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Brenda está contenta. Su negocio de decoración ya es bastante conocido y ha comenzado a tener encargos importantes. Le ha costado esfuerzo y disgustos, pero ha seguido adelante para lograr su sueño.
La prestigiosa cadena de hoteles Blue Palace quiere renovar la suite principal y el gerente se pone en contacto con ella. Si el proyecto cuaja podrá decirse que ya está lanzada.
Va al hotel, toma medidas de la inmensa habitación que comprende dormitorio, salón y baño.
Toca los textiles, observa la iluminación.
Las ideas van afluyendo a su mente mientras anota lo que le dice el gerente.
Quieren hacer de la suite un lugar de distinción única.
Ella escucha, hace unas cuantas preguntas y promete tener un par de bocetos para la semana siguiente.
En su cabeza ya tiene completada la decoración.
Ilusionada, imagina la reacción de su prometido cuando se lo cuente. Gary siempre la ha apoyado incondicionalmente. Se van a casar dentro de dos meses y ya prácticamente lo tienen todo organizado.
Se han comprado entre los dos una casa en un barrio de clase media-alta, preciosa, con un jardín del que se ocupará en sus momentos libres. Su vida es perfecta, no puede pedir más.
Al abrir la puerta nota que no está cerrada con llave. Se sorprende porque Gary suele llegar más tarde.
—¡Gary! Ya estoy aquí. Tengo buenas noticias.
Entra en la cocina y sirve dos copas de vino. Con una en cada mano se dirige al salón. Sube la escalera. Escucha ruidos en el dormitorio.
—¿Te estás duchando?
Las copas se estrellan sobre el suelo de parquet. Su prometido y una mujer a la que no ha visto nunca están en la cama en una situación que no da lugar a malas interpretaciones. Ambos se quedan paralizados por la sorpresa.
—Fuera de ahí los dos —no grita. Su voz sale fría y controlada.
Gary y la mujer no tardan en aparecer correctamente vestidos. Ella corre hacia la puerta de salida. Él se queda en medio del salón muy serio y sin saber qué decir. Brenda levanta una mano cuando abre la boca.
—Ni una palabra, Gary. Quiero que recojas tus cosas y te vayas ahora mismo. Mi abogado se pondrá de acuerdo con el tuyo respecto a la casa. Voy a anular la boda y devolver todos los regalos. Tendremos que pagar una compensación a la wedding planner y al hotel por las molestias.
—¿Y eso es todo? —da un paso hacia ella, que retrocede—. Brenda, escúchame. He cometido un error, lo reconozco. Pero te quiero. Quiero casarme contigo.
—No digas nada. No lo estropees más. Voy a salir. Cuando vuelva no quiero verte.
Él escucha sus pasos, la puerta cerrándose y el ruido del motor de su coche. Abre el armario y mete de cualquier forma su ropa en dos maletas.
Dos horas después Brenda vuelve. Ha estado conduciendo sin rumbo por la ciudad, como en trance. Al regresar parece un zombi. La señora Archer, una de sus vecinas, le sale al paso.
—Querida, ¿te encuentras bien? He visto a tu chico cargado con maletas y bultos y mascullando palabrotas. Ha salido en el coche como alma que lleva el diablo.
—Discúlpeme, señora Archer. No es buen momento.
La anciana mueve la cabeza.
—Ven. Te prepararé un té.
En casa de la anciana, Brenda se derrumba. Le da un ataque de nervios, llora ahogándose. Delante de ella no se ve obligada a mantener la calma.
—No lo entiendo, señora Archer. Tenemos fecha para la boda, el hotel, las invitaciones. ¿Por qué? No habíamos discutido, todo iba bien entre nosotros. Y lo encuentro con otra en nuestra propia casa, en nuestra cama…
—Pero qué hijo de puta —suelta la mujer—. Que el diablo se lo lleve.
—Estas son cosas que le pasan a otras personas, no imaginé que me ocurriría a mí…
—Querida, mejor haberlo descubierto antes de la boda que después. Que le den a ese sinvergüenza. A mí me hace eso Will y te juro que lo mato.
Brenda sonríe a la simpática mujer.
—Su marido es el mejor hombre del mundo, señora Archer. Fiel a sus votos matrimoniales. Me recuerda a mi padre.
A Brenda le cuesta casi un año recuperarse de su decepción.
Un año muy duro refugiada en su trabajo, en su familia y en sus amigas, que no la dejan sola.
Como no quiso quedarse con la casa la vendieron y ella compró un apartamento en el centro, pequeño pero suficiente para ella sola.
Él intenta reconciliarse con ella, la llama, le pide quedar para hablarlo.
Brenda no cede y le pide que deje de molestarla o le denunciará por acoso.
No ha vuelto a ver ni a saber nada de Gary.
Tampoco ha vuelto a pronunciar su nombre.
Como si nunca hubiera estado en su vida.
****
Ese sábado Brenda conduce hasta el hipermercado para hacer la compra semanal. Apenas le queda nada en el frigorífico.
Camina por los pasillos consultando la lista de productos y añadiéndolos al carro de la compra.
Se para ante el lineal de quesos. No sabe cuál elegir, le gustan todos.
Es como un ratón. A su lado se sitúa un hombre que selecciona una bandeja de Brie y se va.
No se han mirado, realmente ni se han visto, cada uno abstraído en su compra.
