Roxy 1
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Roxy

Roxy

Por Adela Rubio Calatayud

© inepub.com

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—¿Qué pasa?

La chica se ha despertado con el sonido del móvil. A su lado, Roy apaga la alarma sin mostrar signos de sueño. No dormía. Mira la hora y enciende la linterna. Ella se remueve, molesta.

—Tengo que marcharme.

—¿Ahora? Son las tres de la madrugada.

—Ya sabes cómo funciona esto.

Ella se incorpora sobre un codo.

—No. No lo sé. Lo único que sé es que tienes tiempo para todo menos para mí. Estoy harta.

—Harta de qué. No dramatices. Tú y yo lo pasamos bien pero sin compromisos ni ataduras, ese es el acuerdo. Necesito hacer unas cosas antes de ir a la comisaría. Mi trabajo es importante. Tengo que salir ahí fuera a coger a los malos para que tú y el resto podáis dormir tranquilos.

Sin hacer caso de sus protestas Roy recoge su ropa en la semioscuridad y se va al baño. Ella parpadea cuando enciende la luz.

—Roy, en serio. Si sales por esa puerta no vuelvas.

—Joder, no seas obcecada ni infantil. Es mi trabajo.

Roy se viste con vaqueros desgastados y un jersey azul oscuro. Se pasa los dedos por el cabello.

—Adiós —dice simplemente—. Sigue durmiendo.

—Roy, si te vas ahora no vuelvas.

—Adiós —repite.

Lo siguiente es el ruido de la puerta al cerrarse.

La chica lanza un grito ahogado de frustración y tira una almohada contra la pared, con tan mala puntería que termina estrellándose contra el espejo del tocador. Varios frascos y una figurita de porcelana caen al suelo.

—¡Mierda! —barbotea.

El aroma de perfumes mezclados inunda la habitación, el suelo está manchado de líquido que se mezcla con los restos de la figurita.

—¡Mierda! —repite furibunda—. ¡Bastardo! —insulta al hombre que se ha ido, consciente de que si él estuviera allí no se inmutaría.

Apenas le conoce. Físicamente le ha atraído desde que le vio en un bar donde estaba con unas amigas.

También es buen amante, aunque bastante brusco; los juegos amorosos que comparten son casi violentos, pero con él se vuelve loca.

«Hasta aquí», piensa. Es la segunda vez que se marcha en plena noche.

No está dispuesta a que se repita. Él se lo pierde.

Le quedan un par de horas de sueño como máximo antes de levantarse para ir a trabajar al Starbucks. No puede dormir. Se levanta, se da una ducha y prepara el desayuno.

Camina hacia el metro. Hace bastante frío y se ajusta la capucha del plumífero. De repente le ve de lejos. Sí, sin duda es él. Corriendo como si estuviera compitiendo en una maratón. Se encoge de hombros. «Que te den, Roy Fletcher».

Ese día parece que hay overbooking , como si media ciudad se hubiera puesto de acuerdo para ir a desayunar allí. La chica no para en toda la mañana.

Se coge un breve descanso y sale por la puerta de atrás. Ha dejado de fumar pero de buena gana encendería un cigarrillo para relajarse. El simpático repartidor irlandés se le acerca. Una vez más él le propone algo, un plan para la noche. Ella acepta sin dudar.

****

Roy llega a su casa con tiempo suficiente para salir a correr antes de ir a trabajar.

Cinco kilómetros, estiramientos y ejercicios.

Ni siquiera corriendo deja de observar a su alrededor y a quienes se encuentra por el camino.

Es algo que aprendió en el ejército. A cierta distancia ve a la chica pero no la mira directamente.

Esa historia, si de verdad existió, es agua pasada.

No siente nada especial por ella. Han compartido buenos momentos de sexo bastante salvaje que le relajaron pero no está dispuesto a ir más allá.

De regreso a su apartamento, una ducha con agua tibia y su café frío.

Su compañero no entiende que se lo sirva muy caliente y lo deje enfriar antes de beberlo.

Es una de sus costumbres. O manías. Mientras bebe anota unas reflexiones en su cuaderno, una especie de diario que le sirve de apoyo en su trabajo.

En la comisaría no hay demasiado jaleo, parece una mañana tranquila.

Aunque todo puede complicarse de un momento para otro.

Revisa sus notas, lee los correos internos en el ordenador.

Suspira y medio sonríe para sí. Su trabajo como inspector de homicidios no se parece a los de las series de televisión y las películas.

Ojalá fuera tan animado y de soluciones tan rápidas.

La mayor parte es papeleo y burocracia. Necesario, si. Monótono, también.

