4 #2
Brenda hace un sonido de asentimiento y ocupa toda la cama. Roy corre sintiéndose más ligero. La mujer que duerme en su apartamento le salva de un peligro al que no sabe ponerle nombre.
El aroma a bacon, huevos y café despierta a Brenda, que aparece despeinada y con una camiseta de Roy que le llega casi a las rodillas.
—Tengo un hambre de lobo —confiesa.
—Podría acostumbrarme a tenerte aquí cada mañana —dice Roy espontáneamente.
Brenda le besa.
—Sabes a café y a dulce, amor. Yo también podría acostumbrarme. Pero vamos a ir despacio, como pediste.
****
El olor llega antes que el humo. Acre. Denso. Pegajoso.
El inspector Roy Fletcher se detiene un segundo en la acera.
No mira a los otros agentes. No hace falta.
Evalúa el escenario, un entorno de pobreza y abandono.
El fuego no se ha extendido. La casa aún respira calor.
Parece latir, como si el fuego no se hubiera ido del todo.
Parece más grave de lo que es. Una construcción vieja de madera sin tratar, descuidada.
Un jardín ralo lleno de malas hierbas. Roy cree ver un ratón debajo de un hueco del porche.
—¿Ha habido víctimas? —pregunta.
—No, inspector. Está todo controlado —dice alguien a su espalda—. Solo había dos personas dentro, un hombre y una niña. Hemos podido rescatarlos con vida, la niña ha tragado algo de humo pero está bien.
Una niña.
La palabra se le queda enganchada. Asiente. Se ajusta los guantes. Hace ademán de entrar. La escalera del porche cruje cuando apoya un pie. Un bombero lo detiene con una mano firme.
—No entre, inspector. Ya no hay fuego pero todavía no es seguro. Tendrá que esperar.
Roy lo mira. No parece verlo.
—¿Dónde están?
—El hombre con un agente. A la niña la han llevado al hospital.
Se acerca al hombre. Cuarenta y pocos, tiznado, la camiseta rota deja ver parte de su pecho y abdomen. Está empezando a engordar. «Demasiadas cervezas y comida basura», reflexiona Roy. Hay algo en él que le repele instintivamente. No lo mira como un superviviente, sino con hostilidad.
—Ya se lo he contado al agente, inspector —balbucea—. Esa condenada cría prendió las cortinas con una vela. Casi nos mata a los dos.
—¿Es usted su padre? —saca la libreta para tomar nota de todo.
—Padrastro. Mi mujer se largó y nos dejó solos. Llevo cargando con ella un año. Está loca, tan loca como su madre.
—¿Por qué incendió las cortinas, según usted?
—Le dije que iba a avisar a los servicios sociales para que se la llevaran. Estoy harto de esa mocosa, maldita sea. No sirve para nada.
—¿Para qué cree que debe servir una niña?
El hombre tose, escupe y enciende un cigarro. Roy lo mira con asco y le tira el pitillo al suelo de un manotazo violento.
—Inspector… —le previene el agente.
—Dígame para qué piensa que sirve una niña —pregunta con dureza.
—No es una niña. Con casi doce años sabe muy bien lo que hace.
A Roy le comienza a hervir la sangre. Siente un deseo casi irrefrenable de partirle la cara de un puñetazo, o de pegarle un tiro. De ambas cosas.
—Esto no me huele bien. Y no me refiero al humo. Le vamos a llevar a comisaría para que haga una confesión completa.
—No puede detenerme. No he hecho nada —dice el hombre con chulería.
Los ojos verdes de Roy refulgen como rayos láser. El hombre se aparta demasiado rápido, empujándole. Ha sido un movimiento involuntario que Roy aprovecha.
—¿Ah, no? Resistencia a la autoridad. Espóselo, agente. Léale sus derechos.
—¡Quiero un abogado! —vocifera el hombre.
—Si es lo que imagino, ningún abogado del país podrá salvarlo, puto despojo. Lléveselo de aquí, agente.
Roy respira con dificultad. Siente como si una piedra muy pesada le oprimiera el corazón.
Hace un nuevo intento de entrar en la casa. El bombero duda un segundo… y aparta la mano. Ve que está decidido a entrar como sea
Dentro, el aire es aún es espeso. Cada paso cruje. Madera, vidrio, algo más. Por un momento pierde la noción del tiempo y del espacio. Dos imágenes superpuestas se confunden en su mente. Parpadea. Un pasillo estrecho. Una puerta a medio abrir. Y al fondo…Se detiene.
No. No es una escena. Es una sensación extraña.
El calor. El silencio después del ruido.
Y algo más. Algo que no debería estar ahí.
Se pregunta sin saber cómo por qué todas esas malditas casas son iguales, con las paredes rezumando pobreza y amargura.
Todas con una madre ausente y un hombre que ni es ni se siente padre pero sí dueño y señor de las vidas de niños que no pueden escapar de su destino.
La voz no viene de fuera. Cierra los ojos un instante. Solo uno. Cuando los abre, continúa avanzando.
La puerta cede con un empujón leve. Dentro, la habitación es pequeña.
Una habitación de niña pero demasiado austera: cama estrecha.
