Capítulo 11
CAPÍTULO ONCE
Reuben
—¿Has invitado a toda su familia a la cena del domingo? —pregunta mi madre.
Estamos de pie en la cocina de la casa familiar. Mi padre se está comiendo un sándwich de jamón y queso sentado en un taburete ante la encimera. Y mi madre está preparando la masa para los pasteles de pollo que cenaremos más tarde.
Afortunadamente, Plum está arriba, en el dormitorio de Fig, probándose sus joyas y sus zapatos de tacón. Puedo oírla trajinando dos pisos por encima de mi cabeza, ya que Fig se aloja en el ático.
—Lo cierto es que es especial —digo—. Meadow no es como nadie que haya conocido antes.
—Hace una semana me dijiste que no te interesaba salir con nadie, ¿y ahora me dices que te has enamorado?
—pregunta mi madre, atónita. Cierra los ojos y se presiona las sienes con las yemas de los dedos—.
Mira, no es que no quiera que seas feliz.
Queremos que seas feliz. —Mira a mi padre mientras dice esto—.
Pero, Reuben, piensa en Plum. Piensa en. ..
—¿No crees que estoy pensando en Plum? Pienso en ella cada segundo del día, mamá. Todo mi mundo gira en torno a Plum. Y no es que no quiera mantenerla en primer plano en mi toma de decisiones, pero mamá, tienes que confiar en mí. Confías en mí, ¿verdad?
Ella deja el rodillo y camina hacia el fregadero para lavarse las manos.
Veo cómo se le hunden los hombros al respirar profundamente, de espaldas a mí.
Cuando se da la vuelta, tiene lágrimas en los ojos.
—Has pasado por tanto, Reuben —dice—. Y sé que no eres mi hijo pequeño.
Y sé que tienes buena cabeza sobre los hombros y que ya eres un hombre hecho y derecho.
Pero los últimos cuatro años han sido duros, cariño.
No quiero que te rompan el corazón. No quiero que Plum se encariñe demasiado. No quiero...
—Yo tampoco quiero esas cosas —digo—. Solo conócela. Solo pasa una cena conociéndola y luego dime qué te parece, porque eso es todo lo que me hizo falta a mí para saberlo.
La mirada de mi padre se suaviza. —¿De verdad la quieres?
—No puedes decirme que no es posible. No después de que Lemon, Rye y Bartlett se enamoraran tan sumamente rápido a principios de este año. ¿Me estás diciendo que yo no puedo hacer lo mismo?
—No estoy diciendo eso, hijo —dice mi padre—. Pero no quiero que te precipites.
—¿Por qué? —pregunto—. ¿Por qué no precipitarme? ¿Por qué no entregar mi corazón a algo? Dios sabe que ya lo he pasado bastante mal. ¿Por qué no dejar entrar lo bueno ahora que lo tengo? ¿Ahora que lo he encontrado?
En ese momento, Fig y Plum entran en la cocina. —¿De qué estáis hablando? —pregunta Fig, cogiendo una manzana del frutero. Plum se acerca a su abuelo y saca un taburete a su lado. Él la ayuda a subirse y mi madre niega con la cabeza. —Nada importante. Solo estamos...
Fig sonríe con sorna. —He oído de qué estabais hablando cuando bajábamos. —Mira a Plum—. Las dos lo hemos oído. ¿Así que Meadow y su familia vienen a cenar?
Asiento. —Los he invitado, al menos. Supuse que a papá y a mamá no les importaría, pero...
—Por supuesto que pueden venir —dice mi madre—. Nunca voy a negarle a nadie un sitio en la cena familiar, pero ¿a cuántas bocas tenemos que alimentar?
Ante esto, bajo la mirada con timidez. —Nueve.
—¿Nueve? —dice mi madre—. Eso es casi como nuestra familia.
—Bueno, una de ellas es la nuera, así que...
—¿Me estás diciendo que esa chica tuya viene de una familia de seis hijos? —pregunta mi padre.
Asiento. —Sí, es la segunda mayor.
