Roxy 13
49%

13

No quiero abrir los ojos. Porque sé lo que hay cuando lo haga. Ellos. Los tres. Esperando

—Roxy.

La voz del inspector. Constante. Paciente.

—Necesito que me escuches.

No responde nadie dentro. Eso es nuevo. Eso es… peor.

Estoy sola. Pero no es paz. Es contención. Como si algo estuviera aguantando la respiración. Esperando.

—Vamos a hacerlo —dice el inspector—. Pero esta vez… contigo dentro.

Trago saliva.

—¿Cómo?

Silencio breve.

—Quiero que los dejes hablar.

Error. Grave error.

—No —susurro.

Pero ya es tarde.

Cierro los ojos. No porque quiera. Porque algo tira. Desde dentro. Y entonces… vuelven.

No hay transición suave. No hay orden. Están los dos. Y la otra voz. Al mismo tiempo.

—No deberías haber hecho esto —dice mi hermano.

Su voz es más dura. Más afilada.

—Era necesario —responde la voz.

Calma. Siempre calma.

—Nos está rompiendo —susurra la otra voz.

Roxy.

Yo.

—Bien —dice el inspector—. Quiero hablar contigo.

Silencio.

—Con el que protege.

El ambiente cambia. De golpe.

—Ya estás hablando conmigo.

La voz sale de mi boca. Pero no soy yo.

El inspector asiente. Sin miedo. Otra vez ese error.

—¿A quién proteges? —pregunta.

—A ella.

Inmediato. Instintivo. Verdadero.

—¿De qué?

Silencio. Tenso.

—De lo que ocurrió —responde al final.

—Eso ya es pasado.

—No para ella.

Más silencio. Más denso.

—No puedes detenerlo repitiéndolo.

La frase corta el aire.

—Cállate —gruñe el hermano.

—No —responde la voz—. Eso es lo que haces. Repites. Controlas. Eliminas.

Cada palabra es precisa. Quirúrgica.

—Eso no es proteger.

Mi cuerpo se tensa. Los músculos se contraen.

—Sin mí… —empieza mi hermano—. Sin mí no habría sobrevivido.

Silencio. Nadie lo niega. Ni siquiera la voz.

—Pero ahora… —continúa ella—, la estás matando tú.

Eso… eso lo rompe. Literalmente. Siento el golpe dentro. Como si algo se agrietara.

—No… —susurro.

Pero no sé quién lo dice.

—Roxy —dice el inspector—. Escúchame.

Su voz lo atraviesa todo.

—Él no es el peligro ahora.

Pausa.

—Tampoco tú.

Otra pausa. Más importante.

—El peligro es que sigas dejando que decida por ti.

Silencio absoluto. Todo se detiene. Las voces. El cuerpo. El miedo. Todo. Y por primera vez… hay espacio.

—¿Qué quieres? —pregunto.

No al inspector.

A él. A mi hermano.

Silencio. Largo. Real.

—Que estés a salvo.

La respuesta no es agresiva. No es violenta. Es… honesta. Eso duele más.

—No lo estoy —respondo.

Se rompe algo más.

—Ni contigo.

Silencio.

—Eso es —dice la voz—. Ahora sí.

Calma. Presente.

—Ahora puedes elegir.

Respiro. Lentamente. Consciente. Y digo:

—No.

No grito. No lloro. Solo… decido.

—No voy a esconderme más.

El impacto es brutal.

Mi hermano reacciona. Violento. Desesperado.

—¡NO! —ruge—. No entiendes.

Pero esta vez… no toma el control. No del todo.

Tiemblo. Pero sigo aquí. Sigo siendo yo.

Y ellos… también. Pero ya no mandan igual.

El inspector me observa. Muy atento. Muy quieto.

—Bien —dice en voz baja.

No suena victorioso. Suena… cuidadoso.

—Eso era importante.

Cierro los ojos. No para escapar. Para sentir.

Dentro… siguen. Los dos. Y la voz.

Pero algo ha cambiado. Ya no es una guerra. Es… un equilibrio inestable.

—Esto no ha terminado —dice mi hermano.

