Roxy 17 #2
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17 #2

Consulta el móvil. Nada. Ni un mensaje. Llama a Roy.

Un tono. Dos. Tres. Nada. Lo intenta una vez más y salta el buzón de voz: el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.

Se queda mirando la pantalla unos segundos más.

Teclea un mensaje y apoya el móvil sobre la mesa boca abajo.

«Siempre hace lo mismo», piensa frustrada.

Pero sabe que no es verdad. No siempre. Antes no.

Antes de lo que fuera que le absorbe y le hace olvidarse incluso de sí mismo.

Está a punto de llorar, pero se traga las lágrimas. Piensa en la mejor forma de salir de allí sin parecer patética.

—¡Brenda! ¿Eres tú?

Gary en persona aparece a su lado, impecable y elegante como siempre. Brenda no da crédito. No sabe cómo reaccionar.

—Hola, Gary.

—Ha pasado mucho tiempo.

—Sí… ¿qué haces aquí?

—He venido a cenar. De repente te he visto y he querido saludarte…

—Bien.

—Perdona que me meta donde no me llaman pero llevo un rato mirándote y me da la impresión de que te han dejado sola.

—Como bien dices, no es asunto tuyo, Gary. Continúa con tu cena.

—Todavía me guardas rencor. Por favor, hablemos.

Brenda no dice nada. Apenas le mira.

—¿Te enteraste de lo que me pasó?

—Me lo dijo tu madre. ¿Estás bien?

—Sí. Un par de días en el hospital pero por lo demás bien. No encontraron a los atacantes. Los policías no fueron muy amables conmigo. Un tal inspector Fletcher me miró como si fuera un delincuente.

—¿Fletcher? —Brenda se sobresalta. Su expresión no le pasa desapercibida a Gary.

—Roy Fletcher. Un tipo muy desagradable, por cierto. Por tu cara diría que le conoces.

Brenda no responde. Bebe un trago de vino.

—En fin. Que le den. ¿Qué es de tu vida, Brenda?

—Sigo trabajando en mi estudio. Me va bien. ¿Y tú? ¿Te has casado?

—No —enfatiza—. Todavía me duele lo que ocurrió entre nosotros. Fui un miserable, lo sé. No te lo merecías.

—Nadie se merece algo así, Gary. Pero pude superarlo. Y tengo a alguien que no me da sorpresas cuando llego a casa.

—Pero sí te da plantones, por lo que veo.

Brenda le mira con expresión indefinida.

—No volveré a confiar en ti, Gary. Nunca.

—Nunca es demasiado tiempo. He cambiado.

—Nadie cambia. Excepto para peor.

—Vaya… Brenda, no te veo feliz con ese sea quien sea.

—Pues te equivocas, Gary. Nos amamos y somos muy felices juntos.

—Ojalá fuera verdad. Pero no lo parece.

Roy entra en ese momento en el restaurante. Va muy bien vestido, acorde con el lugar. Al ver a Gary pone mala cara pero intenta disimular. Besa a Brenda y se sienta.

—Perdóname, amor. Un asunto de última hora me ha hecho perder demasiado tiempo —mira fríamente a Gary, que se ha quedado pálido—. Señor Davis, no esperaba encontrarle. Cariño, ¿va todo bien?

—Sí, Roy. Gary se ha acercado un momento a saludar.

—Pues si ha saludado le ruego que nos disculpe, señor Davis. Mi novia y yo deseamos cenar.

Gary hace un gesto con la cabeza a modo de despedida y vuelve a su mesa.

—¿Te estaba molestando, Brenda?

—Estaba a punto de ponerse intenso y yo de mandarlo al diablo.

—No se me ha olvidado nuestra cita. Pero por una vez que iba a salir antes me han complicado la vida. Estás guapísima, amor mío.

Silenciosamente le acerca una caja alargada de terciopelo. Espera sonriente y nervioso a que lo abra. Brenda, emocionada, saca una fina cadena de oro con un corazón. Por detrás lleva grabadas las iniciales B y R entrelazadas.

—¡Es precioso! Gracias.

Roy la ayuda a ponérselo. A poca distancia, Gary no ha perdido detalle. «Será cursi el tío ese», piensa indignado. «Eso es un regalo propio de un adolescente con acné.» No quiere seguir mirando, siente que la cena se le va a atragantar.

Brenda al principio se sorprende de que Roy no le haya comentado nada sobre el incidente de Gary, pero no tarda en comprender que para él es trabajo. Y Roy nunca habla de su trabajo.

Terminan de cenar y salen del restaurante sin dedicar ni una mirada a Gary.

