Roxy 6
20%

6

La lluvia golpea la acera con un ritmo irregular. Las luces de los semáforos se reflejan en los charcos, parpadeando rojas y verdes sobre el asfalto sucio. Me muevo por la zona más oscura y abandonada de la ciudad, allí donde mi hermano no me encuentre. O tal vez sí.

Un hombre sale de un bar de mala muerte y se queda inmóvil frente a mí. No me conoce. No sabe quién soy. Y yo… no sé si sé quién soy yo misma.

—Roxy —susurra mi hermano, muy cerca pero sin dejarse ver. Aún.

Ha dado conmigo, como siempre. Aunque no sé si es él. No sé si soy yo. Solo sé que el miedo es demasiado grande para ignorarlo.

El hombre da un paso hacia mí. Demasiado rápido. No sabe lo que está a punto de ocurrir.

Sus ojos se abren como platos. Duda. Frunce el ceño. Como si algo no encajara.

No puede moverse. Ni siquiera parpadea. Siento que se congela ante algo que no entiende y yo no entiendo del todo. Mis gestos, mi postura… todo cambia. Soy yo distorsionada y aterradora.

—Déjalo —susurra una voz que no es la mía.

El cuchillo que no llevo en la mano aparece en mi mente antes que en la realidad.

Ya no tengo el control. Y después todo se mueve. Rápido. Inevitable.

El aire cambia . Y entonces… un sonido húmedo, un último parpadeo. El hombre no se mueve. Deja de ser peligroso. Y entonces entiendo que ya es tarde.

No fui yo. Fue él. Pero es como si yo hubiera provocado la situación. Como si yo hubiera orquestado esa muerte y él solo hubiera seguido un guión escrito por mí.

Retrocedo un paso, temblando, observando cómo la lluvia diluye la sangre en el asfalto.

Mi hermano me advierte, furioso.

—No dejes que se acerquen. ¿Ves lo que tengo que hacer por ti?

La voz en mi cabeza, paciente y fría, responde.

—Ya está hecho. Solo observa. Aprende.

—Vete de aquí, Roxy.

Obedezco a mi hermano como una autómata.

Solo hay calles vacías, luces que parpadean y el miedo que me atraviesa como una aguja.

Los charcos reflejan mi silueta difuminada. Soy yo. Y no soy yo.

Y mientras la ciudad sigue, indiferente a todo, escucho mis propios latidos resonando en mis oídos.

—Siempre empieza así —susurro.

Y la lluvia me responde con un golpe más fuerte en la espalda.

****

Peter Lee llega a su puesto en el periódico muy temprano.

Se ha pasado casi toda la noche recorriendo la ciudad en busca de noticias especiales.

Cuando oscurece, la ciudad cambia de cara, incluso la gente que pulula por las calles es diferente.

Mientras unos se van a dormir, otros salen y se apropian del espacio.

Le gusta entrevistar a noctámbulos, prostitutas, mendigos. La noche es su mundo, le conocen. Generalmente no le ponen trabas, a muchas de esas personas les gusta que su opinión y sus circunstancias sean tenidas en cuenta.

—Hace un año que vivo en la calle—le ha contado una mujer bastante desgreñada—Me quedé sin trabajo y sin dinero.

Cuando no pude seguir pagando el alquiler me desahuciaron de la casa.

Estaba sola con mi hijo, sin ninguna ayuda.

Una madre soltera sin recursos. Los servicios sociales vinieron y en vez de echarme una mano se llevaron a mi hijo diciendo que era por su bien, que estaría mejor en un centro o en una casa de acogida.

Yo era una buena madre. Soy una buena madre —se le escapa un sollozo—.

No me dejan verle ni acercarme a él, no han querido decirme dónde lo tienen.

Cuando consigo encontrar un trabajo cualquiera no es suficiente para recuperar a mi hijo ni pagar un alquiler.

Creo que no me lo devolverán nunca y que aunque un día logre salir de la calle él ya no se acordará de mí y no querrá volver conmigo.

Espero encontrar sitio en un albergue, las noches son frías.

Mírame, tengo un aspecto horrible y desaliñado, cada vez me resulta más difícil que me den trabajo.

—¿Cómo te las arreglas para comer?

