Rough – Demasiado Cerca (Regreso a la Montaña nº 4) Capítulo 6
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Capítulo 6

CAPÍTULO SEIS

Meadow

Lulu arranca y aleja el coche de la calle e inmediatamente suelta un chillido.

—¡Dios mío! Meadow, ¿quién porras es ese tío? Es alto, moreno y guapísimo. Y su sonrisa...

Me río, dándole un empujón mientras me abrocho el cinturón. —Creo que puede oírte.

—¿Y qué? —dice Lulu—. Estaba de toma pan y moja.

—¿De toma pan y moja? —Niego con la cabeza—. Creo que nunca te había oído hablar así.

—Bueno, quizá sea porque nunca había visto a un hombre así. ¿Tiene hermanos?

Sonrío. —Pues sí. Tiene cuatro, y dos hermanas.

A Lulu se le cae la mandíbula. —¿Me estás tomando el pelo?

—No, en serio. Tiene una familia numerosa y feliz que es de Home. Son los Rough.

—¿Los Rough, como el camping de Rough Valley? ¿Como el monte Rough? ¿Como...?

—Sí, exacto —respondo.

—Cuéntamelo todo —insiste Lulu, y así lo hago. Le explico cómo Reuben me encontró en el bosque tras mi caída, cómo me llevó en brazos hasta su adorable cabaña de madera y cómo se aseguró de que no tuviera el tobillo roto.

—Sinceramente —digo—, es increíble. Como si fuera demasiado bueno para ser verdad.

—Entonces, ¿cuál es su fallo? ¿Por qué está soltero?

Me muerdo el labio inferior. —Es padre soltero.

—¡Ah! ¿De verdad?

—Sí. Supongo que se casó muy joven y tuvieron una niña. Tiene cinco años. La he conocido.

—¿La has conocido?

—Sí —digo—. Resulta que estaba paseando por el pueblo con su tía para comprar algo de beber y...

—Vale —dice Lulu, asintiendo ahora más despacio—. ¿Pero su mujer murió?

—Sí —respondo—. Un accidente de coche. Ha pasado por mucho. —Miro por la ventana. Siento que todo en mi interior se ilumina, tanto por la tristeza de su historia como por la intensidad que sentí cuando estaba en su presencia. Todo parecía tan bueno, tan grande, tan intenso.

—¿Estás bien? —pregunta Lulu—. Perdona, sé que he entrado muy fuerte y estaba toda entusiasmada, pero ahora parece que el ambiente ha cambiado y no quiero meter la pata. ¿Realmente te gusta este tío? En plan, ¿te gusta, te gusta?

—Sí —confieso—. Solo hemos estado juntos unas horas, pero va a sacarme esta noche. Vamos a preparar la cena y... No lo sé, Lulu. Es diferente. Él es diferente.

—Me estás asustando un poco —dice Lulu mientras nos dirigimos al camping—. ¿Quieres hablar con papá y mamá de esto?

Niego con la cabeza. —No, todavía no.

—¿Todavía no? ¿Así que crees que esto va en serio?

—No lo sé —digo—. Simplemente no quiero dar por hecho que no va a llegar a nada porque...

—Vaya —dice Lulu—. Muy bien. O sea que de verdad te gusta este tío. Este tío que tiene una hija.

—Lo dices como si no supiera en lo que me estoy metiendo.

—¿Lo sabes? —pregunta Lulu—. Meadow, nunca has salido con nadie, nunca has tenido una relación y ni siquiera has tenido se...

—Ya sé que nunca he tenido sexo, y no estoy diciendo que me vaya a acostar con este hombre. Solo decía que me gusta mucho. Me hace sentir muy bien y no quiero que eso se acabe.

—¿Cómo se llama su niña? —pregunta ella, cambiando de tema.

—Plum.

Ante eso, Lulu literalmente pega un grito. —¿Me estás vacilando?

—Es mono, ¿verdad?

—Sí. Pero también es una fruta de hueso. ¿Te acuerdas de la lectura del tarot? ¿De la energía de la semana pasada?

—Me acuerdo —digo—. ¿Entonces la lectura no era sobre un melocotón?

—Creo que no —dijo ella—. De acuerdo, retiro todas mis reticencias.

—¿Tenías reticencias? —pregunto.

—Sí. A ver, todo esto es mucho, pero da igual. Las cartas no mienten. Se supone que tienes que salir con este hombre, y creo que va a ser mucho más que eso.

—¿Mucho más que qué?

—No lo sé —dice Lulu, aparcando en el camping—. Solo creo... que siempre has hablado de un hombre que te hiciera perder la cabeza y este literalmente te ha llevado en brazos por el bosque durante un kilómetro y medio.

Para cuando termino de arreglarme, mi cuñada Jessica y mi madre me han acribillado a preguntas. —O sea, ¿acabas de conocer a este tipo en el bosque y ahora vas a su casa a cenar? —Mamá no está convencida.

