10
Roy llega a casa de Gordon en torno a las doce de la mañana.
Ha comprado una botella de vino y una caja de bombones.
Sabe que a Wilma le gusta el chocolate. No llueve, la temperatura es bastante agradable y Gordon está ocupado con la barbacoa.
Su mujer está en la cocina preparando una ensalada.
En cuanto le ve corre a darle un abrazo.
—¡Mi niño Roy! Deja que te vea. Estás más delgado. ¿No comes lo suficiente?
—Estoy bien.
Wilma Sullivan es una mujer de cincuenta y ocho años, alta y de figura redondeada. No se tiñe, luce canas abundantes entre su cabello castaño, que lleva corto. No se maquilla. No tiene hijos y puede decirse que ha adoptado a Roy.
—Gordon dice que no comes y fumas demasiado.
—Ajá. Conque dice eso… —mira con intención a Gordon, que acaba de entrar desde el jardín. Este mueve la cabeza y hace un gesto amenazador a espaldas de su mujer—. Supongo que tiene razón. Pero tú te encargas de sobrealimentarme. ¿Te ayudo en la cocina?
—Lleva a la mesa los platos y cubiertos. Aquí ya he terminado.
Gordon le ofrece una cerveza mientras esperan que la carne termine de hacerse.
—El jardín está precioso.
—Mi mujer tiene buena mano con las plantas.
—Suerte que hoy la lluvia ha dado una tregua…
—No hablo de trabajo en casa. Pero te noto cada día más raro. ¿Es por el caso?
—Hoy no, Gordon. Vamos a disfrutar del día y de la excelente comida.
Wilma llena de ensalada Waldorf el plato de Roy.
—No me cebes, mamá —ríe mientras unta una tostada con crema de queso.
—Ha llegado una chica nueva a nuestro club —dice de repente Wilma—. Inteligente, guapa. Es profesora de primaria. Había pensado en invitarla a cenar la semana que viene.
—Me parece bien —dice Gordon, que sabe lo que va a venir a continuación.
—A ti también, Roy. Así no se aburrirá con dos viejos.
—Se huele la trampa a millas de distancia, mami. Te agradezco la intención, sé que lo haces por mi bien. Pero no. ¿Ya no te acuerdas de cómo terminó la última vez que trataste de emparejarme?
—Por lo que sé, todavía te odia a muerte. Roy… ahora en serio… ¿por qué no pones algo de tu parte con las chicas?
—Es complicado de explicar.
—No insisto más. No quiero que pienses que soy una entrometida.
—Eres una mujer increíble, mamá. Gordon ha tenido mucha suerte contigo —le palmea la mano cariñosamente—. Y ahora, ¿puedo tomar un poco más de asado? Está delicioso.
Gordon va a la cocina a preparar café, Roy busca el paquete de tabaco. Una mirada de Wilma le detiene.
—La cláusula que votó la comunidad de vecinos sigue vigente: nada de humo de tabaco que pueda molestar al resto.
—Que uno no pueda hacer lo que quiera en su propio jardín es indignante. Esa cláusula es abusiva.
—¿Cómo lo lleváis en tu comunidad?
—Ni idea. No he leído los estatutos y no voy a las reuniones de vecinos.
—Eres un espíritu rebelde.
—¿Te parece?
—Hay en ti mucho más de lo que dejas ver. Pero cada uno tiene derecho a sus secretos.
—Si un día necesito hablar de ello, será contigo y no con un psicólogo. Sabes escuchar y me quieres más de lo que merezco.
—Todos merecemos que nos amen, mi niño Roy. No diré más, no quiero parecer uno de esos libros de autoayuda.
—Gracias, mamá. Yo también te quiero.
Gordon se los queda mirando con la bandeja de café y galletas en las manos y una sonrisa divertida.
—¿Pero qué culebrón estáis montando entre los dos? Levanta, Roy. Vamos a hacer unas cuantas canastas mientras se te enfría el café.
****
brENDA_W: No me atrevo a llamarte porque
no sé si interrumpiré algo.
ROYF: Necesito verte. ¿Puedo ir a tu
casa?
brENDA_W: Te espero, Roy. Te echo
mucho de menos.
ROYF: Yo también te echo de menos.
Más tarde, con Brenda medio dormida en sus brazos, Roy reflexiona.
Nunca se ha sentido tan bien, tan sereno como cuando está con ella.
Pero no está centrado. Ese asesino invisible, esa mujer misteriosa le tienen totalmente absorbido y obsesionado.
No podrá volver a ser él mismo hasta que los detenga.
Se incorpora para marcharse. Brenda abre los ojos.
—¿Te vas?
Roy respira fuerte. Al día siguiente es domingo. Puede permitirse algo de descanso, limpiar su mente de sueños extraños y de miedos inexplicables. Tal vez si se queda con ella no tenga pesadillas.
—No, cariño. Me quedo contigo. Sigue durmiendo.
Cierra los ojos envuelto en el calor que desprende el cuerpo de Brenda. Muy lejos, una voz parece llamarle. Una urgencia súbita le hace levantarse y dirigirse a la puerta. La abre. No hay nadie. Comprueba las ventanas.
—Roy, estamos en el piso diecisiete. Nadie va a entrar por la ventana.
Brenda está detrás de él, somnolienta y preocupada.
—Siento haberte despertado. He oído un ruido y quería ver que todo sigue en orden.
—Ya ves que sí. Vuelve a la cama.
—Será mejor que me vaya. No podré dormir ni te dejaré dormir a ti.
Se viste, la besa y se va. Brenda es incapaz de decir nada. Se queda mirando la puerta con una sensación de vacío y extrañeza. A Roy le pasa algo. Sea lo que sea, sabe que no se lo va a contar.