—¿Y viven todos juntos en una especie de circo ambulante?
—No es un circo —digo, pensando en Abby, la mujer de Bartlett. Ella realmente sí se crió en un circo ambulante—. Son un grupo musical itinerante.
—¿Acaso es mejor? —pregunta mi madre—. Es igual de loco.
—Es mucho mejor —digo—. Abby creció en una situación muy difícil. Con Meadow no es así. Sus padres la quieren, quieren lo mejor para ella. Tocan música juntos, y ha tenido una infancia prácticamente idílica.
Plum sonríe de oreja a oreja. —¿Meadow toca música?
—Sí —respondo—. Canta y toca la guitarra.
—A lo mejor puede tocarnos una canción esta noche —dice ella con una sonrisa.
—Bueno, supongo que si Plum y Fig ya han conocido a esa chica, yo también debería conocerla —dice mi madre, dedicándome por fin una sonrisa.
—Gracias —le digo—. Significa mucho para mí. —Envuelvo a mi madre en un abrazo y le doy un beso en la mejilla—. Y gracias por cuidar de Plum. Me alegra que hayáis pasado una buena noche juntas.
Al oír eso, Plum da palmas. —¡Oh, ni siquiera has visto el disfraz que hemos hecho! —Salta del taburete y vuelve corriendo arriba, hasta el ático.
Fig me mira. —Sabes, ayer no paraba de hablar de Meadow.
—¿Ah, sí? —pregunto—. Si solo la visteis un minuto o dos.
—Lo sé, pero tiene cinco años —dice Fig—. Creo que se encariña rápido. No deja de decir que es una princesa como Rapunzel.
—Ya. Se ha obsesionado un poco con eso, ¿verdad? —digo.
Fig asiente: —Sí. Solo que...
—¿Qué? ¿Tú también?
Ella se encoge de hombros. —No soy tan romántica como el resto de vosotros. Nunca me casaré y nunca dejaré que nadie me deslumbre. Soy sensata. Soy práctica.
Suelto un bufido. —Eso lo dice la chica con cincuenta y tres vestidos de tul y una colección de tacones que podría competir con la de una Kardashian.
Fig pone los ojos en blanco. —Independientemente de las frivolidades de mi armario, no soy así con mi corazón. Y no quiero ver cómo el tuyo se parte en dos.
—Yo tampoco quiero eso —digo.
—De acuerdo —dice ella—. No diré nada más. Pero prepárate, porque el resto de la familia va a tener sus propias opiniones. ¿Verdad, mamá? ¿Papá?
Mi padre lleva el plato vacío al fregadero y lo enjuaga.
—Tu hermana tiene razón. Te sugiero que llames a tus hermanos y a tu hermana antes de la cena y les cuentes lo que pasa.
No fuiste el único que perdió a Beth, ya sabes.
Todos la perdimos. Y la idea de que venga otra persona.
.. —Mi padre suspira—. Reuben, te queremos, ¿vale?
Eso no cambia con esta conversación. Pero lo que espero que sí cambie es que te des cuenta de que traer a una chica a esta casa va a afectar a cada uno de forma distinta.
—Ya —digo—. Lo entiendo. —Suspiro cuando Plum regresa a la cocina a saltos, dando vueltas con un vestido de tul. Me río—. Déjame adivinar. Tu tía insistió en esa falda.
Plum dice: —A mí también me encanta. De hecho, me hace parecer una princesa de verdad.
—Bueno, mi amor —le digo, tomándole la mano y haciendo una reverencia—. ¿Me permite llevar a Su Alteza Real a casa?
Plum se ríe. —Ay, papá. Eres un tonto.
Más tarde, llamo a mis hermanos y a mi hermana mientras Plum duerme la siesta.
Espero que la cosa vaya mal. Y, en gran medida, acierto.
Rye cree que estoy haciendo el ridículo por traer a casa a alguien que acabo de conocer.
Bartlett dice que soy un hombre hecho y derecho que puede tomar sus propias decisiones, pero que si hago algo que lastime a Plum.
