia durante el interrogatorio piensa menos en el hermano.

Cree que efectivamente fue el hermano el que murió en el incendio y ella ha asumido su personalidad debido al trauma. Son los dos en ella.

También puede estar equivocado y esa Roxy no sea la Roxana de la casa incendiada, que el nombre únicamente sea una coincidencia.

Pero Roy no cree en coincidencias. ¿En cuántas casas destruidas por un incendio hace veinte años vivía un par de gemelos de los que solo sobrevivió uno?

Digan lo que digan los informes, cree que cometieron un error y quien se salvó fue la niña: Roxy.

Y después de años ha encontrado un sustituto para su hermano que exacerba su locura.

Ahora, por qué matan a esos hombres sigue siendo un misterio.