Capítulo 4
CAPÍTULO CUATRO
Meadow
Cuando doblamos la curva hacia la cabaña en forma de A de Reuben, se me corta la respiración. —¿Aquí es donde vives? —pregunto.
Él asiente. Sigo acurrucada contra él y su calor hace que este día soleado sea aún mejor.
—Sí —dice él—, construí esta cabaña con mis hermanos y mi padre.
—Es increíble —digo, asimilándolo todo. La cabaña está enclavada en el corazón de la montaña.
El ribete está pintado de verde oscuro y tiene un porche trasero, que es el lado de la casa por el que hemos llegado.
Tiene una barbacoa y una mesa con sillas, un pequeño jacuzzi.
Hay una zona de césped a la que estamos llegando ahora con un círculo de seis sillas Adirondack y un foso para el fuego.
—Mira —dice él—, voy a dejarte aquí mismo antes de ir corriendo a la casa a por unas vendas para envolverte el tobillo. ¿Te parece bien?
—Claro —digo mientras me deposita con cuidado en la cómoda silla.
—Esto es precioso aquí atrás. Es como si estuvieras en un pequeño cuento de hadas.
Él se ríe entre dientes. —Sí, yo mismo le tengo mucho cariño a esta montaña. Solo un segundo, ¿vale?
Intento no darle demasiadas vueltas a mi aspecto. Tengo el pelo desordenado. Llevo un vestido de lino sucio y esta mañana ni siquiera me he molestado en ponerme sujetador. No voy precisamente vestida para impresionar.
Un minuto después, Reuben regresa con una venda elástica.
—Muy bien —dice—, vamos a ocuparnos de esto. —Se arrodilla ante mí y empieza a vendarme el tobillo con firmeza.
—¿Has hecho esto antes?
Él asiente. —Por supuesto. Pero me pregunto si no deberíamos llevarte a la clínica para que te vea un médico y nos aseguremos de que no es más que un esguince.
Niego con la cabeza. —No, de verdad que no pasa nada. Estoy segura de que para mañana estará perfectamente.
—Hay un centro de urgencias justo en el pueblo.
—¿De verdad estás tan preocupado?
—Sí —dice él—, me preocupas. Me sentiría fatal si tuvieras el tobillo fracturado y no te hubiera llevado a ver a un médico.
Considerando sus palabras, me muerdo el labio inferior. —Puede que tengas razón —digo—. Yo también me sentiría muy tonta.
—Decidido entonces. Vamos, Meadow. Subiremos a mi camioneta.
Me río. —Está bien.
Entonces vuelve a levantarme y me lleva hasta una camioneta polvorienta en la entrada.
Con una mano abre la puerta y me ayuda a entrar.
Luego rodea trotando el otro lado de la camioneta y se sienta en el asiento del conductor.
Coloca su mochila entre los dos y abre la cremallera del bolsillo delantero.
—¿Quieres llamar a alguien? —pregunta—. Puedes usar mi teléfono, o siempre podría llevarte con tus padres y que ellos te lleven al médico. No quiero meterme en tus asuntos.
—No —digo, sin querer que mi tiempo con este hombre termine tan pronto—. Te lo agradezco. Llamaré a mi hermana un momento.
Marco el número de teléfono de Lulu. Responde enseguida.
—Hola —digo. Miro a Reuben mientras arranca el motor.
Sentada en el asiento del pasajero, puedo contemplar la fachada de su casa.
Es incluso más encantadora por aquí delante.
Hay un porche muy agradable, un camino de piedras que lleva hacia el arroyo. Es, literalmente, el lugar más hermoso.
—¿Todo bien? —pregunta ella—. ¿Qué número es este?
—Sí, mi teléfono se ha quedado sin batería mientras daba un paseo y creo que me he torcido el tobillo. Me he caído y ha sido bastante malo.
—Dios mío —dice—, ¿dónde estás? Nate y yo podemos ir ahora mismo.
—No hace falta. He conocido a un chico, Reuben. —Lo miro y sonrío—. Me ha ayudado a volver al mundo de los vivos. Estaba un poco perdida ahí fuera, en el bosque.
