11
No estoy sola. Lo sé antes de abrir los ojos. Hay algo en el aire. Un peso. Una presencia que no debería estar aquí. Me quedo quieta en la cama, mirando el techo. Escuchando. Silencio. Demasiado silencio. Entonces… un crujido. En el pasillo. Mi corazón empieza a latir más rápido.
—No —susurro—. Aquí no.
Me incorporo despacio. Cada músculo tenso. Cada respiración medida.
—¿Hola? —digo, pero mi voz suena débil. Incorrecta. No hay respuesta.
Camino hacia la puerta. Cada paso es un error. Lo sé. Pero no puedo detenerme. Abro. El pasillo está vacío. Oscuro. Normal. Nada. Suelto el aire poco a poco.
—Estás paranoica —me digo—. Solo eso.
Pero entonces lo siento. Dentro. El movimiento. El tirón.
—No es paranoia —dice la voz.
No la oigo. La siento. Me quedo inmóvil.
—Alguien nos busca.
Trago saliva.
—No —respondo en voz baja—. No nos ha visto.
Hay un silencio. Luego la voz susurra:
—Aún.
****
El edificio es viejo. Mal iluminado. Perfecto. Roy observa desde el coche, al otro lado de la calle.
No ha subido. No todavía. No necesita hacerlo. Aún. Está esperando que ella salga. Lleva siguiendo a la chica desde la noche anterior. Patrones erráticos. Movimientos incoherentes. Pero hay algo constante: siempre vuelve aquí.
Saca la libreta. Anota: cambios bruscos de comportamiento. Voz inestable al principio y después firme. Reacción al contacto: del miedo pasa al control. Deja de escribir. Piensa. «Dos perfiles.» Niega con la cabeza. No. No puede ser tan simple.
****
No puedo quedarme aquí. Lo sé. Él también lo sabe.
—Tenemos que salir —dice.
No quiero. Pero ya no importa lo que yo quiera.
Me visto rápido. Sin pensar. Sin mirar demasiado. Las manos me tiemblan. Hasta que dejan de hacerlo.
Salgo a la calle. El aire frío me golpea. Y algo encaja. Todo se vuelve… más claro. Más silencioso. Más fácil. Estoy fuera. Pero ya no soy Roxy.
Camino sin rumbo fijo. Pero no es verdad. Hay algo tirando de mí. Un hilo invisible. Y entonces lo noto. Detrás. Lejos. Pero constante. El inspector. No lo veo. Pero lo siento igual que antes. Preciso. Paciente. Peligroso.
Entro en un bar. Es uno distinto que no conozco. Más pequeño. Más oscuro. Menos gente. Perfecto.
Me siento. Pido algo. No lo bebo. Observo. Siempre observo. Y entonces…otro hombre.
Se acerca. Claro. Siempre pasa.
—¿Estás sola? —pregunta.
Sonrío. Esta vez sí. Pero algo falla. No es como antes. El cambio no es limpio. No es suave. Es… brusco. Violento. Fragmentado. Roxy empuja desde dentro.
—No —susurra—. Déjalo.
Pero él ya está aquí. Y esta vez… no quiere proteger. Quiere acabar. El hombre lo nota. Claro que lo nota.
—Oye… —dice, dudando—. ¿Estás bien?
Error. Siempre hacen la misma pregunta. Y siempre es demasiado tarde.
El movimiento es rápido. Pero no perfecto. Hay tensión. Resistencia. Ruido. Una silla cae. Alguien mira. Mal. Muy mal. Pero ya está hecho.
Cuando vuelvo…no estoy fuera. Estoy dentro. Atrapada. Viendo. Sintiendo. Pero sin poder mover nada.
—Para —intento decir—. Para, por favor.
No responde. Nunca responde. Pero esta vez…tampoco se detiene rápido.
****
El ruido. Eso lo cambia todo. Roy levanta la cabeza. Mira hacia el bar. Demasiado movimiento. Demasiado tarde.
Sale del coche. Camina rápido. Luego más rápido.
Desenfunda la pistola y entra con precaución, anunciándose.
Encuentra un caos. Se diría que el hombre sentado a la mesa con la cabeza apoyada en los brazos está borracho.
Pero está muerto. Los testigos parecen en shock, balbucean incoherencias, no saben explicar qué ha pasado ni cómo.
Una chica. Un hombre. Una chica y un hombre.
Roy alza la voz pidiendo silencio. Todos se callan. Los coches patrulla no tardan en aparecer. Acordonan el lugar. Los interrogatorios se convierten en un galimatías. Hay versiones diferentes. Roy advierte miedo en las voces y en los ojos.
