Roxy 18
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—Mamá, Gordon, os presento a mi novia, la señorita Brenda White. Brenda, Wilma y Gordon Sullivan son mi familia del corazón.

Gordon mira a la chica y sonríe. Es guapa y elegante. Ya se ha informado sobre ella: graduada en la Universidad de Columbia, familia importante.

—Bienvenida, señorita White.

Wilma también la mira. Se pregunta si sabrá adaptarse al carácter de Roy. Ella es glamurosa, acostumbrada a socializar, con amigos importantes. Mientras que Roy es silencioso y salvo ellos puede decirse que no tiene amigos.

—Bienvenida. Estaba deseando conocerla.

—Y yo a ustedes. Pero por favor, llámenme Brenda.

Han llevado una bombonera de porcelana antigua para Wilma, que Brenda ha elegido personalmente, y el vino preferido de Gordon. Ambos reciben los regalos con entusiasmo.

Cenan en el comedor. Brenda sin aparentar mirar ha visto la distribución del espacio y los muebles. No menciona el presupuesto rechazado. Entiende que excedía el sueldo de Gordon y que Wilma se había dejado llevar por el entusiasmo.

Hablan de generalidades. Brenda demuestra buen humor, les hace reír con la anécdota de la cesta de la compra. A Wilma le entran ganas de preguntar si han hablado de boda y de tener hijos pero prudentemente se calla, no es el momento ni el lugar. Se lo preguntará a Roy cuando estén solos.

A las ocho de la tarde ponen fin a la velada. Los jóvenes parecen contentos.

—Ha estado todo perfecto, mamá. Gracias

Roy besa las mejillas de Wilma. Brenda ofrece la mano a los Sullivan.

—Siempre serás bienvenida, querida. Con Roy o sola.

—Son magníficas personas. Se les nota que te quieren —dice Brenda en el coche.

—He tenido mucha suerte con ellos. A Gordon no le llamo papá porque me ha amenazado con matarme —ríe Roy—. Pero Wilma es una madre para mí

—Ahora solo espero que mi familia esté a la altura.

—No me cabe la menor duda. Solo hay que verte a ti para saber que tienen que ser increíbles. El que teme no estar a su altura soy yo.

—Eres el hombre de mi vida. Y no tienes que hacer nada especial para que te acepten, lo harán. Papá está entusiasmado con tu pasado de marine. Ten un poco de paciencia si trata de que le cuentes tus batallas.

—Por ser él le contaré algunas anécdotas.

—¿Quieres subir? —pregunta Brenda con un punto de duda en la voz.

Roy para el coche y la mira. Le brillan los ojos de manera especial.

—No te dejaré sola. Te quiero mucho, Brenda. Aunque esté abstraído, aunque tenga momentos de silencio. Nunca me olvido de ti y te quiero por encima de todo.

—Yo también te quiero Roy.

Mucho después, Brenda hace por primera vez una alusión a su físico.

—Nunca había visto unos ojos como los tuyos. No es solo la intensidad del color, sino el brillo. Parecen esmeraldas iluminadas. Fue lo primero que me llamó la atención de ti.

—Los tuyos son como miel bajo el sol. También me fijé.

—Son como los de mi madre. Mi padre los tiene azules. ¿Ese color lo has heredado de tu padre o de tu madre?

A Roy le cambia la expresión. Una sombra parece cruzar su rostro.

—No lo sé. No los conocí.

Brenda se muestra compungida. Le acaricia la cara.

—Lo siento. No quería molestarte.

Roy hace un amago de sonrisa y se lleva la mano de ella a los labios.

—No pasa nada, cariño. Acércate más. Vamos a intentar dormir.

La respiración suave y regular de Brenda le ayuda a dormir. Envuelto en su calor se relaja. Se mueve y rodea su cintura con un brazo.

Sueña. Ve caras que debería conocer y sin embargo no recuerda. Oye pasos haciendo crujir un suelo de madera vieja. Escucha voces de un momento que no sabe si ha vivido.

—Perdóname —dice en voz alta—. Perdóname tú porque yo no he podido perdonarme a mí mismo…

Brenda se despierta al oírle hablar y llorar en sueños.

Duda si dejarlo o despertarlo, se le nota que está sufriendo.

Algo de su pasado, algo de lo que no habla nunca, está tratando de abrir una puerta.

Tiene el pensamiento de no hacer nada, que siga hablando y así enterarse de qué es lo que le pesa por dentro.

Inmediatamente se siente desleal y miserable.

Muy suavemente le besa y le ayuda a despertarse. Roy abre los ojos.

—¿Qué pasa? ¿Qué hora es?

—Es madrugada. Y no pasa nada —Brenda le miente—. Has empezado a roncar y me has despertado.

—¿Roncar yo? Te lo estás inventando, amor. No he roncado en mi vida y hay un montón de tíos que podrían confirmarlo.

—Esos testigos no me sirven, inspector. Entre sus propios ronquidos no se notarían los tuyos.

Su tono solemne provoca una ligera risa de Roy, que ya ha olvidado el sueño.

—¿Sabes por qué te he despertado? —pregunta seductoramente.

—Me hago una ligera idea.

****

El tráfico nocturno comienza a llenar la avenida, luces rojas y blancas parpadeando en el pavimento mojado. La ciudad se convierte en un laberinto: sombras que se mueven rápido, farolas que iluminan cada reflejo de charco como un ojo que me observa.

