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Aquella tarde la comisaría es una casa de locos, nadie parece prestar atención a la mujer de rostro serio y preocupado que intenta llamar la atención. Le tiemblan las manos. Roy sale de su despacho y la ve, nerviosa y desubicada. Se acerca a ella.
—Señora, ¿necesita ayuda?
—Por fin alguien me hace caso. Quiero denunciar una desaparición.
—Venga conmigo.
En su despacho, Roy le indica una silla y le ofrece agua para que se tranquilice. Abre su cuaderno.
—Dígame su nombre completo y quién ha desaparecido
—Me llamo Susan Archer, señora Archer. Mi marido Will ha desaparecido.
—¿Cuándo se dio cuenta de su desaparición?
—Esta mañana salió de casa como cada día para ir a trabajar. Me han llamado de su empresa preguntando por él, porque no fue y no le habían visto, tampoco les avisó. Ni a mí.
—Eso no se puede calificar de desaparición, señora Archer. Solo si su marido tardara tres días en aparecer se podría empezar a investigar.
—¿Entonces dónde está? ¿Por qué no ha ido al trabajo ni ha vuelto a casa?
—Ha podido surgirle algo, quién sabe. ¿Ha llamado a los hospitales?
—A todos. No está ingresado en ninguno.
—¿Habían discutido? ¿Pasó algo diferente que le haya inducido a marcharse?
—Will no me ha abandonado, inspector. Es un marido ejemplar. Llevamos casados casi cuarenta años.
La mujer se echa a llorar. Roy le ofrece pañuelos de papel y más agua.
—No llore, señora Archer. Vamos a hacer una cosa: vuelva a su casa y espere. Seguro que su marido no tardará en volver y tendrá una explicación lógica. Tenga mi tarjeta. Si dentro de tres días no ha vuelto, llámeme y comenzaremos la búsqueda.
—¿Nada más? ¿No va a apuntar usted el número de matrícula de su coche, o el número de su móvil? ¿Su descripción? ¿Nada? ¿No va a hablar con los testigos?
—Señora Archer, si su marido sigue sin aparecer haré todo lo que haga falta. Ahora vuelva a casa y descanse, no se ponga en lo peor.
Tres días más tarde Susan Archer pregunta por el inspector Roy Fletcher.
Se niega a hablar con otro inspector. Roy suspira, aunque la terquedad de la mujer le provoca cierta ternura.
Anota todos los datos: William Archer, ingeniero de sesenta y ocho años acogido a la jubilación demorada, buena fama, no tiene ni una multa de tráfico.
Metro setenta y cinco de altura, gafas graduadas —la esposa da incluso el nombre de la marca y la descripción del modelo—, pelo corto canoso, ojos azules, barba «que le da aspecto de científico», matiza ella, una marca de nacimiento en el cuello, ausente de su domicilio desde el lunes.
Le da el número de matrícula, modelo de coche y número de móvil.
—El teléfono no da señal, inspector. No suena. ¿Qué le habrá pasado a Will?
Parece al borde de un ataque de pánico. Roy intenta tranquilizarla. Se la ve desvalida y muy frágil. Mira al inspector con una súplica muda.
—Le encontraré, señora Archer. Se lo prometo.
Roy y Gordon hablan con los compañeros de trabajo del desaparecido, especialmente con una de las secretarias que parece anormalmente afectada. Roy no tarda en sacarle que es la amante de Will desde hace varios años. No se ha puesto en contacto con ella ni sabe nada de él.
Susan Archer entra en crisis cuando se entera de que su marido tiene una amante. Roy teme que le dé un síncope. Habla con los vecinos. Nadie sabe nada.
—Los Archer son vecinos ejemplares. Desde que se mudaron no han dado ni un escándalo. Él se va temprano al trabajo y Susan se dedica a cuidar el jardín. Es muy amable. Hacemos reuniones una vez al mes y nunca habla mal de nadie, escucha y siempre está dispuesta a ayudar.
—Will Archer no tiene enemigos. Es el típico tipo que solo sale de casa para ir al trabajo. Todo su tiempo libre lo pasa con su mujer.
Roy se ríe por dentro. El tipo ejemplar llevaba años engañando a su mujer. Seguro que algún enemigo tiene.
Pregunta a la chica de la casa de al lado, Julie Szczepan. Roy le pide que le deletree su apellido.
—Ese lunes salí temprano para ir al trabajo.
Soy profesora de piano en el Conservatorio, pueden comprobar allí mis horarios.
Me paso prácticamente todo el día fuera de casa.
Apenas conozco a los Archer más allá de un saludo cuando nos encontramos.
