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La lluvia cae sin ritmo. A veces golpea. A veces susurra. O eso quiero creer. La lluvia es mi refugio, me escondo entre sus gotas hasta hacerme invisible. La lluvia y la noche son mis aliadas.
Camino rápido, evitando las zonas iluminadas. No porque alguien pueda verme… sino porque sé que él también prefiere la oscuridad.
No sé cuánto tiempo llevo huyendo. Ni de qué. Solo sé que no puedo detenerme.
Un coche pasa a lo lejos. La luz me alcanza un segundo. Bajo la cabeza. Demasiado tarde. Mi reflejo aparece en un charco. Me detengo. No porque lo haya decidido. Porque algo en mí lo hace.
La silueta se rompe con la lluvia. Se deforma. No parece del todo mía. Parpadeo. Y durante un instante… no estoy segura de seguir siendo yo.
—Roxy.
La voz llega suave. Cerca. Demasiado cerca. Cierro los ojos. Si no me muevo, tal vez no me vea. Pero sé que no funciona así. Nunca ha funcionado así.
Busco algo en el bolsillo. Lo encuentro sin pensar. El mechero. El cigarrillo ya está entre mis dedos. No recuerdo haberlo sacado. Lo enciendo. El fuego tiembla. O tal vez soy yo.
Doy una calada. El humo entra lento. Sale más rápido. Siempre pasa así. Mis manos no tiemblan. Nunca tiemblan. Eso debería tranquilizarme. Pero no lo hace.
—No dejes que se acerquen —susurra.
No sé si me lo dice a mí… o si lo dice por mí.
Miro la calle. Vacía. Pero no lo está. Nunca lo está.
Y en algún lugar, muy cerca… algo ya ha empezado.
****
Roy camina en la oscuridad. Ha dejado el coche en algún punto, no lo recuerda.
Ha comenzado a llover pero el agua no le molesta.
Se pone la capucha de la sudadera negra que se confunde con la noche.
Esa zona de la ciudad parece abandonada.
Las mejoras nunca llegan hasta ese barrio marginal, nunca hay presupuesto para arreglar las calles encharcadas, las farolas rotas, el parque deteriorado con un par de columpios cuyas cadenas oxidadas chirrían cuando los mueve el viento.
La gente que habita allí parecen fantasmas sacados de una novela gótica.
La población original terminó por marcharse, donde fuera.
Las casas que se caen a pedazos están habitadas por mendigos y okupas.
Es sin duda la peor cara de la próspera ciudad, la que no debe mostrarse, la más peligrosa.
No se puede caminar por esas calles sin correr peligro, ni siquiera durante el día. Cuanto más, de noche.
Se para bajo un alero y busca el paquete de tabaco.
Gruñe. No encuentra el mechero. A pocos pasos al otro lado brilla la brasa de un cigarrillo.
Sin pensar, Roy cruza y se acerca con precaución al fumador.
Viste de negro y también lleva una capucha que no deja ver su cara.
Se queda a una distancia segura. Toca el bulto de la pistola a su espalda.
—Disculpa, ¿tienes fuego?
El desconocido se gira y se acerca despacio. Roy se tensa. Pero lo que el otro lleva en la mano es un mechero. El inspector enciende su cigarrillo y se lo devuelve.
—Quédatelo. No importa, tengo otro.
La voz es baja y contenida, muy poco por encima del susurro. Se quedan los dos fumando en silencio, mirando a la nada.
—¿Eres del barrio? —termina preguntando Roy en el mismo tono.
—Hace mucho que me marché.
—¿Has vuelto por nostalgia?
—¿Quién podría sentir nostalgia de esto? —ríe muy bajo—. Solo estoy dando una vuelta. ¿Y tú? ¿Vives por aquí?
—No. También estoy solo dando una vuelta.
—No podías dormir —No es una pregunta—. Yo tampoco. Es curioso, ¿verdad?
—¿El qué?
—Toda la vida intentando olvidar. Y de repente, un día cualquiera, la memoria te gasta una putada y pone ante ti imágenes que creías haber borrado.
—No lo sé.
—¿No? ¿A ti no ha pasado nunca?
—No. Me acordaría. Tiene que producir una impresión muy fuerte.
