18 #3
—Buena suerte. Mientras ejerció de juez se ganó fama de ser tan justo como implacable. Aunque estoy seguro de que le gustarás. Eso sí, como le falles a su hija no tendrás país para correr.
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—Mi familia está deseando conocerte.
Roy mira asombrado la inmensa casa rodeada por un jardín espléndido. Brenda está contenta. Tira de él precediéndole para subir las escaleras de acceso a la puerta principal. Para su sorpresa, una mujer uniformada les abre.
—¡Ya estamos en casa!
Por un pasillo larguísimo avanza una pareja de mediana edad muy bien vestida, los padres de Brenda. Tres mujeres algo mayores que ella con sus respectivos maridos, y un hombre joven notablemente parecido a su hermana. Roy mira a Brenda y enarca las cejas.
—Familia, os presento a mi novio, el inspector Roy Fletcher.
Son muy amables pero no efusivos. Roy estrecha manos, sonríe. Le entrega a la señora White un ramo de flores blancas, sus preferidas.
—Mi hermanito y yo no somos mellizos —le explica Brenda a Roy mientras toman un cóctel en una terraza cubierta—. Pero somos tan parecidos que induce a confusión.
—Yo nací varios años después. Soy el pequeño de la familia.
—El mimado y caprichoso de la familia.
—He tenido cinco maravillosas mujeres para cuidarme —ríe—. En el internado tuve que aprender a valerme por mí mismo.
—Y has sobrevivido —bromea Roy.
—A la fuerza ahorcan, querido futuro cuñado.
—Un internado…
—Algo parecido al ejército, imagino.
—Ni de lejos —Roy mueve la cabeza—. Una vez que has firmado ya no puedes irte aunque no te guste. Nada de cambiar de colegio.
—Y a ti te gustaba.
—Servía a mi país lo mejor que sabía y podía.
—Y sigues sirviéndolo aunque en otro puesto.
—Así es, juez White. Con el mismo espíritu.
El almuerzo familiar en un comedor más grande que el apartamento de Roy, las conversaciones se generalizan. El inspector comprueba que hay bastante personal de servicio en la casa. La señora White se dedica a su jardín y a su club.
—¿Por qué no habéis traído a los niños? —pregunta Brenda.
—No en el primer día de Roy. Nos pusimos de acuerdo para dejarlos con sus niñeras. ¿Tienes experiencia con niños, Roy?
—Nunca he estado con ninguno.
—Cinco torbellinos y dos bebés llorando no hubiera sido el mejor inicio. Ya los irás conociendo.
—Seguro que son encantadores.
—Ay, dulce ingenuidad. Ya verás cuando los tengas.
Brenda enrojece. Roy parpadea.
—Debe de ser una experiencia sobrenatural ser hijo único.
Roy trata de sonreír.
—No sabría decirlo. Tener hermanos tampoco parece tan malo, viéndoos a vosotros.
—No te dejes engañar por las apariencias, Roy. Cuatro hermanas llamándome por teléfono a todas horas cuando llevan dos días sin saber de mí resulta agotador.
—¿A qué te dedicas?
—¿Has oído hablar de Grant, Spencer, Stone y White?
—El bufete de abogados. Sí.
—Yo soy White. Y mis queridos cuñados son el resto.
—Vaya. ¿Y vosotras?
—¿Con una reata de niños agarrados a nuestras faldas? Ya tenemos suficiente trabajo.
Terminado el almuerzo, el padre de Brenda se pone en pie.
—Acompáñame a mi despacho, Roy.
Todos le miran compungidos, incluida Brenda.
—Ánimo, hermano. Vas a tener la conversación .
Los tres cuñados se ríen de la cara de estupor de Roy.
—No me lo voy a comer. Vosotros sobrevivisteis, aunque debería haberos devorado.
Las carcajadas los siguen hasta el despacho.
—Siéntate. ¿Coñac o whisky, Roy?
—Un dedo de whisky con agua y hielo, por favor.
—Un dedo… muy comedido. Así me gusta. Por cierto, si te apetece fumar en esta habitación es legal hacerlo. Si se te ocurre encender un cigarro en el jardín o en otro lugar de la casa mi esposa llamará a la policía.
—Entiendo.
Roy entiende que el padre de Brenda intenta ser cordial con él y comienza a sentirse más cómodo. Saca el paquete de tabaco y le ofrece uno al señor White, que acepta.
—Es agradable compartir una copa y un cigarro con el novio de mi hija. Me ha hablado mucho de ti. Y muy bien. Dice que os queréis mucho.
—Es cierto. Yo la quiero profundamente. Es la mujer de mi vida —sonríe y le brillan los ojos—. No es necesario que saque de la vitrina el fusil de la Guerra de Secesión que perteneció a su bisabuelo.
—Veo que te has fijado —ríe con ganas—. Es una reliquia familiar. Y bien, ¿cuáles son tus intenciones con Brenda? Soy un hombre bastante anticuado y conservador en estas cuestiones.
—Cuando llegue el momento le propondré matrimonio.
Lo dice sin pensar. Se queda asombrado de sus propias palabras.
