Roxy 17
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Brenda mira el reloj. Está todo a punto.

La mesa puesta, las velas, el centro de flores, ese ambientador con aroma a lavanda que tanto le gusta a Roy.

A la carne del horno solo le faltan cinco minutos, los que va a tardar él en llegar.

Su ensalada preferida de quesos con nueces.

Selecciona la música que acompañará  la cena, algo suave que les permita hablar y escucharse.

Imagina que después bailarán a la luz de las velas y terminarán en su habitación, entregados el uno al otro.

Mira por el gran ventanal las luces de la ciudad reflejándose en la lluvia.

Siempre llueve en esa época del año. Le gusta.

El agua y las luces tienen un efecto sedante.

Quiere mucho a su inspector. Demasiado, teniendo en cuenta sus olvidos inexplicables que la hacen daño por dentro. Cree que le pasa algo, pero es reacio a hablar de sus emociones.

El pitido del horno la saca de su abstracción. Roy está al llegar. Se retoca el maquillaje y el cabello, se ajusta el vestido nuevo. Guarda las zapatillas y se calza los zapatos de tacón de vértigo.

Ella está sentada en el sofá cuando él entra. Sostiene una copa de vino en la mano. La comida está fría.

—Llegas tarde —dice con voz neutra.

Roy se queda en la puerta, mirando a su alrededor. La cierra. Guarda las llaves. Después avanza hacia ella. Huele el ambientador, se fija en la mesa, en las flores.

—Sí… lo sé.

Algo en su cara le indica a Brenda que no está del todo allí.

—¿Te ha pasado algo? Estaba preocupada.

—Trabajo. «¿Cómo podría explicarte que estoy persiguiendo a un fantasma, o a dos, que me están quitando el sueño y la vida?» —piensa.

Brenda bebe un trago y deja la copa en la mesita.

—Siempre es trabajo.

No quiere hacer una escena de reproches que podrían derivar en gritos inútiles. Solo quiere entenderlo, y teme que él no le va a dar ninguna explicación.

Roy no responde. Se quita el abrigo despacio y la deja encima de un sillón, no en el perchero como de costumbre.

Ella se da cuenta de ese detalle mínimo.

Él viste un traje formal gris oscuro, camisa blanca y corbata azul marino.

En otra circunstancia se hubiera fijado en lo atractivo que está con esa ropa, parece otro.

Aunque también le gusta su aspecto rebelde con vaqueros desgastados y jerseys de lana.

Ahora no. Está demasiado disgustada. Ni siquiera se mueve de su sitio.

—Te he estado esperando, Roy —dice despacio.

Roy asiente, como si eso tuviera sentido… pero no del todo.

—Lo siento —Brenda nota la sinceridad en su voz, en su postura, en sus ojos. Sabe que querría arreglarlo pero no puede.

—Habíamos quedado a las ocho.

Roy frunce ligeramente el ceño.

—Sí. A las ocho —hace una pausa—. ¿Qué hora es?

Brenda aprieta los labios. Esa pregunta le duele más que el retraso.

—Las diez y media.

Silencio.

—Cariño, lo único que pido es que si vas a llegar tarde me avises. Y que respondas al teléfono cuando te llamo. Creo que no es demasiado.

—Tienes razón. Y lo siento. Pensé que…

Hace una pausa porque no sabe qué había pensado.

—Estoy teniendo mucho estrés en el trabajo. Papeleo, seguir pistas… No me gusta aburrirte con mis cosas, no quiero pensar en el trabajo cuando estoy contigo. Pero fuera de aquí… —hace un gesto con las manos abarcando el espacio—. Fuera de aquí todo es demasiado complicado.

Brenda se levanta, dirigiéndose a la mesa. Roza los platos con las puntas de los dedos. Mira tristemente la carne ya seca.

—Había planeado una cena especial, una noche especial.

Roy mira la comida como si la viera por primera vez. Después a Brenda. No parece enfadada, aunque tiene motivos para estarlo. Solo triste. Él acorta distancias y la abraza. Nota la rigidez inicial, pero no tarda en abrazarle también.

—Se nota que te has esforzado mucho. Huele de maravilla. Y tengo hambre —ella deja escapar una risa ligera, sin humor—. En serio, tengo hambre.

—Está todo frío y seco…

—Podemos calentarlo. Cariño, quiero probar esa ensalada y el… ¿pato a la naranja? Venga, vamos a cenar. Hagamos realidad esa noche especial que deseabas.

—No es la comida, Roy. No va de recalentar en el horno.

Un silencio súbito se hace entre los dos. Roy la mira. Quiere entender. De verdad quiere entender la situación.

—Entonces… ¿de qué va?

Brenda mueve la cabeza, incrédula. Le roza las mejillas con los dedos. Las tiene ásperas, como si llevara un par de días sin afeitarse.

—Va de que no estás. Y no me refiero a cuando no estás aquí. Cuando vienes nunca estás del todo… es como si estuvieras conmigo y en otro lugar a la vez.

Roy no responde. Se queda silencioso sin saber qué decir. Coge una mano de Brenda y le besa la palma.

—A veces hablas conmigo como si… —continúa ella, sin terminar la frase.

—¿Como si qué?

—Como si ya hubiéramos tenido esa conversación.

Roy no dice nada. Se acerca a la ventana y mira la lluvia y los reflejos irisados.

Esa lluvia bajo la que camina Roxy eludiendo los charcos.

O Andrew. O ambos. Roxy, tal vez asesinando a otro hombre en nombre de su hermano, o haciéndolo él en nombre de ella.

Le empieza a dolor la cabeza. Las palabras de Brenda tocan algo en su interior… pero no sabe qué. Dolor.

