Roxy 9 #2
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9 #2

Roxy no lo entiende. Todo lo que hago es por ella.

Porque tengo miedo por ella. Es demasiado ingenua, demasiado confiada, cree que las personas pueden ser buenas.

Y no lo son. Todo cuanto nos rodea, cuanto hemos vivido, es de todo menos bueno.

Solo me tiene a mí para defenderla, se lo prometí y lo cumplo aunque tenga que matar a toda la ciudad para mantener mi promesa.

Ella no lo recuerda, las manos sucias del hombre con el que se casó nuestra madre en su cuerpo frágil de niña.

La oscuridad del sótano. Los gritos desesperados.

Pero yo sí. Jamás lo olvidaré. Nunca la dejaré sola.

Me obliga a perseguirla en la oscuridad, a estar al acecho.

Esos antros en los que se pierde, esos callejones rebosantes de mugre y maldad.

A veces algún tío joven se le acerca. Ella lo rechaza y no insiste.

Pero los otros, esos cerdos que se parecen demasiado al hombre, con su misma voz rasposa por el alcohol y el tabaco…

esos… son míos. Pagan por el daño que el hombre le hizo a Roxy.

Pagan por el daño que el hombre me hizo a mí.

Pagan por la indiferencia de nuestra madre, que lo sabía todo y fingió no saberlo, que nos dejó en sus manos sin importarle nuestra humillación. Nunca lo pagarán lo suficiente.

****

Roy conduce muy despacio observando a las prostitutas que se exhiben en una de las zonas industriales.

Ellas le hacen señales, le gritan algo. Para al lado de la que parece más veterana, es considerablemente mayor que las otras.

Si hay algo nuevo, seguro que ella lo sabe.

Ve aproximarse a un tipo con mala catadura.

Su proxeneta. Roy le indica que se acerque también.

Lo hace con una mano en el bolsillo de la chaqueta. Roy toca su pistola.

—No quiero ningún servicio. Solo hablar un momento con usted y con la señora.

Cuando ven la placa ella se asusta y él parece a punto de perder los nervios. Puede resultar muy peligroso. Intenta tranquilizarlos. Opta por hablarles respetuosamente. Sabe que se cazan más moscas con miel que con hiel.

—No es una redada. Busco información sobre una chica que podría esconderse por aquí. Usted, que controla la zona, ¿ha visto algo extraño?

—¿Para qué quiere saberlo? —el proxeneta le desafía con la mirada.

—Porque la mujer de la que hablo es una presunta asesina. Si se camufla entre las señoras y comienza a matar a los clientes, su negocio se va a ir al carajo. Señora —se dirige formalmente a la prostituta—. ¿Usted ha visto alguna chica que no conozca intentando ocupar un espacio?

Ella mira al proxeneta, que hace un gesto de asentimiento.

—No. Aquí cada una tenemos nuestro sitio asignado. Desde luego no dejaríamos que una novata nos hiciera la competencia. Si aparece y trata de ir por su cuenta no será bien recibida.

—Entiendo. Entonces deduzco que las otras señoras tampoco han visto nada. Si ven o escuchan algo inusual, les agradecería que me llamaran —le da una tarjeta al hombre—. Por su propia seguridad. Esa chica puede ser  muy peligrosa.

Pone el coche en marcha pero la mirada del proxeneta brilla peligrosamente. Roy para el motor.

—¿Cuánto cuesta su tiempo y el de la señora?

—Tiene que pagarme a mí, yo arreglaré las cuentas con ella.

Le da una cifra mucho más alta de lo habitual, que Roy paga sin regatear. Y entonces sí se aleja de allí, mirando por el retrovisor por si el tipo decide seguirle. Imagina que ella va a recibir una cantidad exigua de lo que ha pagado, eso con suerte.

—¿Dónde te escondes, Roxy? —murmura a media voz.

****

Roy contempla su cara en el espejo del baño. Tiene ojeras y está pálido. Se quita la ropa deportiva para darse una ducha, está sudado después de correr los cinco kilómetros de rigor y hacer ejercicios.

El agua tibia cae sobre su cuerpo bien musculado, haciendo brillar  el tatuaje de su hombro izquierdo y empapando el colgante militar que no se quita nunca.

En el departamento de homicidios le consideran un tipo disciplinado.

No se queja nunca, no muestra sus emociones y sentimientos.

No tiene amigos a excepción de Gordon. El detective a punto de jubilarse, que se toma las cosas con calma, mueve la cabeza y le recomienda que se relaje.

Roy le responde con una de sus frases de humor negro.

A punto de salir de la ducha repara en un detalle: tiene un arañazo en una muñeca. Ni siquiera ha sentido dolor. Se envuelve la cintura en una toalla y busca alcohol y una tirita. A saber dónde y cómo se lo habrá hecho.

Vestido con vaqueros, jersey oscuro y cazadora negra, sale de su apartamento sin desayunar más que un café solo y muy fuerte que se le ha quedado frío mientras daba un último repaso a sus notas.

