Rough – Demasiado Cerca (Regreso a la Montaña nº 4) Capítulo 10
77%

Capítulo 10

CAPÍTULO DIEZ

Meadow

Por la mañana me despierto en brazos de Reuben. Me doy la vuelta para contemplarlo, con la luz de la mañana filtrándose por su ventana. Es la promesa de un nuevo día de primavera. Tengo el corazón tan rebosante que me parece que va a explotar. Él me besa en la frente.

—Buenos días —dice—. ¿Has dormido bien?

Una sonrisa se extiende por mi rostro. —Me vendrían bien unas cuantas horas más. Creo que hoy me hará falta una siesta por la tarde. Me has tenido despierta hasta demasiado tarde.

—¿Te arrepientes? —pregunta.

Me río. —No, en absoluto.

—¿Eres de las que necesitan café por la mañana?

—Sí —respondo—, con azúcar y crema.

Él sonríe. —Eso está hecho. —Se levanta de la cama y se pone unos pantalones de chándal grises, y mis ovarios prácticamente estallan ante semejante visión. Nunca me había dado cuenta de lo bien que sientan en un hombre con una erección mañanera. Trago saliva.

—Probablemente debería llamar a mi hermana. Para que sepa que sigo viva.

—¿Te veo en la cocina? —pregunta.

—Me parece bien. —Alargo la mano para coger el móvil que dejé en la mesita de noche y le escribo a Lulu.

Yo: Pues ha pasado.

Responde de inmediato.

Lulu: ¿Estás a salvo? ¿Estás bien? ¿Eres feliz?

Yo: Sí. Sí. Mucho.

Me envía un emoji con cara de beso y dejo el teléfono boca abajo sobre la mesa, buscando mi ropa interior y una camiseta del cajón de Reuben que me prestó anoche tras nuestro baño de la una de la madrugada.

Aún huele a él. A aire fresco y pinos. Cojo la muleta y entro en la cocina.

Al verle preparar una jarra de café, el corazón me late con fuerza de felicidad.

—Estás preciosa por la mañana —me dice.

Me toco el pelo, recogiéndolo con la mano. Está largo y revuelto, pero me gusta que me siga encontrando atractiva, que le guste mi aspecto.

Me acaricia la mejilla con una mano que prácticamente me cubre el rostro. Pienso en que es muchísimo más grande que yo. Me besa suavemente. —¿Te gusta comer algo nada más despertarte?

Niego con la cabeza. —Normalmente no. Soy más de desayunar a las diez de la mañana.

Él se ríe. —Me parece justo. Pero yo necesito algo en cuanto me despierto. —Coge un plátano de la encimera y lo pela; después le da un mordisco mientras se hace el café. —Bueno —dice—, tengo que ir a por Plum en unas horas. ¿Qué planes tienes para hoy?

—No tengo gran cosa que hacer —respondo.

—Bueno —dice él—, me preguntaba...

—¿Sí?

—Si querrías que nuestras familias se conocieran.

—¿Nuestras familias?

—Sí. Quizá es demasiado rápido o demasiado atrevido, pero...

Me río. —Cuéntame más.

—A ver, es domingo, ¿sabes? Y mi familia siempre celebra una gran cena de domingo. Es una tradición de los Rough. Todo el mundo tiene que venir. Nadie tiene excusa. Me preguntaba... ¿qué piensas? ¿Quieres ver si a tu familia le gustaría venir?

—¿Estás invitando a mis padres a casa de los tuyos?

Reuben asiente. —¿Demasiado rápido?

Pienso en anoche, en cómo pasamos de cero a cien en un solo día. —Creo que ayer ya tiramos lo de demasiado rápido por la ventana.

Nos sirve café, me indica dónde están el azucarero y la leche. Una vez preparadas las bebidas, salimos al patio trasero y nos sentamos en las sillas de la mesa.

—Se está de maravilla aquí por la mañana —digo. Los pájaros cantan. Hay rocío en los árboles. —Tienes mucha suerte de disfrutar de esto cada día.

