16
Roy permanece largos minutos bajo la ducha.
El agua desentumece sus músculos agarrotados.
Las sesiones con Roxy le dejan agotado por dentro.
Esa chica, sea o no una asesina, tiene un problema muy grave.
Habla de su hermano, violento y protector a la vez.
Dice que ha muerto. Roy no lo cree. Con toda probabilidad el asesino es él y se protege detrás de ella, aprovechándose de su vulnerabilidad.
Porque es muy vulnerable, una niña encerrada en el cuerpo de una mujer adulta.
Ese hermano influye en su comportamiento, modela sus pensamientos y su perspectiva de la realidad.
Es tóxico, la peor persona y menos capacitada para cuidarla.
En cuanto el asunto se aclare pedirá ayuda especializada para Roxy.
La va a necesitar de una forma u otra. Tiene que apartarla de su hermano como sea.
Siente que se está empezando a obsesionar con esa chica.
Tanto, que casi está dejando de lado a Brenda.
No quiere fallarle a la desconocida y enigmática mujer que está presente en todos los escenarios del caso y le está fallando a su novia, la mujer que le quiere y se lo demuestra cada vez que él lo permite.
Sabe lo que diría Gordon: «abandona este caso y céntrate en otros. Por desgracia no son homicidios lo que falta en nuestra ciudad.» No. Imposible. Llevará el caso hasta el final. Salvará a Roxy. Se salvará a sí mismo.
****
No recuerdo cómo volví. Solo que ya no estoy en la sala. Ni en el pasillo. Ni en ningún sitio que reconozca.
Es una habitación. Pequeña. Oscura. Sin ventanas. La puerta está cerrada. Otra vez. Siempre una puerta.
Pero esta vez… no estoy sola.
—Lo sabes —dice la voz.
Está frente a mí. No tiene rostro. Nunca lo tiene. Pero su presencia es clara. Firme.
—No —respondo—. No del todo.
—Lo suficiente.
—No hace falta —dice él.
Detrás de mí. Siempre detrás. Siempre cubriendo.
—Déjala.
—No —responde la voz—. Ya no.
—Si lo ve… —empieza mi hermano.
—Lo integrará —interrumpe ella.
—O se romperá.
Silencio.
—Ya está rota —dice la voz.
Y eso… eso es verdad.
La puerta. La miro. Siento lo que hay detrás. No es incertidumbre. Es memoria.
—No quiero —susurro.
—Lo sé —dice la voz.
—Entonces para.
—No puedo.
****
Roy ha comenzado a examinar casos antiguos cerrados.
No sabe qué está buscando exactamente pero teclea como un poseso retrocediendo quince, veinte años atrás.
En el archivo el agente encargado ya le conoce.
El inspector no deja que le ayude. Busca incendios y familias con niños.
Niños huérfanos y niños tutelados. Encuentra una caja abandonada al fondo de una estantería en la que solo consta una fecha y la sube a su despacho sin decir nada ni firmar ningún recibo.
Papeles. Fotos. Informes antiguos. Polvo. Un nombre repetido. Un caso cerrado. Demasiado rápido.
Roy pasa la página. Y se detiene.
—No puede ser…
Una familia. Una niña. Un incidente. Sin detalles claros. Pero con algo peor: silencio oficial.
—Accidente doméstico —lee en voz baja.
No lo cree.
Llama a Gordon y le invita a una cerveza en su bar favorito. No quiere explicarle nada por teléfono.
—Esperemos no tener una visita sorpresa, Roy. Nuestro fantasma parece aficionado a los bares y yo doy el perfil .
—Tú ya estás fuera del catálogo, no te emociones. Y serías el último en acercarte a una mujer en un callejón.
—Wilma se encargaría de que no repitiera la experiencia. Te veo en media hora .
Cuando Gordon llega, Roy ya está sentado delante de una jarra de cerveza. Le da una carpeta llena de informes.
—Échale una ojeada, a ver qué te parece.
