Roxy 18 #2
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18 #2

Respiro hondo y avanzo, combinando observación y movimiento. Cada paso es un cálculo: dónde doblar, qué sombra usar, qué reflejo evitar. La ciudad es un laberinto y yo debo anticipar cada esquina.

Veo destellos de un coche que da la vuelta, un peatón que desaparece detrás de un edificio. Cada detalle es vital. La voz guía mis decisiones, recordándome que la violencia no es la única salida.

Dentro de mí, algo cambia: una nueva identidad empieza a consolidarse. No solo observa, sino que me guía, anticipa el movimiento del supuesto perseguidor, calcula rutas y evalúa riesgos.

—Podemos manejarlo —dice—. No es solo miedo. Es estrategia.

Mi hermano gruñe, intentando imponer su control.

—No lo hagas. No puedes confiar.

—Sí podemos —responde la voz.

Por primera vez, siento que no estoy completamente a merced de nadie, ni de mi hermano, ni de la ciudad, ni del misterio que me sigue.

La lluvia se intensifica, y los charcos reflejan luces rojas, verdes y blancas.

La ciudad es un laberinto vivo y húmedo, que me desafía con cada paso.

El supuesto perseguidor desaparece, pero deja un rastro: un ticket de metro olvidado, una sombra en la cámara de seguridad. La otra voz sonríe dentro de mí:

—Aprendiste. Esto continúa.

—Sí —gruñe mi hermano—. Pero ahora no somos débiles.

Y mientras camino entre luces y sombras, sé que alguien me estudia desde lejos, alguien que intentará descifrar cada paso mío. La ciudad no duerme, y yo tampoco.

****

Roy sigue trabajando con obsesión silenciosa. Su apartamento es un tablero de guerra. Está rodeado de mapas de la ciudad, fotos de las escenas de los asesinatos, diagramas de rutas posibles y notas dispersas sobre horarios, vehículos y testigos, ninguno fiable y todos confusos.

Intenta reconstruir patrones de movimiento usando coordenadas GPS, cámaras de la calle y grabaciones de bares.

Debe anticipar los próximos movimientos de Roxy y de su hermano. Si no es él, es otro. Ella no actúa sola. Analiza comportamientos, tiempos y reacciones. Va creando un perfil psicológico que no encaja. Nada encaja.

Trabaja más en la calle que en la oficina visitando bares, callejones y estaciones de metro donde hay indicios de actividad sospechosa.

Está atento a todos los análisis forenses, que no dan los resultados que espera. Si no fuera porque la ha visto y hablado con ella, dudaría de su existencia.

Analiza cada detalle para comprender quién es Roxy.

Para saber quién está con ella y dónde se esconden.

Hay muchos lugares en la ciudad en los que desaparecer.

Hay un submundo debajo de las estaciones de metro donde viven cientos de personas que no están en el sistema.

Roxy, sin documentación, sin apellido conocido, sin antecedentes, es un ser invisible aunque también roto.

Está enferma. Roy quiere encontrarla para prestarle la ayuda que necesita.

—Este caso va a acabar contigo físicamente y con tu salud mental, que es peor —Gordon está cada vez más preocupado—. Déjalo estar, Roy.

—No puedo, Gordon. No puedo. Tengo que llegar hasta el final.

—¿Qué te dice Brenda?

—Que mi apartamento y mi mente son un laberinto. Prefiere que vaya yo a su casa y no dormir aquí. Yo también lo prefiero, allí logro dormir aunque sea poco.

—No estropees tu relación con ella, Roy. Lo lamentarías toda tu vida.

****

Roy lo sabe: su obsesión por Roxy va más allá de su interés por resolver un caso complicado.

Está bordeando la paranoia. No le cuenta a Gordon sus impresiones, que plasma en su cuaderno íntimo.

No termina de mandar al laboratorio el coletero de seda negra  que se ha sorprendido usando y por lo tanto ya es una prueba contaminada; ni la bolsita con el labial y el espejo.

También los ha tocado y no sirven para demostrar nada.

Lo guarda en un cajón. A veces se mira en el bonito espejo y no ve nada reflejado, ni a sí mismo.

«Roy, reacciona. No eres un jodido vampiro.

» Destapa el labial, lo huele. Ha buscado la marca Gucci en Internet: es muy conocida, cara y se vende en todas las perfumerías del país.

No puede ir una por una preguntando si una chica extraña ha comprado allí un labial como ese.

El espejo también es de la misma marca, adornado con un diseño floral.

Se pregunta cómo una chica de sus características puede permitirse objetos tan caros.

Si se los compra su hermano significa que tiene una fuente de ingresos, trabaja en algún lado, no es un ente invisible sino que tiene documentación legal y mucha gente le ve a diario.

¿Lleva una doble vida? ¿Hombre respetable de día y asesino de noche?

¿Son dos niños de papá con naturaleza psicópata?

También puede haber robado en algún sitio o a alguna otra chica.

Ve un espejo y un labial que le gustan y no puede permitirse y de alguna manera logra llevárselos.

El caso le está volviendo loco. No encuentra respuestas válidas.

Va al edificio donde encontró a Roxy. No recuerda que fuera así, tal vez porque lo vio de noche.

Muchas de sus ventanas están cerradas con tablones de madera.

Tiene un aspecto abandonado y peligroso.

