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En la comisaría se entera de casualidad de lo ocurrido con Gary, el exprometido de Brenda.
Han encontrado su coche en las afuera de la ciudad y a él dentro del maletero.
No se ha asfixiado allí de milagro. Lo han llevado al hospital.
Está deshidratado y con un fuerte golpe en la cabeza.
Roy y Gordon se desplazan hasta allí. Pese a que lleva la cabeza vendada y no tiene buen aspecto, Gary es un hombre joven realmente guapo, alto, de cabello pelirrojo, ojos turquesa y pecas desperdigadas por su nariz.
Parece un modelo. Todavía está asustado.
—Iba a entrar en mi coche cuando me abordaron dos individuos para robarme.
Yo les dije que se tranquilizaran, que les daría todo lo que quisieran.
Me quitaron la cartera, el reloj y el anillo de mi Fraternidad universitaria.
Creí que se irían, pero uno de ellos me golpeó en la cabeza.
Estaba muy aturdido por el golpe cuando me metieron en el maletero y se llevaron el coche.
—¿Los conocía?
—No los había visto nunca. No sé por qué se llevaron el coche tan lejos. O por qué no lo robaron después de agredirme.
—¿Llevaba algo interesante dentro del coche, señor Davis?
—¿Interesante? No entiendo.
—Algo relacionado con su trabajo.
—No. No me llevo a casa papeles ni informes. Está todo en mi oficina.
—¿Le dijeron algo más aparte de que les entregara sus pertenencias?
—No…. Bueno, algo así como «aquí estás, hijo de puta».
Una enfermera entra en ese momento. Mira con dureza a los dos inspectores.
—El paciente tiene que descansar, caballeros. Les ruego que salgan de la habitación —exige con acritud.
Roy le devuelve la mirada muy serio. Ella parece encogerse.
—¿Cuándo darán el alta al señor Davis?
—A menos que surja alguna complicación, mañana por la mañana.
—Está bien. Señor Davis, descanse. Pasado mañana venga a la comisaría a hacer una declaración completa si se ve en condiciones.
Fuera del hospital, Roy y Gordon se miran.
—Le conocían y fueron a por él.
—Y creo que él también los conoce. Ha dado demasiadas explicaciones. El angelito guaperas oculta algo.
—Roy… te noto cierta hostilidad. ¿Tú ya sabías quién era?
—Más o menos. Estuvo prometido con una amiga mía. Se la jugó. Es todo cuanto sé de él.
Gordon le observa detenidamente. Le apoya una mano en el hombro.
—Sea lo que sea, olvida tus sentimientos personales.
—Siempre lo hago, Gordon. Ya veremos si es una víctima o nos da una sorpresa.
Dos días después Gary Davis aparece en comisaría en compañía de su abogado. Roy enarca las cejas, sorprendido.
—Letrado, el señor Davis no está acusado de nada. Solo necesitamos que nos dé información detallada de lo ocurrido para buscar a los agresores.
—Mi cliente me ha pedido que le acompañe, inspector. ¿Algún problema?
—Ninguno. Señor Davis, haga el favor de describir todo lo ocurrido según lo recuerda usted.
—Había terminado mi trabajo a las cinco como cada día y me disponía a volver a mi casa. Dos individuos me abordaron. Dijeron «aquí estás, hijo de puta».
—¿Eso fue lo primero que le dijeron? —interrumpe Roy—. ¿No «danos la cartera y el reloj o te rajamos»?
—No sé… no recuerdo bien… el golpe fue muy fuerte y todavía estoy aturdido.
—comprendo, señor Davis. Tómese su tiempo.
—Les dije que se tranquilizaran, que les daría lo que quisieran. Me quitaron la cartera y el reloj…
—Aparte de insultarlo, ¿le amenazaron de alguna manera? ¿Le exigieron que les diera sus cosas?
—Yo supuse que querían robarme, cuando alguien se te acerca así y te insulta siempre es para robarte.
—¿Cuánto dinero llevaba encima? Más o menos.
—Lo normal… unos mil dólares en efectivo además de las tarjetas de crédito.
—Las tarjetas ya están bloqueadas—interviene el abogado.
—Buena decisión. ¿Y qué clase de reloj llevaba ese día? —Roy mira el reloj Bulgari Octo Roma de Gary.
—Un Glashütte Original modelo Senator Cosmopolite.
—¿Es un reloj valioso? —pregunta Gordon. Gary hace un esfuerzo para no reírse.
—Digamos que sí. Por eso se lo llevaron.
—Usted nos dijo que no conocía a esos tipos.
—No los había visto nunca.
—Denos la descripción y empezaremos a buscarlos. Si intentan vender un reloj así dejarán pistas.
Cuando se marchan, Roy mira a su compañero casi riendo.
—El condenado reloj que supuestamente le han robado vale más de veinte mil dólares.
—Vaya. Por eso ha estado a punto de reírse en mi cara. Habrá pensado que soy un palurdo. Ya me cae mal ese estirado. Y creo que tienes razón y nos oculta algo.
El examen del coche no revela nada, está limpio por dentro con excepción de los rastros biológicos, todos de Gary Davis. No dan con los presuntos atracadores ni con el famoso reloj. Tampoco aparece el móvil. La investigación queda en punto muerto.
—El jefe quiere que nos olvidemos y nos centremos en los casos importantes. Sea lo que sea, ese tipo se ha cubierto las espaldas y no conseguiremos nada.
—Eso me temo. A saber en qué está o ha estado metido. ¿Tu amiga no sabrá algo, por casualidad?