—Contenedores, los restos que van a tirar de un restaurante, un comedor social. No me importaría pasar hambre a diario con tal de recuperar a mi hijo. Solo quiero recuperar a mi hijo —repite como un mantra.

A Peter se le hace un nudo en la garganta y otro en el corazón. Esa mujer abandonada a su suerte que clama por su hijo le ha conmovido especialmente.

—¿Me permites que te haga una fotografía para el periódico? —pregunta respetuosamente.

—¿Eso me ayudará a encontrar un trabajo?

—No lo sé —no quiere darle falsas esperanzas—. Pero será bueno que se conozca tu historia.

Cuando está a punto de irse, Peter saca la cartera y le alarga un billete de veinte dólares. Ella lo rechaza.

—No. No es necesario, gracias. No lo he hecho por dinero.

—Lo sé. Pero me gustaría que lo aceptaras. Busca un refugio y compra algo de comida caliente.

La mujer asiente y guarda el billete en un bolsillo de su abrigo desastrado. Peter la sigue con la vista mientras ella se dirige a una modesta tienda que permanece abierta toda la noche.

Poco después un revuelo le conduce a un bulto envuelto en trapos y papel de periódico.

Es un hombre anciano. Está muerto. Peter no duda en fotografiarlo.

Llama a la policía para informar. Mientras llegan los agentes, pregunta por él.

Nadie sabe mucho de su vida. Una vez que caen en tal extremo de miseria su personalidad, lo que han sido, se diluye.

Lo echan de allí, su presencia los incomoda.

Alguien lo llama carroñero. Prefiere apartarse pero no se va hasta que los policías despejan el lugar.

Esa mañana Peter llega al periódico con dos historias de miseria. Su jefe resopla.

—A ver si uno de estos días traes algo agradable, para variar. A los lectores no les gustan las desgracias.

—Me da igual. Esto es una realidad que está pasando en nuestras calles y alguien tiene que contarlo. Si no les gusta y se les atraganta el desayuno, mejor. Que se jodan.

—Llegas de buen humor, qué novedad.

Se sienta a su mesa y conecta el ordenador.

Pero no tarda en marcharse deprisa explicando algo en voz alta.

Han encontrado a un hombre muerto cerca de un bar.

Acuchillado. La zona es lo que Peter denomina «chunga», muy poco recomendable.

Llega antes que la policía. Fotografía el entorno hasta que acotan el lugar.

Al ver a Roy se le acerca.

—¡Fletcher!

—Peter. Me sorprendería no encontrarte aquí. No toques nada.

—La duda ofende. ¿Qué puedes contarme?

—De momento nada. Hay que analizar las evidencias, hacer la autopsia al cadáver. Estamos en el primer peldaño del trabajo. ¿Quién te ha avisado?

—Una oportuna y anónima llamada. Ya sabes…

—Ya…

—Dime algo si encontráis algo interesante.

—No creo que haya nada más allá de lo que vemos.

—Nunca se sabe. Anoche también apareció un cadáver, un mendigo.

—Me he enterado. Pero yo no llevo ese caso. Parece ser que falleció por causas naturales.

—Si es natural morir en la calle como un perro de hambre y frío.

—No lo asesinaron. Como a este de aquí.

—Vuelvo a la redacción. ¿Cuándo nos tomamos algo?

—Te doy un toque en cuanto tenga un rato libre.

Peter siente un hormigueo como siempre que se encuentra ante algo que puede resultar una noticia importante.

Su intuición le dice que va a pasar algo grande, que ese cadáver anodino es solo el principio.

No sabe si Roy le contará algo o no, el inspector es muy reservado.

Tuvo ocasión de conocerle durante una de sus misiones y le costó ganarse su confianza.

No son amigos íntimos, no es un hombre de muchos amigos; sino conocidos corteses que sienten verdadero aprecio el uno por el otro.

Él desde luego aprecia a Roy, le considera honesto y sincero.

Si dice algo es porque es verdad. Se guarda infinidad de datos pero no miente.

Además pese a su aspecto imperturbable tiene un lado sensible que no le gusta mostrar.

Y sabe que el inspector también le aprecia. Si ha dicho que va a llamarle, lo hará.