9 #3
Ha pasado una hora. Brenda, avergonzada, decide cenar sola y pide que la trasladen a otra mesa de un solo comensal.
Mira desolada el exquisito menú, dudando de si podrá comer.
Se le ha cerrado la garganta como si llevara una piedra atravesada.
También el estómago. No tiene hambre, tiene ganas de esconderse para que nadie la vea.
Le da la impresión de que todo el mundo la está mirando, que es más que evidente que le han dado plantón.
Saca su espejo de mano y se mira: una mujer derrotada le devuelve la mirada.
Va al baño a retocarse. Una chica se le acerca amablemente y le pregunta si está bien, le ofrece un pañuelo de papel.
Brenda se lo agradece, le responde que no es nada, se le ha metido algo en un ojo.
La chica comprende y finge creerla. La deja sola.
Se pinta los labios y vuelve a mirarse en el espejo.
Inspira varias veces. Decide no mostrarse acobardada, cambia su postura corporal.
Sale del baño erguida, con rostro sereno, mostrando una seguridad en sí misma que engaña a cualquiera que la observe.
Es una mujer fuerte e independiente que está cenando en un comedor que ella misma ha decorado.
Hace fotografías de los platos, del entorno sin enfocar a ningún comensal, y las sube a sus redes sociales.
Recomienda el restaurante, le da la máxima puntuación. Aprovecha para auto publicitarse.
La despiden con la misma amabilidad. En el coche camino de su casa se derrumba. Llora, solloza, maldice. A sí misma y a Roy. Las lágrimas empañan su visión. Las seca de un manotazo. El sonido de un claxon impaciente la sobresalta. El semáforo ha cambiado a verde y ella no se ha movido.
Agradece no encontrarse a nadie en el ascensor. Presenta un aspecto lamentable con el maquillaje desleído y la máscara de pestañas deshecha.
Se quita la bonita ropa, se desmaquilla y se pone el pijama. Se sirve una copa de vino. Mira el móvil. Sin pensarlo, pulsa sobre el número de Roy. Esta vez, contesta.
****
Roy muerde distraídamente un sándwich vegetal con queso y bebe café negro sin azúcar, que como siempre ha dejado enfriar. La ciudad sigue viva fuera. Lluvia constante, luces que se reflejan en los charcos, el tráfico nocturno que está empezando a desaparecer.
Él sabe que un asesino está ahí fuera. También sabe que una mujer se mueve entre las sombras como un fantasma urbano. Si la encuentra a ella, tal vez le encontrará a él.
El sonido del móvil le sobresalta. Se había quedado dormido en el sofá con el libro de El arte de la guerra abierto por el capítulo tres.
Al principio no reconoce el número. Entonces su expresión cambia: es Brenda.
Su novia, piensa con inmenso cariño. La chica que le ha llegado al corazón por primera vez en su vida.
Aunque no se lo diga con frecuencia, es la persona que más quiere en el mundo.
—Hola Brenda. Qué alegría oírte, cariño. ¿Qué hora es?
—¿Eso es lo único que se te ocurre preguntar, Roy? Son las once de la noche .
Le nota la voz tensa y algo ronca. Triste y enfadada a la vez. Se pregunta por qué.
— Perdona, estoy algo confuso. Me he quedado dormido. ¿Ha ocurrido algo?
—Depende de cómo se mire, sí. Me has dado plantón. Habíamos quedado para cenar pero no has venido. He pasado mucha vergüenza. Te he llamado varias veces pero no has respondido.
Roy cierra los ojos y contiene la respiración. Se le ha olvidado completamente. Brenda quería enseñarle su trabajo, cenar juntos en un ambiente romántico, y se le ha olvidado. No tiene ninguna excusa. No puede justificarse.
—Lo siento, Brenda. He estado muy ocupado y me he despistado —Esa es la verdad, sin adornos.
—¿Y ya está? ¿Todo arreglado?
— No puedo rectificar lo ocurrido. Pero te compensaré.
—Ven el sábado a almorzar. Prepararé algo especial.
Roy suspira fuerte y a punto de aceptar recuerda la invitación de Gordon.
—No puedo, Brenda. Tengo un compromiso. Lo siento.
Se hace un silencio denso al otro lado de la línea.
Percibe la decepción de Brenda. Piensa rápidamente que podría llamar a Gordon para que la incluyan en la invitación.
A Wilma le encantaría conocerla, le preocupa que esté tan solo y siempre habla de que necesita una buena chica a su lado.
Pero no se decide. No es el momento. Está seguro de que la quiere más que a ninguna otra mujer con la que ha estado; pero no confía en sí mismo lo suficiente como para presentársela a sus amigos, lo más cercano a una familia que tiene.
No sabe por qué, quiere mantener esa relación en la intimidad.
Como si al hablar de ella pudiera desvanecerse.
—¿Brenda?
—Lo entiendo, Roy. No pasa nada .
Corta la llamada sin decir nada más. Roy sabe que es más que decepción.