Sale a buscarse un café a la máquina y tropieza con una de las policías novatas. El uniforme de ella y el jersey de él sufren las consecuencias.

—Perdone, agente. No la había visto.

—Ha sido culpa mía…

Ella, roja de vergüenza, parece no saber dónde meterse.

Roy quita importancia al incidente. Saca otro café de la máquina y vuelve al despacho. Busca un jersey limpio en uno de los archivadores para cambiarse. Suele tener un par de ellos guardados en el despacho por si hace falta. Hoy es uno de esos momentos.

—Estás de lo más sexy con esa camiseta. No sé si podré contenerme ahora que mi mujer no me ve.

El inspector Gordon Sullivan, su compañero, está en la puerta con sonrisa socarrona.

—Viejo verde —replica Roy. Ríe ligeramente—. ¿Tenemos algo nuevo?

—Una charla del jefe para distribuir tareas.

Su tarea consiste en volver al barrio donde se produjo un tiroteo el día anterior. Dos muertos.

Roy conduce atento al tráfico, repasando en su mente los pasos a seguir y sin dejar de observar las calles por las que circula y las personas paradas en las aceras o cruzando los pasos de cebra.

Su instinto y entrenamiento militar están activados al máximo.

Cada detalle es importante, incluso el que parece más insignificante.

Tiene que volver a hablar con los testigos que aseguran que no vieron ni oyeron nada, con los familiares de las víctimas que claman justicia y con los del presunto culpable que gritan que su hijo es inocente.

—Nadie se interesa ni le importa lo que ocurre en nuestro barrio, inspector —se quejan—. Es un peligro en cuanto oscurece, las bandas toman las calles y las consecuencias las pagamos los ciudadanos honrados.

—A mi padre lo atracaron hace dos noches cuando salía del Seven Eleven , le dieron una paliza.

—Es un peligro para los niños, los acosan a la salida del colegio.

—Tomo nota de todo. Por su propio bien, deberían contarnos exactamente qué vieron y oyeron.

—Era muy tarde. No escuchamos nada.

—¿Un tiroteo y no oyeron nada? ¿No se asomaron a una ventana para ver qué ocurría?

—La televisión estaba alta…

—Oigan, para ustedes es muy fácil, se van y a otra cosa. Nosotros tenemos que quedarnos aquí.

—No sé nada ni tengo nada que decir…

Una mujer les cierra la puerta en la cara.

—Pagamos nuestros impuestos. Tenemos derecho a que se haga justicia. Si no lo encuentran ustedes me ocuparé yo —el hermano de una de las víctimas se muestra rotundo y decidido.

Se respira miedo y desconfianza. Roy escruta cada rostro, atento a los cambios faciales. Lee el lenguaje corporal.

—Mi hijo es inocente, inspector. Si ha venido a intimidarnos ya se puede marchar. No tengo nada más que decir —la madre del sospechoso es inflexible.

—¿Por qué se esconde si no ha hecho nada? Le encontraremos —advierte.

Roy suspira internamente y guarda la libreta. Nunca se lo ponen fácil. Algunas  veces se resisten más que otras.

Unos ojos le observan a distancia. Una chica joven. Parece que quiere hablar con él pero no se atreve. Roy está seguro de que ha visto algo. Ella aparentando indiferencia camina hacia un parque descuidado, con árboles raquíticos y césped medio seco.

Roy se mete en el coche y la sigue, esperando poder obtener algo de información. Más o menos a salvo, porque en esas circunstancias nunca se puede estar seguro, ella comienza a hablar con voz baja y temblorosa. Es la novia de uno de los fallecidos. Y sabe dónde se oculta el asesino.

—Si le digo lo que sé, ¿me pasará algo?

—Nada, no  tengas miedo. Es mejor que me lo cuentes.

—Yo era la novia de John…

—¿No eres muy joven para tener novio?

—Tengo dieciséis años, inspector.

—Vaya por Dios. No tendría que hablar contigo sin la presencia de tu madre, eres menor.

—¿Quiere saber dónde está ese malnacido o no, inspector? Pues busque en los viejos almacenes. Está escondido ahí desde ayer,  su madre le ha llevado comida.

Roy pide refuerzos. Gordon y él se dirigen a un descampado donde quedan restos de un vagón de tren y unos almacenes en ruinas.

Son recibidos a tiros. Los agentes reaccionan.

Roy corre detrás del sospechoso pistola en mano.

Le grita que se detenga. La respuesta es un disparo, la bala le roza sin hacerle más que un rasguño.

Roy responde hiriéndole en un pie. Grita, maldice.

Por fin pueden detenerle, le leen sus derechos  y se lo llevan esposado.