El inspector toma nota mental de todo: la forma en que me muevo, la velocidad de mis pasos, los reflejos que dejo atrás. Su mente trabaja como un radar, reconstruyendo patrones, prediciendo mi ruta, mapeando cada posibilidad.

—Nunca me atrapará —asegura mi hermano.

—No es atraparte. Es comprenderte.

Mi hermano parece tener prisa. Mi cuerpo tiembla, un impulso violento recorre mis extremidades.

—Detente —susurra esa voz que no sé si es mía.

—No puedo —responde mi hermano.

Respiro hondo, intentando fusionar las voces. Mi cuerpo se queda quieto, aunque internamente es una tormenta.

Las luces de neón parpadean, los charcos reflejan figuras múltiples. Yo, él, esa voz que no logro reconocer. La ciudad no tiene piedad, pero tampoco juzga. Solo observa.

El cielo sigue gris y pesado. La lluvia se ha transformado en llovizna fina, persistente, que humedece mi cabello y empapa mis botas.

Las calles huelen a asfalto caliente y desechos urbanos, y los faroles de neón reflejan un parpadeo continuo sobre los charcos que salpican cada esquina.

La ciudad parece mirarme, como si supiera que aunque soy  frágil no dejo de estar alerta.

—Observa —susurra la voz.

—No puedo —responde mi hermano—. Es demasiado.

Respiro hondo. Intento calmarme, aunque sé que mi cuerpo tiembla, aunque sé que las sombras parecen más largas que nunca. Esa voz no solo observa: guía. Me dice cuándo avanzar, cuándo retroceder, cuándo respirar. Es el equilibrio que siempre me faltó.

Dentro de mí, se siente casi tangible. No tiene rostro, ni forma, ni edad. Solo sabe. Ve. Anticipa.

—Roxy, escucha —susurra—. Hay patrones. Síguelos. Aprende de ellos.

Mi hermano ruge, intentando tomar el control.

—No confíes. Son trampas.

—Tranquilo —responde la otra voz—. Solo observa y aprende.

Por primera vez, siento que las tres partes pueden coexistir, aunque sea apenas un instante.

Camino entre callejones y avenidas mojadas. La ciudad me aprieta y me protege a la vez. Los charcos reflejan luces de neón como ojos que me observan, y siento la vigilancia invisible de alguien que estudia cada movimiento.

—Él nos observa.

—No sabe nada —gruñe mi hermano.

Pero sí sabe algo. El inspector me sigue, invisible, conectando patrones que yo ni siquiera veo. Cada paso que doy, cada calle que doblo, cada farola que parpadea, es parte de un rompecabezas que él intenta resolver.

El inspector revisa su libreta: un ticket de bar, un registro de metro, una cámara de seguridad que muestra una sombra que se mueve rápido y descompone la imagen. Cada dato aislado parece intrascendente, pero para él es una pieza de un mapa mental.

Sabe que la clave está en la rutina, en los reflejos, en los charcos, en la ciudad que actúa como extensión de mi miedo.

—Aprende de ellos — dice la voz que no sé si es mía—. La ciudad te habla. Cada luz, cada sombra, cada charco.

Mi hermano se enfurece.

—No escuches. Esto es peligroso.

—Solo observa.

Cada vez que siento al inspector cerca, el miedo y la curiosidad chocan. Mi corazón late con fuerza, mis manos se humedecen, y las voces dentro de mí discuten sin descanso.

—Corre—gruñe mi hermano.

—Quédate y aprende.

Respiro hondo y avanzo, sintiendo que, por primera vez, mis decisiones no son completamente de él.

La lluvia disminuye, dejando charcos que reflejan luces amarillas y rojas. La ciudad sigue viva, indiferente a mí y a mis conflictos internos. Pero yo he aprendido algo importante: observar, comprender y anticipar.

Las sombras de los edificios se alargan, las farolas parpadean, y yo camino, sola pero consciente de que alguien más me sigue, alguien que estudia la ciudad y mis pasos, intentando descubrir la verdad detrás del miedo.

La ciudad parece respirarme encima. Cada charco refleja luces de neón, farolas intermitentes y sombras alargadas que se mueven como fantasmas urbanos. La lluvia vuelve, ligera pero persistente, empapando mis botas y haciendo que mis pasos resuenen sobre el asfalto.

—No te confíes —me advierte mi hermano.

—Solo observa. Aprende qué lugares son seguros.

Pero algo cambia. Las calles conocidas ya no me parecen seguras. Cada sombra parece más larga, cada eco de mis pasos más profundo. Empiezo a notar grietas en mi mundo: en mi hermano, en mí, en lo que creí inmutable.

Doblo en un callejón angosto, paredes de ladrillo húmedo, grafitis iluminados por el parpadeo de un cartel de neón.

Y lo veo: un hombre, detrás de un contenedor, mirándome con atención.

No es el inspector, no exactamente. Pero algo en su postura, en la forma en que observa mis movimientos, activa el miedo interno.

Mi corazón late con fuerza. Mis piernas quieren moverse, pero me quedo quieta. El hombre da un paso y desaparece detrás de la esquina. La tensión me recorre como electricidad. Mi cuerpo se tensa, las voces dentro de mí discuten sin descanso.

—Ellos están siguiendo un patrón. Aprende.

Doblo otra esquina y siento que me siguen. Las luces rojas de los semáforos parpadean sobre charcos que reflejan mi silueta. Mi respiración se acelera. La voz dice:

—Cálmate. Evalúa las rutas. La ciudad te habla.

Mi hermano ruge, intentando tomar el control.

—Corre. Ahora.