Gordon mira y lee atentamente. Mueve la cabeza asintiendo. Reconoce el caso.
—Lo recuerdo. Un accidente horrible. Hará poco más de veinte años. Una familia de los suburbios. Madre con dos niños gemelos, niño y niña. Viuda y casada en segundas nupcias con un tipo detestable, borracho y violento.
—¿Fue un accidente?
—Los bomberos dijeron que el fuego se había originado por una colilla mal apagada. Además el gas estaba encendido. Aparecieron tres cadáveres: la mujer, el hombre y la niña.
—¿Y el niño?
—El niño estaba en shock, no respondía a las preguntas. Se salvó de milagro. Alguien de la familia se lo llevó y no se habló más del asunto. Caso cerrado. ¿Por qué te interesa ahora?
—Tengo un pálpito, Gordon. ¿Seguro que fue el niño el que sobrevivió? ¿No fue la niña? Si eran gemelos pudo haber una confusión. Tal vez pelo largo, la misma camiseta y los mismos vaqueros.
—En los informes se habla de un niño, un varón de diez años. No creo que se confundieran al respecto aunque llevara el pelo largo. Roy… ¿qué te traes entre manos?
—Te lo diré cuando lo sepa. Si llego a saberlo.
—No te disperses. Estamos ante un caso real que es muy confuso.
No comes, no duermes, fumas demasiado y pareces fuera del mundo.
Por muy entrenado que estés vas a colapsar.
Esto no es el ejército, Roy. Somos funcionarios públicos, hacemos lo que podemos con lo que tenemos.
Aunque eres el tío más controlado que conozco, tienes un cuerpo humano.
—Sí. Tengo un cuerpo humano. Lo pillo —mete la mano en el bolsillo de la cazadora y parece buscar.
—¿Has perdido algo?
—¿Qué? No.
Roy mira hacia una de las vidrieras y se queda rígido de la impresión: Roxy está pegada al cristal, con su ropa oscura, despeinada, y una tristeza infinita en sus ojos. Parece agotada. Le mira directamente. Él hace ademán de levantarse para ir a su encuentro, sin acordarse de que está con Gordon.
—¡Eh! —Gordon chasquea los dedos delante de Roy, que se ha quedado abstraído.
El joven inspector parpadea y le mira como si no lo reconociera. Vuelve a fijarse en la ventana pero Roxy ha desaparecido. Su compañero frunce el ceño, desorientado.
—¿Te pasa algo, Roy? Estás raro.
—No… estoy bien. Respecto al caso de los críos… ¿Tú participaste en la investigación?
—Vi al niño. No hablé con él. Mantuvo la cabeza baja desde que le rescataron, no quiso hablar.
No miraba a ningún sitio. Estaba catatónico.
Pero te repito que fue un accidente doméstico.
Un terrible descuido. Todo se llevó con mucho cuidado porque el superviviente era un menor.
Un familiar apareció y se hizo cargo de él después de demostrar su parentesco. Como te dije, caso cerrado.
—¿Sabes si se practicó la autopsia a los cuerpos? En el informe no pone nada.
—Allí no quedó nada más que restos de huesos calcinados. La científica se los llevó pero no encontraron nada especial.
—¿Recuerdas su nombre, por casualidad?
—¿No irás a buscarlo, verdad? Dime que no lo vas a hacer.
—No. A saber dónde estará y a qué se dedica. No voy a irrumpir en su vida. Dime solo los nombres, Gordon.
Le ve tan agobiado que decide darle los datos tras una reflexión y una cadena de suspiros.
—De acuerdo. Pero yo no te he dicho nada, ¿te queda claro? —Roy asiente—. Roxana y Andrew Harris.
Roy palidece tanto que Gordon se asusta. Pide agua y le obliga a beber. Roy no tarda en recuperar el dominio de sí mismo. Se pasa la mano por la cara y se echa el cabello hacia atrás.
—Gracias, Gordon.
—¿Y ahora que ya lo sabes?
