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—Cuadros, jarrones, todo lo que no necesito. Parecía una vitrina de exposición; de hecho lo era, para hacerlo más vendible, supongo.
—Me hago una idea. Y tú, ¿qué haces aparte de eliminar adornos?
—Soy inspector de homicidios. Llevo casi cuatro años en el departamento. Antes serví seis en el Cuerpo de Marines.
—Dios mío. No sé qué me impresiona más, que hayas sido marine o tu trabajo de detective. ¿Has combatido?
Roy asiente con la cabeza pero no da explicaciones. Brenda entiende que no desea hablar del tema.
—¿Y tu trabajo de detective? ¿Es como en las series de televisión?
—No. Es más monótono. Más burocrático. No puedo solucionar los casos con la celeridad que me gustaría. Pero es algo que me gusta, me hace sentir bien.
—Estás haciendo algo muy importante, Roy. Te admiro por ello.
—Hago las cosas lo mejor que puedo. Nada más.
—Y nada menos.
Una cerveza más y se despiden. Ambos desean volver a verse aunque no lo expresan verbalmente.
No tardan en repetir. Unas cervezas, unos bocadillos en el parque, llamadas que se van haciendo más frecuentes. La primera cita seria llega de forma natural. Ella termina hablándole de la mala experiencia de su anterior relación.
—Se suponía que nos íbamos a casar —dice Brenda con una sonrisa triste—. Pero le pillé con otra mujer en nuestra propia casa. No sé quién era ella.
—Qué pedazo de cabrón —se indigna Roy.
La mira con mucho interés. Los ojos de ella brillan como si retuviera las lágrimas.
—¿Y ahora? ¿Has perdido la fe en el amor? ¿Crees que todos los hombres somos iguales?
Brenda bebe despacio, como si estuviera pensando en la pregunta.
—Estuve a punto. Me cerré a todo y me centré únicamente en mi trabajo.
Pensé que si el hombre con el que me iba a casar, con quien deseaba formar una familia, me había engañado, no merecía la pena confiar en nadie más.
Mis amigas me apoyaban en mi decisión, echaban pestes de sus antiguas parejas y me animaban a vivir al margen de cualquier compromiso.
Como ellas. Chicos guapos para noches locas y después olvidarnos.
—¿Y lo hiciste? ¿Te lanzaste a esa vida de noches locas y promiscuas?
Roy la mira interesado y muy serio. Brenda se da cuenta de que aunque no le incumbe le molesta que pueda darle una respuesta positiva.
—¿Tú no lo has hecho nunca? —pregunta a su vez.
Roy parpadea. Es como si ella se estuviera escondiendo. Decide ser sincero.
—Si te dijera que no, te mentiría. Demasiadas veces.
Y al igual que tus amigas con los hombres, esas chicas no me importaban lo más mínimo.
Éramos iguales, pedazos de carne expuestos en un mostrador.
Sin sentimientos ni interés. ¿Y sabes? Una vez satisfechas mis elementales necesidades sexuales, empezaba a pensar que esas preciosas mujeres no podrían llenar nunca mi interior.
Estaban bien para un rato, mejor que bien.
Pero nunca las buscaría para formar una familia si se diera el caso.
No solo se enrollaban conmigo, estaban a disposición de cualquiera que les apeteciera, sin medir si alguno de esos tipos podía ser un perturbado o contagiarles alguna enfermedad.
—Pedazos de carne en un mostrador… —Brenda enrojece. Traga saliva—. Eso ha sonado machista y brutal. ¿Así nos ves a las mujeres?
—No. Además yo estaba en el mismo plano que ellas, no en un nivel superior.
Respecto al machismo… ¿Qué quieres que te diga?
Si preferir que mi novia no se haya tirado a todo lo que se mueve me convierte en machista, lo acepto.
Lo que para vosotras supone empoderamiento femenino, para mí tiene un nombre diferente.
Dicho lo cual, cada uno es muy libre de hacer lo que le apetezca. Y yo soy libre de elegir.
—Te voy a hablar sinceramente, Roy. Casi lo hice.
Casi. Porque de repente me vi desde fuera abrazada a un tío muy guapo que empezaba a meter la mano bajo mi vestido.
Había bebido lo suficiente como para que no me importara.
Pero de repente me importó y comencé a llorar.
Él se me sacudió de encima muy molesto y me dijo que le había cortado el rollo.
Fue humillante. Lloré toda la noche sintiéndome estúpida.
Y ahí acabaron mis aventuras promiscuas. Qué patético, ¿verdad?
—No. No fue patético. Creo que tu sentido común se impuso a tu borrachera.
—Tal vez —Brenda esboza una sonrisa temblorosa—.
Aunque me costó, finalmente logré superarlo.