—Eres lo más importante de mi vida, Brenda. Por favor, no lo olvides —le dice dentro del coche—. Ahora estoy pasando un momento complicado en mi trabajo, no tiene nada que ver contigo. Te quiero. Te quiero muchísimo.

Ella sabe que es sincero. Roza el colgante y le besa.

—Te necesito, Roy —susurra contra sus labios.

El ruido de la puerta despierta a Brenda. Son las ocho de la mañana. Roy entra llevando un paquete con muffins, croissants y pasteles de queso. Lo deja todo sobre la mesa de la cocina. Ella aparece y la abraza como si se estuviera ahogando.

—Desayunaremos más tarde —le dice Brenda. Y lo arrastra hacia la habitación.

****

Peter Lee sale dispuesto a ver al asesino.

Conoce muy bien la ciudad de noche, mejor que a la luz del día.

Circula por calles alejadas, esas que guardan en las sombras figuras envueltas en trapos y papeles hasta el punto de que no parecen personas sino cosas desechables tiradas junto a los contenedores.

Si lo encuentra no se expondrá, hará una llamada a Roy diciéndole dónde está.

Lleva un par de horas dando vueltas controlando las puertas de los bares más cochambrosos. Entonces cree verlo: un tipo alto vestido de negro que se mimetiza con la oscuridad. Lleva puesta la capucha de la sudadera. Se mueve deprisa y con cautela.

Sin pensar, Peter aparca y le sigue los pasos.

Un coche ilumina fugazmente el perfil del supuesto asesino.

Se queda sin respiración: es el inspector Roy Fletcher.

Siente una presión en la cabeza. Un pensamiento incómodo se instala en su cerebro: «¿qué demonios está haciendo Roy por aquí a estas horas y vestido así?

Peter, no fantasees», se responde a sí mismo.

«Ese hombre es inspector, debe de estar buscando algo, como tú. Él podría preguntarte a ti lo mismo.»

Se acerca a él despacio pero no le toca para no sobresaltarle. Utiliza un tono de voz alegre con un matiz de sorpresa.

—¿Roy? Joder, qué sorpresa.

Roy se queda parado en seco. Se da la vuelta y lo mira fijamente, como si no lo reconociera. Parpadea.

—¡Peter! ¿Qué coño estás haciendo por estas calles?

—Mi trabajo, tío. Ya sabes que soy ave nocturna. ¿Y tú?

—Horas extras. No podía dormir y he salido a ver qué encuentro. Ese hijo de puta no andará muy lejos.

—¿Puedo acompañarte? ¿O has montado un operativo?

—No, qué va. Puedes venir conmigo si quieres. Si encontramos algo te llevarás la primicia para tu periódico.

No encuentran nada. Cerca de las tres de la madrugada hacen una parada en Denny’s para comer algo. Roy, que lleva horas sin probar bocado, pide una Bacon Slamburguer y café.

—Sigues dejando que el café se enfríe—observa Peter. Roy se encoge de hombros.

—Solo espero que mientras nosotros estamos aquí, ese cabrón no esté en otro sitio.

Roy, que está sentado frente a la puerta de entrada, se tensa. Y sin dar explicaciones se levanta. Peter, sorprendido, tarda en reaccionar y seguirle. Pero aunque mira a un lado y a otro de la calle y corre en varias direcciones, no ve a nadie.

—¿Qué ha pasado? Te has puesto blanco como si hubieras visto a un fantasma.

—Falsa alarma —tranquiliza a Peter—. Nada especial.

Ha creído ver a Roxy. Pero como no quiere hablarle de ella al periodista, prefiere callarse. No era ella, de todas formas. Solo un fantasma podía desaparecer con tanta rapidez.

—Creo que ya no me acostaré. A las cinco salgo a correr cada día, y mira la hora que es.

—Yo intentaré cazar al último noctámbulo. Y después a la oficina.

Se despiden y cada uno se mete en su coche. Peter con una sensación extraña. Roy con la sospecha de que Roxy quería hablar con él y la presencia de Peter la ha hecho huir. Lo que le lleva a otra cuestión: ¿cómo podía saber dónde estaba?

Peter también le intriga. Aunque le gusta trabajar con noctámbulos no se explica cómo ha aparecido de la nada, como si le estuviera siguiendo.

Algo no le cuadra. Le estremece la idea de que él pueda ser el asesino que está buscando.

Hay una pregunta que le turba todavía más: no recuerda por qué ni cómo salió a la calle, ni por qué le costó reconocer su nombre y al mismo Peter.

Si empieza a tener episodios de sonambulismo tendrá que aflojar el ritmo de trabajo.

Ni siquiera en los marines le había ocurrido no saber dónde estaba ni cómo había llegado a algún lugar.