—Te aseguro que no. No ha vuelto a saber de él desde que rompieron.
Roy no está dispuesto a que Brenda se entere de nada.
****
ROYF: Amor, ven esta noche a cenar.
Cocinaré para ti. Te echo de menos
brENDA_W: Dame tiempo a cambiarme.
¿A las 7 está bien?
ROYF: Perfecto. Ven tal y como
estés. Tú serás mi postre especial
No es un gran cocinero pero se esfuerza en preparar un plato especial que le guste a Brenda. Después de mirar recetas en internet se decanta por ensalada hawaiana, pastel de carne con puré de patata y varios tipos de queso. También ha comprado tarta de cerezas.
Es la primera vez que Brenda va a su casa y se esfuerza para que todo esté perfecto: flores en la mesa, un par de velas, luz tamizada.
Puntual, Brenda llama a la puerta. Roy la abraza y la lleva al salón sin soltarla. Ella se fija en la ausencia de adornos y la austeridad del apartamento. Todo es funcional. Mira las dos fotografías enmarcadas en las que Roy posa de uniforme con sus compañeros.
—Espero que te guste la cena.
—¿Lo has cocinado tú?
—Todo menos la tarta.
—Las flores son preciosas. Qué bien huele todo —ríe—. Tenías razón cuando me dijiste que si viera tu casa querría rehacerla de arriba abajo. Tiene muchas posibilidades. Dame un par de semanas y te dejo el apartamento idóneo para un hombre joven soltero y atractivo.
—No necesito nada más, me gusta así. Antes de que se me olvide, guárdate estas llaves, he sacado copias para ti.
—¿Me das las llaves de tu casa? —se sorprende ella.
—Desde luego. Solo espero que no me robes los cuadros.
—Demasiado tentador, inspector Fletcher. Tienes un tesoro pictórico en tus paredes. Qué gracioso, porque yo también te he traído un juego de llaves.
—Gracias por la confianza.
—La misma que tú me demuestras. Te quiero, Roy.
—Y yo a ti, Brenda.
Comienzan a cenar mientras Brenda le cuenta lo satisfecha que está con su trabajo. Recibe encargos importantes de personas y negocios dispuestos a invertir en la mejora de sus casas y locales.
—El boca a boca también ha sido fundamental. Cuando el hotel Blue Palace publicó en su web las fotografías de la suite, comencé a recibir llamadas a diario. Si sigo así tendré que contratar a un par de ayudantes, yo sola apenas doy abasto.
—Cuando terminemos de cenar buscaré esa web, no he visto todavía nada tuyo aparte de tu apartamento. Parece una casita de muñecas.
Suena el móvil de Brenda. Ella mira el número y pone mala cara. Suspira con fastidio.
—Dime, Joana… Sí, estoy ocupada… Bien, me alegro… No tengo tiempo ahora… No, no tengo nada más que decir. Disculpa pero ya te he dicho que estoy ocupada… Te agradecería que no me llamaras más, entre tu hijo y yo no hay nada y no quiero saber nada más de él. Nunca. Adiós.
Roy se ha quedado pálido de indignación. Le ha molestado la intromisión de esa mujer desconocida que no se da por enterada de que Brenda no quiere saber nada de los Davis.
—La madre de… bueno, de ese individuo. Su hijo apareció por fin. Quería darme detalles. Que me da igual. ¿Ha aparecido? Mejor para su familia. Que me deje en paz, ha pasado más de año. Ya basta.
—Cariño, yo en tu lugar la bloquearía. Cualquier día él intentará hablar contigo a través de su madre. No entiendo cómo todavía conservas su teléfono.
—No lo sé. Imagino que por inercia. Cuando rompí con él le bloqueé en mis redes sociales pero ni me acordé de su madre. Tienes razón. La bloqueo ahora mismo. ¿Te ha molestado?
—Sinceramente, sí. Eres mi novia, no le debes nada a esa mujer. ¿Sabe dónde vives?
—No. Ni su hijo tampoco. Cuando me marché me ocupé de que nadie del vecindario se enterara de mi nueva dirección, por si se le ocurría plantarse en mi puerta.
—Hiciste bien. Hay tipos que se toman muy a mal las rupturas y pueden ponerse violentos. De todas formas si ves algo sospechoso dímelo y pondré remedio.
—Al principio se pasó alguna vez por mi estudio, hasta que se convenció de que no iba a volver con él y le dije que llamaría a la policía si volvía a molestarme. Nunca le he visto rondar cerca de mi edificio. Pero estaré atenta.
Sentados en el sofá bebiendo una copa de vino, Brenda le enseña fotografías de la suite.
—Es espectacular. Una noche tenemos que reservarla y dormir allí —dice Roy.
—Cuando tengamos algo especial que celebrar. Es mucho más bonita al natural que en fotos —mira su reloj—. Es tarde, tengo que irme.
Roy no quiere que se vaya. Se siente tan bien teniéndola en sus brazos con la cabeza de ella en su pecho que no quiere romper la magia. Así ambos están seguros y a salvo de lo que sea que se mueve en el exterior.
—Quédate a dormir, Brenda.
—¿Quieres que duerma aquí contigo? —Brenda se sorprende y emociona a partes iguales. Le brillan los ojos de ilusión.
—Es lo que más deseo ahora mismo.
—Yo también. Me quedo contigo, Roy.
Roy no tiene pesadillas. Duerme de un tirón hasta las cinco de la mañana. Brenda se mueve y abre los ojos.
—¿Dónde vas?
—A correr, como todas las mañanas. Sigue durmiendo, amor. A la vuelta te prepararé el desayuno.