La decepción, el dolor, la vergüenza. Mi familia me apoyó, estuvieron ahí en mis crisis.
Mis amigas también, aunque creo que he hecho que tengas una idea equivocada de ellas.
Y sé que todos los hombres no sois iguales.
Mi padre es un gran hombre. Mi madre y él llevan tantos años juntos que creo que debieron de nacer ya casados— ríe ligeramente y Roy se une a su risa—.
Mi hermano es un amor. Y adoro a mis cuñados. Así que no, no lo creo.
—Me alegra oírlo.
—¿Y tú?
—Al margen de mis noches locas nunca he tenido relaciones estables ni serias.
Solo momentos. Si les preguntaras a ellas te dirían que yo también soy un cabrón de manual.
Sinceramente, no soy la mejor compañía. Mi trabajo es muy absorbente.
Ninguna relación me ha durado, y sé que siempre ha sido por mi culpa.
En realidad no soy la mejor compañía para ninguna chica —la mira directamente a los ojos mientras lo dice.
—¿Me dejas que eso lo decida yo?
La espontaneidad de ella lo desarma. Queda pensativo un instante.
—No puedo prometerte que no te defraudaré, Brenda. Solo que lo intentaré.
—Me basta con eso.
En la siguiente cita acaban en el apartamento de Brenda pero Roy no se queda a dormir. Se viste, la besa y la arropa antes de marcharse. Ella intuye que la relación con él no va a ser fácil. Pero ha decidido arriesgarse.
****
Roy tiene miedo de hacerle daño a Brenda.
Ella no le oculta nada, es como un libro abierto de lectura sencilla, mientras que él tiene muchos huecos oscuros en su interior de los que ni puede ni quiere hablar.
Le ha marcado profundamente su experiencia en el ejército, los combates.
Las heridas de guerra no son únicamente físicas.
A veces tiene pesadillas, por eso nunca se queda a dormir con ella.
Además duerme muy poco. No sabe qué grado de paciencia posee Brenda, cuánto tiempo aguantará su ritmo, su trabajo incesante, sus silencios.
Se ha dado cuenta de que la quiere. Se ha ido enamorando de ella sin pretenderlo y eso le asusta.
La chica también le quiere, se le nota en su forma de tratarle y de mirarle.
Tarda mucho en confesarle su amor, pero finalmente reúne el valor necesario.
La invita a cenar a un restaurante elegante y caro.
Va a buscarla a su apartamento llevándole un ramo de flores, gesto que la emociona.
Ella le mira, asombrada por su cambio de imagen.
Es la primera vez que le ve con traje y corbata y con el cabello semirrecogido.
Brenda también le sorprende con su vestido hasta los tobillos y zapatos de tacón muy alto que la elevan hasta casi su altura.
—Este sitio es precioso—dice Brenda.
No le cuenta que ya lo conocía, Gary y ella habían cenado allí varias veces cuando todo entre ellos parecía ir bien. Aleja ese pensamiento de su mente, no piensa estropear su cita con Roy.
—Me alegra de que te guste.
—¿Celebramos algo?
—Espero que sí. Te quiero, Brenda. Me he enamorado de ti. No sé si tú sientes lo mismo por mí, pero tenía que decírtelo —sonríe despacio—. No ha sido la declaración de amor más romántica del mundo, pero es la primera vez que me declaro y no tengo práctica.
—Entonces tenemos mucho que celebrar porque yo también me he enamorado de ti, Roy.
—¿Aceptas ser mi novia?
—Acepto. De todo corazón.
—Necesito pedirte que no aireemos nuestro noviazgo. Que mantengamos una relación lenta que vaya madurando poco a poco. Imagino que querrás que tu familia me conozca y que mantenga la obligada conversación con tu padre. A su debido tiempo hablaré con él.
—¿No quieres precipitarte porque no estás seguro del todo? Puedes decírmelo.
—No, cariño. Yo estoy seguro. Quiero darte tiempo a ti para que me conozcas bien y decidas si merezco de verdad que me quieras.
—¿Tú tampoco le dirás nada a tu familia, Roy?
—Iba a decirte que no tengo familia pero no sería exacto. Debo tener familia biológica en algún lado. Pero hace tantos años que no tenemos contacto que puedo decir que no tengo a nadie.
—Estás solo…
—No exactamente. Mi compañero Gordon Sullivan y su mujer se han convertido en mi familia.
Wilma es muy amorosa y me trata como a un hijo.
Yo la llamo mamá. Todavía no les diré nada, aunque si se ella se entera de que tengo novia y no se lo he contado, querrá matarme.
Lo importante es que estoy contigo. Desde que te conocí se acabaron mis aventuras locas. Eres lo único que necesito en mi vida.
Y esa es la declaración de amor más grande que le ha escuchado desde que le conoce.