Roxy 14
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No me dejan sola. Ni un segundo. Y lo noto. No por lo que hacen. Por lo que no hacen.

La ciudad es gris. Llena de miradas que se apartan demasiado rápido. De pasos que se detienen cuando paso.

—Lo saben —susurro.

—No —dice mi hermano—. Sospechan.

—Aún —añade la voz.

Siempre ese matiz.

Siempre ese filo.

****

—Muévete, Gordon. Tenemos algo.

Roy sale disparado hacia el coche sin esperar a su compañero, que le sigue poniéndose la chaqueta.

Conducen hasta una zona de almacenes vacíos cerca de unas vías abandonadas.

Varios coches patrulla acuden a la zona y la rodean.

El sospechoso, un hombre de unos treinta años, intenta escapar por detrás.

Es reducido y esposado. Le leen sus derechos.

Protesta su inocencia a voces hasta que le ordenan que se calle de malas maneras.

Gordon y Roy le interrogan, pero el veterano detective deja el peso del interrogatorio a su compañero.

Es la segunda noche sin dormir de Roy, que no obstante no demuestra tener sueño ni estar agotado.

El ambiente es tenso. La luz de la sala es blanca, dura.

Roy espera haber dado con el asesino y exculpar a Roxy, en cuya culpabilidad no cree.

No desea creer. No quiere admitir ante sí mismo que se siente fascinado por ella y que desea protegerla a cualquier precio.

Esa mujer frágil y desvalida le ha tocado el corazón.

Piensa en Brenda, en su risa contagiosa y su claridad.

No es como Roxy. Sabe apañárselas sola. Aparta esos pensamientos de su mente.

Se concentra en el sospechoso, que tiene antecedentes por delitos menores.

—Estabas allí.

—Ya le he dicho que no.

—Callejón trasero. Dos de la mañana.

—No era yo.

Roy tira una foto sobre la mesa. Cámara borrosa. Silueta con capucha.

—Esto eres tú.

— Eso podría ser cualquiera.

Roy no responde. Se inclina hacia delante.

—Coche oscuro.

Silencio.

—Puerta que se cierra. Motor.

—No tengo coche.

—Mentira.

Roy  abre una carpeta. Papeles. Multas. Registro antiguo.

—Tuviste uno.

—Lo vendí.

—¿Cuándo?

—Hace meses.

—¿A quién?

—No me acuerdo.

Silencio. Roy lo observa fijamente. Demasiado fijamente.

—Muy conveniente.

—No tiene nada contra mí.

Roy golpea suavemente la mesa. No fuerte. Preciso.

—Tengo suficiente.

Pausa. Roy le taladra con la mirada. El otro no se deja acobardar.

—Estabas allí. Algo salió mal. Un empujón, comenzasteis una pelea… no querías matarlo. Eso me lo creo. Pero acabó muerto.

—¡No lo hice!

Roy sube un poco el tono por primera vez. Gordon se pone alerta.

—¡Entonces ayúdame a entender qué hiciste!

Se hace un silencio pesado.

—Porque ahora mismo… —hace una pausa deliberada sin dejar de mirarlo fijamente—…todo apunta a ti.

La respiración del sospecho se acelera. Pero no cede.

—No puede probarlo.

Roy  lo mira intensamente, con expresión fría.

—Ya veremos.

—¡Quiero un abogado! —grita el sospechoso—. Exijo mis derechos.

—Ya te los hemos leído, hijo —dice Gordon pacientemente.

Roy se levanta. Sale de la sala muy serio. Está totalmente convencido de que es él. No había nadie más cerca. «Y Roxy», susurra una voz en su mente que se apresura a acallar.

—Duro como el cemento —Gordon aparece con un vaso de café y un bollo—. Te vendrá bien un poco de azúcar.

—¿Ha dicho algo más?

—Que él no lo ha hecho, que es inocente y quiere un abogado. También ha añadido que nos va a denunciar por violencia policial.

A Roy se le escapa una risa seca que le hace salpicar café y azúcar.

—Será cabrón… Como vuelva a interrogarle se va a enterar de lo que es la violencia policial.

—A mí también me han dado ganas de meterle un par de hostias bien dadas. Pero… Ahora lo que me preocupa eres tú. Te vas a caer a pedazos

—¿Por dos noches sin dormir? No lo creo.

—Ya imagino que en peores te has visto. Pero no necesitas dejarte la salud en este caso, Roy.

—Si no lo cogemos seguirá matando y convertirá esta ciudad en un infierno. Entre los crímenes y las desapariciones sobrevivir es un milagro.

—Hablando de desapariciones… ¿has vuelto a saber algo de la señora Archer?

—Nada. Eso significa que su marido sigue en paradero desconocido.