—Nada. Ya está —vuelve a echarse el cabello hacia atrás.
—Si tú lo dices… por cierto, ¿por qué no te cortas un poco el pelo?
—En los marines iba rapado. Me apetecía cambiar —se encoge de hombros y se recoge el cabello en lo alto de la cabeza con un coletero de seda negra. Roy lo mira y enarca las cejas, pero no dice nada.
Se bebe el resto de la cerveza. Su compañero sigue mirándolo preocupado.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste?
—Uf. Esta mañana, creo.
—Crees.
—O anoche. La verdad es que no me acuerdo.
—Roy, hazme caso porque podría ser tu padre: coge ese cuerpo humano y aliméntalo en condiciones, deja que duerma por lo menos ocho horas; y después, y no puedo creer lo que voy a decirte, echa un buen polvo con una chica guapa y complaciente que no te complique la vida.
Roy no puede evitar reírse. Se acuerda de Brenda.
—Hay una chica —confiesa de repente, muy serio—. Una muy especial. No se lo digas a Wilma, quiero decírselo yo para que se ponga contenta.
—No le diré nada. Pero tú me lo vas a contar todo sobre ella.
—Se llama Brenda White. Es decoradora de interiores. Preciosa, dulce. Nos conocimos en el hipermercado de una manera muy divertida. Ella es…
—Espera… ¿ Esa Brenda White? Wilma se va a morir. Conoce su trabajo. Habló con ella cuando quisimos volver a decorar el salón. El presupuesto que nos hizo casi me provocó un infarto. Así que le dije a mi mujer que el salón podía seguir igual que estaba hasta que los muebles se cayeran a pedazos.
—Es muy buena en su trabajo, sí. Y muy conocida. Es maravillosa…
—¡Oh oh! ¿Pero…?
—Pero soy yo quien no quiere complicarle la vida. La quiero. La quiero mucho. Y ella a mí. Es la primera mujer que una mujer me ha querido en mi vida…
—¿Pero…?
—Tenemos que solucionar este caso, Gordon.
Es lo único que tengo en la cabeza. No puedo dispersarme porque entonces ni me centraré en el trabajo ni en ella.
Brenda se merece que yo esté al cien por cien para ella, no pensando constantemente en un asesino escurridizo que lleva demasiado tiempo burlándonos.
Cuando esto acabe entonces podré dedicarle toda mi atención.
—Tozudo como una mula. No tienes remedio.
****
—Mamá, tengo que decírtelo. Me vas a matar por no haberlo hecho antes.
Wilma Sullivan mira a Roy con el ceño fruncido.
—Dímelo y ya decidiré si te mato o te dejo vivir.
—Tengo novia…
—¡Dios mío! ¡Por fin! Espera… ¿Desde cuándo la tienes?
—Varios meses. Le pedí que fuéramos despacio y no le comentara nada a su familia. Por eso no te lo había contado. Pero mereces saberlo.
—Tendría que matarte. Pero estoy demasiado contenta. Te quedas a cenar y me lo cuentas todo desde el principio.
—Fue en el hipermercado. Yo me llevé por error su carro de la compra. La invité a un café. Después fuimos quedando. Por fin le pedí que fuera mi novia… y dijo que sí.
—¿Vivís juntos?
—Todavía no. Hemos intercambiado las llaves de nuestros apartamentos pero cada uno vive en el suyo. Y sí… mami curiosa: nos acostamos cada vez que tenemos ocasión.
—No te iba a preguntar eso, es asunto vuestro.
—Pero querías saberlo. No lo niegues.
—¿Cómo se llama?
—Brenda White. Es una decoradora de éxito.
A Wilma se le cortó la respiración.
—¡Es encantadora! Le pedí presupuesto para renovar el salón pero Gordon se negó cuando vio el precio. Qué chica tan guapa y elegante. Me alegro mucho por ti, mi niño Roy. Nos la tienes que presentar, ¿verdad, Gordon? Pregúntale qué sábado le viene bien.