La puerta principal no está cerrada. Desenfunda su pistola y sube con precaución las escaleras que crujen bajo su peso.

Huele a basura y a humanidad sin lavar, la atmósfera le produce náuseas.

Tercer piso, primera puerta: lo recuerda perfectamente.

Llama repetidamente pero no hay respuesta.

Una puerta se abre y sale un hombre con muy mal aspecto.

Roy le enseña la placa y el tipo intenta volver a entrar. Roy se lo impide.

—No se asuste. Estoy buscando a Roxy.

—No conozco a ninguna Roxy. Hable con el casero.

Y le cierra la puerta en la cara. Roy llama con el puño cerrado hasta que le abre.

—¿Dónde vive el casero?

—Segundo piso, tercera puerta a la derecha.

Tras el portazo Roy no insiste más. Baja al siguiente piso y llama a la puerta indicada.

Quien le abre es un individuo de mediana edad, sucio y despeinado.

Con toda seguridad no es el dueño del edificio, sino el encargado puesto ahí por una red de okupación que cobra alquiler a gente desesperada por encontrar un techo.

—¿Qué pasa? —le espeta de malas formas.

Roy le enseña su placa pero el hombre no se acobarda.

—Estoy buscando a Roxy.

—Aquí no vive ninguna Roxy. Se ha equivocado de edificio, amigo.

—Roxy. Tercer piso, primera puerta.

—Está vacío. Los hijoputas que me lo alquilaron se marcharon sin pagar.

—¿Quiénes eran? ¿Cómo se llamaban?

—Eran dos tíos, a saber cómo se llamaban. No llevo un registro de mis inquilinos, solo les cobro el alquiler.

—¿Dos hombres? ¿Ninguna chica?

—Oiga, ya le he dicho lo que sé. Claro que a veces traían alguna chica pero no vivían con ellos.

—¿Haría el favor de enseñarme el apartamento?

El hombre le precede llevando un llavero. Busca una llave y abre la puerta. El interior está en pésimas condiciones. Suciedad y comida podrida, sin luz. Deben de hacer enganches ilegales. Respecto al agua corriente, a saber. Las condiciones higiénicas brillan por su ausencia.

—¿Contento? Esto es lo que hay.

—Ya veo. «No, no estoy contento. Estoy frustrado. Otra calle sin salida.»

—Eh, un momento. Ahora me acuerdo de usted —el casero se da un golpe en la cabeza—. Le vi subir hasta aquí una noche. Me enseñó su placa y se puso un dedo en los labios. Me asusté pensando que iba a detener al alguien y me encerré en mi casa.

—¿Me vio bajar?

—No. Pero le oí. Iba muy deprisa, pisando fuerte  y murmurando. No me pareció que hubiera detenido a nadie, menuda escandalera se hubiera montado. Se le escapó, ¿eh?

La risa socarrona molesta profundamente a Roy, que le lanza una de sus miradas. El casero se encoge.

Roy sin decir nada sale a la calle. No puede ni respirar. Efectivamente estuvo allí pero el casero o lo que sea no le puede confirmar si bajó con Roxy o solo.

Gordon le lanza una mirada preocupada en cuanto aparece por la comisaría.

—Te has ido de excursión tú solo otra vez. Muchas gracias, hijo mío .

—Gordon, lo siento. No te quiero ningunear. Tuve una intuición y la seguí, no podía esperarte.

—¿Y?

—Nada. Siempre nada. ¿Dónde cojones se esconde ese par? ¿Por qué no los ve nadie?

—Te traigo un café y te cuento las novedades.

Mientras deja que el café se enfríe, Roy escucha las novedades. Gordon mueve la cabeza, desalentado.

—Otro asalto a una casa. Los compañeros que llevan el caso están igual que nosotros, en blanco. Otro maldito fantasma. Lo peor es el estado de los cadáveres. Se enfrentan a un psicópata de manual.

—Joder. Esta ciudad se está yendo al carajo, Gordon. Vaya mierda.

—Adivina quién estaba allí, inevitable como la Parca… —Roy alza las cejas y no responde—. Tu amigo Peter Lee. Tiene unos informantes de primera.

—Es su trabajo. Y es muy bueno. El mejor periodista de investigación que te puedas encontrar. No me sorprendería que cualquier día le den el Premio Pulitzer.

—No tengo nada que objetar. Por mi parte, solo aspiro a llegar entero a mi jubilación y que tú sobrevivas a este maldito caso.

—Sobreviviré. ¿Qué podría pasarme?

—Que ese hijo de puta te embosque y te pegue un tiro, por ejemplo.

—Estoy seguro de que me ha tenido a tiro en más de una ocasión. Aunque parece más artesanal, prefiere el cuchillo. Me ve, Gordon. Por eso siempre va varios pasos por delante.

—¿Y qué le ha impedido atacarte?

—Que soy su inspector favorito… mejorando lo presente —Roy sonríe con descaro.

—Serás cabrón… —Gordon hace ademán de tirarle algo a la cabeza—. Hablando de otra cosa… Ven el sábado a casa, trae a Brenda. Tu mami te echa de menos. Y olvidaremos durante unas horas toda esta chaladura de asesinos y maleantes.

—Este sábado no puedo, Gordon. Me espera un juicio sumarísimo en casa de los padres de Brenda. Voy a conocer al gran ogro en persona.