10 #2
—Sí. Daremos con él.
—Solo quiero que se haga justicia y que el asesino pague su crimen.
Roy no responde. Asiente con la cabeza.
—¿Puedo irme ya, inspector?
—Claro. Gracias por tu ayuda.
—A él ya no le sirve. Ni a mí. Tal vez si le hubiera visto aún seguiría con vida.
Tal vez deseaba reconciliarse conmigo y yo no le di la oportunidad.
Por lo menos espero que ese criminal no vuelva a matar a nadie.
Él era… complicado. Pero era mi padre —repite—.
No merecía morir en la calle como un perro.
Se levanta y sale rápidamente para que Roy no vea que se le están cayendo las lágrimas.
Roy se queda sentado un momento más, mirando las notas y las fotografías dispersas sobre la mesa. No se las ha enseñado. Fue muy duro para ella acudir a reconocer el cadáver. La madre no quiso saber nada y la dejó sola ante esa responsabilidad.
—¿Dónde estás, maldito hijo de puta? —murmura.
—¿Hablando solo, Roy?
Gordon acaba de entrar con dos vasos de café tapados con sendos sándwiches.
—¿No sabes que las personas más inteligentes hablan solas?
—¿En serio? Creía que eran las esquizofrénicas.
—Dame ese café, majadero. No entiendo cómo Wilma te soporta.
—Ese es mi secreto mejor guardado. ¿Qué te ha contado la chica?
—No demasiado. Que estaba metido en algún asunto turbio.
Él le pidió verla y ella no quiso. Deseaba que si le ocurría algo no se enterara por terceros.
Es posible que se sintiera en peligro y quisiera advertir a su hija —Roy inconscientemente muerde el tape del bolígrafo—.
Podría pasar por un ajuste de cuentas de no ser porque los otros tipos murieron de idéntica forma.
Estos crímenes son aleatorios, Gordon, pero no del todo.
Algo une a las víctimas. Solo el asesino conoce todas las claves y se escapa delante de nuestras narices. Es listo, el cabrón.
—No existe el asesino tan listo ni el crimen perfecto, Roy. Se va a confiar, cometerá un error y nosotros estaremos allí para apresarlo.
—Ojalá no sea demasiado tarde. Cómo odio al hijo de puta.
****
El apartamento huele a café frío. Me siento en el borde del sofá, las manos temblando ligeramente, tratando de convencerme: no fui yo . Porque no soy yo quien mueve mis dedos, no soy yo quien respira, no soy yo quien todavía siente el eco de lo que acaba de pasar. Es él. Siempre él.
El recuerdo me golpea a ráfagas. El silencio aterrador. Un rostro congelado, y esa sensación horrible de que algo dentro de mí cambia. Algo que no puedo controlar; pero que reconoce cada sombra, cada paso que suena detrás de mí.
—No fui yo… fue él —susurro. Y mi voz se ahoga en la oscuridad.
—Te juro que todo cuanto hago es por ti, Roxy.
Mi hermano me sobresalta. No sé cuándo ha llegado. No tiene vida propia, vive por y para mí. Eso le está agotando. Cada vez es más violento, más impaciente. No acaba de entender que ya no soy una niña.
—Eres como una niña —me ha leído el pensamiento—. Si te dejara sola, esos de ahí fuera te destrozarían. Tú no lo entiendes. Yo mato para que tú vivas.
—¿Y a esto lo llamas vida? —comienzo a llorar—. Yo no quiero esto. Nunca lo he querido. No es necesario.
—No lo entiendes —repite—. Esto es lo único que tenemos.
—Sé por qué lo haces —le digo de repente, atacada por un recuerdo que creía haber sepultado —. Mamá lo sabía… ¡Mamá lo sabía! No lo niegues.
—¡Maldita sea, Roxy! Claro que lo sabía. Pero no volverá a suceder. Te juro por Dios que acabaré con toda la ciudad antes de permitir que vuelva a suceder.
Creo que está llorando. Y yo… paralizada por su dolor que es un reflejo del mío, no soy capaz de ofrecerle ni una miga de consuelo. Ya no hay esperanza para nosotros.
****
Roy interroga a los jefes y vecinos de las víctimas. No saca nada en claro.
—Era un buen trabajador, siempre puntual. Si bebía era fuera del trabajo, aquí nunca vino borracho ni puso en peligro a nadie. Tenía sus cosas, ¿pero quién no las tiene? No era mal tipo, no se merecía lo que le ha pasado.
—Algunas veces se retrasaba con el pago del alquiler, pero nunca tanto como para que tuviera que amenazarle con el desahucio. Se disculpaba y pagaba.
—No montaba escándalos ni tenía la televisión alta. Llegaba tarde y ya no se le oía.
—¿Si le gustaban los hombres? Dé gracias de que no esté aquí porque inspector o no le arrearía un puñetazo. Sí, podía ponerse violento con eso, odiaba a los gays aunque él no los llamaba así, ya me entiende.
—Nunca nos habló de ninguna mujer en especial. Si tenía sus esparcimientos no hacía daño a nadie.
—Era un buen compañero, siempre dispuesto a echar una mano.
—Tuvo muy mala suerte. Su mujer le abandonó.
—Inspector, no quiero hablar de mi exmarido. Siento que haya muerto así pero lo mejor que hice fue divorciarme de él. Le agradecería que se marchara de mi casa y no volviera.
Roy empieza a desesperarse. No encuentra nada que explique esos asesinatos.