Sin adornos exceptuando un torpe dibujo de una escena de una película de Disney sobre la cabecera.
En un rincón, una mochila vieja y un par de zapatillas de deporte muy desgastadas. Sobre la cama un oso de peluche raído.
Roy traga saliva. Mira el dibujo patético y conmovedor de una princesa feliz con un vestido que la niña ha coloreado con rotuladores.
Tal vez la niña lo miraba comparando su vida miserable con la de esa princesa que luce vestidos preciosos y a la que todos adoran.
Abre la mochila y mira en su interior: libros escolares bastante deteriorados, cuadernos de tareas, un estuche de rotuladores y hojas dobladas como si fueran un libro.
Echa una ojeada y suelta una palabrota. Siente náuseas:
Desde que mamá se marchó y me dejó sola con él no duermo bien.
Tengo mucho miedo de él. Me hace cosas que no están bien, que son malas y me hacen daño.
Me obliga a hacerle cosas que me dan asco.
Si vomito me paga. Viene borracho y me pega porque no tiene la cena hecha.
La última vez que quiso hacerme cosas malas le arañé; pero es grande y tiene más fuerza que yo.
Le he dicho que voy a ir a hablar con los servicios sociales para que me saquen de esta casa.
Dice que si hablo me matará. Solo quiero que esto termine.
Voy a matarle aunque yo también me muera. Prefiero morirme a seguir con él.
Roy no puede evitarlo. Le sube una arcada a la boca y vomita. Ha ensuciado aún más el suelo sucio, contaminando además la escena. Guarda el libro improvisado. Coge la mochila y el oso para llevárselos a la niña.
Conduce hasta el hospital. Una psicóloga y alguien de los servicios sociales la acompañan en la habitación. Salen en cuanto le ven en la puerta.
—Esto es muy grave, inspector. El examen médico ha constatado que la niña ha sufrido abusos. No quiere hablar de ello. Va a ser complicado.
—Lo sé. He encontrado esto dentro de su mochila, es una especie de diario en los que describe los abusos —se lo da a la funcionaria de servicios sociales—.
Esta niña lleva demasiado tiempo viviendo un auténtico infierno.
No es competencia de mi departamento pero me gustaría hablar un momento con ella, si es posible.
Le he traído su peluche. A solas. Por favor.
No voy a preguntarle nada, no se preocupen.
Pueden dejar la puerta abierta. ¿Cómo se llama la niña?
—Wendy. ¿Dónde está ese hombre?
—En comisaría. Le interrogaremos a fondo hasta que confiese, aunque el diario de la niña le acusa claramente.
Roy se acerca despacio para no asustarla. Le sonríe y levanta la mochila y el peluche para que los vea.
—Hola Wendy—dice en voz baja—. Me llamo Roy Fletcher. He traído a tu amiguito.
La niña le arrebata el oso y sigue mirándole sin decir nada. Tiene los ojos demasiado abiertos para su edad. Demasiado quietos.
—Tranquila —le habla con una calma que no siente—. Ya ha pasado. Estas personas se harán cargo de ti y te cuidarán. Nadie volverá a hacerte daño.
La niña no responde. Lo mira. Fijamente.
Como si no viera lo que hay delante… sino algo más.
Algo detrás de Roy. Él se vuelve y ve la puerta entreabierta.
No se divisa al resto del personal aunque están muy atentos a la conversación y dispuestos a intervenir.
La niña sigue mirando algo que Roy no logra ver.
—No hay nadie más en la habitación, Wendy. No te asustes—la tranquiliza.
La niña tarda en responder. Apenas le sale un hilo de voz. Roy tiene que aguzar el oído. Ella levanta una mano y señala con el índice.
—Hay una chica. Detrás de ti.
El mundo se detiene. No hay sonido. No hay calor. No hay nada. Roy parpadea.
—¿Qué has dicho? —un estremecimiento helado le recorre la columna vertebral.
Pero la niña ya no habla. Solo lo sigue mirando y apuntando con el dedo. Como si esperara algo. Como si supiera algo.
—Inspector, debería marcharse ahora. Nosotros nos ocuparemos.
La voz de la psicóloga lo saca del trance.
—Claro. Adiós, Wendy.
—Está detrás de ti. Te sigue —la niña susurra esas palabras y después se queda callada. Cierra los ojos.
Roy sale del hospital. No recuerda cómo. No recuerda cuándo. Solo el aire frío golpeándole el rostro.
Mira sus manos. Firmes. Siempre firmes. Aprieta los dedos.
Y durante un segundo, solo uno… tiene la sensación de que ha llegado demasiado tarde. Otra vez.
****
El apartamento está en silencio. Demasiado. No se escucha el ruido habitual de los vecinos. Como si el edificio se hubiera vaciado.
Roy deja las llaves en el mismo cuenco de siempre. El sonido metálico rebota en las paredes desnudas y se apaga demasiado rápido.
Se queda quieto un segundo. Escuchando. Nada.
Revisa el salón, la cocina, el dormitorio, el baño. Mira detrás de las cortinas, en los armarios, debajo de la cama. Todo en orden.
De repente el edificio recupera vida. La sensación de vacío desaparece.