Ha sido un día largo. Regresa a comisaría para repasar todos los detalles. Interroga al sospechoso, que entra cojeando. Su chulería inicial se ha esfumado. Roy le presiona hasta el límite. Habla de deudas, supuestas ofensas, la chica que era su novia y después se fue con una de las víctimas

—Ese hijo de puta me debía dinero, mucho.

—¿De verdad? ¿Eres prestamista o algo así? Déjame adivinar… Te compraba chucherías y las revendía, ¿a que sí? Pero de repente decidió que si hacía negocios por su cuenta ganaría más. ¿Me equivoco? Asesinato, tráfico de estupefacientes y agresión. Eres una joya, nene.

—Me robó. Me robó a mi chica. No me pagó su deuda. Se rio de mí en mi cara. Vino al  taller y se rio en mi cara. Además el otro y él intentaron darme una paliza.

—Y te los cargaste a los dos. Háblame de tu novia —dice Roy de repente.

—Esa zorra…

—Cuida tu lenguaje, bocazas.

—¿O qué? —vuelve a usar un tono desafiante.

Roy le taladra con la mirada. Se inclina hacia él invadiendo su espacio.

—Pues que le pediré a este simpático inspector que vaya a tomar un café —responde con calma glacial.

Gordon no mueve un músculo. Mira al sospechoso y asiente en silencio.

—Era mi novia y se largó con ese gilipollas… —va a añadir algún insulto más pero se lo piensa mejor—. Quiero un abogado.

****

Son las siete de la tarde. Roy se traga otro analgésico antes de recoger sus notas y volver a su apartamento. Ha declinado la invitación de Gordon de ir a cenar a su casa aun sabiendo que dará un disgusto a Wilma, que le quiere como a un hijo.

Su relación con los Sullivan ha ido derivando a un trato familiar. La primera vez que Gordon le invitó a cenar Roy se mostró cortés pero reservado.

—Gracias, señora Sullivan —le dijo—. Estaba todo delicioso.

—¿Cuánto tiempo hace que trabajas con Gordon?

—Unos meses…

—Es el mejor inspector del departamento, Wilma. Al principio me costó adaptarme a su carácter pero ha terminado cayéndome bien.

—Trabajar con su marido me está ayudando mucho. Es veterano en estas cuestiones, cada día aprendo de él.

Lo de llamar «mamá» a la mujer surgió como una broma. Ella le llenó el plato; y Roy, que ya la llamaba por su nombre y la tuteaba, le sonrió de manera distendida.

—Gracias, mamá.

No esperaba la reacción de ella. Wilma Sullivan rompió a llorar. Roy se quedó pálido de la impresión. Gordon suspiró.

—Lo lamento. No pretendía faltarte al respeto. Creo que será mejor que me vaya antes de que me echéis.

—Ni te muevas, Roy Fletcher —Wilma se secó las lágrimas—. Es la primera vez que alguien me llama mamá. Nosotros no hemos podido tener hijos, supongo que Gordon te lo habrá contado. Me has llegado al corazón. Eres un hombre hecho y derecho, no un niño. Pero me gustaría que me siguieras llamando así.

—Si a Gordon no le importa…

—No me importa. No imaginaba que me iba a encontrar con un hijo tan crecido, pero todo lo que hace feliz a Wilma me hace feliz a mí. Eso sí, como a mí me llames papá te pego un tiro.

—Deja en paz a mi niño Roy, Gordon.

—¿Ves? Mamá me defiende. Si eres malo conmigo se lo contaré, papá .

—Yo lo mato…

Roy sonríe brevemente al recuerdo. Gordon y Wilma se han convertido en su familia. No obstante no abusa y solo va a su casa cuando le invitan, aunque no siempre.

El joven inspector no tiene familia. Y si la tuvo hace tantos años que no ve a nadie que los ha olvidado.

Se alistó en el Cuerpo de Marines a los dieciocho años y esa fue su familia durante los siguientes seis años, hasta que se licenció.

Obtuvo la licenciatura en Psicología Social y el Grado Asociado en Justicia Criminal mientras estuvo en el ejército.

Pasó las pruebas y todos los filtros para ingresar en la policía sin ningún problema.

Es frío y lógico, totalmente entregado a su trabajo.

No nota que está cansado. Hace unos estiramientos, unos ejercicios de respiración y calienta en el microondas  la cena que ha comprado por el camino.

Repasa sus notas. Escribe en su cuaderno personal reflexionando sinceramente sobre sus fracasos sentimentales.

Se pregunta si no esperarán de él más de lo que es capaz de dar; y en qué momento el pacto «solo sexo, sin amor» comienza a diluirse.

Ni quiere ni puede enamorarse. No quiere ni puede involucrarse emocionalmente con nadie.