Roxy 10 #3
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10 #3

La calle huele a humedad y aceite quemado. Un taxi pasa demasiado cerca y el reflejo de sus luces me hace girar la cabeza. Me detengo un instante, respirando con fuerza, y todo se vuelve un laberinto de sonidos y destellos.

Al doblar la esquina de la calle, escucho voces que vienen del café situado justamente allí:

—Vi a una chica cerca del bar… parecía asustada, pero desapareció enseguida —dice un hombre al que nunca había visto.

Mi corazón da un vuelco. ¿Yo? ¿O fue él? Paso más rápido, ocultándome detrás de la puerta de un edificio. Cada sombra parece más larga, cada reflejo en un escaparate me devuelve un rostro que no reconozco del todo.

El tirón vuelve. No puedo resistirlo. Roxy se desvanece. Él toma el control. La calma fría me recorre. Mi respiración se vuelve medida. Cada movimiento es preciso. Invisible. Intocable.

Desde la sombra, percibo al inspector. Cada movimiento suyo es un desafío que no comprende aún. Pero yo sí. Lo noto antes de que me vea.

Regreso a mi refugio, agotada. La paranoia me envuelve como una manta húmeda. Trato de recuperar a Roxy, pero el miedo me detiene. La calle sigue vacía, los faroles parpadean, y mi mente se divide de nuevo.

—No fui yo… —murmuro.

—Fue él… —susurro.

—¿O fui yo? —pregunto al silencio.

El inspector sigue acercándose al patrón del asesino, cada vez más cerca de la verdad. Y yo lo sé, aunque él todavía no.

El juego acaba de comenzar.

****

No debería haber salido. Lo sé en cuanto pongo un pie en la calle.

El aire es distinto hoy. Más pesado. Como si la ciudad supiera algo que yo no. O peor… como si lo supiera demasiado bien .

Camino rápido, sin mirar a nadie. Las manos en los bolsillos, la cabeza baja. Intento parecer normal. Intento ser Roxy. Pero no funciona. Nunca funciona del todo.

—Nos están mirando —susurro.

No sé si lo digo en voz alta o no.

El reflejo de un escaparate me devuelve mi imagen. Me detengo un segundo. Parpadeo. No soy yo. O sí. Pero hay algo… desplazado. Como si la cara no terminara de encajar con lo que siento por dentro.

Sigo caminando. Él ya está allí. No lo veo al principio. Pero lo siento. Es como una presión en el aire. Como cuando alguien te observa desde lejos y tu cuerpo lo sabe antes que tu cabeza.

Entonces levanto la vista.

Y ahí está.

Apoyado en la esquina de la calle, mirando justo hacia donde estoy yo. No hacia la gente. No hacia el tráfico. Hacia mí.

Mi corazón se detiene. Un segundo. Dos. Tres. No puede ser. No puede saberlo. Todavía no.

Sigo caminando. No corro. No huyo. No hago nada brusco. Eso sería un error. Eso lo delataría todo.

Paso a su lado. Demasiado cerca. Puedo oler su colonia. Limpia. Precisa. Como él.

—Buenas noches —dice.

Su voz es tranquila. Demasiado tranquila. No respondo al principio. No puedo. Siento el tirón. El vacío. Está viniendo.

—Buena noches —consigo decir.

Mi voz tiembla.

Mal. Muy mal.

—Soy el inspector Roy Fletcher —se identifica mostrándome su placa—. ¿Vives por aquí? —pregunta.

Una pregunta simple. Pero no lo es. Nada lo es.

—Sí —respondo—. Bueno… a veces.

Silencio.

Error.

¿Por qué he dicho eso? Su mirada cambia. Menos de un segundo. Pero lo suficiente.

—¿A veces? —repite.

Y ahí está. La grieta. Siento cómo algo dentro de mí se mueve. Se levanta. Se acerca. No. Ahora no. Por favor.

Respiro. Una vez. Dos. Tres.

Demasiado tarde. El mundo se ajusta. Se alinea. Se simplifica. Cuando vuelvo a mirarle… ya no soy Roxy. Y él se da cuenta. Por supuesto que se da cuenta. Como todos.

Su expresión no cambia del todo. Pero sus ojos sí. Se enfocan. Como si de repente estuviera mirando a otra persona.