—No esperaba menos.
—Brenda no se merece menos, señoría.
—Otra copa, otro cigarro y vamos al salón, o creerán que de verdad te he comido de postre.
Cuando Brenda se sienta al piano a interpretar algo que Roy no ha escuchado nunca, le da la impresión de verse inmerso en una película antigua.
Toca de manera impecable. Al terminar, se une su hermano para un tema a cuatro manos.
Se mira sus propias manos grandes, fuertes y curtidas por años de manejar armamento.
Proteger y servir . Es lo que lleva haciendo desde que cumplió la mayoría de edad.
No sabe nada de música mientras que la familia de Brenda tiene buena formación musical.
Un pensamiento inquietante le sacude por dentro: si podrá resistir cualquier comparación con su entorno culto y educado; si Brenda aguantará su forma de ser y no terminará por marcharse, decepcionada.
Aplaude como todos cuando termina el mini concierto. Brenda se sienta a su lado y le aprieta un brazo, mimosa. Roy le sonríe.
—Ha sido magnífico. Tocas… tocáis muy bien los dos.
—Yo no quería aprender cuando era niño —dice el hermano entre risas—. Creía que tocar el piano era cosa de niñas. Papá me obligó. Gracias, papá.
—Saber música es tan imprescindible como saber nadar —el juez White habla seriamente.
—Yo sé nadar pero no música, además canto fatal. Pero cojo a los malos —bromea Roy.
—Hijo, tu trabajo es encomiable. No tengo nada que objetar a que no toques el piano ni cantes afinando.
—Has conquistado a papá, cariño. Lo sabía.
—En nuestra próxima salida de chicos te llevaremos a un karaoke, Roy. Después de escucharnos a nosotros se te quitará la vergüenza de cantar en público. Nosotros más que cantar ejecutamos las canciones, literalmente.
Roy sonríe a los cuñados. Se da cuenta de que la familia le acepta plenamente y comienza a sentirse más seguro.
Cuando finaliza la velada le despiden como si fuera ya uno más. Brenda le mira orgullosa, ríe feliz.
—Estoy muy contenta, Roy. Papá no es fácil de conformar. Soy una mujer adulta y en realidad no necesito su aprobación pero me hace sentir mejor si la tengo. Tú los has conquistado a todos.
—Han sido muy amables, me han hecho sentir cómodo.
—¿Sabes? En el fondo papá no acabó de sentirse a gusto con…
bueno… Pese a que nos íbamos a casar. Lo aceptó por mí, para no darme un disgusto.
Cuando pasó aquello… me dijo que nunca había llegado a confiar en él y siempre había creído que aquella boda era un error.
Quería matarlo porque me hizo sufrir pero se alegró de no tenerlo en la familia.
—Yo también lo hubiera matado y escondido su cadáver. Sé cómo hacerlo.
Brenda percibe un brillo extraño en los ojos de Roy.
—Cariño… Sé que tú lo conocías antes de verlo en el restaurante —Brenda decide no callar más—. Me habló de ti.
—Conocerlo es mucho decir. Cuando apareció dentro del maletero de su coche Gordon y yo fuimos al hospital a hablar con él.
Le pedimos que cuando le dieran el alta viniera a la comisaría.
Se presentó con su abogado. Me pareció un tipo prepotente.
No te dije nada porque para mí solo era un caso más.
Nos mintió, o en todo caso no nos dijo toda la verdad.
Pero no hablemos de él. Lo único que importa es que tú y yo estamos juntos.
Y que te quiero más de lo que soy capaz de expresar.
—¿Incluso cuando parece que no estás?
—Siempre.
Roy busca su mano y la besa. Brenda, muy atenta al tráfico, entrelaza un momento sus dedos con los de él. Se ha impresionado por la confesión de Roy pero no quiere comentar nada. Gary solo ha sido un caso más y ella lo ha apartado totalmente de su vida. Lo que hiciera no le incumbe.
Está oscureciendo. A un lado de la carretera de repente a Roy le parece ver a Roxy, una mancha oscura en medio de la penumbra.
Se queda mirando por la ventanilla como hipnotizado por la súbita aparición.
Parpadea. Al instante la figura desaparece.
Brenda no se ha dado cuenta de nada, centrada en la conducción.
—¿Puedo quedarme a dormir contigo, Brenda?
—No necesitas pedirme permiso, Roy.
El inspector apenas tiene recuerdos familiares. Su verdadera vida comenzó cuando se alistó. Ver a la familia de Brenda tan unida le ha removido por dentro. Siente que necesita descansar del torbellino que lleva en su mente. Dormir abrazado a la mujer que ama y espantar sus demonios.
Brenda se muestra especialmente sensible y cariñosa con él esa noche.
Roy está a punto de romper sus barreras emocionales pero no lo hace.
Porque si abre la puerta y deja que los recuerdos cobren vida, las pesadillas se convertirán en algo real que no podrá ignorar.
Los sueños malos deben permanecer encerrados y dormidos en el fondo de su mente.
Cuando resuelva el caso de Roxy y del hombre que se oculta tras ella todo volverá a ocupar su lugar.