15
La comisaría está casi vacía. En el despacho de Roy solo se escucha el zumbido del fluorescente y el sonido de los papeles. Tiene prisa. Es necesario que encuentre las pruebas de culpabilidad del sospechoso antes de que transcurra el plazo legal y tenga que dejarlo en libertad.
Está solo. Sobre la mesa el cuaderno abierto, fotos del caso y el vaso de café, intacto.
Mira la imagen del callejón. Luego la del coche borroso. Después el informe del sospechoso.
Mira la foto de la cámara otra vez. Se acerca. Se inclina. Sus ojos se fijan en algo pequeño. Muy pequeño. El reflejo en el cristal del bar. El coche.
—…No.
Lo dice en voz baja. Casi para sí.
Se levanta. Va a la pizarra. Fotos, notas, flechas. Todo encaja… excepto eso.
Coge otra hoja. Declaración del testigo: la puerta se cierra. El motor arranca inmediatamente.
Roy se queda quieto. Demasiado quieto.
—Si lo vendió… —hace una pausa con la respiración alterada—…no puede ser él.
Silencio. Largo. Mira la foto del sospechoso. Luego la aparta. No con rabia. Con precisión.
Respira hondo. Otra vez. Como en los marines. Se pasa la mano por la cara. Está más cansado de lo que parece.
Recuerda algo que le había dicho la hija de una de las víctimas: «estaba metido en algo raro.»
Vuelve a la mesa. Abre el cuaderno. Busca. Encuentra una nota que escribió sin darle importancia: Trabajaba ocasionalmente en el mantenimiento de edificios vacíos .
Roy se detiene.
—Edificio.
Pausa
—No el coche.
Se gira hacia la pizarra otra vez. Ahora ve algo que antes no veía: el callejón. El edificio abandonado cercano. La ruta.
—No estaba huyendo… Estaba volviendo.
El silencio es distinto. Ahora hay dirección.
Roy cierra el cuaderno. Mira el reloj. Es tarde, pero no importa. Coge la chaqueta. Se detiene un segundo antes de salir. Mira la foto del sospechoso equivocado.
No dice nada. Pero en su cara hay algo claro: sabe que ha forzado la situación. Y ahora tiene que arreglarlo.
****
Es temprano por la mañana. En la sala de interrogatorios todo parece igual, pero no lo es.
El sospechoso está sentado, más cansado que el primer día. Tiene ojeras profundas. Mantiene los brazos cruzados.
La puerta se abre y Roy entra. Solo. Sin carpeta ni cuaderno. El otro se pone a la defensiva.
—¿Otra vez? Ya les he dicho que yo no he hecho nada. Mi detención es ilegal.
Roy no responde de inmediato. Se sienta. El silencio es más largo de lo normal.
—No deberías estar aquí. Pero sigue hablando y harás méritos para quedarte.
El sospechoso frunce el ceño. Le mira con suspicacia.
—¿Perdón?
—No deberías estar aquí por este asesinato —hace una pausa—. Y yo no debería haberte traído así.
El sospechoso abre la boca pero no dice nada, no sabe cómo reaccionar.
—¿Esto es algún truco? —pregunta con desconfianza.
—No —Roy le mira directamente—. Cometí una equivocación. .
Su confesión cae pesadamente. El sospechoso se remueve en la silla. Le devuelve la mirada.
—¿Ya está? ¿Eso es todo?
Roy asiente despacio.
—Para este caso… sí.
Se hace un silencio largo. El sospechoso cambia de postura. Vuelve a mirarle pero ya no está a la defensiva. Parece confundido.
—Usted me presionó para que confesara un crimen que no había cometido. Necesitaba un culpable y me eligió a mí como chivo expiatorio.
—Lo sé.
—Dijo que todo apuntaba a mí.
—En ese momento… lo parecía —Roy habla sin matices—. Pero no era suficiente. Ahora ha quedado demostrado que no has sido tú.
Le mantiene la mirada. No se justifica más.
—¿Entonces qué? ¿Me voy?
—Sí. Ya no tienes nada que hacer aquí.
Se inclina ligeramente hacia él. No agresivo. Preciso
—Tienes suerte de que esto no vaya contigo —El sospechoso lo mira en silencio—.Porque tu historial… te pone siempre cerca de los problemas.
El sospechoso aprieta la mandíbula.
—No he hecho nada. Y usted ya lo sabe.
—Esta vez no. Pero escucha —añade antes de que el otro se mueva —. Más te vale preocuparte de que siga siendo así. No tientes a la suerte.