—Vale. ¿Necesitas algo? —pregunta Lulu.
—Solo quería que supieras que Reuben me va a llevar al pueblo. Voy a ir a urgencias solo para asegurarme de que no me pasa nada en el pie. Me sentiría como una idiota si me hubiera roto algo y no me diera cuenta hasta que fuera demasiado tarde.
—Desde luego —dice Lulu—, ¿quieres que nos veamos allí?
Trago saliva. —Claro —digo—. ¿Qué tal si nos vemos en el pueblo en dos horas? Si la cosa va más rápido, siempre puedo ir a por un café a esa cafetería a la que fuimos ayer. No te preocupes por mí —digo.
—Muy bien —dice ella—, hablamos pronto.
Termino la llamada y miro a Reuben. —Te agradezco que me hayas dejado prestado tu teléfono. —De nada. Ah —dice él—, puedes cargar el tuyo mientras conducimos.
Aceptando su oferta, enchufo mi móvil al cargador de su coche y él sale marcha atrás por el camino. Mientras cruzamos un pequeño puente hacia el pueblo, señala una gran finca a la derecha.
—Esa es la casa de mis padres —dice.
—Oh, vaya —digo—, es una casa enorme.
—Sí. —Se ríe entre dientes—. Te he dicho que mi padre dirige una empresa de construcción. Construir casas me va en la sangre.
—Ya veo, y vives bastante cerca de tus padres.
—Sí. Ni a cuatrocientos metros. —Niega con la cabeza tímidamente—. No soy un niño de mamá, si es eso lo que estás pensando.
—Yo no he dicho nada. ¡Qué demonios!, yo no puedo juzgar. Vivo literalmente en el mismo vehículo que mis padres. —Ante eso, él se ríe mientras pone música.
—Vale. Probablemente tú deberías elegir qué escuchamos, ya que eres la música.
—Oh, no soy exigente, pero la banda familiar es de estilo folk.
—¿Estará vuestra música en alguna aplicación? —pregunta.
—Sí —digo—. Tenemos algunos álbumes subidos a internet. —Me pasa su teléfono, que está conectado a los altavoces por Bluetooth, y escribo The Wild Family Band.
—La familia Wild —dice él—. ¿De verdad es vuestro apellido?
Asiento. —Sí. Y el tuyo es Rough, así que tú tampoco puedes juzgar mi apellido.
—No lo hago. Mis primos, por ejemplo, son los Rowdy.
—Vaya —digo—, eso es increíble. Supongo que sí tenemos mucho en común. Familias grandes, apellidos que dan una idea de cómo son nuestras familias. ¿Qué más?
Él me mira. —Yo te doblo en tamaño y tengo la sensación de que soy un poco más rudo que tú también. Todo en ti parece tan malditamente dulce, Meadow.
Me río. —No siempre soy tan dulce.
—No me lo creo —dice él—. Escucha esta canción. ¿Eres tú la que canta?
—¿Cómo lo has sabido?
Él se encoge de hombros mientras entra en el pueblo. —Tenía una corazonada. Es preciosa, igual que tú.
Le miro, con el corazón empezando a latirme con fuerza, mariposas revoloteando en mi estómago, y sé que probablemente tengo las mejillas de un rojo intenso. Me está haciendo sentir muy bien. Desde el momento en que nos conocimos, ha conseguido encenderme y sosegar mi alma al mismo tiempo.
—¿Qué pasa? —pregunta mientras aparca el coche en la calle principal, frente al centro de urgencias.
—Es solo que... me alegro de que me encontraras —le digo.
—Yo también me alegro de haberte encontrado.
Una hora después y con una radiografía de propina, el médico me da un poco de ibuprofeno y me dice que no apoye el pie. —La muleta ayudará —indica el médico.
Asiento agradecida. —Supongo que ya no tendrás que cargar conmigo —digo, dándole una palmadita en el hombro a Reuben.
El médico me mira y luego a Reuben. —¿Eres nueva por aquí? —pregunta.