Al señor Archer apenas le veo, solo su coche por la mañana.
A la señora Archer la veo desde casa cuidando las flores, pero no tenemos confianza.
Yo voy a lo mío y no sé nada de la vida del vecindario.
—El lunes de la desaparición, ¿también vio el coche del señor Archer?
—Sí. Lo veo cada mañana. Lo veía —rectifica.
—¿Conducía él?
La chica se encoge de hombros.
—Supongo. Pero la verdad es que no me fijé. Además había niebla.
—¿Usted tiene coche?
—Sí, pero lo uso poco. Prefiero ir a trabajar en autobús. Está en el garaje, ¿quiere verlo?
Es un modelo corriente, de segunda mano. Huele a ambientador de naranja. Está razonablemente limpio. No hay nada en el maletero.
Susan Archer también quiere enseñarles su furgoneta, que usa para ir al vivero. Huele a plantas, tiene restos de abono y de tierra de cultivo para macetas. Nada reseñable.
El rastreo del móvil por fin da la última ubicación.
Encuentran el coche abandonado a quince kilómetros, en una zona boscosa.
Y ni rastro de Will Archer. Tampoco aparece el móvil.
El coche está limpio, no hay restos biológicos, ninguna señal de violencia.
Por alguna razón desconocida, Will Archer condujo hasta aquel paraje aquella mañana en lugar de dirigirse a su trabajo, y desapareció.
La búsqueda por los alrededores también resulta infructuosa.
Nadie llama para decir que lo ha visto o creído verle. Susan Archer pega anuncios en los periódicos. El rostro de su marido aparece en los noticiarios. Nada. Parece una locura, pero el hombre se ha volatilizado.
—Lo siento mucho, señora Archer. Recuerdo que le prometí que encontraríamos a su marido y no hemos ahorrado esfuerzos. Por el motivo que sea, el señor Archer ha decidido desaparecer sin dejar huellas.
—¿Eso es posible, inspector Fletcher? ¿Qué una persona desaparezca por las buenas?
—Se asustaría usted si le dijera el número de personas que desaparece cada año sin que se vuelva a saber de ellas. Lo siento de verdad. No podemos hacer más por usted.
—¿Y ahora qué haré yo, inspector?
—Si dentro de siete años el señor Archer sigue sin aparecer podrá solicitar que se le declare legalmente fallecido.
—Entiendo.
Pero no parece entender nada, sigue mirando a Roy con miedo en los ojos.
—¿Le apetece un té, inspector?
—No, gracias, señora Fletcher. Debo irme ya.
Él se ha acercado al ventanal francés del salón y mira el jardín, pequeño pero extraordinariamente bien cuidado. Piensa que la mujer debe dedicarle horas.
—Su jardín es precioso, señora Archer. ¿Qué flores son esas?
—Gracias, inspector. ¿Dice esas de ahí? —sigue la dirección del dedo de Roy—. Son coles ornamentales.
—¿También son comestibles? —pregunta Roy con curiosidad.
—Resultan demasiado amargas. Como adorno son preciosas, ¿verdad? ¿Usted tiene jardín, inspector?
—No. Ni siquiera una maceta de plástico.
Susan Archer sonríe y mueve la cabeza.
—Lástima. Las flores alegran la vida. Gracias por todo, inspector Fletcher. Se ha portado muy bien conmigo.
—Ha sido un placer, señora Archer. Espero que su marido termine volviendo a casa.
****
—Este caso me ha dejado totalmente descolocado—le comenta Gordon a Roy—. Un hombre metido en los setenta, sin problemas, desaparece sin más. Y con una amante oculta. Ha sido un shock para su mujer. Como aparezca igual lo mata ella misma.
—Es extraño. Hay algo que me molesta de este asunto y no sé qué es.
—¿Tú crees que la amante lo ha asesinado y escondido su cuerpo?
—Tal vez. Vamos a hablar con ella otra vez. Y con los posibles testigos de sus movimientos.
No obtienen nada. La mujer acudió a su trabajo el lunes, no se ausentó en ningún momento del edificio. El kilometraje de su coche no excedía al usual. En su móvil aparecen llamadas a Will y mensajes de WhatsApp que él no ha respondido.
—¿El señor Archer le insinuó alguna vez que se iba a divorciar de su mujer para casarse con usted?
—Nunca. Además yo no quería casarme, se lo dejé a Will muy claro.
Soy una mujer independiente, tengo un buen trabajo, me pagan bien y el apartamento donde vivo es de mi propiedad.
Will no me daba dinero. Nos queríamos mucho, de eso no le quepa duda.
Pero nada nos ataba el uno al otro, ni promesas ni responsabilidades.