****
Me muevo por los bares y callejones que conozco, sitios oscuros y llenos de humo donde puedo desaparecer.
La ciudad huele a humedad, a alcohol y cemento. Cada paso sobre el asfalto mojado es un recordatorio de que no puedo confiar en nadie. Cada reflejo en los charcos me devuelve a mí misma… y a ellos.
—Observa —susurra la voz—. Aprenderás qué lugar es seguro y cuál no.
Mi hermano grita:
—Ponte a salvo.
—No corro —respondo.
Pero corro. Siempre corro. Por mi vida, por mis secretos, por el miedo que llevo dentro.
Una figura se mueve entre la niebla de la ciudad, bajo las luces amarillas de las farolas. Lo sigo con la mirada. Sé que de alguna manera ha empezado a buscarme. Su presencia es firme, emana autoridad y control. Puedo sentir su mente trabajando, conectando patrones que yo aún no comprendo.
—Está ahí —dice la voz, señalando la figura.
Me detengo. La lluvia me cubre, los charcos me reflejan, y por un momento somos dos sombras caminando en paralelo.
El inspector anota algo en su libreta mientras observa desde la distancia. Cada detalle de la ciudad, cada posible ruta de escape, cada movimiento mío, es registrado. Él no sabe aún quién soy, pero sabe que algo no encaja.
Y yo… sé que estoy siendo observada.
El tráfico se intensifica, los coches lanzan chorros de agua sobre la acera, la ciudad nunca duerme. Yo sigo mi camino, pero ahora más consciente: alguien me sigue, alguien que entiende de patrones, alguien que podría ser más peligroso que cualquier otro.
—Esto acaba de empezar —susurra la voz—. Y ellos ya están cerca.
La lluvia cae más fuerte, los charcos reflejan luces rojas, verdes y azules, y mis pasos resuenan como un eco en la ciudad que me devora y me protege al mismo tiempo.
****
La chica anda por los veinte años. Es la hija de la última víctima. Se la ve nerviosa e intimidada. Roy la ha conducido directamente a su despacho. Le pregunta si le apetece un café. Ella pide agua. Se sienta detrás de la mesa y comienza a preguntar con suavidad, para que no se altere.
—Gracias por venir.
Ella se encoge de hombros. Agarra el bolso con las dos manos tan fuerte que los nudillos se le ponen blancos.
—No tenía elección, ¿no?
—Podías no contestar. Podías haberte negado.
—Pero me llamó tres veces. Parecía urgente.
Roy asiente. Directo.
—Necesitábamos hablar contigo.
—Sobre él —ella es igual de directa.
—Sí. Creo que todo lo que puedas contarme es importante para esclarecer su muerte.
La chica guarda silencio. Se mira las manos. Después a Roy.
—Hace mucho que no lo veía. Vivíamos en la misma ciudad pero era como si estuviéramos en planetas distintos.
—Lo sé —dice Roy suavemente.
—Entonces no sé qué quiere que le diga.
Roy no abre el cuaderno. No escribe. Solo escucha.
—¿Sabes si tenía problemas? ¿Enemigos?
—Siempre tenía problemas —hace una pausa. Titubea. Bebe un trago de agua—. Pero no conmigo.
Roy levanta la mirada. Eso le interesa.
—¿Cómo era contigo?
Silencio largo. Ella duda. Se mira las manos y después a él.
—Cuando aparecía… —pausa—. …intentaba hacerlo bien.
—¿Intentaba?
—Sí.
—¿Lo conseguía?
—A veces.
Roy asiente levemente. Sin juzgar.
—¿Sabías si veía a alguien últimamente?
—No —pausa—. Pero me llamó.
Roy se queda quieto.
—¿Cuándo?
—Hace… una semana.
—¿Qué quería?
—Quedar conmigo. Dijo que quería verme, que me echaba de menos.
—¿Quedasteis?
—No.
Silencio.
—¿Por qué?
La chica lo mira. Roy ve que por primera vez se está emocionando de verdad. Se aprieta el puente de la nariz. Saca un pañuelo de su bolso y se lo pasa por los ojos.
—Porque siempre era lo mismo —hace una pausa.
Traga saliva. Roy siente su dolor—. Promesas…
y luego desaparecía. Era difícil para mí.
Yo le quería. Era mi padre. Pero no podía soportar que me olvidara durante tanto tiempo.
Con mi madre tampoco es fácil, ella le culpa a él de todas nuestras desgracias.
Cuando yo era niña pasó temporadas en la cárcel.
Volvía a casa y caía de nuevo en lo mismo.
Mi madre se divorció. Dijo que estaríamos mejor solas que con él.
Entonces prácticamente desapareció de mi vida, apenas le vi ni hablé con él hasta esa llamada. La última.
Roy no dice nada. Solo asiente.
—¿Te dijo algo diferente esa vez?
—…sí.
Roy espera a que ella continúe.
—Que estaba metido en algo raro —carraspea. Bebe más agua. Roy vuelve a llenarle el vaso—. Que quería arreglarlo.
Roy se queda completamente quieto.
—¿Dijo con quién?
—No.
—¿Mencionó algún sitio? ¿Trabajo? ¿Persona?
—No —se queda callada. Roy no interrumpe su silencio—. Solo dijo que si algo salía mal… —se detiene. No mira a Roy. Vuelve a mirar sus manos—. …que no quería que yo me enterara por otros.
Silencio pesado. Roy baja la mirada por primera vez desde que comenzó la conversación. Sabe que ella está sufriendo.
—Lo siento.
La chica asiente. No llora. Bien porque está demasiado acostumbrada a la ausencia de su padre, bien porque no quiere romperse delante de él.
—Inspector, ¿encontrarán al que mató a mi padre?