Teme que ella se esté empezando a plantear si merece la pena seguir en esa relación que la aporta tan poco.
Roy se pasa las manos por la cara. Sabe que no es la mejor compañía, que le cuesta mostrar sus sentimientos más íntimos.
Se protege incluso de que le lleguen a querer demasiado.
Brenda es una mujer maravillosa y sabe que la está haciendo daño con su actitud. Ella no se lo merece.
«No puedo prometerte que no te defraudaré, Brenda. Solo que lo intentaré», le había dicho él sinceramente. «Me basta con eso», había dicho ella. Pero tal vez ya no basta. Roy juega con el móvil. Escribe un WhatsApp.
ROYF: Te amo. No quiero perderte.
No sabe si eso arreglará la situación. Siente como si así pretendiera manipularla. Finalmente no lo envía. Borra el texto.
Suspira y se sirve un dedo de whisky. Sabe que eso no lo va a ayudar, pero basta con que le relaje. Se fuma un par de cigarrillos.
Se siente inquieto, no puede acostarse ni seguir leyendo. Se pone la cazadora y sale a la calle.
Deja el coche aparcado de cualquier manera en un descampado. Camina solo. Se encuentra en una zona industrial medio abandonada, iluminada por luces de sodio. El silencio pesa. No hay ningún coche cerca. No ve el suyo.
No recuerda exactamente por qué está ahí… pero siente que tiene que estar.
Un hombre está apoyado contra una pared. Fumando. Tenso. Lleva la capucha puesta. Le reconoce aunque esta vez tampoco puede ver su rostro.
—Llegas tarde.
Roy se detiene. Eso le descoloca un segundo.
—Sí —hace una pausa demasiado larga—. Lo siento.
El hombre lo mira, confundido.
—¿Siempre hablas así?
Roy no responde. Da un paso más cerca.
—Tenemos que hablar.
—¿De qué quieres hablar? No tengo nada que decirte. Yo sigo buceando en recuerdos que deseaba olvidar. Si tú prefieres no buscar nada no podrás comprender lo que ves.
Un nuevo silencio.
Roy ladea la cabeza. Observa. Como si buscara algo.
—¿Por qué te encuentro cada vez que necesito reflexionar solo?
El desconocido frunce el ceño
—¿Qué?
—Sabes de qué hablo.
—No tengo ni idea de lo que quieres.
Roy da otro paso. Ahora está demasiado cerca.
—Me conoces. Sí sabes de qué hablo. ¿Eres un antiguo compañero del Cuerpo del que me he olvidado?
El hombre le mira, parece divertido.
—No lo soy. Como te dije, estoy buscando respuestas. Por eso he vuelto. Porque cuando la memoria empieza a despertar, hace que despierten también muchas preguntas.
—¿Y quieres conocer esas respuestas? ¿Tan importantes son para ti?
—Importantes. Amargas y duras pero necesarias. No quiero seguir viviendo en una nebulosa, sin comprender por qué me ocurren ciertas cosas que yo no busco. Es mejor saber la verdad para seguir adelante sin sombras. Solo así puedo recomponerme. No puedo seguir viviendo roto y dividido.
—¿Qué te ha roto?
—Lo mismo que a ti, hermano. El dolor que no elegí. El abandono que no merecía. El silencio que me ha acompañado durante demasiados años. Ya no puedo más. Es como vivir a medias, respirar a medias.
—¿Me buscabas el otro día?
—¿Cuándo?
—En el pub. Me pareció verte, destacabas entre todos.
—Entré pero me marché. No era el mejor sitio para hablar. Siempre te busco. Y tú siempre me encuentras.
—¿Por qué?
—Porque yo tengo las respuestas a las preguntas que todavía no te has hecho. Porque he visto lo que tú todavía no quieres ver. Pero ese camino tienes que recorrerlo tú solo, igual que he hecho yo.
—¿Qué pasará cuando lo recorra?
—Si eres valiente y lo recorres hasta el final, si pase lo que pase no abandonas y no retrocedes, lo sabrás todo. Lo comprenderás todo. Te perdonarás todo.
El desconocido saca un pañuelo de papel y envuelve la colilla.
—Me enseñaste un buen truco. Ahora tengo que marcharme.
—Aún no. ¡Escucha!
Pero ya no está escuchando. El mundo se estrecha. El silencio es absoluto.
Roy está solo. Respira. Mira alrededor. Se mira las manos. No hay nadie más. El suelo está fuera del foco de las luces.
La voz suena detrás de él.
—Sabrás que tenía que hacerlo —y tras una pausa—. No había opción.
Roy no se vuelve. No quiere mirarlo directamente. Respira hondo. Como después de un ejercicio. Se pasa la mano por la cara. Se da la vuelta y se va. Sin mirar atrás.
El despertador suena a las cinco de la mañana, como cada día. Roy parpadea. Está tumbado en el sofá. Le duele la cabeza. Se ha dormido sin desnudarse. La ropa le huele a humo y a gasolina. Se toma un analgésico y se prepara para irse a correr. Todo está igual. Pero no lo está.