Por qué los han matado. Sigue como al principio y su jefe se está impacientando.
Teme que lo deje correr. Han triangulado la ciudad.
Nada. El asesino no tiene móvil; y si lo tiene no lo lleva encima cuando ataca.
No se le puede rastrear. Demasiado listo.
Se adelanta a la policía. Está muy seguro de sí mismo.
La confianza de que cometa un error se está desvaneciendo.
Se mueve por la ciudad como un fantasma.
O dos. Roxy. Siempre Roxy en medio, asustada, frágil, sin entender nada.
El hermano escurridizo que tal vez no existe.
Si no existe, ¿quién es el asesino? Ella no, está seguro.
Cualquier víctima podría bloquearla sin esfuerzo.
Tiene que ser un hombre realmente fuerte.
Roxy buscándolo sin atreverse a hablar con él porque no le encuentra solo.
¿Cómo sabe dónde encontrarle? Demasiadas preguntas sin respuesta.
Únicamente esas anotaciones extrañas en su cuaderno, los sueños vívidos, los sueños que no logra recordar, como si otra persona viviera dentro de él cuando se duerme.
****
Roy ha encontrado un testigo aunque no sabe si es fiable. Huele a alcohol a millas de distancia. Es un vagabundo que duerme detrás de los contenedores de basura.
—Vi a una chica cerca del bar… parecía asustada, pero desapareció enseguida—dice.
—¿Viste cómo era? ¿Te fijaste en su ropa? ¿Estaba sola?
—Solo la vi a ella. Pero estaba oscuro. No sé nada más, inspector. Le juro que no miento. Es lo que vi.
—¿Sabes si ella te vio a ti? ¿Te miró?
—No me vio. Yo estaba detrás del contenedor.
Roy resopla y deja de interrogarle. Sabe que no sacará nada más de él. No miente, seguro. Pero que haya visto algo es más que dudoso. Delirios etílicos.
Roy examina cada una de las escenas de los crímenes. Testigos dicen haber visto una chica pero no hay registros ni cámaras. Las huellas no coinciden entre sí. Hay objetos que parecen haber sido movidos después de las muertes.
«El asesino es meticuloso… pero deja un rastro que no parece suyo del todo», murmura mientras toma notas. Sus ojos no pierden detalle. Cada línea, cada sombra, cada indicio, se transforma en una pieza de un rompecabezas que aún no puede completar.
****
Siento pasos detrás, demasiado precisos, demasiado conscientes. No son míos. No son de él. Son… de alguien más. Mi instinto me empuja a desaparecer. Pero esta vez no puedo: me detengo y me observo a mí misma.
—Él está aquí —susurro en mi mente.
Y lo siento de nuevo: el tirón, el vacío. Roxy desaparece. Él toma el control. Cada movimiento es exacto, cada respiración medida. Soy él. Invisible, implacable, letal.
Desde la sombra, percibo al inspector. Cada gesto suyo, cada paso que da, es una amenaza que no comprende del todo. Pero yo sí. Lo noto antes de que él me vea.
Cruzo la calle, la figura del inspector apenas perceptible a la distancia.
Mi corazón late en silencio dentro de él.
La calle se vacía. El viento barre los restos de basura, golpea contra la puerta del bar.
La ciudad sigue indiferente. Pero algo dentro de mí recuerda: alguien está observando. Siempre.
El inspector se aleja, anotando, construyendo un patrón que todavía no entiende. Pero lo hará. Cada movimiento que hago, cada paso que doy, lo acerca sin saberlo a la verdad.
Me refugio en mi apartamento, exhausta, atrapada entre las sombras de lo que soy y lo que él es. Trato de recuperar a Roxy, pero el miedo me detiene. La calle sigue en silencio, los faroles parpadean, y mi mente se divide una vez más.
No fui yo.
Fue él.
¿O fui yo?
La pregunta queda flotando. Sin respuesta.
****
La lluvia cae sin piedad. El pavimento reluce bajo la luz de los neones, reflejando anuncios de bares, tiendas y un cartel parpadeante que dice «Bienvenido a la ciudad que nunca duerme.
» Mis botas hacen un sonido húmedo constante sobre los charcos.
Estoy alerta, vigilando cada sombra, cada movimiento entre la niebla que se levanta del asfalto caliente.
—No confíes —gruñe mi hermano.
—Observa primero —susurra la voz dentro de mí.
Lo sé. Pero no puedo detenerme. La ciudad me llama con su caos húmedo y sus luces distorsionadas.
Lo veo al final de la calle, bajo la luz amarilla de una farola. Se mueve con confianza, sin prisas, pero todo en él sugiere que me está siguiendo. Sus manos descansan cerca de la libreta que siempre lleva, y puedo notar la concentración en su rostro.
—Está observando —susurra la voz—. Aprende su patrón.
Mi hermano ruge desde dentro:
—No te acerques. Mantente invisible.
Pero algo me obliga a avanzar. Mi reflejo en los charcos se mezcla con el suyo. Dos figuras, una sombra y una certeza.
****
Salgo de mi refugio justo cuando la ciudad comienza a oscurecerse. Cada farol ilumina demasiado, cada sombra parece moverse con vida propia. Camino con la cabeza baja, intentando que nadie note nada, pero siento cada mirada como un cuchillo invisible.
—¿Me han visto? —susurro en mi mente, y mi propia voz me parece extraña—. ¿Yo o él?