Roxy 12
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Escucho claramente la llamada. Él sabe que estoy en casa aunque no conteste. Escondida detrás de la puerta, conteniendo la respiración. De alguna manera ha sabido dónde vivo. Dónde me escondo.

—Soy el inspector Roy Fletcher. Sé que estás ahí. Necesito hablar contigo.

No debería haber abierto la puerta. Pero lo he hecho. Y ahora está ahí. El inspector. A menos de un metro. Demasiado cerca.

—Roxy —dice. Me enseña de nuevo la placa.

Se me corta la respiración. No le he dicho mi nombre. Nunca.

—Tenemos que hablar.

Su voz no es agresiva. Tampoco amable. Es… firme. Segura. Como si ya supiera que no voy a poder evitarlo.

No respondo. No puedo. Porque dentro… ya no hay solo uno.

—No confíes en él —dice la voz.

Mi hermano. Frío. Inmediato. Pero entonces… otra. Más suave. Más lejana.

—Escúchalo.

Me quedo congelada. No. Eso es nuevo. Eso no debería estar ahí.

— ¿Estás bien? —pregunta el inspector.

Asiento demasiado rápido.

—Sí.

Mentira. Evidente. Él lo ve. Claro que lo ve.

—No lo estás —dice—. Y creo que sabes por qué.

Mi pulso se dispara.

—No sé de qué habla.

—Sí lo sabes.

Un paso más cerca. Error. Grave.

—Aléjate —dice mi hermano.

—No —responde la otra voz.

Me llevo una mano a la cabeza.

—Para… —susurro.

El inspector frunce el ceño.

—¿Qué pasa?

No puedo explicarlo. No puedo decirle que… «Hay dos», pienso. Silencio. Y entonces la corrección: «No. Tres.»

—Roxy —dice más despacio—. Nadie ha visto a tu hermano.

El mundo se detiene. Literalmente. Se queda en pausa.

—Eso no es verdad —respondo, pero mi voz ya no suena segura.

—Nunca —continúa—. Nadie ha podido describirlo. Nadie ha hablado con él.

Cada palabra es un golpe.

—Siempre estás sola.

—Miente —dice mi hermano.

—Escucha —dice la otra voz.

—Para —digo yo.

Pero nadie para.

—Te está manipulando —insiste mi hermano.

—Te está ayudando —responde la voz.

Me mareo. El suelo se mueve.

—No… —susurro.

El inspector me observa. Muy atento. Demasiado.

—A veces —dice—, la mente crea cosas para protegerse. Silencio—. Personas —Más silencio—. Versiones de nosotros mismos.

El corazón me late en los oídos.

—No… —repito.

Pero ya no suena como negación. Suena como miedo.

—Mírame.

La voz. Pero no es ninguna de las dos. No es mi hermano. No es la otra. Es… calma. Fría. Clara.

—Mírale.

Levanto la vista. Y por un segundo… todo encaja. Demasiado.

—¡NO!

El grito no sé de dónde sale. Pero lo rompe todo. El cambio es instantáneo. Brutal. El cuerpo se tensa. La mirada se endurece.

Mi hermano toma el control total. Doy un paso hacia el inspector. Demasiado cerca.

—No vuelvas a acercarte a ella —digo. Mi voz ya no es la de Roxy.

El inspector no retrocede. Pero su cuerpo está preparado.

—Gracias —dice en voz baja.

Parpadeo. Confusión.

—Ahora sé con quién estoy hablando.

Silencio. Denso. Peligroso.

—No entiendes nada —digo.

—Puede ser —responde—. Pero estoy empezando.

Eso… eso es peligroso. Muy peligroso.

El tirón. Otra vez. Pero ahora es distinto. No es uno contra otro. Son tres. Y nadie gana.

El mundo se fragmenta. La visión se rompe. Y caigo.

Cuando abro los ojos… estoy en el suelo. El inspector está agachado frente a mí. Cauteloso. Observando.

—Roxy —dice—. Escúchame.

Y dentro… por primera vez… hay silencio. Un silencio real. Inestable. Antes de la tormenta.

—No estás sola —añade.

Y esta vez… no sé si habla de él. O de lo que hay dentro de mí.

****

El blanco me molesta. Demasiado limpio. Demasiado silencioso. Abro los ojos despacio. El techo. Una luz fija. Un pitido suave en algún lugar que no alcanzo a ver.

No reconozco el sitio. Pero tampoco me sorprende.

—Has vuelto —dice una voz dentro.

Mi hermano. Siempre el primero.

—¿Dónde estamos? —pregunto.

—A salvo.

Miente. Lo sé incluso antes de terminar la palabra en mi cabeza.

Parpadeo. El inspector está sentado al lado de la cama. No parece cansado. No parece nervioso. Solo… atento. Como si llevara horas esperando este momento. Yo no recuerdo nada, cómo he llegado a mi cama.

—Te has desmayado. O algo parecido —añade.

Intento incorporarme. No puedo. Mi cuerpo pesa. Mi cabeza también.

Él no se acerca demasiado. Eso es inteligente.

—No estás detenida —dice—. Tranquila.

Curioso. No le he preguntado.