—¿Qué cojones ha pasado aquí?
Gordon acaba de llegar, molesto porque su compañero ha vuelto a actuar en solitario.
—No eres un puto cowboy —estalla en voz baja—. Algún día lograrás que te maten.
—Nadie lo sabe —Roy ignora el reproche—. Tenemos un hombre muerto y estos son incapaces de decir nada coherente.
Nadie conoce al difunto, un tipo cualquiera que solo deseaba tomarse una cerveza tranquilamente.
—Trabajo extra, colega —a Gordon se le ha alargado la cara—. La puta madre del asesino…
—Nos van a enterrar en papeleo —asiente Roy, también serio y frustrado. Repiquetea continuamente con su bolígrafo sobre la libreta.
Se queda abstraído de repente, como si no estuviera allí. Gordon le zarandea.
—Aquí ya hemos terminado. Volvamos a comisaría.
Ambos están seguros de que tampoco el equipo forense sacará nada en claro.
—Tú estabas muy cerca, Roy. ¿No has visto salir a nadie? No se puede haber volatilizado.
Roy mueve la cabeza. Cierra los ojos. Respira fuerte.
—Ninguna persona ha salido por esa puerta, Gordon. Nadie.
—¡Joder! Venga, vámonos. De camino te invito a un café.
No pueden irse todavía. Hay un tropel de periodistas esperando, hacen fotografías, lanzan preguntas que se superponen unas a otras. Incluso de canales de televisión. Gordon maldice en voz baja.
—Hoy has venido con refuerzos, Peter —dice Roy.
—La noticia ha corrido como la pólvora. Ha sido una carrera de obstáculos. ¿Tomamos un café y me contáis con calma lo que podáis? Ya es de dominio público. Y no he sido yo quien ha filtrado los detalles. Pero todos tenemos confidentes en la sombra.
—Creo que nuestro asesino comienza a cometer errores, Peter. Ha atacado dentro del bar y no en un callejón. Más pronto que las otras veces, no son ni las doce.
—¿Entonces le han visto por fin? ¿Pueden describirle?
—Ahí está el problema: que no pueden. Lo han visto. Han creído verle. No saben cómo vestía ni cómo era su cara. Un galimatías que nos está volviendo locos.
—Pero eso es imposible, tíos. O le han visto o no le han visto. No puede haber provocado una alucinación colectiva.
—Por supuesto que no aunque es lo que parece. No tiene explicación lógica.
—Tiene que haber sido algo tan rápido —Roy parece reflexionar en voz alta—, que los testigos han tardado en darse cuenta.
Están todos bastante bebidos cuando no ebrios del todo, mala luz, mala ventilación.
Entra el asesino y nadie se fija en él, es un individuo tranquilo que no llama la atención.
Se dirige a una mesa donde está un tipo que se ajusta a su tipo de víctima, en grave estado etílico, lo acuchilla rápidamente y se va.
Cuando el resto quiere reaccionar ya ha desaparecido.
Ya tenemos testimonios que no concuerdan y testigos nada fiables.
—Es listo, más de lo que creía —se asombra Peter.
—Sí, pero cada vez menos. Si cambia de patrón y empieza a entrar en los bares, pronto se le acabará el chollo.
—Le cogeremos. Te lo aseguro. Y ahora, Peter, tenemos que volver a comisaría a redactar un informe.
Se despiden los tres. Peter tarda un momento en irse.
Pide un café para llevar y comienza a esbozar un plan.
En sus trabajos nocturnos incluirá la visita a bares.
Nunca se sabe. Además imagina que no estará en peligro porque no da el perfil, tiene aproximadamente la misma edad que Roy. El asesino nunca se fijaría en él.
****
Cuando recupero el control… ya estamos corriendo. Respiración agitada. Pulso desbocado. La ciudad se deforma a mi alrededor.
—¿Qué has hecho? —susurro.
Silencio.
Luego:
—Lo necesario.
Pero no es verdad. Esta vez no lo ha sido.
Me detengo en un callejón. Apoyo las manos en la pared. Tiemblo.
—Esto se está rompiendo… —digo.
Y por primera vez… por primera vez… él no lo niega.
Silencio. Y luego:
—Sí.
Levanto la vista. Y lo siento. Cerca. Mucho más cerca.
El inspector.
****
No puedo quitarme las manos de encima. Las miro una y otra vez. Limpias. Pero no lo están. No de verdad.