Está empezando a obsesionarse con los asesinatos de los callejones y la esquiva mujer que algunos, en algún momento incluso él mismo, han creído ver.

Lee los correos en el ordenador, revisa los datos.

Los resultados del laboratorio no conducen a nada. La sangre encontrada siempre es de las víctimas. No hay rastros biológicos del asesino. Las huellas no conducen a nada, no están registradas en el sistema. No se ha encontrado el arma del crimen, la misma en todos los casos.

Presiente que hay una conexión entre el asesino y la mujer misteriosa que no aparece en ninguna cámara.

—Está jugando con nosotros —le confía a Gordon —. Creo que la mujer, si existe, es un señuelo.

—¿Una prostituta y su chulo?

—Tal vez. He hablado con una de las mujeres que pululan por esas zonas y con su chulo pero insisten en que no han visto nada.

Se conocen todas y me han confirmado que no hay ninguna chica nueva.

Como se le ocurra ir por allí le van a hacer muy mal recibimiento.

Mientras tanto, ella engatusa a los tipos y él los remata.

El asunto se nos empieza a ir de las manos, Gordon. Son asesinos en serie

—Cogeremos a ese cabrón, Roy. ¿Vienes a almorzar? Es casi la una.

—No tengo tiempo. Voy a dar otra vuelta por los callejones y por los bares. Se me escapa algo y tengo que saber qué es.

—No comes. No duermes. Relájate un poco. Estás demasiado implicado y tanta obsesión te va a pasar factura. Cualquier día explotarás y tendremos que redecorar la oficina.

—No le vendría mal —Roy ríe—. Creo que no pintan las paredes desde la época del presidente Bush.

—Falta de presupuesto, ya sabes. Lo de costumbre. Por cierto, me ha dicho mi mujer que quiere verte el sábado sin falta en casa. De su invitación a comer no puedes escaquearte.

—Ni se me ocurriría. Dile a Wilma que allí estaré.

Roy está empezando a juntar fragmentos. Trabaja en su despacho y se lleva trabajo a casa. Su mesa está cubierta de mapas, diagramas de la ciudad, fotos de las escenas, notas dispersas sobre horarios, patrones y movimientos de las víctimas.

Los hombres asesinados eran solteros, con sueldos modestos, vivían en apartamentos de alquiler barato. Sin ninguna relación entre ellos. Parecen elegidos al azar. Demasiado simple.

Recuerda que la última víctima estaba divorciado y con una hija. Busca la dirección y el teléfono.

****

—Esto ya es serio, Peter.

Peter Lee mira a Roy por encima de su jarra de de cerveza.

—Me lo imagino. Ya van tres muertos en idénticas circunstancias, misma hora, mismo modus operandi . ¿Vais a hacer alguna declaración?

—Sí. Hay que advertir a la ciudadanía pero sin provocar un pánico innecesario.

Un asesino en serie, tal vez dos y están actuando conjuntamente.

Son escurridizos, metódicos, muy inteligentes.

No dejan una puta huella. Nadie los ha visto excepto los muertos.

Un hombre tal vez acompañado de una mujer.

Ella atrae a las víctimas y él los mata.

Se esconden con tal habilidad que parecen invisibles.

Tenemos la hora, el tipo de víctima, pero no siguen un patrón respecto a los días, sus asesinatos son aleatorios y además cualquier hombre les vale mientras tenga la edad adecuada.

Roy bebe su cerveza y suspira. Se pasa la mano por el pelo echándolo hacia atrás.

—Hay gente muy tarada, Roy. ¿Seguro que las víctimas no tienen nada en común?

—La edad, que frecuentan bares de poca monta en barrios poco recomendables, no tienen pareja, trabajan en empleos modestos, beben y fuman en exceso.

—¿No será la nueva campaña antitabaco del ayuntamiento?

Roy deja escapar una carcajada que le hace salpicar cerveza.

—Joder, Peter, mira que eres bruto.

—¿Cuál es el plan?

—No podemos desplegar patrullas para que se pasen todas las noches vigilando todos los bares de la ciudad, ni hay tanta gente disponible ni sabemos cuándo van a actuar. Si ven una movida grande no se moverán. Y una cosa tengo clara, Peter: nosotros no los vemos pero esos dos sí nos ven a nosotros.

****

Brenda se ha arreglado con más esmero del habitual. Por fin Roy y ella han quedado a cenar en un restaurante especial. Ella ha decorado el comedor nuevo y se siente muy orgullosa de su trabajo. Está deseando que Roy lo vea.

Llega puntual. La conducen con deferencia a la mesa reservada, junto al ventanal y decorada con flores y una vela.

Le sirven un cóctel mientras espera. Mira su reloj.

Mira el móvil. Diez minutos de retraso. Se dice que será por el tráfico.

Media hora más tarde le preguntan amablemente si ya pueden dejarle la carta. Brenda decide esperar un poco más.

Llama varias veces a Roy. Inútil. No contesta al teléfono. No lee los mensajes de WhatsApp.