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Se quita la cazadora. La cuelga en su lugar de siempre.
En su dormitorio se desnuda para darse una ducha.
La ropa le huele a humo. En el baño abre el grifo, dejando que el agua corra unos segundos antes de meterse bajo el chorro tibio.
Le da la impresión de que tiene las manos tiznadas.
Frunce el ceño. Se las frota con más fuerza de la necesaria.
El agua sigue cayendo, gira en espiral en el desagüe central, desaparece.
Pero la sensación no. Se aplica el jabón y el champú.
Permanece bajo el agua varios minutos más, con las manos apoyadas en los azulejos de la pared.
Su cuerpo bien musculado está marcado por cicatrices, resultado de las heridas recibidas en combate durante los seis años que sirvió en el Cuerpo de Marines.
Nunca se quita del cuello un colgante militar de plata con la inscripción USMC Veteran, su talismán.
Luce un tatuaje en el hombro izquierdo con los símbolos del Cuerpo: águila, globo y ancla.
Se seca el pelo, que lleva hasta los hombros, y se envuelve la cintura con una toalla. Levanta la vista para aplicarse la espuma de afeitar. El espejo. Ahí está. Cansado. Ojeras más marcadas de lo habitual. La mandíbula tensa.
Normal. Funcional. Controlado.
Parpadea. Y por un instante… no es su reflejo. No cambia del todo. Solo… no encaja. Como si algo estuviera ligeramente desenfocado dentro de él.
Roy se queda inmóvil. Respira fuerte. Una vez. Dos. El reflejo vuelve a ser él. Claro. Sin sombras. Termina de afeitarse. Silencio otra vez. Se apoya en el lavabo.
—Ha sido por el caso —murmura.
Tiene sentido. Tiene que tenerlo.
El interrogatorio del padrastro ha sido tenso y largo. Finalmente se ha derrumbado y ha confesado.
—Usted no lo entiende. Esa maldita mocosa se contoneaba delante de mí, me miraba provocándome.
Me buscaba. Es una puta. Tan puta como su madre.
¿Qué quería que hiciera yo? Pero no sirve para nada más, es una guarra.
Cuando le dije que la iba a entregar a los servicios sociales intentó matarme.
Es ella la que tendría que estar aquí esposada, no yo.
Roy se le acerca peligrosamente. Su rostro pétreo atemoriza al hombre más que si le hubiera gritado.
—No puede pegarme.
—Puedo hacerte lo que me salga de los cojones, saco de mierda —le susurra casi en su oído.
Recupera el tono de voz profesional—. No ibas a hablar con nadie, ella quería denunciarte a los servicios sociales para que la libraran de ti.
Estaba tan desesperada que intentó acabar con todo.
Disfrutaría pegándote un tiro ahora mismo y ahorrándole tus gastos a los contribuyentes.
No puedo hacerlo. Pero si el juez te condena a prisión me voy a ocupar personalmente de que en la cárcel todos se enteren de lo que has hecho. Ya veremos cuánto duras ahí dentro.
—Quiero ver a un abogado.
—Lo tendrás porque no queda más remedio. Pero no creas que por eso te vas a librar. No tienes ni idea de lo que te espera.
Pasa a disposición judicial. Se le asigna un abogado de oficio porque no puede pagar uno.
Para Roy ha supuesto un mazazo emocional pese a que no ha perdido la calma ni un momento.
Esa niña indefensa le ha removido. Su padrastro no lo va a pasar nada bien en la cárcel en cuanto los presos sepan lo que ha hecho.
Pueden ser violentos y asesinos, pero su particular código de honor no perdona a los violadores de niños.
«Ojalá se lo coman vivo», piensa asqueado.
Sale del baño. Mira hacia atrás. Nadie. El apartamento sigue igual.
La libreta encima de la mesa, donde la había dejado.
Se acerca. Algo no encaja. No recuerda haberla dejado abierta.
Al inclinarse ve que hay una frase nueva muy corta escrita con su letra.
Pero no recuerda haberla escrito: No llegas a tiempo .
Roy se queda mirándola. No reacciona. No se atreve ni a tocarla. Respira con calma y la cierra, dejándola exactamente donde estaba.
Da un paso atrás. Entonces escucha un ruido suave a su espalda. Como tela rozando pared.
Roy no se da la vuelta. No inmediatamente .Sus ojos se clavan en el reflejo oscuro de la ventana. Nada. Solo la calle. Luces lejanas. Parpadeos. Pero… ahí. Un segundo plano. Algo que no debería estar. Una silueta. Delgada. Inmóvil. Detrás de él.
Roy gira la cabeza. Nada. El apartamento vacío.
Otra vez. Respira más hondo. Se pasa una mano por la cara. Cansancio. Solo eso. Tiene sentido. Siempre hay una explicación. Siempre.
Se dirige al dormitorio. Se tumba sin encender la luz. Los ojos abiertos. El techo invisible.
El silencio vuelve. Pero ya no es el mismo.
Pasan los minutos. O tal vez más. No lo sabe. Y justo cuando está a punto de quedarse dormido… una voz. Cerca. Demasiado cerca.
—No llegaste a tiempo.
Roy abre los ojos. De golpe. Se incorpora.
Oscuridad. Oscuridad total. Su respiración suena demasiado fuerte.
Escucha. Nada. Pero esta vez no intenta convencerse.
No del todo. Se queda sentado en la cama.
Mirando la nada. Sus ojos se llenan de lágrimas que no puede evitar. Llora hasta quedar agotado
Y por primera vez en mucho tiempo… no está seguro de tener el control.