8
El hombre mal vestido sube al coche de Roy tras asegurarse de que nadie le ve.
—¿Has visto algo diferente estos días? Cualquier cosa fuera de lo normal, aunque no sea importante.
—Sí y no…
—Al grano. Sí o no.
—No sé cómo decirle, inspector. Vi un tío con una capucha tapándole la cara. Pero luego no era un tío, era una mujer. O lo parecía. No sé si me entiende.
—¿Un hombre que parecía una mujer?
—O una mujer que parecía un hombre. O las dos cosas. Me dio muy mal rollo y me escondí. Parecía esperar a alguien. Escuché unas voces en tono muy bajo. Se me pusieron los pelos de punta y eché a correr en dirección contraria. En mi vida había pasado tanto miedo.
—Entonces no viste lo que pasó.
—No. Pero no dude de que esa cosa mató a ese pobre tipo. Si me hubiera quedado allí también me hubiera matado a mí, seguro.
—¿Esa cosa ?
—No puedo jurarle que no había bebido un poco. Usted me conoce. Pero sobrio ahora mismo recuerdo lo que vi. Y no era normal, no era una persona humana. Eso era diferente.
—Un fantasma.
—No se burle. Tuve que echar un par de tragos más para que se me pasara el susto.
—O sea, que te cogiste una cogorza del copón, para variar.
—Si usted lo hubiera visto también hubiera bebido.
—A ver si nos aclaramos. Viste un tío, o una tía, o no se sabe qué.
—Es que era las dos cosas a la vez. No era una persona humana, se lo juro.
Roy se da cuenta de que no va a sacarle nada más. El hombre parece asustado de verdad. Le da un sobre con algo de dinero y deja que se marche.
«Un hombremujer fantasma ha matado a un pobre tipo. ¿Por qué no un alien , ya puestos? Genial, Roy. Como lo cuentes en comisaría te expulsan por gilipollas.»
No sabe si reírse o soltar un par de palabrotas contundentes. Hace las dos cosas, se ríe como un histérico mientras farfulla barbaridades.
—¿Qué te ha contado tu confidente?
Roy mira a Gordon y comienza de nuevo a reírse. Se le caen las lágrimas. Gordon, que nunca le ha visto así, cierra la puerta para que sus carcajadas no resuenen por toda la comisaría.
—Solo me ha hecho perder el tiempo. Joder, qué historia. Te lo cuento, pero que no salga de aquí. No lo puedo escribir en ningún informe.
—Venga… desembucha…
—Un fantasma. Me ha dicho que el asesino es un puto fantasma.
Gordon abre la boca y la vuelve a cerrar.
—Voy a traerte un café. Lo necesitas.
—Lo más extraño de todo es que su miedo era real, estaba aterrado. Está convencido de que vio algo diferente que no ha sabido explicar mejor que llamándolo fantasma.
—Roy… no le vas a dar importancia a semejante absurdo, ¿verdad?
—No lo sé. Ahora no sé cómo tomármelo.
—Yo con azúcar y vainilla. Hostia puta… un fantasma… y éste está a un paso de creérselo…
****
Peter y Roy quedan en un pub frecuentado por periodistas. El inspector levanta la mano para llamar la atención del otro, que lo busca con la mirada. Al divisarlo apoyado en la barra, se acerca. Ambos se estrechan la mano.
—¿Qué tal va todo, Peter?
—Trabajo, más trabajo, algún que otro cabreo y mucha paciencia. Esa es mi vida. ¿Y tú?
—Por el estilo. Pero alguien tiene que hacerlo.
—Por los pringados —dice Peter chocando su vaso con el de Roy, que sonríe.
—¿Cómo llevas tu libro, por cierto?
—Ya lo tengo acabado. Tengo que encontrar una editorial que lo quiera.
—Eres un periodista conocido. Las editoriales se van a matar por ti. Éxito asegurado.
—Ojalá. Por cierto, te menciono en el apartado de agradecimientos.
—¿A mí? Si todo el mérito es tuyo.
—Sin alguna de tus indicaciones hubiera estado perdido. ¿Te molesta?
—No. Al contrario. Gracias. Quiero un ejemplar dedicado. Y no me perderé tu presentación. Otra ronda. Por el futuro best-seller y futuro Premio Pulitzer.
—¿Sigues en contacto con alguien del Cuerpo?
—Desde luego. Me paso siempre que puedo por la Marine Corps League y asisto a las ceremonias.
—Fue muy chungo lo que te pasó, colega.
—Salí de aquello, cuando los médicos no daban un centavo por mí. Siempre hay que dar gracias. Pude incorporarme y continuar hasta finalizar el servicio sin secuelas.
Roy se queda un momento ensimismado, mirando hacia un punto concreto del pub.
—¿Estás esperando a alguien?
—¿Qué? No… He creído ver al alguien conocido. Falsa alarma.
Le ha parecido reconocer al individuo que le dio el mechero, destacando entre los presentes con su ropa oscura y la capucha tapándole la cara. Imposible, hubiera llamado la atención. Ha desaparecido súbitamente tras intercambiar una mirada con él. Como si le estuviera buscando.
Tras una copa más, Peter y Roy se despiden. El inspector otea el entorno del pub, mira atentamente camino de su coche. Pero no ve al extraño personaje.
****
Salgo del callejón como quien flota entre sombras. Cada paso sobre la acera fría me recuerda que sigo viva. Mi cuerpo camina, pero no soy yo quien lo guía. Es él. Siempre él.