.. Lemon se limita a suspirar. —Fig ya me ha contado algo —dice.
Mac y Graham dicen poco, lo cual supongo que tampoco es de extrañar. Ninguno de los dos se ha enamorado nunca. Y eran solo unos adolescentes cuando Beth murió. Aun así, me sorprende cuando Mac me dice que quiere que sea feliz.
—Te lo mereces más que nadie que conozca. Si esa chica es especial, joder, claro que quiero conocerla —dice—. Eres mi hermano, Reuben. Mi hermano, que ha pasado por el infierno y ha vuelto. ¿Esa chica te hace sonreír? Entonces ya sé que es especial.
—Gracias, Mac —digo. Sus palabras significan más de lo que él cree. Pero ni de broma voy a ponerme sentimental por teléfono porque ya he llorado más en las últimas veinticuatro horas que en todo un año.
Admito que me tomo mi tiempo para arreglarme. No es solo a mis padres y hermanos a quienes quiero preparar para esta noche. También quiero causar una buena impresión cuando conozca a la familia de Meadow.
Cuando Plum se despierta de su siesta, me dice que estoy muy guapo. —¿Te has afeitado? —pregunta.
Me río. —El cuello. No me voy a afeitar esta barba.
—¿Qué debería ponerme, papá, si voy a conocer a toda la familia de Meadow?
—Todo lo que tienes te queda genial —le digo—. Pero si necesitas consejos de moda, vas a tener que preguntarle a tu tía Fig. Yo no soy el más indicado.
—Lo sé, pero papá, quiero que elijas tú lo que me tengo que poner.
Camino hacia su armario y saco el vestido que hizo anoche con su tía y su abuela. —Tienes que ponerte el vestido de princesa —digo—. Es lo más bonito que te he visto puesto jamás.
Me mira radiante. —Gracias, papá. No sabía si me dejarías llevar algo tan elegante.
—Es una cena familiar, cielo. Si no puedes ponerte tu ropa bonita allí, ¿dónde vas a ponértela?
Cuando llegamos a casa de mis padres, me siento nervioso.
No he tenido este tipo de sentimiento en toda mi vida.
Beth no tenía familia. Era una niña de acogida, así que cuando murió no hubo otros abuelos ni tíos que llenaran el vacío.
Nunca tuve que conocer a su padre y pedir su mano porque Beth era una chica que había vivido a merced del viento.
Ahora, con ella muerta, tengo que exponerme de formas que nunca preví hacer en toda mi maldita vida.
—¿Estás bien? —pregunta Mac cuando me ve.
—Estoy bien —admito—, solo un poco nervioso.
—¿De verdad te gusta tanto?
—Solo espera a conocerla —digo—. Es especial.
—Tiene que serlo si estás dispuesto a traerla aquí, ¡con toda su familia! —Suelta un silbido bajo—. Joder, estáis un poco locos.
—Vosotros no sois tan malos —digo—. Al menos, no le disteis demasiada guerra a Anchor.
Él se ríe entre dientes. —¿Estás de broma? ¿Recuerdas aquel día en la casa del lago, cuando le pillamos con Lemon? —Mac se parte de risa—. Joder, aquello fue otra historia.
—Por favor, no me lo recuerdes —digo riendo mientras una furgoneta llega a la propiedad, junto con un Jeep. Enganchan un vehículo a la parte trasera de cada una de sus caravanas cuando viajan y ahora comprendo por qué: necesitan más de un coche para moverse por el pueblo.
—Su familia es tan grande que necesitan dos coches para ir a cualquier parte.
—Habló el que pudo —le digo—. Nuestra familia no es mejor.
Mi padre se acerca y me da una palmada en la espalda. —No creo que seas el único nervioso. Tu madre está en la casa hecha un manojo de nervios. Está pendiente de la comida de una forma que solo hace la mañana de Acción de Gracias.
Me río. —Bueno, al menos eso significa que se lo está tomando en serio.
Mi padre me mira. —¿Vas realmente en serio con todo esto?
—Sí. Me voy a casar con esa chica.