—Sí —digo—, porque soy una adulta de veintidós años que puede tomar sus propias decisiones. Mamá, confía en mí. Confía en que me has criado para tener la cabeza bien amueblada.

—Está bien —dice ella.

Jessica, sin embargo, es más insistente. —Más vale que mantengas el móvil cargado todo el tiempo. Manda un mensaje cada pocas horas. Si te vas a quedar allí hasta tarde o a pasar la noche...

A mamá se le abren los ojos de par en par. —¿Pasar la noche?

—¿Por qué no? —pregunta Jessica—. Es una mujer adulta. Puede hacer lo que quiera. Solo creo...

Lulu las interrumpe. —¡Chicas, basta! ¿Y si cenan y es superincómodo y aburrido y ella decide no volver a salir con él y se vuelve a casa? No hagamos de esto un mundo. Solo es una cena.

Jessica resopla. —¿Solo una cena? No creo haber visto nunca a Meadow con esos ojos de enamorada en los cinco años que hace que la conozco.

—Vale, vale —digo—. Estará aquí en cualquier momento.

—Bueno, aquí tienes la comida que vas a llevar —dice mamá, entregándome una bolsa de tela.

La abro. —¿Crees que debería llevar vino?

Jessica sonríe. —Por supuesto que sí. Escucha, Meadow, espero que pases una noche increíble con él.

Para entonces, papá se ha unido a nosotras en la parte trasera de la caravana donde estoy sentada terminando de maquillarme.

—Venid rápido. Los trillizos lo tienen acorralado fuera.

—¿Ya está aquí? —pregunto.

Papá se ríe entre dientes. —Sí. Acabo de conocerlo. Parece un buen chico.

—Hombre —corrijo—. Un buen hombre.

Papá sonríe. —Lo que tú digas, Meadow.

Cojo mi muleta y salgo cojeando de la caravana, pensando que este vehículo tan estrecho contiene demasiadas vibraciones.

Veo a mis hermanos, Jonathan, Jasper y Jonas, rodeando a Reuben.

Los chicos de catorce años también emiten una vibración especial.

Pero cuando los ojos de Reuben se encuentran con los míos, sonríe.

—Hola —dice—. ¿Has mandado a todos los hombres a por mí? Primero tu padre y ahora estos tíos. —Mis hermanos se ríen, agarrando un balón de fútbol que hay bajo el banco del merendero antes de salir corriendo hacia un prado.

Después, nos quedamos solo Reuben y yo. Miro por encima del hombro. Mi hermana, mi cuñada y mi madre están observando.

—Venga, presentaos —les digo. —Lo siento —le susurro a Reuben.

—No pasa nada —dice él—. Créeme, entiendo lo que es tener una familia que se mete en tus asuntos.

Unos minutos después, estamos solos en la camioneta de Reuben, alejándonos del camping, y suelto un suspiro.

—De nuevo, lo siento. Son muy cotillas.

—No lo dudo. Teniendo en cuenta que vivís en dos caravanas, parece que debe de ser difícil librarse de ellos.

—Normalmente está bien porque estamos en la carretera en algún sitio agradable, cálido y soleado, pero también ha sido un año de mil demonios. Nunca me sentí asfixiada cuando era pequeña, creciendo de un lado para otro, pero ahora... no lo sé.

—¿Ahora quieres algo diferente?

—Creo que sí.

—Yo también quiero algo diferente —dice Reuben mientras subimos por la carretera hacia su cabaña—. Quiero que sepas que creo que estás preciosa esta noche. No es que no estuvieras guapa hoy, pero...

Sonrío. —Sí. Me he asegurado de quitarme todas las ramitas del pelo y la tierra de las rodillas.

Él se ríe. —Estás preciosa de azul.

—Gracias —respondo—. Tú tampoco te has quedado corto arreglándote.

—¿Sí? —Me mira de reojo y sonríe, y desde luego que sí.

Su barba parece recién peinada. Se ha puesto una camisa con cuello y unos vaqueros azules limpios.

Y diez minutos después, cuando aparca la camioneta frente a su cabaña, se produce un momento de quietud entre nosotros.

—Bueno —dice—. Estoy muy feliz de que estés aquí.

—Y al mismo tiempo yo digo—: Estoy muy feliz de estar aquí.

Él sonríe. Entonces, sus dedos rozan los míos y me acerco. Su mano acuna mi mejilla y me acerca para darme un beso. Es suave. Es dulce. Hace que mi corazón se prenda en llamas.

—Oh —susurro cuando se aparta.

—Lo siento —dice—. He estado pensando en hacer eso toda la tarde. Me dije a mí mismo que en cuanto te tuviera aquí a solas, no me contendría. No hay una calle principal vigilando, ni familia mirando. Solo tú y yo.

Sonrío. —Me gusta eso —digo.

—Bien —dice él—, porque tenemos el resto de la noche para estar juntos, y tengo bastante claro que pienso besarte otra vez.