****

Los avisan de que han aparecido dos cadáveres en una casa de las afueras. Roy y Gordon Se ponen en marcha siguiendo las instrucciones.

Es una casa de dos plantas como cualquier otra, con un jardín bastante descuidado.

Nada parece fuera de lugar, los muebles y alfombras están limpios.

Suben al dormitorio principal, donde encuentran a un matrimonio mayor fallecido por impacto de bala, un disparo cada uno.

Aparentemente el hombre ha disparado a su mujer y después se ha suicidado.

Las autopsias aclararán si es suicidio o los han asesinado manipulando el escenario.

El resto del equipo se encarga de los trámites

En la cocina la trabajadora social que los visita cada semana está medio desmayada de la impresión. Ha sido ella quien ha dado el aviso. Les da todos los detalles de la pareja. Habrá que avisar a los hijos, que viven en diferentes ciudades.

—No podían dedicarles tiempo, viven lejos. Lo último que supe es que habían pensado llevarlos a una residencia y vender la casa. Los señores Brown estaban ya mal físicamente, sobre todo ella, con principio de demencia senil. Era complicado para los hijos .

—Parece que han decidido por sí mismos —dice Roy.

Gordon no habla. Hacen todos los trámites y él permanece tan silencioso que llega a preocupar al joven.

—Eh, Gordon, ¿qué te pasa?

—Salvo que se demuestre lo contrario, estas personas se han suicidado para que no los lleven a una residencia. Toda la vida trabajando, haciendo proyectos, para acabar así. Con un tiro en la cabeza. No es justo, joder. No es justo.

Roy sabe que no está hablando solo del matrimonio fallecido. Está pensando en Wilma y en él.

A las seis de la tarde Roy obliga a Gordon a dejar el trabajo.

—Te invito a unas cervezas. No puedes llegar a tu casa tan desanimado, preocuparás a mami.

Dos horas después Roy llama a Wilma por teléfono.

—Mamá, te llevo a Gordon a casa. En parte ha sido culpa mía, pero hoy ha sido atroz. Solo quería levantarle el ánimo.

—Os espero. Pero tú, Roy Fletcher, vas a recibir unos cuantos escobazos en cuanto pongas un pie en mi porche.

****

Los hijos del matrimonio fallecido miran muy serios a Roy. Acaban de llegar y están pálidos de la impresión. Dos hombres y una mujer que han viajado desde tres ciudades diferentes. Han tenido que reconocer los cadáveres y su visión los ha hundido a nivel emocional.

—¿Cuándo fue la última vez que vieron a sus padres? —pregunta Roy.

—A finales de verano. Decidimos venir todos con los niños y darles una sorpresa.

—¿Fue todo bien?

—Al principio sí. Quieren… querían mucho a los niños.

Después el ambiente se tensó…Verá… Ya eran muy mayores, tenían problemas de movilidad.

Ninguno de nosotros podía hacerse cargo de ellos.

Habíamos conseguido que una trabajadora social los visitara una vez por semana, y contratamos a una asistenta para que limpiara y cocinara.

—¿Qué pasó durante su visita?

—Habíamos hablado entre nosotros y estábamos de acuerdo en buscarles una buena residencia donde recibieran toda la atención.

Se lo dijimos. Pero se lo tomaron a mal.

Nos gritaron, especialmente nuestro padre.

Nos insultó delante de los niños, que se pusieron a llorar.

Nuestra madre también empezó a llorar. Fue muy desagradable.

—¿En algún momento amenazaron con suicidarse si los obligaban a abandonar la casa?

—No. Ni lo mencionaron. Lo que hicieron fue echarnos de su casa.

Los llamábamos y no contestaban al teléfono.

Por suerte la trabajadora social nos informaba.

Para abreviar, buscamos la mejor residencia que pudimos.

No había sitio para los dos, así que tuvimos que mirar otra para nuestra madre, que era quien estaba peor.

Les enviamos todos los datos y les dijimos que no se preocuparan, que lo habíamos arreglado todo bien.

Se han suicidado antes de que fueran a buscarlos para el traslado.

—Lo siento. Esto tiene que ser muy duro para ustedes.

La hija no había dicho nada en ningún momento, solo lloraba en silencio mientras sus hermanos hablaban.

—¿Cuándo… Cuándo podremos celebrar el funeral?

—En cuanto finalice la autopsia.

—Gracias.

Dejan el teléfono del hotel en el que se van a alojar y se marchan en silencio. Roy suspira.

—Es jodido hacerse viejo —dice Gordon de repente. Roy se sobresalta.

—No lo dirás por ti, Gordon. No eres viejo.

—Espero que la jubilación no me afecte.

—Conociéndote, sé que no irás todo el día detrás de Wilma. Vamos a comer algo, viejecito. Tengo hambre.