Brenda pone el queso en el carro y se da cuenta de que no es el suyo, el hombre se ha confundido.
Sale tras él y logra colocarse justo detrás en la fila.
No le da tiempo de avisarle. El hombre, al que ve ya perfectamente y por cierto le resulta interesante y muy atractivo, sujeta un paquete de tampones.
Ella trata de no reírse. Él, sin inmutarse, mira a la cajera muy serio.
—Espero que esta marca sea mejor. Los que me llevé el mes pasado no absorbían bien.
Brenda estalla en carcajadas que resuenan en todo el recinto. Él la mira.
—Imagino que esto es tuyo, porque tú llevas mi compra. Perdona, me he despistado.
—Si me das los tampones te doy las hojas de afeitar. ¿O debería dejarme barba?
Acaban riendo los dos como locos. La cajera, cansada por las horas que lleva de pie en su puesto, los fulmina con la mirada. Intercambian sus compras.
—Si tienes tiempo te invito a un café —dice él de repente.
—De acuerdo —Brenda acepta sin titubear.
Se dirigen a una de las cafeterías en el propio centro comercial. Él le aparta la silla para que se siente y después lo hace él.
—Un gesto muy caballeroso.
—¿Te molesta?
—Al contrario. Me encanta. Por cierto, me llamo Brenda. Brenda White.
—Roy Fletcher.
Se estrechan la mano. Brenda mira directamente los ojos verdes de Roy, que destellan bajo las luces. Él también la mira. Es una mujer joven bien vestida, de media melena rubia y de ojos color miel.
Roy, como de costumbre, deja que su café se enfríe. Ella comienza a beberlo en cuanto se lo sirven.
—¿En serio te gusta frío?
—¿En serio te gusta caliente?
—Tengo esa manía. Café caliente a cualquier hora.
—Yo también bebo mucho café. Es mi muleta para aguantar la presión del trabajo.
Brenda no le pregunta en qué trabaja. Él tampoco a ella.
—Tengo que marcharme ya —Brenda mira su reloj.
—¿Podríamos intercambiar nuestros números de teléfono?
Roy lo dice sin pensar. Casi se arrepiente. Seguro que ella tiene a alguien esperándola.
—Claro. Déjame tu móvil… Ya lo tienes. Hazme una llamada perdida y te agregaré. Nos llamamos, Roy. O tal vez nos encontremos comprando.
—Prometo no volver a equivocarme de carro.
Vuelven a reír los dos.
Roy la mira alejarse y sacude la cabeza. Esa chica tiene algo especial. Peligro. Hace demasiado tiempo que no se ríe tanto.
Pasa el aspirador por el apartamento, coloca las cosas en su sitio. No le lleva mucho tiempo, se trata de un lugar pequeño y funcional. No tiene adornos ni cuadros en las paredes, únicamente un par de fotos enmarcadas de sus tiempos en los marines.
Ocupa la tarde leyendo libros de estrategia y jugando a Broken Arrow. Después de cenar hace un zapeo en los canales de televisión.
Se siente inquieto. Juguetea con el móvil. Busca el número de Brenda. Duda. Finalmente teclea un mensaje en WhatsApp:
ROYF: Si me prometes no dejarte barba te invito a una cerveza.
¿O es demasiado tarde para ti?
Se queda mirando la pantalla. Son cerca de las nueve de la noche. Cinco minutos después, aparece la respuesta.
brENDA_W: Es una hora perfecta.
¿Conoces el Tiny Bar?
ROYF: Buen sitio. ¿En media hora?
brENDA_W: Ok
Roy se lava la cara y las manos, se pasa los dedos por el pelo y tras una última ojeada en el espejo del baño se pone la cazadora y sale.
Tiene suerte de encontrarse casi todos los semáforos en verde.
El Tiny Bar no está lejos de su apartamento.
Conoce al propietario porque suele frecuentarlo en sus noches de insomnio.
Buena bebida y buen ambiente, con música Country de fondo.
Llega casi al mismo tiempo que Brenda. La espera en la puerta. Ella se ha cambiado de ropa, él no.
—Me alegra volver a verte, Brenda. No he traído carro de compra.
—Yo tampoco —ella sonríe con cierta picardía.
Roy pide un par de cervezas de importación.
Chocan sus jarras en un brindis. Al principio no hablan mucho, se observan sin esconderse.
A Roy ella le parece preciosa. Tiene una sonrisa que fundiría las piedras y ríe con espontaneidad.
Acostumbrado a interpretar gestos y miradas, se da cuenta de que es una persona sincera, sin dobleces y algo ingenua.
Por su parte, Brenda no sabe exactamente cómo leer a Roy. No deja traslucir sus emociones aunque le ha visto reírse. Su risa es profunda y agradable. Cuando sonríe dejar ver unos dientes blancos y bien alineados. Sigue pareciéndole atractivo. Emana de él seguridad y fuerza.
—¿A qué te dedicas? —pregunta Roy de forma casual.
—Soy decoradora de interiores. Tengo mi propio negocio.
—Interesante —sonríe brevemente—. Si vieras mi apartamento querrías rehacerlo por completo, imagino. Compré el de muestra y no he añadido nada, más bien he quitado todo lo superfluo.
—¿Compraste el apartamento piloto?
—Me resultó más cómodo al venir ya equipado. No tengo tiempo para ir a comprar muebles ni cortinas.
—No me atrevo a preguntar a qué llamas superfluo.