—Aún —añade después.

Más curioso todavía.

—No le escuches —dice mi hermano—. Nos quiere separar.

—Nos quiere entender —responde la otra voz.

Más clara ahora. Más presente. Me quedo quieta.

—¿Quién eres? —pregunto.

Silencio.

Luego:

—Soy la que ve.

Un escalofrío.

—No —dice el hermano—. No necesitas eso.

—Lo necesita —responde ella.

Y por primera vez… no suena débil.

—Roxy —dice el inspector—, sé que estás escuchando algo.

Mi corazón se acelera.

—No…

—Sí —interrumpe—. Cambias. Tu forma de hablar, de mirar…

Se inclina ligeramente hacia delante.

—No eres solo tú.

Silencio.

—A veces —continúa—, cuando alguien sufre algo demasiado grande…

No termina la frase. No hace falta.

—…se divide —termino yo.

Él asiente despacio. No sorprendido. Confirmando. Eso me da más miedo que cualquier otra cosa.

—No —dice mi hermano—. Te está manipulando.

—Te está describiendo —corrige la voz.

—¡Cállate! —gruñe él.

—No —responde ella—. Ya no.

Mi respiración se rompe. Esto no había pasado nunca.

Nunca.

****

—No estás detenida —me tranquiliza de nuevo el inspector—. Pero es necesario que me acompañes a comisaría para interrogarte.

—No vayas —dice mi hermano.

—Tienes que ir —dice la voz.

—Te van a encerrar.

—O a entender.

—Te van a destruir.

—O a ayudarte.

Mi cabeza va a estallar.

Respiro. Lentamente. Como antes.

No sé si puedo negarme. Si puede obligarme.

—De acuerdo —digo.

Silencio.

El inspector… me observa. Muy fijamente. Sabe que no es tan simple. Sabe que esto puede salir muy mal. Para todos.

Le acompaño. Conduce muy concentrado conmigo en el asiento del copiloto. Son las doce de la noche. El agente de guardia le saluda sin prestarme atención.

La sala de interrogatorios es pequeña, una mesa y dos sillas incómodas. Sin ventanas. Luz indirecta. Silencio medido. Me miro en el espejo que adorna una de las paredes. Mi reflejo está distorsionado. No es un espejo. Tal vez hay alguien al otro lado, mirando y  escuchando.

—He conectado la cámara —me aclara el inspector, sentándose frente a mí y activando una grabadora al mismo tiempo que saca la libreta y un bolígrafo con el tape  mordido. Curioso. Yo también los muerdo. No sé cómo ha aparecido un vaso de café delante de mí. No bebo.

—Roxy—dice—. Tengo que hacerte unas preguntas. Dime tu nombre completo.

—Roxana…

La voz me tiembla.

—Roxana qué.

Guardo silencio. No porque dude. Porque hay demasiado ruido en mi interior.

—No respondas —dice mi hermano.

—Responde —dice la voz.

—Te está acorralando.

—Te está observando.

—Va a encerrarte.

—Va a entender.

—¡CÁLLATE!

El grito sale fuera. Error. Grave.

El inspector se ha sobresaltado, le ha fallado el autocontrol. En un primer momento cree que se lo he dicho a él. Cambia el tono. Más duro.

—Roxana, esto es serio. Vas contármelo todo.

No pregunta. Ordena.

—No digas nada —dice mi hermano.

—Escucha primero —corrige la voz.

Yo… respiro.

—Está bien —respondo.

Y eso ya es distinto.

—Estuviste en el bar anoche.

No es una pregunta.

—Sí.

Lo anota.

—¿Conoces a la víctima?

—No.

Mentira.

Verdad.

Las dos cosas.

—Varios testigos te vieron hablando con él.

El corazón se acelera.

—Hablar no es un delito —respondo.

El inspector levanta la vista. Sorprendido. No esperaba eso.

—Bien —dice mi hermano—. Control.

—Demasiado —dice la voz—. Eso levanta sospechas.

Perfecto. Ahora discuten estrategia.

—¿Dónde fuiste después? —sigue preguntando.

Silencio. Un segundo. Dos. Tres. Demasiado.

—No lo recuerdo.

Error. Grave error.

—Roxy, necesito que colabores conmigo. Eres sospechosa de varios asesinatos. Necesito que me ayudes a aclararlo. No tengo nada contra ti, ninguna prueba. Ayúdame a entender lo que ha pasado, por qué estabas en todas las escenas de los crímenes. Por qué saliste corriendo. Qué has visto.

El inspector me mira. Diferente. No como antes. Ahora hay algo más. Urgencia.

—Esto se está cerrando —dice en voz baja, solo para mí.

Trago saliva.

—Lo sé.

— Esto no va a salir bien —dice mi hermano.

—Depende de ti —responde la voz.

Me detengo un segundo. Solo un segundo.

—No —susurro—. Depende de nosotros.

Silencio.

Y eso… eso cambia algo.

—Roxy —dice el inspector—. Quiero hablar con todos.

Silencio absoluto.

Dentro.

Fuera.

Todo se detiene.

—No puedes —susurro.

—Puedo intentarlo.