—No —responde la voz—. Pero ahora empieza de verdad.

Y yo… por primera vez… estoy en medio. Despierta.

Antes de salir… miro atrás.

El inspector sigue ahí. No se mueve. Pero no se va.

—No dejes que te controlen —dice.

No sé si habla de la policía. O de lo que hay dentro de mí.

Y esa es la parte más peligrosa.

****

—Por ahora ya es suficiente —dice Roy—. Puedes irte a casa. Pero no salgas de la ciudad, tendrás que volver a declarar.

Deja que se vaya sin mirarla. Para la grabadora y saca la cinta. También se guarda la grabación. Por el momento no va a comentar con nadie del departamento que ha interrogado a la sospechosa sin dejar evidencias. Ni siquiera a Gordon.

Lo que ha ocurrido en esa sala es para volver loco al más escéptico. Aunque él  es psicólogo sabe que ha cometido un error grave. Es más. Que se ha saltado las normas con plena conciencia.

Guarda las cintas en el bolsillo interior de la cazadora y va a buscar un café de la máquina. Con el vaso en la mano sale a la puerta para fumarse un cigarrillo mientras el café se enfría.

—¿Una noche dura, inspector?

El agente está a punto de marcharse y se para hablar con él un momento. Roy sabe que le respetan y admiran por su pasado de combatiente. «Este tío ha visto cosas», dicen hablando de él mientras se toman un café. «Es confiable.» Sonríe brevemente.

—Ya sabe cómo es esto. Mucho papeleo y poca acción. He tenido noches peores.

—Descanse. Se lo ha ganado.

—Descanse también usted, agente.

Gordon se lo encuentra en el despacho, despeinado y con los ojos como un búho.

—No me jodas, Roy. ¿Te has pasado toda la noche trabajando? Estás hecho un desastre.

—Quería comprobar algo.

—¿Y?

—Nada. Seguimos en zona muerta.

****

—Aprendimos —dice la voz—. Ahora somos una.

—Sí —dice mi hermano tranquilo, con voz algo ronca—. Y nadie puede destruirnos.

****

—Fletcher, una nena pregunta por ti.

—¿Una nena? —Roy, sorprendido, enarca las cejas. El agente se está riendo en silencio. Aguanta las carcajadas como puede.

—Que venga.

Aunque sospecha quién va a abrir la puerta, no está preparado para ver a su visitante. Joseph Miller transmutado en Annie hace una entrada de emperatriz.

—Lo que me ha costado que te avisen. Estaba ya desesperada.

—Hostia puta… Joseph… ¿De qué demonios vas vestido? —no puede apartar los ojos del vestido corto y estrecho de color rojo brillante, de los zapatos altísimos, del maquillaje excesivo.

—De Annie, cariño. Que la otra noche no me pudiste ver bien. ¿No estoy divina?

—De infarto. Literalmente.

—Adulador… —palmotea.

De repente se pone serio. Abandona la afectación. Joseph recupera su lugar. Roy, que sigue todavía impresionado por la metamorfosis extraña de Roxy, se siente saturado.

—No te agobies, inspector. He venido porque mi amiga Sally sigue sin aparecer.

He ido a su casa y su casero me ha dicho que no sabe nada de ella.

Tenía que pagar el alquiler del mes y el tío estaba muy cabreado.

Lo he pagado yo para que la pobre no se quede en la calle.

¿Tú has podido averiguar algo? Te di todas las pistas.

—No he tenido tiempo todavía. Estoy con un caso importante…

—Ah. Eso. Lo he visto en la televisión. Pero Sally también es importante. Aunque para vosotros solo sea un marica más, es una persona y tiene derecho a que se le dé el mismo trato que a los demás. Tú mismo lo dijiste.

—Y lo mantengo. La buscaré. Gracias a tu ayuda interrogaré al tipo que se la llevó y daré con ella.

—¿Mencionarás mi nombre en tu informe diciendo que yo te di las pistas?

—Déjate de frivolidades, Joseph. Lo principal es encontrar a Sally.

—¿No puedo ir contigo de ayudante?

—No. No puedes. Yo te informaré personalmente.

—Por favor, no te olvides.

