7
Roy llega a la comisaría puntual como cada mañana.
Saca un café de la máquina y va a su despacho.
Deja el vaso en la mesa esperando que se enfríe.
Abre su libreta de notas y da una ojeada al caso que están llevando su compañero Gordon y él.
Nada que se salga de lo corriente, un tiroteo en un barrio marginal.
Ya saben quién es el culpable, solo tienen que encontrarlo, se está escondiendo.
Pero nunca se esconden lo suficiente, es fácil atrapar a esos tipos.
—No entiendo cómo puedes beberte ese brebaje —Gordon ha aparecido en la puerta y le lanza un bollo, que Roy atrapa al vuelo—. Como si no fuera lo bastante malo caliente.
—Y yo no entiendo cómo puedes atiborrarte de estos bollos llenos de azúcar. Estás engordando, colega. Grasa mala. ¿Tendré que hablar con Wilma para que te ponga en vereda?
—Si se lo cuentas, te mato. Sin remordimientos.
—Invítame a un par de cervezas después del trabajo y callaré para siempre —dice Roy con descaro.
—El chantaje es un delito, inspector Fletcher.
—Saltarte la dieta de tu mujer, también. O debería serlo. ¿Tenemos trato?
—Lo tenemos. No sé cómo te soporto a diario.
—Porque me adoras. Nunca lo reconocerás. Pero me adoras.
—Ahora en serio, Roy —Gordon lo mira con mucha atención—. Esta mañana estás diferente.
—¿Más guapo de lo normal?
—Diferente. Aunque no es fácil leer tu expresión se nota que te ha pasado algo.
Roy se encoge de hombros quitando importancia al comentario de su compañero.
—Una mala noche, Gordon. Nada especial.
—Si te pasara algo me lo dirías, ¿verdad?
—Claro. Pero tú no le digas nada a Wilma, no quiero que la preocupes sin necesidad.
Un aviso interrumpe la conversación y una mañana de trabajo anodino. Un hombre ha aparecido asesinado en una de las peores zonas de la ciudad, en plena calle, cerca de un bar.
****
No sé si huyo de él o de mí misma. Me envuelvo en la oscuridad y en la lluvia para sentirme segura. Las luces de neón del bar iluminan los charcos. No debería estar aquí. Eso es lo primero que pienso antes de que pase algo. Antes de que todo se tuerza. Antes de que él aparezca.
Alguien abre la puerta. La música del bar se escapa a trompicones como si ella también deseara huir. El aire dentro huele a humo estancado y a alcohol barato. Yo me quedo fuera, apoyada en la pared mugrienta, mirando el suelo mojado, deseando hacerme invisible.
Mi hermano odiaría este sitio. Mi hermano odiaría a la gente que viene aquí escapando de su vida. Pero mi hermano no está. Enciendo un cigarrillo.
—¿Estás esperando a alguien?
La voz falsamente amable me sobresalta. Levanto la vista. No lo había visto acercarse. Está demasiado cerca. Siempre se acercan demasiado, sin respetar mi espacio. Huele a licor y a tabaco. Me asquea su presencia. Trago saliva y no respondo. Él sonríe.
—Tranquila —dice—. No muerdo.
Eso dicen todos: «tranquila.» «No muerdo.» «No pasa nada.» Y sí pasa. Me aparto de él, que vuelve a acortar la distancia.
—Estoy bien —respondo, aunque no me ha preguntado eso.
No reconozco mi voz. No parece la mía. Él ladea la cabeza y me observa con atención. Esboza una sonrisa torcida. No sé qué ve. Ojalá no viera nada.
—No es una buena zona para que una chica esté sola —insiste—. ¿Quieres que te acompañe?
Mi hermano me diría que no le haga caso. Mi hermano me diría que me vaya. Mi hermano no está.
—No estoy sola —miento.
El hombre sonríe de nuevo, más despacio. Como si acabara de entender algo.
—Ah, ¿no?