—Lo sé, ¿verdad? Sé que estás en una banda familiar y que solo estaréis aquí una semana.

—Nos vamos mañana —digo.

Él asiente. —¿A dónde vais ahora?

—Hay un festival de música en el norte de California, en las secuoyas. La verdad es que te encantaría.

—Suena increíble.

—Sí. Bueno, es un festival al que vamos todos los años. Son cuatro días y es superdivertido. Habrá muchos amigos de la familia. Se pasa muy bien. Mis padres se criaron en Sacramento, así que conocen la zona.

—Eso suena bien —dice—. ¿Y después de las secuoyas?

Muerdo mis labios, pensativa. —Sé que vamos a Santa Cruz para un encuentro musical de dos días.

El mes que viene estoy casi segura de que bajaremos a Baja, a Todos Santos.

Es una pequeña comunidad artística y celebran un festival de música en verano.

Conociendo a los trillizos, querrán quedarse el máximo tiempo posible y mis padres probablemente nos habrán reservado algunos conciertos en cafeterías y locales de la zona.

Hay muchas galerías de arte por allí. Ese tipo de cosas.

—Vaya —dice Reuben—, así que estarás tocando música todo el verano.

Doy un sorbo a mi café, reflexionando. —No es solo el verano, Reuben. Vamos a seguir dando conciertos por todas partes siempre. No imagino a mis padres parando en ningún momento.

—¿Y tu hermano Nate y su mujer Jessica se dedican a esto a tiempo completo también?

Asiento con la cabeza. —Oh, sí. Jessica es una cantante increíble. Hacemos muchos duetos juntas. Nate toca el teclado. Papá está con el banjo y mamá toca el violín y el violonchelo. Lo suyo son las cuerdas.

—¿Cuánto tiempo llevan casados Nate y Jessica? —pregunta.

—Cinco años —respondo—. Sé que Jessica quiere tener un bebé. Sería una madre estupenda. Bueno, Nate también sería un gran padre. Seguro que pasará pronto.

—¿Y tú? —pregunta Reuben—. ¿Quieres tener hijos?

Intento no sonrojarme mientras medito mi respuesta, pensando en Plum.

Anoche Reuben me dijo que me amaba. ¿Fue demasiado en tan poco tiempo?

A la luz del día, me pregunto si no fueron más que palabras que se susurran en la cama.

No estoy del todo segura de que sean palabras que se vayan a repetir ahora que ha salido el sol. Ahora que la luna se ha ocultado.

—Quiero una familia —le digo—. Imagino que la mayoría de los que nos hemos criado en una familia numerosa o queremos una propia igual de grande o nos quedamos con uno o ninguno.

Yo probablemente sería feliz en un punto medio.

No lo sé. Por otro lado, me veo perfectamente con una familia bien grande, siempre y cuando pueda tener mi pequeña cocina de curandera en algún lugar de la casa o de la caravana —aclaro—.

Creo que criar una familia me traería mucha alegría y felicidad, y no tengo ambiciones de una gran carrera profesional fuera de casa.

Me gustaría tener un negocio y, si me sirviera para mantenerme a mí misma, sería genial.

Pero si tuviera una familia a la que ayudar a mantener, también sería estupendo.

Así que supongo que mi respuesta larga para una pregunta sencilla es que sí.

Me gustaría tener hijos algún día. —Sonrío—.

¿Y tú, Reuben? ¿Quieres tener más hijos?

Termina de comerse el plátano antes de contestar.

—Creo que sí. Tener a Plum me enseñó lo que significa ser un hombre y un padre.

No digo que lo tenga todo resuelto. Qué va, voy improvisando sobre la marcha.

Pero me gustaría volver a hacerlo. Pero con una compañera esta vez.

Sé que no hay garantías. Cuando tomas la decisión de tener un hijo, no tienes ni idea de cómo va a salir la vida.

Pero si tuviera la oportunidad de hacerlo de nuevo con alguien a quien amara, sí —dice, mirándome fijamente—.

Me gustaría tener más hijos con esa persona.