No es una amenaza. Tampoco es un consejo. Le expone una realidad. El hombre no dice nada.
Roy se levanta.
—Un agente te sacará.
Se dirige a la puerta. Antes de salir se detiene un segundo. No se gira.
—Y… lo siento.
****
La sala es más pequeña de lo que recordaba.
O quizá soy yo. Que ya no encajo en ningún sitio.
La misma mesa. Las mismas sillas. Luz directa.
El sonido del clic se queda dentro de mi cabeza.
Igual que la otra vez, no hay nadie trabajando.
Es como si no quisiera que me vieran, como si yo fuera su secreto.
Es muy tarde. Parece que él tampoco duerme. Como yo.
—Tranquila —dice el inspector amablemente.
No lo estoy. Pese a que me mira como si fuera mi amigo y me comprendiera. Pero no lo es. Me ha traído un café. Demasiado caliente.
Pone en funcionamiento la grabadora y la cámara y se sienta frente a mí mordiendo el tape de su bolígrafo.
Ya lo sé. Lo noto en el aire. En sus ojos. Poco a poco se relaja. Comprende que no he venido sola tampoco esta vez. Ellos están conmigo. Pero ya está preparado y no se sorprende.
— Roxy, quiero entender por qué siempre estás ahí —dice—. En todos los sitios.
Mi pulso se acelera. Pero me tranquiliza que vuelva a llamarme por mi diminutivo.
—Casualidad —respondo.
—Todas las veces —Silencio—. No creo en casualidades. ¿Quién es él? —pregunta de golpe.
El mundo se detiene.
—¿Quién?
—Tu hermano.
Silencio. Dentro… todo se paraliza.
—No existe —dice la voz.
—Existe —gruñe mi hermano.
—No como crees.
—No le escuches.
—No le niegues.
Mi cabeza va a explotar.
—Está muerto —digo de repente.
Silencio absoluto. El inspector se queda quieto. Parpadea y me mira con una expresión diferente.
—¿Cómo? —pregunta.
No lo sé. Pero lo he dicho. Y ahora… ya no tiene remedio.
El inspector escucha desde fuera. No todo. Pero suficiente. Aprieta la mandíbula. Esto se está rompiendo. Demasiado rápido.
—¿Muerto cómo? —insiste.
—No lo sé.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Cuándo?
—¡NO LO SÉ!
Las manos me tiemblan. El aire no llega.
—Ahora —dice mi hermano—. Ahora salimos.
Lo siento. El cambio. Violento. Inevitable.
—No —susurra la voz—. Si sales así… se acaba.
—Ya se ha acabado.
Y tiene razón.
Respiro. Intento mantenerme.
—No… —digo en voz baja—. No ahora.
Pero ya es tarde.
Levanto la cabeza. La mirada cambia. El cuerpo también. El inspector lo ve. Lo siente.
—¿Qué te pasa? —pregunta. Aunque ya lo sabe.
Error.
—Deja de hacer preguntas —digo.
Mi voz es fría. Precisa. Mi hermano. De nuevo toma el control total.
—No estás en posición de pedir nada —le responde el inspector. Otro error.
La silla se mueve. Un golpe seco contra el suelo. Me levanto. Demasiado rápido.
—¡Siéntate! —grita el inspector.
No lo hago.
—¡SIÉNTATE! —no me grita a mí. Le grita a mi hermano.
Si hubiera agentes trabajando en la comisaría, vendrían corriendo a ver qué pasa.
—¡PARA!
Silencio. Tenso. Explosivo.
El inspector me mira. No a Roxy. A él.
—No es así —dice. Firme. Directo—. No tienes que hacer esto.
— Tú no lo entiendes —respondo.
—Empiezo a entender.
Un paso más cerca.
—Si haces esto… la pierdes.
Silencio. Esa frase… esa sí llega. Dentro… algo se detiene.
—No quiero perderla —dice mi hermano.
No en voz alta. Pero lo siento.
— Entonces suéltala.
Silencio.
—Confía.
—No sé cómo.
—Aprende.
Todo se queda quieto.
Un segundo. Dos. Tres. Y entonces… cede. Mi cuerpo pierde fuerza. Las piernas fallan. Y caigo.
Pero esta vez… no es una ruptura.
Es… una rendición.
Cuando abro los ojos… el inspector sigue ahí. Más cerca. Pero no invade.
—Bien —dice en voz baja.
No suena como victoria. Suena como alivio contenido.
Dentro… siguen. Pero ya no gritan. Ya no empujan. Solo… esperan.
Y eso… es más peligroso que todo lo anterior.