Y eso… eso es lo más peligroso que ha dicho hasta ahora.

—No —dice mi hermano.

—Sí —dice la voz.

Y entonces… por primera vez… yo decido. Cierro los ojos. Respiro.

Y dejo que ocurra.

Cuando los abro… ya no soy Roxy. Pero tampoco es como antes. Es… consciente.

Controlado.

El inspector lo ve. Se queda completamente quieto.

—Hola —dice.

No a Roxy.

A otro.

—No deberías estar aquí —respondo.

Mi voz es distinta. Más baja. Más firme.

Mi hermano. Pero sin violencia. Aún.

—Y tú no deberías existir —responde él.

Sin miedo. Error.

Silencio. Nos miramos. Midiendo. Evaluando.

—La protejo —digo.

—La estás destruyendo —responde.

Directo. Sin rodeos. Eso hiere.

—No es tan simple.

La otra voz sale. Por primera vez… hacia fuera. No como pensamiento. Como presencia.

Me quedo quieta. El inspector también.

—Bien —dice él en voz baja—. Ahora estamos todos.

Un escalofrío me recorre todo el cuerpo.

—No entiendes lo que has hecho —dice mi hermano.

—Sí —responde el inspector—. He abierto la puerta.

Eso es suficiente. Demasiado. El equilibrio se rompe. Las voces se superponen. Discuten. Empujan. Tiran.

—¡Para! —grito.

El cuerpo no aguanta. La mente tampoco.

Y todo… se apaga.

Cuando vuelvo… estoy sola. Por primera vez en mucho tiempo. Silencio real. Vacío.

—¿Hola? —susurro.

Nada.

Pero justo antes de que el miedo me trague… algo aparece. No como voz. Como certeza.

No están muertos. No se han ido. Solo… están esperando.

No hay nada reconocible. Solo oscuridad. Y sonido.

Una puerta. Cerrada. Golpes al otro lado. No fuertes. Rítmicos. Como si alguien supiera exactamente cuánto aguanto.

—Abre.

La voz no es un grito. Eso sería más fácil. Es tranquila. Controlada. Eso es peor.

Estoy ahí. Pero no soy yo. Soy pequeña. Las manos no son mías. La respiración tampoco.

—No hagas ruido —susurra alguien.

Cerca. Muy cerca.

—Si no haces ruido… no entra.

Mi cuerpo se agita en el asiento. El inspector no hace nada, no llama a nadie. Solo observa y toma notas. La grabadora y la cámara siguen conectadas. Y yo estoy indefensa.

La puerta vibra. Otra vez.

—Sé que estás ahí.

Silencio.

—Siempre estás ahí.

Algo dentro de mí se rompe. Pero no sale. Se queda. Se convierte en otra cosa.

—No abras —dice una voz.

Fuerte. Nueva. Protectora.

—No mires —dice otra.

Suave. Temblorosa. Y entonces… aparece la tercera. No habla. Solo observa. Aprende.

La puerta se abre. No del todo. Solo un poco.

Suficiente. La luz entra. Y con ella… la certeza.

No hay escapatoria.

—Roxy.

Nada.

—Escúchame.

Mi cuerpo se tensa. Reacciona. Bien.

—No estás ahí ahora —dice con calma—. Estás aquí —hace una pausa—. Es un recuerdo.

—Miente —dice mi hermano.

Pero ya no suena tan seguro.

—No —dice la voz—. No es lo mismo.

La otra voz… sigue en silencio. Pero ahora entiende.

No veo caras. Nunca caras. Pero sí manos. Sí sombras. Sí la sensación de… no poder moverme.

—No… —susurro—. No quiero ver esto.

—Tienes que verlo —dice la tercera voz por fin.

Clara. Fría.

—Si no lo ves… él seguirá existiendo así.

—Yo existo para protegerte —responde mi hermano.

—Exististe —corrige ella.

Silencio.

—Ahora haces daño.

Eso… eso sí hiere.

El aire no llega. El pecho duele.

—Para… —digo—. Por favor.

Y por primera vez… no se pelean. Se detienen.

—Respira —dice el inspector.

Lento. Constante.

—No estás sola.

Otra vez esa frase. Pero ahora… significa algo distinto.

La memoria no se completa. Pero deja algo atrás. Una sensación clara. Una certeza. No era un hermano. Nunca lo fue.

Abro los ojos de golpe. Estoy en la comisaría, sentada en la misma silla. El inspector me mira sin expresión. No sé qué piensa ni qué está escribiendo. Bebo el café, que ya está frío.

—No era él… —susurro.

Mi voz se rompe.

—No era él.

Él no responde inmediatamente.  Bien. Eso es lo correcto.

—Lo sé —dice después.

Lágrimas. No muchas. Pero reales.

—Entonces… —trago saliva—. ¿qué es?

Silencio. Largo. Pensado.

—Una parte de ti —responde—, que aprendió a sobrevivir.

Cierro los ojos otra vez. Pero ya no es oscuridad total. Ahora hay capas. Presencias.

—No hemos terminado —dice la tercera voz.

—No —respondo.

Y por primera vez… no tengo claro si tengo miedo de él. O de lo que soy sin él.