—¿Nos conocemos? —pregunta. No es una pregunta casual. Es una prueba.

Doy un paso hacia él. No debería. Pero lo hago.

—No —respondo.

Mi voz ya no tiembla. Es firme. Plana. Segura. El contraste es demasiado brusco. Él lo registra. Lo sé.

—Curioso —dice—. Tengo la sensación de que sí.

Silencio. El aire entre nosotros pesa. Demasiado. Por un segundo… solo un segundo… tengo una sensación extraña. Como un reflejo. Como si ya hubiera estado aquí antes. Como si ya hubiera tenido esta conversación. Desde el otro lado. Anotando. Observando. Pensando.

El inspector. Un nombre. Eso lo hace real . La palabra aparece en mi mente sin permiso. Y me atraviesa. Parpadeo. Y vuelvo. El golpe es seco. Brusco. Roxy regresa de golpe, como si la empujaran desde dentro.

—Lo siento —digo rápidamente—. Tengo que irme.

No espero respuesta. Me giro. Me alejo de él. Primero más rápido. Después casi corriendo. No miro atrás. Pero lo sé. Sé que él no me sigue. No físicamente. Pero algo peor: se ha quedado pensando.

Llego a casa sin recordar el camino. Cierro la puerta. Apoyo la espalda. Respiro.

—No puede saberlo… —susurro.

Pero dentro… muy dentro…  algo responde. Frío. Seguro. Inevitable.

—Todavía no.

Silencio. Y luego otro pensamiento. Peor. Mucho peor.

—Pero lo hará.

****

Roy no se mueve. Encontrarla cara a cara le ha dejado impactado. Está seguro de que se trata de la chica que lleva buscando desde que se hizo cargo del caso de los asesinatos. Observa cómo se aleja sin perderla de vista.

Algo no encaja. Nada encaja. La voz. La postura. La mirada.

Dos personas. El pensamiento surge solo en su mente. Dos personas en el mismo cuerpo. Analiza esa posibilidad sabiendo que es imposible. Y sin embargo… Mueve la cabeza como si quisiera despejarla de ideas perturbadoras.

No la sigue pero ya sabe dónde encontrarla. Anota cada detalle de ella. Todavía no va a detenerla. Necesita observarla, saber dónde va, a quién ve. Y por alguna razón que se le escapa, no va a hablarle a Gordon de ella. Al menos por el momento.

Roy conduce hasta su casa. Se ha hecho tarde; demasiado para llamar a Brenda, que ya estará durmiendo y además al día siguiente tiene que madrugar.

Hace anotaciones en su cuaderno antes de que se le olvide algún detalle.

Escribe reflexiones personales. Se sirve una copa de licor y enciende un cigarrillo.

No tiene sueño. Piensa en la chica. Su fisonomía comienza a diluirse en su memoria.

No sabría decir de qué color son sus ojos o su cabello.

Una chica alta y delgada que trataba de esconderse.

«¿Huyes de mí o de ti misma?» Esa pregunta silenciosa le martillea el cerebro.

Si es la cómplice del asesino lo descubrirá pronto.

Si es la asesina, también. No. Ella no puede haber matado a esos hombres.

Una joven tan frágil y llena de miedo a la que desea proteger, no sabe por qué.

Quiere saber más sobre ella. Quiere darle la seguridad que no tiene. Quiere que llegue a confiar en él.

Mira por la ventana. Las luces recrean juegos de colores con la lluvia incipiente.

Le parece ver en la acera de enfrente al tipo de la capucha, apoyado en la fachada de una tienda como si esperase a alguien, fumando, indiferente a la humedad.

Una segunda mirada y ya no está. Lo debe haber imaginado.

Antes de acostarse conecta el cargador del móvil y pone la alarma a las cinco. Duda, pero finalmente teclea un mensaje para Brenda, ella lo leerá al despertarse.

ROYF: Si pudiera estaría ahí contigo. Buenas noches.

Buenos días. Siempre en mi corazón.

Tiene un sueño vívido. Se ve rodeado de personas que no conoce. Alguien le coge de la mano y le dice que está a salvo, que todo irá bien. Se despierta llorando antes de que suene la alarma.