****
La puerta se abre. Esta vez… no hay luz. Solo pasos y una respiración fuerte.
No lo veo todo. Pero lo siento todo. El miedo. El sudor que humedece mi espalda. El temblor de mis manos. La espera. Y luego… ruido. Demasiado ruido.
—No —susurro—. No…
—Mira —dice la voz.
Una discusión. Voces adultas. Tensión. Un golpe.
Otro. Silencio. Y entonces… yo. Pequeña.
En medio. Intentando… detener algo que no entiendo.
Esa voz que nos aterroriza a mi hermano y a mí.
Esas manos que me hacen daño. Huele a sudor, a alcohol y a tabaco.
Me da asco. Lloro. ¿Dónde está mamá? ¿Dónde está Andrew?
El recuerdo no es claro. Nunca lo es. Pero sí suficiente. Un objeto. Un movimiento. Un sonido blando. Y luego… quietud.
—No… —digo—. No fui yo.
—Fuiste tú —dice la voz.
No acusa.
Afirma.
—Pero no como crees.
—Yo lo hice —dice él. Firme. Inmediato—. Para protegerte —Silencio —.Siempre fui yo.
—No… —susurro.
Y entonces… lo entiendo. No todo. Pero lo suficiente.
****
Roy deja el expediente sobre la mesa de su apartamento. No sabe por qué, pero su instinto le dice que Roxy es la niña del incendio. Aunque parezca imposible.
—Si el que murió fue el hermano… entonces ella lo ha mantenido en su mente —murmura para sí.
Mira de nuevo la foto, ayudándose de una lupa. Puede ser una niña. O un niño. Uno de los dos aparece solo y con rostro inexpresivo. Los ojos cerrados. La fotografía en blanco y negro no es buena.
—¿Qué pasó en aquella casa? Un «accidente…
» —se aprieta los párpados. Enciende un cigarrillo.
Bebe un trago de café frío—. Demasiado simple.
Una colilla mal apagada, el gas abierto, la tetera olvidada junto al hornillo sin encender…
—enciende un nuevo cigarrillo con la colilla del anterior—. No fue un accidente.
Otra teoría se abre paso en su mente: ¿Y si de alguna manera sobrevivieron los dos? Sin duda es un disparate, solo encontraron a uno vivo, el que fuera. Lo único que tiene claro es que Roxy está viva y su gemelo, muerto. Aunque ella se niegue a aceptarlo.
Mira su reloj: son las siete de la tarde. Busca las cintas de la grabadora y de la cámara. Pone primero el audio. Se sienta en el sofá con un whisky y se prepara para escuchar teniendo a mano las notas escritas.
Un zumbido. Su voz haciendo las preguntas.
Silencio. Sorprendido, rebobina. Solo escucha su voz.
Maldice en voz alta. Se ha borrado la confesión de Roxy.
Pese a todo el cuidado que ha tenido, ha manipulado mal el material.
Prueba con la segunda cinta: «dime tu nombre completo».
Y una especie de susurro que le eriza el cabello: «Roxana.
» Vuelve al principio. El susurro es ronco y muy bajo, pero se oye claramente: «Roxana.
» Nada más. Eso es lo único que se ha grabado.
Coge con cuidado la cinta de la cámara para visionarla en el televisor.
Se ve perfectamente la sala de interrogatorios.
Se le ve a él escribiendo y controlando el audio.
Ni rastro de Roxy. La cámara le apuntaba solo a él.
Nunca antes había cometido un error así en los interrogatorios.
Además el sonido se reduce a una especie de chisporroteo, imposible de descifrar.
No tiene nada. Tan solo ese «Roxana» que parece pronunciado por un fantasma. Como si fuera una psicofonía.
Tal vez Gordon tiene razón y ha llevado al límite sus capacidades. Está demasiado implicado, demasiado obsesionado con Roxy.
Vuelve a mirar el reloj y suelta una maldición. Se le ha olvidado de nuevo que tenía que cenar con Brenda.