Doy un sorbo a mi café. —No digo que no quiera ir a cenar con tu familia —digo—. Quiero. Me gustaría conocer a tus padres y al resto de tus hermanos. Pero no quiero...

—No lo hagas —me interrumpe él—. No intentes terminar con esto cuando acabamos de empezar. No digas palabras que no puedas retirar.

—Ya dijimos un montón de palabras —le respondo—, anoche.

—¿Te arrepientes? ¿De susurrar cosas como «te amo»? —Deja su taza de café en la mesa, apoyando los codos sobre ella.

—No me arrepiento de nada —digo—. Lo que dije anoche lo sentía de verdad. En ese momento, sentí muchísimo amor por ti.

—¿Sentiste? —repite, poniéndose tenso.

—Sí —digo—. Eso no quita lo que siento en este momento. Solo digo que en aquel momento había tanto amor entre nosotros... Fue lo más hermoso de lo que he formado parte jamás, lo más bello que he experimentado, Reuben, y eso es gracias a ti.

—Gracias a nosotros —dice él.

Asiento. —A nosotros.

—¿No crees que me ames de verdad? —pregunta.

—No he dicho eso en absoluto. Sí creo que te amo. —Las lágrimas vuelven a asomar a mis ojos—. ¿Ves? No dejas de hacerme llorar. Sí. Creo que te amo. Todo este mundo que tienes aquí... es... —Miro alrededor de la propiedad—. Es un cuento de hadas.

—¿Y si no tuviera por qué serlo? —pregunta—. ¿Y si pudiera ser real? No solo algo inventado en un libro. ¿Y si pudiera ser tu vida?

—¿Qué intentas decir? —pregunto.

—No intento decir nada. Intento que sepas que te amo. Amo lo que conozco de ti. Amo lo que veo para nosotros. No sé cómo va a funcionar con eso de que te vayas al bosque de las secuoyas y a México, pero...

Trago saliva. —Yo también puedo verlo, que esto sea más que un cuento de hadas, una fantasía. Puedo ver que sea nuestra historia.

—Si lo dices en serio —dice él—, entonces tu familia tiene que conocer a la mía antes de que os vayáis.

Si vamos a intentar algo a distancia, nos llevará tiempo resolverlo y no quiero desperdiciar nada del tiempo que sí tenemos para estar juntos —dice—.

Quiero que llevemos esto hasta el final.

Ya he perdido a alguien antes, Meadow, y duele.

La idea de no intentarlo cuando tienes la oportunidad no es mi forma de actuar.

Mi sonrisa flaquea mientras miro al hombre que tengo delante. Este hombre que es más de lo que imaginé. —¿A distancia?

—He pensado que sería lo que tú querrías. No quiero presionarte, Meadow.

Me muerdo el labio inferior. —Yo tampoco quiero presionarte a ti. Pero la idea de dejarte... después de haberme enamorado de ti... me parece imposible.

—Lo sé —dice, tomando mi mano entre las suyas—. Te amo, Meadow. No quiero verte marcharte mañana en coche. Maldita sea, es lo último que quiero.

—¿Qué quieres? —pregunto.

—Te quiero a ti. Una vida contigo. Quiero ese cuento de hadas.

—Está bien —digo, tragándome mis miedos—. Supongo que será mejor que llames a tu madre y veas si tiene sitio en su mesa para nueve más.

Él suelta una risita. —Es un número considerable.

Me río. —¿Ya te estás echando atrás? Si quieres, puedo hacer que solo vengan mi padre y mi madre. El resto de la familia no...

Él sacude la cabeza. —No, vamos a necesitar que esté toda tu familia allí.

Dejo mi taza de café y me deslizo hacia él, sentándome en su regazo. Le rodeo el cuello con los brazos, preguntándome si Reuben hará algo extraordinario esta noche. Si me hará una pregunta que cambie el rumbo de nuestras vidas para siempre. —¿Va a ser una noche para recordar?

Reuben me acaricia la espalda con la mano, atrayéndome más hacia él. —Sí, Meadow. Te lo prometo, será una noche que jamás olvidaremos.