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El edificio no tiene nada especial. Ladrillo envejecido. Ventanas sucias. Un portal que no termina de cerrar bien.
Roy se queda un segundo en la acera. Observando. Algo le incomoda. No sabría decir qué. Solo… una sensación. Como si ya hubiera estado allí. Aprieta la mandíbula. No. Imposible.
Cruza la calle. Empuja la puerta. El olor le golpea de inmediato. No es fuerte. Pero está ahí: metálico. Denso. Demasiado familiar. Sube las escaleras que crujen. Sin prisa. Contando cada peldaño sin darse cuenta. Uno. Dos. Tres.
Se detiene en el rellano del segundo piso. La puerta está entreabierta. Nadie en el pasillo. Silencio. Demasiado limpio.
Roy saca los guantes. Se los pone con precisión. Empuja la puerta. Dentro, el aire es distinto. Más pesado. Más quieto. El cuerpo está en el suelo. Hombre. Cuarenta y tantos. Boca arriba. Ojos abiertos. Sorpresa congelada.
Roy no reacciona de inmediato. Lo observa. Como si necesitara confirmar algo. Algo que no sabe nombrar.
Da un paso. Luego otro. Se agacha junto al cadáver. La herida es limpia. Directa. Sin duda. Profesional.
Roy inclina ligeramente la cabeza. Frunce el ceño.
—Frío… preciso…
La frase se le escapa sola. Como si no fuera la primera vez que la dice. Como si no fuera la primera vez que la piensa.
Se queda quieto. Un segundo de más. Luego sacude la cabeza. Se centra. Busca alrededor. Pocas señales de lucha. El lugar está… demasiado ordenado. Eso le molesta. Mucho.
Se levanta. Recorre la habitación. Lento. Metódico. Pero hay algo distinto en su forma de moverse. Algo más fluido. Más natural. Como si no estuviera explorando…sino recordando.
Se detiene junto a la mesa. Una silla caída. La levanta. Sin pensar. La coloca en su sitio. Se queda mirándola. Parpadea. No recuerda haber decidido hacerlo. Da un paso atrás. Algo no va bien.
Un ruido en el pasillo. Voces. La policía ha llegado. Roy se vuelve hacia la puerta; pero antes… su mirada se detiene en un punto concreto de la habitación. Un rincón. Sombra. Vacío. Y aun así, presencia. No ve nada. Pero sabe que ahí hay algo. Algo importante. Algo que se le escapa.
Se acerca. Muy despacio. Se agacha. Nada. Solo suelo. Pero su mano se mueve sola. Se desliza por debajo de la mesa. Y encuentra algo. Lo saca. Un coletero de seda natural de color negro. Femenino.
Roy lo observa. Su pulso se acelera de repente.
Después las pulsaciones recobran su ritmo natural, o casi.
No aparta los ojos del coletero que sujeta entre sus manos.
Algo en su pecho se contrae. Una imagen fugaz—no clara—pero intensa.
Lluvia. Oscuridad. Respiración agitada. Una silueta. Sacude la cabeza y desaparece.
Guarda el objeto en uno de los bolsillos interiores de su cazadora.
—¿Roy?
Se da la vuelta. Gordon lo está observando desde la puerta.
—Has llegado rápido —parece sorprendido.
Roy asiente.
—Estaba cerca.
La respuesta sale sola. Natural. Automática.
Gordon lo estudia un segundo. Luego mira el cuerpo.
—¿Qué opinas?
Roy tarda en responder. Mira al hombre en el suelo. Luego la habitación. Luego sus propias manos. No le dice que ha encontrado una goma de cabello, como tampoco le ha hablado del labial y del espejo.
—No improvisa —dice al fin—. Sabe exactamente lo que hace.
Gordon asiente.
—¿Alguien en mente?
Roy niega. Demasiado rápido.
—No.
Silencio. Un segundo incómodo. Gordon no insiste.
Roy se aleja unos pasos. Saca la libreta. Anota. Letra firme. Precisa. Controlada. Pero esta vez hay algo distinto. Mientras escribe no parpadea. No duda. No piensa. Como si alguien ya hubiera decidido por él.
Cierra la libreta. La guarda. Respira. Y por primera vez en toda la mañana, evita mirar el cuerpo.
****
Esta vez no ha sido como siempre. Algo ha cambiado. No me gustan los cambios. A mi hermano tampoco.
Sé que me ha seguido escaleras arriba mientras yo iba con el hombre. Su casa. Más arriesgado que la calle. El edificio es una trampa, una ratonera de la que resulta más difícil escapar sin que me vean.
Huele mal, a cerrado, a humo de tabaco barato. ¿Por qué todos fuman esa porquería apestosa? Tiene mal aliento. Sudor seco. Debe de llevar días sin ducharse ni cambiarse de ropa. Es asqueroso.
Mi hermano entra cuando me ha agarrado del pelo y me quiere llevar a otra habitación.
Todo sucede rápidamente. Como siempre. El mismo estupor en la mirada, la incomprensión de que eso le pueda estar pasando a él.
El miedo. Mi hermano me saca rápidamente de allí.
