8 #3
—Entró y salió muy deprisa, parecía que se estaba escondiendo. Pero en el callejón no estaba. Solo el tipo de la capucha. Corrió… y ya está. Le he contado todo lo que sé.
—¿Cómo era esa chica?
—Alta. Pelo oscuro. Y los labios pintados de color rojo. El bar no está bien iluminado. Fue todo muy rápido.
—De acuerdo, Clem. Si recuerdas algo más, llámame. Ya puedes marcharte.
—No creerá que lo hice yo, ¿verdad?
Roy tiene que contener una sonrisa.
—Largo de aquí.
****
Se me ha caído algo al suelo: una bolsita de terciopelo con un labial y un espejo. Me doy cuenta demasiado tarde. También he olvidado recoger la colilla de mi cigarrillo. Escuché pasos y huí tan deprisa como pude. No debería haberlo dejado allí. Tengo que volver. Tengo que borrarme.
Él está allí. Le veo agachándose para coger esos indicios. O pruebas. No sé cómo lo llaman. Anota algo en su libreta. No sabe lo que tiene delante. Yo sí. Ahora tiene algo mío que lo conducirá a mí.
De repente desvía sus ojos y me mira directamente. O eso parece. Aunque dudo de que me haya visto oculta en la oscuridad. Mi corazón se acelera. Corro ocultándome entre las sombras, me muevo fuera de su vista, respirando con cuidado.
Quiero volver, pero no sé a dónde, recuperar mi yo, pero el miedo me lo impide. Con él cerca… dejo de tener miedo. Soy fuerte. Soy invisible. Soy letal.
Pero cada vez que pienso en el inspector, algo en mi pecho me ahoga. Se acerca. No sabe a qué. Pero no se va a detener. Cada paso que da, cada anotación que escribe, está acercándole a algo que no puede comprender. Algo peligroso que no debe descubrir.
Yo lo sé porque estoy allí. Siempre estoy allí.
La calle se vacía. Las farolas parpadean. La ciudad sigue indiferente, ignorante de lo que acaba de ocurrir.
Pero algo dentro de mí recuerda: alguien me observa. No puede verme del todo, todavía no. Pero sabe que algo no encaja.
El inspector. Aunque aún no lo sabe, el juego acaba de comenzar.
****
La mañana no tiene luz, es gris. El cielo está cubierto de nubes bajas, húmedas, que parecen hundirse en la ciudad. El olor a asfalto mojado y a smog se mezcla con el café recién hecho de los puestos.
Roy corre con un ritmo medido, cinco kilómetros que le ayudan a mantener el equilibrio mental y físico. Va bien abrigado con ropa térmica. Siempre alerta, como si continuara en el ejército. Ve lo que los demás no perciben.
Ha examinado la cinta del bar y no se ve a nadie en especial, solo una visión muy fugaz y rápida de una figura vestida con pantalón y sudadera oscuros.
Con la capucha no se le ve la cara. Puede ser una mujer.
O no. Su aparición es tan breve que le hace dudar.
¿Entró para elegir a su víctima o fue al azar?
La botella no la arrojó ella, se trató de una pelea de borrachos.
Respecto a la bolsita de terciopelo con el labial y el espejo, son objetos femeninos.
Debería haberlos enviado al laboratorio pero siguen en su casa.
Entre los pliegues de terciopelo destaca un nombre en letras doradas: Roxy .
¿Será de la mujer que se está convirtiendo en un fantasma al que perseguir?
Las heridas mortales parecen infligidas con demasiada fuerza para una mujer. La mano que empuña el cuchillo no vacila, apuñala certeramente en la yugular. Aunque en un ataque de ira incluso la más débil puede desarrollar una fuerza imprevista, no hay ira en sus crímenes sino frialdad y cálculo.
Una duda comienza a instalarse en su mente: que el asesino no sea un hombre con la complicidad de una mujer, sino un hombre disfrazado y maquillado que confunde a las víctimas mientras su cómplice comete los crímenes.
Tiene que volver a hablar con los amigos de los difuntos. Pueden saber si a alguno de ellos le gustaban los travestis y le guardaban el secreto. Ha asumido con mucha facilidad que eran heterosexuales, tal vez se lleve una sorpresa.
Repasará la lista de los travestis que rondan por esas calles penosas cerca de almacenes abandonados y hablará con ellos.
Si hay algo raro logrará que se lo digan aunque tenga que intimidarlos.
No le resulta difícil intimidar únicamente con su mirada intensa.
«Parece que vas a lanzar un misil por cada ojo», le ha dicho alguna vez Gordon.
Nada más salir de su edificio compra un café y un sandwich que toma en el coche camino de la comisaría. Cada día lo estructura como si fuera una misión. No puede permitirse fallos.
****
—¿Quieres pasar un buen rato, guapo?
Roy abre la puerta del coche y le indica que entre. Bloquea las puertas para que no escape y le enseña la placa. La mujer suelta un chillido.
—Tranquila, no voy a detenerte ni hacerte nada. Solo quiero hablar contigo un momento. Te pagaré tu tiempo.
—Yo no sé nada. No he visto nada.
Roy sonríe y mueve la cabeza.
—Dime tu nombre. El de verdad. No voy a ficharte, ya te he dicho que solo quiero hablar.
La mujer le mira con desconfianza pero termina accediendo. Le cambia la voz.