El aire huele a húmedo y a humo lejano, y mi respiración suena demasiado fuerte. Siento que alguien me observa; pero cuando miro a mi alrededor, no hay nadie. Solo la ciudad, indiferente, parpadeando bajo las farolas.
Intento recordar lo que ha pasado dentro del bar: fragmentos de gritos, una botella estrellándose contra algo, un rostro que ya no está. Y una sensación horrible: que no soy la misma que entró allí. Que nunca lo fui.
Trato de convencerme: no fui yo.
Pero mis manos tiemblan como si fueran mías.
****
El inspector Roy Fletcher apenas duerme, especialmente desde que anda detrás de un asesino escurridizo y demasiado inteligente.
No acaba de encajarlo en un patrón definido.
No parece un asesino en serie pese a que todas sus víctimas son varones de entre cuarenta y cincuenta años y la hora de la muerte es prácticamente la misma, en torno a la una de la madrugada.
Las dos como máximo. Atacados y acuchillados en zonas muy poco recomendables.
El equipo forense no ha logrado obtener huellas ni restos biológicos. Las fotografías tomadas en el lugar y alrededores no revelan nada.
Tampoco parece un ajuste de cuentas, ni una pelea.
Hombres heterosexuales con trabajos corrientes, obreros no especializados.
Conservan sus carteras con dinero y la documentación.
El objetivo no es el robo. Tampoco hay indicios de relaciones sexuales.
Son tíos del montón que han encontrado la muerte al salir de un bar después de tomarse unas copas.
Por el momento nada tiene sentido. Ha interrogado a amigos y conocidos de las víctimas, algún pariente, compañeros de trabajo y jefes.
Nadie se explica los motivos. No hay testigos.
Roy vive solo en un apartamento pequeño y minimalista, sin adornos, en su estilo parco, no necesita lujos.
Tiene treinta y dos años. Cabello oscuro y ojos verdes.
Metro ochenta y cinco de altura. Es un tipo disciplinado.
No se queja nunca, no muestra sus emociones y sentimientos.
Eficiente y muy callado. Fuma. De vez en cuando bebe whisky.
No mucho y nunca en público. Soltero. Hasta que conoció a Brenda sus relaciones han sido esporádicas y complicadas.
Ninguna chica le duraba más de dos encuentros.
Brenda es un soplo de aire fresco. Aunque nunca se imaginó con novia ella le ha llegado al corazón, está enamorado como un adolescente
Conoce muy bien la ciudad, hasta el último rincón. Esa mañana de lluvia recorre las calles adyacentes al bar donde ha ocurrido el último crimen. Sus ojos observan cada detalle, cada sombra que parece fuera de lugar.
El cuerpo sigue tirado en el suelo hasta que se lo llevan.
La puerta del bar está entreabierta. Recoge con cuidado una botella rota y la guarda en una bolsa para pruebas.
Tal vez con suerte esta vez encuentren huellas dactilares.
Se queda mirando los ceniceros llenos de colillas y el suelo pegajoso, distraído durante un instante, como si no recordara dónde está y a qué ha ido.
Se detiene un segundo. Tiene la sensación de haber estado allí antes.
Pero eso es imposible. Parpadea y todo vuelve a su lugar.
Interroga a los escasos clientes que balbucean, confusos. Ellos no estaban allí la noche anterior. El barman se encoge de hombros. Parece somnoliento y huele a hierba y a licor.
Le pide las cintas de la cámara de seguridad. Tarda una eternidad en buscarlas y llevárselas.
—Clem estuvo en el turno de noche —le dice de repente, como si acabara de recordarlo—. Él podrá decirle si vio algo.
—¿Clem qué? —pregunta impacientándose—. Deme su dirección y su número de teléfono.
Entonces, tras bostezar y rascarse la nuca, uno de ellos habla de una chica. Pero no está seguro. Desapareció tan rápido como había aparecido. Alta, cree que de pelo oscuro. No le dio tiempo a fijarse bien. Otro le contradice y habla de un chico. Pero tampoco lo vio bien y no se acuerda.
A Roy le entran ganas de zarandearlos a los dos.
Pero no lo hace. Porque algo en la historia no le molesta…
le inquieta. Porque es algo que ya ha escuchado antes, más o menos así lo intentó expresar su borracho confidente.
Inspira fuerte para tranquilizarse. Todos borrachos como cubas, pueden creer que han visto cualquier cosa. No va a sacar nada coherente de ellos.
Los clientes le miran sin inmutarse.
Le deja una tarjeta al barman insistiéndole en que le llame si recuerda algo o, especialmente, si la chica vuelve a aparecer por allí.
Al salir, ve que el protocolo policial está finalizando. Gordon, el detective a punto de jubilarse, mueve la cabeza y le recomienda que se relaje. Roy le contesta con una frase de humor negro que le arranca una sonrisa.
Enciende un cigarrillo y aspira el humo profundamente. Al terminarlo no lo tira. Envuelve el filtro en un pañuelo de papel y lo guarda en un bolsillo.
—El asesino es metódico. Limpio. Sin errores. Demasiado limpio. Pero algo no encaja. No hubo forcejeo —murmura, anotando cada detalle en su libreta. Cada línea es un intento de reconstruir algo que parece imposible.
Peter Lee aparece, ávido de noticias.
—¿Qué tenemos? ¿Podéis contarme algo?