Cuando estamos a salvo me doy cuenta de que he perdido el coletero.
Me gusta, es de seda, muy bonito. Tengo que pedirle a mi hermano que me compre otro aunque cuando se entere de que lo he perdido en la casa se pondrá furioso conmigo.
Tengo que decírselo. A él no puedo ni debo ocultarle nada.
No me pegará. Nunca lo hace por mucho que se enfade conmigo.
Me da miedo su violencia pero nunca es violento conmigo, solo protector.
La lluvia cae fina, constante, como si la ciudad respirara por la piel.
Camino sin prisa. Pasos suaves contra el asfalto mojado. No miro atrás, pero sé que está ahí. Siempre está ahí.
Los charcos devuelven algo más que mi reflejo. A veces llegan antes que yo.
—No hoy… —susurro.
El neón parpadea sobre un escaparate roto. Mi cara aparece fragmentada en el cristal. Ojos, boca, sombra. No encajan del todo. Nunca encajan del todo.
Lo veo en uno de los reflejos. No directamente. Nunca directamente. Una silueta detrás de mí. Alta. Quieta. Paciente. Mi hermano. Se me cierra el pecho.
—No… —repito, más bajo.
Pero ya ha decidido.
Lo siento antes de que ocurra. Siempre es así. Como si el aire cambiara de densidad. Como si algo se alineara dentro de mí… o se rompiera.
El hombre aparece a mi derecha. No lo había oído acercarse.
—Eh, preciosa…
Su voz resbala. Sucia. No quiero girarme. Si no lo miro, tal vez no pase.
—No estoy interesada —digo, intentando mantener la voz firme.
Silencio.
Luego su mano. En mi brazo. Y entonces todo se detiene. No el tiempo. Yo. El miedo sube como un golpe seco.
—Por favor… —susurro—. Vete.
Pero ya no depende de mí. Nunca depende de mí.
Cierro los ojos. Es la única forma de no verlo empezar.
Primero, el sonido. Un crujido leve. Interno. Como si algo cambiara de sitio dentro de mi cuerpo.
Luego el calor. No viene de fuera. Viene de dentro.
Abro los ojos. El hombre sigue sujetándome… pero su expresión ha cambiado. No me está mirando a mí. Está mirando mis ojos.
—¿Qué…? —balbucea.
No entiendo qué ve que lo aterroriza tanto. Nunca lo entiendo. Solo sé lo que viene después.
Mi respiración se vuelve lenta. Precisa. Demasiado tranquila para ser mía. La postura cambia. Mis hombros se relajan. Mi cabeza se inclina ligeramente.
Reconozco ese gesto: no es mío.
—No… —digo.
Pero la voz ya no suena igual. Más grave. Más limpia. Más segura.
El hombre intenta soltarme. No puede. No porque yo lo sujete. Sino porque algo en mí ha decidido que no lo haga.
—No pasa nada —sale de mis labios—. Ya está.
Yo no diría eso. Nunca diría eso. Pero mi hermano sí. Siempre él.
El hombre retrocede medio paso. Tarde.
Sus ojos bajan un segundo, hacia el suelo. Hacia el charco. Y lo ve. Nos ve. Su reflejo. El mío. No coinciden.
—No… —susurra, ahora sí con miedo.
Quiero decirle que corra. Quiero gritarle que no soy yo. Pero ya no estoy delante. Estoy detrás. Escondida. Observando desde algún lugar profundo donde el miedo no puede alcanzarme.
El movimiento es rápido. Limpio. Eficiente. Siempre lo es.
No miro. Nunca miro esa parte. Solo escucho. Un golpe sordo. El aire escapando de un cuerpo. El silencio que viene después.
Cuando todo termina, vuelvo poco a poco. Es como salir del agua. Primero el frío. Luego el peso del cuerpo. Luego el mundo.
Estoy sola. La lluvia sigue cayendo. El hombre ya no se mueve.
Miro el charco. Mi reflejo vuelve a encajar. Casi.
—Lo siento… —susurro.
No sé si es para él. O para mí. O para lo que sea que vive conmigo.
Doy un paso atrás. Y entonces lo veo.
Otra vez.
En el reflejo. Detrás de mí. Observando. Esperando. Paciente. Siempre paciente.
Sonríe antes de que yo lo haga.
Y cuando parpadeo…ya no está.
****
La ciudad es peligrosa, especialmente para mí, que deambulo entre sombras, bares y callejones.
El inspector ha entrado en mi vida. Tiene unos treinta años, inteligencia aguda, mirada que lo ve todo. No sé quién es. Mi hermano tampoco. Pero conoce los detalles de los asesinatos. Me sigue, observa y analiza.
Mi hermano está detrás de cada decisión que tomo. Me protege… eso dice y yo le creo. Pero sus límites son confusos.
Me gustaría que parara y me dejara libre, libre para decidir por mí misma, para vivir mi vida a mi manera. No quiero librarme de él, tan solo… que me deje respirar.
Comienzo a notar que dentro de mí no hay solo miedo, hay voces distintas, contradiciéndose, empujando, controlando.
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