Froto con fuerza, como si pudiera borrar algo que no se ve. La piel se enrojece, arde. No importa.
—Para —dice él.
No le hago caso.
—Para —repite.
Más firme. Más cerca.
Cierro los ojos.
—¿Por qué? —susurro—. ¿Por qué lo haces?
Silencio. Siempre hay silencio antes de sus respuestas.
—Porque tengo que hacerlo.
Aprieto los dientes.
—Antes no era así.
Otra pausa. Más larga.
—Antes no lo veías.
Eso me golpea más que cualquier otra cosa. Antes no lo veía. Antes… ¿antes de qué?
Abro los ojos. El espejo me devuelve mi cara. Pero no del todo. Hay algo en la mirada. Algo que no reconozco.
—Tú… —empiezo—. Tú no estabas siempre.
Silencio.
Y por primera vez… no responde inmediatamente.
****
—La chica.
Roy mira la foto borrosa sacada de una cámara cercana al bar. No es clara. Pero es suficiente.
—Todos hablan de ella —dice—. Pero nadie puede describirla bien.
Al otro lado de la mesa, Gordon frunce el ceño.
—¿Testigos poco fiables?
Roy niega lentamente.
—No. Asustados, sí. Confusos… también. Pero no mienten.
Se inclina hacia delante.
—La ven aunque por alguna razón no interactúan con ella. Pero cuando intentan recordar… algo no encaja.
Pasa la página de su libreta.
—Y luego está esto. Huellas. Incompletas. Inconsistentes.
—Como si fueran dos personas que se intercambian—dice Gordon, asombrado.
Silencio.
Roy no responde. Porque eso… eso ya lo ha pensado.
****
Salgo a la calle porque no puedo respirar dentro. El aire frío me golpea la cara. Necesito pensar. Necesito… necesito silencio.
Pero él sigue ahí. Siempre.
—No soy tu enemigo —dice.
Me detengo en seco.
—No —respondo—. Solo matas gente.
Silencio.
—Te protejo.
Me doy la vuelta para mirarle. Él no aparta los ojos. Está triste. Como siempre después.
—¿De qué? —pregunto—. ¿De hombres que hablan conmigo? ¿De miradas? ¿De… qué ?
No responde. Y eso es peor. Mucho peor.
Camino sin rumbo. Más rápido. Intentando escapar de una idea que no debería existir. Pero ya está ahí. Ya ha nacido.
—¿Y si no eres mi hermano?
La frase se me escapa. En voz alta. En mitad de la calle. La gente pasa a mi lado sin mirarme. O eso creo.
Silencio. Largo. Denso. Peligroso.
—Eso no tiene sentido —dice finalmente.
Pero suena distinto. Más… tenso.
****
Roy camina solo por la escena del último crimen. Más caótica. Más errores. Más humana.
Se agacha. Toca el suelo. Mira las marcas.
—No es el mismo nivel de control —murmura.
Se levanta. Piensa.
—O sí lo es… pero algo ha interferido.
Cierra los ojos un segundo. Y entonces… encaja. No del todo. Pero lo suficiente para inquietarlo.
—No son dos personas… —dice en voz baja.
Abre los ojos.
—Es una.
Silencio.
—Pero no siempre la misma.
****
Levanto la vista. Y lo veo. Esta vez sí. El inspector. A unos metros. Mirándome. Directamente.
Mi corazón se detiene. No hay distancia ahora. No hay sombras. No hay excusas. Nos vemos. De verdad.
El tirón llega como un golpe. Violento. Brutal.
—No —susurro—. Ahora no.
Pero ya está pasando. El mundo se parte. Roxy se rompe. Y él… sale.
Doy un paso hacia el inspector. Lento. Controlado. Él no se mueve. Pero su cuerpo cambia. Está preparado.
—Otra vez tú —dice.
No pregunta. Afirma. Error. Grave error.
Una chispa de algo cruza por dentro. Reconocimiento. Peligroso.
Un coche pasa. Luz. Ruido. Un segundo de distracción. Suficiente.
Parpadeo. Y vuelvo.
—No… —susurro.
Me giro. Corro. Esta vez sí. Sin control. Sin plan. No paro hasta que ya no puedo más. Apoyo las manos en las rodillas. Respiro.
—Esto no está bien… —digo.
Dentro… muy dentro… algo responde. Pero no es él. No del todo. Es otra cosa. Algo que empieza a formarse. Algo que observa. Algo que entiende.
Y que pronto… va a querer respuestas.