¿Para qué se iba a divorciar a su edad? No conozco a la señora Archer y Will nunca me hablaba de ella.
Solo compartíamos los buenos momentos. Nunca trajo sus problemas a mi casa, si es que los tenía.
Yo no le contaba los míos. Era un buen arreglo para los dos.
—¿Dónde cree usted que puede estar?
—Ojalá lo supiera. Le aseguro que se lo diría.
Tienen que dar el caso por cerrado. Roy tira la libreta sobre la mesa y se masajea la nuca.
—¿Podría haber ido andando desde donde dejó el coche hasta la estación de autobuses, o la del tren?
—Hombre… por poder… puede haber ido andando hasta Canadá. Pero no lo creo, demasiado trayecto para un sexagenario que se pasaba la vida sentado.
—¿Y si hizo dedo? Un hombre mayor al borde de una carretera, le para un coche aleatorio y le pide al conductor que lo lleve donde vaya. ¡Ale-Hop! Ya lo tenemos desaparecido.
—Buen argumento, Sherlock —Gordon se ríe—. Pero te olvidas de algo: no ha hecho uso de sus tarjetas de crédito, no ha gastado ni un centavo. Sin dinero. No tenía pasaporte. Ese tío no se ha movido de la ciudad. El por qué es lo que me gustaría saber.
—Eso es lo que no me encaja. No tenía ningún motivo para esconderse de su mujer y de su amante. Y menos aún para dejar su trabajo por las buenas. Dios… necesito un café, me va a estallar la cabeza…
—Voy a buscar dos, a mí también me hace falta. ¿Y por una vez te lo podrías tomar caliente, como los seres humanos?
****
ROYF: Cariño, he llevado un día de locos.
¿Podemos vernos esta noche? ¿Hamburguesa y birra?
brENDA_W: ¿A las nueve en el Tiny
Bar? Tengo ganas de verte. Yo también llevo
un día de reuniones interminables
Brenda llega puntual, con cara de cansancio. Se deja caer en los brazos de Roy.
—Creí que esa reunión no se acababa nunca. No he podido pasar por casa a cambiarme. Ya ni sé a qué huelo.
—Estás muy guapa así. Y hueles a ti misma.
—Eso significa que el desodorante se ha evaporado —suspira—. Qué hambre tengo.
Están cenando y riendo cuando suena el teléfono de Brenda. Con una disculpa responde. A medida que escucha su rostro se va ensombreciendo.
—Hola, Joana. No… no sé nada…hace más de un año que no sé nada de él… no… ni idea, lo siento… Sí, si me dice algo te llamaré… lo siento… adiós…
—¿Algo grave? —se interesa Roy.
—No lo sé. Me ha llamado la madre de… bueno, de mi exprometido…—enrojece—. Desde ayer no saben nada de él. No está en su casa ni ha aparecido por su trabajo. Tampoco contesta al móvil ni a los mensajes.
—¿En serio? Vaya.
—¿Qué hay que hacer en estos casos?
—Tú, nada. No es problema tuyo. Ni mío. Yo soy de homicidios, no de desaparecidos. Además un día no se considera desaparición. ¿Pero por qué te llamado a ti?
—Está llamando a todo el mundo. Se ha puesto histérica.
—No tiene motivo. Un día no significa nada. Ya aparecerá. Lo que sea ya no te incumbe, cariño.
Roy no le cuenta que ha trabajado en la desaparición de Will Archer.
Cada vez está más convencido de que el hombre está muerto y que su cadáver aparecerá cualquier día donde menos lo esperen.
Respecto al exprometido de Brenda… que su familia haga lo que tenga que hacer.
No va a permitir que su novia se involucre en ese asunto.
Pide otras dos jarras de cerveza y después acompaña a Brenda a su casa. Cuando a ella comienza a entrarle sueño, se viste.
—¿Cuándo te quedarás a dormir conmigo, Roy? —pregunta Brenda medio adormilada.
—No te preocupes, no te quiero menos por eso. Duermo muy poco y no deseo molestarte. Descansa, cariño. Es muy tarde.
Como hace siempre, le da un beso y la arropa. Cierra la puerta del dormitorio y sale. Corre por las calles prácticamente vacías hasta su coche. Le preocupa que en la ciudad se extienda una plaga de desapariciones inexplicables.
Esa noche apenas duerme un par de horas, y mal.
Tiene pesadillas recurrentes que no es capaz de recordar cuando despierta.
Sale a correr como cada mañana. Con cada zancada siente que va dejando algo atrás que lo persigue y a lo que no sabe ponerle nombre.
Tiene miedo de que si lo averigua su vida no volverá a ser igual.