Niego con la cabeza. No sé por qué lo hago. No sé a quién intento convencer.
El silencio se extiende entre nosotros. La música del bar parece viva.
Alguien grita dentro. Risas. Ruido de cristales.
Entonces él da un paso más. Me coge de la mano tirando de mí hacia un callejón estrecho y fétido.
No deja de sonreír con suficiencia. Le empujo para que me suelte.
Su mano me aprieta más, obligándome a pegarme a él.
Entonces algo se mueve. No fuera. Dentro. Es una sensación pequeña al principio. Como cuando te estás quedando dormida y tu cuerpo da un tirón. Pero no desaparece. Crece. Se estira. Se despereza. Como si alguien hubiera estado esperando.
—Oye —dice el hombre, poniéndose serio—. ¿Seguro que estás bien?
No respondo. No puedo. Porque no estoy del todo aquí. Hay un hueco. Un espacio en blanco. Y algo lo llena.
Me yergo en toda mi estatura. Mis manos dejan de temblar. Mi respiración se vuelve lenta, regular. El hombre lo nota. Por supuesto que lo nota.
—¿Qué…? —empieza a preguntar.
No termina la frase. Porque ahora lo estoy mirando. Lo estoy mirando de verdad. No como antes.
Algo en su cara cambia. No sé qué ve exactamente. No puede verlo, pero lo siente. Todos lo sienten.
Da un paso atrás, asustado. Me mira como si no me reconociera, como si no fuera yo a quien ha llevado a ese callejón casi a la rastra.
—Eh —dice, levantando las manos un poco—. No pasa nada. Solo estaba…
Sonrío. O eso creo. Más que sonreír, enseño los dientes. El mundo se vuelve más nítido. Más simple. Más limpio. Ya no hay dudas. Ya no hay ruido. Solo queda él. Y lo que iba a hacer.
Se queda rígido de la impresión. Abre la boca pero no le sale ningún sonido. Solo me mira. Le mira.
—No… —susurra.
No sé si me lo dice a mí. No sé si se lo dice a él. No sé si se lo dice a lo que está mirando ahora mismo.
Se queda quieto. Eso es lo más curioso. No corre, no grita. Se queda quieto, como si su cuerpo hubiera entendido antes que su cabeza que ya es tarde.
Mi hermano se acerca. Un paso. Luego otro. El hombre retrocede, pero choca con la pared.
—No hace falta… —dice, pero su voz se rompe.
No hace falta. Tiene razón. Nunca hace falta. Pero sí la hace.
Siempre sucede rápidamente. Un movimiento. Un sonido seco. El aire que se corta. Y luego nada. Silencio.
El hombre se desliza hacia el suelo como si le hubieran cortado los hilos. Sus ojos siguen abiertos. Mirando. Preguntando algo que ya no importa.
Respiro. Una vez. Dos. Tres. Y entonces… vuelvo en mí. El frío me estremece. Las manos me tiemblan. No recuerdo en qué momento empecé a temblar otra vez. Miro alrededor. El callejón sigue vacío y oscuro. Nadie ha visto nada.
Bajo la vista. El hombre está en el suelo. Tardo unos segundos en entenderlo.
—No… —susurro.
Me llevo las manos a la boca. No puedo apartar los ojos de él. No encaja. Nada encaja. Esto no debería haber pasado. Apenas puedo respirar.
Mi hermano también mira el cadáver desmadejado. Después me mira a mí. Callado. Seguro. Siempre es él.
—Has venido —le digo en voz baja—. Te dije que no…
Sigue callado. Nunca responde. Es como una sombra pegada a mi espalda. Cierro los ojos.
—Por favor —murmuro—. Otra vez no.
Pero en el fondo… en el fondo sé que no depende de mí.
El cuerpo en el suelo todavía me quema la retina. No puedo apartar los ojos, pero tampoco quiero mirar más.
Me muevo por inercia, como si alguien más condujera mis pasos.