—Y otras veces…—la voz de Brenda tiembla—. Otras veces es como si no supieras quién soy. Me miras desde muy lejos, igual que si miraras a una desconocida.

Roy se vuelve hacia ella con un dolor profundo en sus ojos.

—Eso no es verdad, Brenda. Tú eres tú. Siempre.

—Entonces dime qué te dije esta mañana.

Silencio. Roy abre la boca. Nada.

Ella asiente. Despacio.

—Eso pensaba.

—He tenido un día largo y frustrante, Brenda. Ni siquiera me acuerdo de lo que he desayunado

—Siempre tienes días largos, Roy.

—Es mi trabajo.

—No. No hablo de tu trabajo, ya sé que es duro. Hablo de ti. De tus días, de tus horas muertas. De lo que olvidas —hace una pausa y mueve la cabeza. Aprieta los párpados para impedir las lágrimas—. Eso eres tú, Roy. Una sucesión de recuerdos en blanco.

Roy no dice nada. Solo la mira.

—Te pedí que vinieras —dice Brenda, agotada.

—Estoy aquí. Tarde, de acuerdo. Pero he venido.

—No, Roy. Estás ahora y no con todo tu ser. Dios mío, si pudieras verte te darías cuenta de que solo está la mitad de ti. Ven, mírate.

Arrastra a Roy hasta situarlo delante de un espejo. Él se contempla. No se reconoce. Parpadea y se ve: pálido, con círculos azules bajo los ojos. De repente la cara de Brenda desaparece. Es Roxy. Vuelve a parpadear.

Roy respira hondo. Intenta mantenerse firme, como siempre. Se vuelve hacia Brenda.

—Sí estoy, Brenda. Pero no es tan simple.

—Para mí sí lo es, Roy. No puedo hacer esto. Me supera.

Él se queda inmóvil. Se le dispara el ritmo cardíaco.

—¿No puedes hacer qué?

—Esperarte… sin saber a quién voy a ver cuando entres por esa puerta.

Roy retrocede como si la hubieran golpeado. Quiere defenderse pero no sabe cómo.

—No soy otra persona.

—No —Brenda hace una pausa—. Pero a veces tampoco eres tú.

—Cariño, siempre soy yo. Ahora los dos estamos cansados. Brenda, yo te quiero. Te quiero muchísimo.

—Esta noche no, Roy. Ha sido demasiado. Siento que algo se está rompiendo y no puedo…

Ella coge su abrigo y se lo acerca con un gesto de cansancio y tristeza.

—Creo que deberías irte ahora, Roy.

Roy no lo coge inmediatamente.

—Deja que me quede, Brenda. Sea lo que sea lo que ha ocurrido, podemos arreglarlo.

—No si antes no sabemos qué se ha roto. Roy… vete, por favor. No es el mejor momento.

Roy se pone el abrigo y se dirige a la puerta. Se detiene antes de abrirla.

—Lo siento, Brenda. Te quiero.

Ella asiente pero no responde. Roy se marcha. El sonido de la puerta al cerrarse retumba en la cabeza de Brenda.

Al quedar sola se descalza y mira la mesa. Luego la copa que sigue encima de la mesita.

Hay dos copas. Pero solo se ha usado una.

****

—Tú no eres mi hermano —digo.

Directo. Por primera vez sin miedo.

Silencio.

—Soy lo que necesitabas —responde.

Eso…eso sí es verdad.

—Y ahora ya no.

Silencio. Largo. Profundo.

— ¿Entonces qué hago? —pregunto.

No a él. No al inspector. A ella. A la que ve.

—Lo integras.

Siento un escalofrío.

—O desaparece.

Miro a mi hermano. Por primera vez… no parece invencible.

No hago nada. Aún. No puedo.

Pero ya no hay duda. Ya no hay mentira. Solo…una elección pendiente.

****

Roy busca en un cajón sin saber exactamente qué.

Debajo de una libreta hay una bolsita de terciopelo que no recuerda haber puesto ahí.

«Roxy.» La abre y saca el labial y el espejo.

Se mira atentamente. El espejo refleja su rostro, pero no del todo.

De repente se aplica el labial. Mira el resultado: sus labios brillan.

El color rojo oscuro resalta en su piel pálida.

Parpadea. Cierra la bolsita y lo guarda todo otra vez en el cajón.

Despierta muy cansado. Otra vez se ha quedado dormido en el sofá. Se desnuda para darse una ducha. En el espejo del baño observa una mancha a un lado del cuello, que se diluye con el agua tibia.

Antes de salir a correr comprueba el móvil.

brENDA_W: Cariño, te echo de menos.

Esta semana apenas nos hemos visto

ROYF: Eres lo más importante

de mi vida, Brenda. Lo siento.

es todo más complicado de lo

que desearía. Te quiero.

Te quiero muchísimo.

****

El restaurante está medio lleno. Brenda toma asiento y acepta el cóctel de bienvenida.

Algunas miradas se dirigen a ella. Se ha esmerado en su arreglo personal y destaca con el vestido azul cobalto y unos pendientes de zafiros como único adorno.

Se ha peinado con un  recogido que deja libre su cuello.

Es viernes por la noche y ha organizado esa cita con Roy con mucha ilusión, él le ha dicho que saldrá antes de trabajar.

Le envía un mensaje. Mira el reloj. Otra vez.

Suspira. Todavía no está enfadada. Confía en que Roy no volverá a olvidarse.

El camarero pasa a preguntarle si va a pedir ya. Ella vuelve a mirar la carta.

—Estoy esperando —responde con sonrisa automática.