—Joseph Miller. Pero aquí soy Annie.
—De acuerdo, Annie. Solo quiero que me digas si has visto a alguna chica nueva estos días, sola o con un tío. Alguien que no encaje.
—Aquí vienen muchos tíos que no imaginas. Chicas nuevas, ninguna. Ni sola ni acompañada. Sally lleva unos días sin venir y no la sustituye nadie.
—¿Por qué no viene? ¿Le ha pasado algo?
—No lo sabemos. Mira, inspector, cuando terminamos de trabajar en estos andurriales no nos conoce ni la madre que nos parió.
¿Entiendes? Yo no voy así por la calle.
Sí, se me nota la pluma pero visto de hombre y no me maquillo.
Tenía un trabajo más o menos decente hasta que me despidieron; y no fue por mi orientación, porque entonces les hubiera caído una denuncia de no te menees.
Hubo una regulación de empleo y me tocó a mí entre otros.
Tengo que comer y pagar facturas como todo el mundo.
Así que acabé aquí. Por la noche vamos de reinas y no sabemos ni el nombre ni las circunstancias de las otras.
No es fácil dedicarse a la prostitución a tiempo completo por mucho que nos vayan los tíos, ¿sabes?
No es lo mismo follar por gusto que por necesidad. Pero es lo que toca.
—Annie… Si supieras algo más me lo dirías, ¿verdad?
—Si te lo digo, ¿buscarás a Sally?
—Te lo prometo. Pero necesito datos.
—Se fue en un coche de postín con un tío muy bien vestido. Y no ha vuelto.
—¿Anotáis las matrículas de los coches por seguridad? Hay mucho mala bestia suelto por ahí.
—A mí me lo vas a decir. Hace un mes un cabrón me pegó. Estuve una semana sin poder moverme.
—¿No lo denunciaste?
—¿Y quién podía ir a denunciar? —su voz es amarga, masculina—. ¿Joseph Miller o Annie? A ninguno de los dos les hubieran hecho caso.
—Si alguien te agrede tienes el derecho de denunciar, seas Joseph o Annie.
—En fin… Respecto a las matrículas yo las anoto sin que se den cuenta, que no quiero líos con ellos.
Tengo la del coche que se llevó a Sally —Roy casi da un salto en el asiento—.
Y recuerdo cómo era el tipo. No me causó buena impresión, no me gustó cómo la miraba.
Le dije a Sally que no subiera, pero ella me dijo que no pasaba nada.
—Muy bien, Annie. Dame la matrícula y la descripción del tipo. ¿Seguro que no conoces el verdadero nombre de Sally?
—Porque estoy preocupada y eres amable: no conozco su nombre pero sí sé dónde vive. Somos muy amigas.
—Perfecto. Eres un encanto, Annie. Si sabes algo más llámame o ven a la comisaría y pregunta por mí.
—Con que diga que quiero ver al inspector guapo será suficiente.
—No te pases de gracioso, Joseph.
—La chica que estás buscando, ¿es como yo?
—No, Annie. Es una chica que no tiene nada colgando entre las piernas. Gracias por tu tiempo. Te dije que te lo pagaría.
—No quiero nada.
—Te lo has ganado, me has dedicado un tiempo de tu trabajo. ¿Es suficiente?
Annie mira el sobre y se le escapa la risa de alegría.
—Por este precio yo te hago…
—No me lo digas —interrumpe Roy—. Largo de mi coche, Joseph.
****
Roy abre la bolsita de terciopelo. Saca primero el labial. Lo observa sin tocar directamente la superficie. Rojo oscuro. Demasiado cuidado para una mujer que se mueve ocultándose.
Después, el espejo. Pequeño. De los que caben en cualquier bolsillo. También muy cuidado y bonito. Lo inclina ligeramente. Refleja el techo, una luz fría, una esquina de la habitación… y nada más.
Lo deja sobre la mesa.
—¿Qué hacía allí? —murmura.
No tiene la respuesta.
Anota: mujer. Posible testigo. No identificada .
Se queda quieto un segundo más de lo necesario. Algo no encaja. No es el objeto. Es el lugar. Es la sensación. Como si aquello no fuera una pista… sino un resto. Aparta el pensamiento.
Coge la colilla con unas pinzas. La examina. Marca de dientes. Presión irregular. No es nerviosismo. Es otra cosa.
Anota de nuevo: fumadora. Presente durante o después del crimen .
Se detiene. Durante… o después… Levanta la vista. Tiene la extraña impresión de que la escena está incompleta. Como si alguien hubiera estado allí… mirando desde fuera. Observando sin intervenir. Aprendiendo.
Aprieta la mandíbula.
—No encaja —dice en voz baja.
Pero escribe igual. Porque escribir es lo único que mantiene el caos a raya.
****
La ciudad respira mientras yo camino ocultándome en ella, alerta, invisible para la mayoría; pero detectable para los ojos que me buscan, como siempre.
Los charcos reflejan luces de neón, de anuncios de bares y tiendas, parpadeando como mis recuerdos fragmentados. Cada reflejo parece distorsionarse. A veces creo que mi hermano se asoma desde el reflejo, vigilándome. Siempre está cerca.
—No te confíes —me susurra.
—Escucha —responde otra voz.
Miro alrededor, las calles vacías antes de que el tráfico matutino las devore.
Nadie me observa… o eso creo.