—Él lo ha matado —susurro, casi sin aliento—. Mi hermano…
Pero él ya no está. Se ha deslizado en la oscuridad desapareciendo como un fantasma. Estoy sola. Pero sé que esto siempre va a repetirse. No puedo escapar de él.
Respiro hondo y me alejo. A medida que avanzo mis miedos, mi terror, mis dudas, desaparecen. Él está hecho para sobrevivir a todo. Él no duda. Él mata. Yo solo puedo esconderme en él.
El frío de la noche me golpea cuando salgo del callejón. Paso por delante del bar con su música estridente y sus humos rancios. Es como si no hubiera ocurrido nada.
Siento mis pies arrastrarse por la acera, pero no siento que sean realmente míos.
Intento recordar qué ha pasado exactamente pero todo es una mancha borrosa. Solo sé una cosa: él hizo lo que tenía que hacer.
Las luces de la ciudad brillan demasiado, parpadean, me deslumbran. Comienzo a marearme. Escucho pasos. No son míos. No son de él. Son de alguien que sigue un patrón. Inteligente. Preciso. Calculador.
Mi corazón se acelera. No por miedo a que me descubran, sino por miedo a que yo misma me descubra. Sé que mi hermano está cerca de mí. Siento su presencia, fría y exacta, como un cuchillo invisible que me atraviesa. Y entonces oigo un sonido distinto: un clic metálico.
Al principio pienso que es otra amenaza, otro hombre.
Pero es algo más: alguien está tomando nota de lo que ha pasado.
Un sonido seco, papel rozando el suelo, un susurro lejano, pasos que se alejan rápidamente.
Metódico. Frío. Sin errores . La presencia que siento no es él.
Esto es diferente. Alguien más me observa. Y no sé qué parte de mí está mirando.
Me apoyo contra una pared respirando con cuidado. No estoy segura de nada. Todo es confuso. Cada sonido, cada sombra, cada latido parece tener un significado que se me escapa.
Me muevo entre sombras de calles vacías y oscuras. Pero entonces una luz lejana me golpea: una farola, un coche que pasa. Y algo dentro de mí recuerda: hay alguien más que sabe lo que ocurre. Alguien que seguirá cada movimiento. Alguien que no va a soltar esto. Alguien que ya ha empezado.
No estoy segura de si lo veo, apenas una mancha oscura, o si es una creación de mi mente agotada.
—Mañana volveré. Aún no he terminado.
Esa voz susurra en mi cabeza y no sé si es real. ¿Un inspector? ¿El mismo que se mueve en la sombra? Si sabe algo de mí, esta vez mi hermano no podrá protegerme.
****
A Roy le ha alegrado ver a Peter Lee, incluso en esas circunstancias. Hace años que se conocen y aunque no son íntimos siempre que sus obligaciones se lo permiten se toman algo para recordar los viejos tiempos.
Peter es un periodista inteligente, tiene ideas propias que chocan a menudo con las de los responsables de su periódico. Ha viajado mucho, habla varios idiomas, y siempre tiene anécdotas jugosas para amenizar un encuentro.
Roy por su parte, además de su lengua natal habla farsi, que aprendió en el Defense Language Institute ; y todos sus viajes han sido en diferentes misiones.
El pub, frecuentado habitualmente por periodistas es elegante, sin estridencias. Los reporteros hablan, discuten, intercambian opiniones. Forman conciliábulos a los que resultan ajenos todos los que no son de su cuerda.
Se recuerda que tiene que preguntarle por el libro en el que ha estado trabajando sin descanso.
Está seguro de que con el prestigio de Peter cualquier editorial querrá publicarlo, que con toda probabilidad no será de lectura cómoda.
Al periodista le gusta hurgar en la conciencia de la sociedad y exponer lo que ésta desea ocultar.
—Eres el Pepito Grillo de nuestra comodidad e indiferencia —le ha dicho Roy en más de una ocasión.
—Me limito a clamar en el desierto, amigo mío. ¿Pero quién me escucha?