Sale del despacho como Annie, erguida y contoneándose, lanzando miradas al personal que la mira entre divertido y asombrado.

Gordon entra inmediatamente para que Roy le cuente qué ha pasado.

—Ha venido a recordarme que su amiga sigue desaparecida. Por eso se ha vestido así. Me ha facilitado todos los datos que necesitamos pero con lo del asesino en serie se me pasó.

—Solo falta que ahora tengamos suelto a un asesino de travestis.

—Ven conmigo si no estás ocupado. Hablaremos con su antiguo empleador y con su casero.

Pero primero tenemos que interrogar al tipo que se la llevó en su coche.

Se hace llamar Sally. Veintiocho años. Trabajó como repartidor antes de acabar prostituyéndose de noche en el polígono del este de la ciudad.

—¿Por qué? —se asombra Gordon—. Si se quedó sin trabajo podía haber buscado otro. Son ganas de meterse en la boca del lobo.

—No lo sé. No lo he preguntado.

El edificio de oficinas es nuevo y ultra moderno. Roy le indica con un gesto el coche, un modelo de alta gama. La elegante recepcionista los atiende amablemente.

—Necesitamos hablar con el señor Owen Taylor.

—Un momento por favor —hace una breve llamada—. Ahora mismo está reunido. ¿Tenían cita con él?

Los dos sacan las placas sin decir nada. Ella vuelve a llamar.

—Oficina del último piso. El señor Taylor les está esperando.

—Último piso —susurra Gordon—. Debe de ser el puto amo de todo esto.

Owen Taylor los recibe serio y comedido. Es un hombre de entre cincuenta y sesenta años, muy bien vestido. Todo a su alrededor respira lujo. Los invita a sentarse.

—¿Puedo ofrecerles un té, o un café?

—Nada, gracias. Necesitamos que responda a unas cuantas preguntas.

—Sobre Sally. Por supuesto.

—¿Dónde está? ¿Qué ha hecho con ella?

—Lawrence Taylor, o Sally si prefieren ustedes, es mi hijo.

Le había perdido la pista, pero en cuanto me informaron de por dónde andaba y a qué se dedicaba fui a buscarlo.

Miren, puedo entender que se sintiera presionado y decidiera ponerse a trabajar de repartidor, es un trabajo tan honrado como otro cualquiera.

Incluso puedo intentar entender que le gusten los hombres, ha nacido así.

Lo que no voy a tolerar es que se prostituya vestido de mujer y se vaya con el primero que aparece.

—¿Y?

—Ha ingresado en una clínica de desintoxicación en Suiza. Tomaba drogas y bebía. Estaba muy desmejorado. Es mi hijo, le quiero y no permitiré que se autodestruya. Él se mostró de acuerdo y tramité su hospitalización.

—¿En Suiza?

—Lo más lejos posible de su entorno tóxico. Cuando le den el alta decidirá su futuro.

Roy y Gordon se miran y le miran.

—¿Necesitan saber algo más, agentes?

—No. Ha quedado todo aclarado, señor Taylor. Gracias por su tiempo. Esperamos que Lawrence se ponga bien pronto.

—Eso esperamos todos. Buenas tardes.

—¿Qué opinas, Roy?

—No miente. Ha debido ser muy duro para él encontrarse a su hijo en esa situación tan precaria. Bien. Caso cerrado a satisfacción de todos. Pasamos del casero y de su antiguo jefe. Solo queda avisar a su amiga Annie. Respirará tranquila.

—Esa aventura te la dejo a ti solito —ríe Gordon.

Esa misma noche, Roy se acerca al polígono. Al saber que Sally está viva y bien, Annie da tal grito que lo aturde. Entusiasmada, intenta besarle pero el inspector aparta la cara.

—Ni se te ocurra, Joseph.

—No me mortifiques llamándome Joseph.

—Ni se te ocurra, Annie. Cuídate mucho, ten cuidado con los tipos que pululan por aquí.

—Ojalá fueran todos como tú…

—Largo de mi coche.

—Eres brutal, inspector. No sé por qué me gustas.

—Porque soy irresistible. Largo. Ya.