—Solo quien lo experimenta lo sabe. Pero, dime, ¿qué te ha traído a este rincón olvidado de Dios? Demasiado lejos para dar simplemente una vuelta.
—Qué más da este sitio que otro. Aquí hay silencio. No hay luz.
—Los recuerdos no son siempre silenciosos. Respecto a la luz… ¿ves eso de ahí? Han encendido fuego en un bidón. Ven, aléjate de su punto de visión. No tienen que vernos o nos atacarán para intentar robarnos.
Despacio, Roy y el desconocido van apartándose hasta quedar totalmente envueltos en la oscuridad. Roy no tira la colilla al suelo, la envuelve en un pañuelo de papel y la guarda en un bolsillo.
—¿Por qué haces eso? —pregunta el otro.
—Por precaución. Es mejor no ir dejando restos biológicos por ahí, nunca se sabe dónde pueden terminar.
—Yo no llevo pañuelos, ¿me das uno? —Roy se lo da y el desconocido le imita.
—Tengo que irme ya —susurra Roy—. Gracias por el mechero.
—Cuídate, hermano.
—Tú igual. A lo mejor volvemos a encontrarnos —Roy no sabe por qué lo ha dicho. No piensa volver allí.
—Quién sabe —es la enigmática respuesta.
Roy a buen paso busca el coche, no recuerda dónde lo ha aparcado.
Termina encontrándolo más cerca de lo que imaginaba.
Mira a su alrededor: no hay nadie. El desconocido se ha esfumado en medio de la oscuridad.
Tropieza con una lata. El sonido metálico parece expandirse en la noche.
Un perro comienza a ladrar. Esquiva por poco a un gato que se había acurrucado junto a una rueda y se le tira encima.
Se le eriza el cabello y maldice a media voz.
—El susto que me ha dado el puto gato.
Se le caen las llaves al suelo. Las encuentra mojadas y con barro.
Está deseando conducir todo lo rápido que pueda y volver a su casa.
De repente se acuerda de esas películas en las que la realidad del protagonista se distorsiona hasta no saber dónde está.
El coche arranca a la primera y abandona por fin ese barrio sin saber qué demonios ha ido a hacer allí.
****
La alarma del móvil le saca del sopor a las cinco de la mañana. Roy se frota los ojos y se levanta. Ha dormido en ropa interior, no con el pijama. Tirada de cualquier manera ve el resto de su ropa y las botas acordonadas. Se mira en el espejo y se ve pálido y ojeroso.
Mientras corre sus cinco kilómetros diarios piensa en el sueño tan lúcido que ha tenido.
Claro que conoce ese barrio miserable, más de una vez ha tenido que ir con Gordon a causa de un homicidio.
Allí no hay ley que valga, rige la supervivencia descarnada.
Pero no es lugar para pasear bajo las estrellas ni bajo la lluvia.
Si los sueños son avisos, o advertencias, algo le está queriendo enviar un mensaje, tal vez importante.
¿No debe volver allí bajo ninguna circunstancia?
¿Si va morirá? ¿Si deja que Gordon vaya solo morirá en su lugar?
Más le vale no dar más vueltas al puto sueño o se volverá loco.
Pero no puede. El tipo que aparecía también en su excursión onírica le intriga. ¿De dónde habría salido?
«Roy, tío. Déjalo ya o no vas a dar una en el trabajo. No le busques tres pies al gato», piensa. ¿No había también un gato?
—¡Joder! —grita sin darse cuenta.
Al salir de la ducha ve que el jersey y la sudadera están húmedos, los bajos de los vaqueros y las botas Doctor Martens de piel negra, con barro.
Limpia el calzado cuidadosamente. Esas botas le gustan mucho.
No es caprichoso y sí austero, pero tiene preferencia por esa marca.
Echa la ropa al cesto de la ropa sucia. Un mechero se cae del bolsillo del pantalón.
Es el suyo. El que no encontraba en el sueño.
Se enfrasca en la rutina habitual antes de ir a la comisaría. Ve algo escrito en su cuaderno. Una sola palabra: doppelgänger . Sabe lo que es. No recuerda haberlo escrito él aunque es su letra. Se le eriza el cabello.