—Solo estoy aquí de vacaciones —le digo—. Solo por una semana en el camping. Conocí a Reuben en los senderos.
—Ya veo —dice el médico—. Conozco a este chico de toda la vida. Bueno, a su familia en realidad.
—Bueno, parece que estoy en buenas manos. Gracias.
Cuando salimos de la clínica, Reuben se vuelve hacia mí. —Le dijiste a tu hermana que os veríais en un par de horas. ¿Significa eso que tienes otra hora libre?
Sonrío. —¿Me estás pidiendo que vayamos a tomar un café?
—Sí —dice él—. A menos que prefieras...
—No —digo—, me parece genial.
Usando mi muleta, camino junto a Reuben por la calle hacia la cafetería.
Cuando Reuben paga mi chai latte helado y mi galleta, le doy las gracias, dándome cuenta de que no soy la única que siente algo aquí.
Sé que él también siente algo. Cuando tenemos nuestras bebidas y dulces, nos sentamos fuera, en una mesa con sillas.
—Así que —dice él—, te gusta cantar. Te gusta la naturaleza. ¿Qué más?
Parto mi galleta de pepitas de chocolate en dos. —Me gusta mucho fabricar bálsamos de hierbas, diferentes tipos de sprays y tónicos herbales.
—¿Como cosas de salud?
—Sí —digo—. Si no viviera en la caravana, probablemente me compraría un pequeño taller donde pudiera fabricar cosas. Me encantaría tener un negocio en mi casa algún día donde pudiera ser una pequeña curandera.
Él sonríe. —Eso es genial. A mi madre también le gusta hacer esas cosas. En verano siempre está recogiendo hierbas y diferentes flores silvestres.
—Oh, eso es maravilloso —digo—. ¿Entonces no te parezco un poco rara por mi afición?
Se ríe entre dientes. —No. Cuando tienes una familia grande, te acostumbras a que cada uno haga lo suyo. A mi hermana pequeña, Fig, le encanta coser. Quiere ser diseñadora de moda algún día. Y uno de mis hermanos fabrica su propia cerveza.
—¿Y qué hay de ti, Reuben? —le pregunto—. ¿Qué es lo tuyo?
En ese momento, una mujer joven y una niña pequeña doblan la esquina. La niña corre directamente hacia Reuben. —Papi —dice ella.
—Hola, Plum. —Él rodea con sus brazos a la belleza de pelo castaño, besándola en la frente.
¿Está casado y tiene una hija? Trago saliva y luego los miro a los dos.
—¿Qué haces por aquí? —La joven me sonríe—. Soy Fig —dice—, la hermana pequeña de Reuben.
—Soy Meadow —digo, sonriendo, aliviada.
—Y yo soy Plum —dice la niña.
Fig sonríe. —Veníamos al pueblo a por mi dosis de café de la tarde antes de volver a casa.
—Genial —dice Reuben afectuosamente—. ¿Te lo estás pasando bien con tu tía Fig y te estás portando bien con tu abuela?
—Claro que sí, papi —dice Plum con una sonrisa.
Luego me mira. —Las galletas de pepitas de chocolate también son mis favoritas. Mi abuela hace las mejores de todo el mundo. —Luego baja la voz hasta un susurro—. No se lo digas a la gente de la cafetería, pero las suyas son mejores. Lo prometo.
Sonrío. —Es bueno saberlo.
Fig y Reuben charlan unos minutos más sobre sus hermanos y cosas de las que yo no sé nada.
Alguien ha vuelto de su luna de miel y otro se queja de que trabaja demasiadas horas.
Hago todo lo posible por escuchar, pero, sinceramente, estoy ensimismada con Plum, que está de pie junto a su padre.
Padre. Reuben parece tan joven y esta niña debe tener cuatro o cinco años. Hago los cálculos.
En todo el camino desde el bosque hasta su casa, nunca mencionó que fuera padre. Pero, por otra parte, no es asunto mío.
—¿Y qué estáis haciendo? Perdón —dice Fig—, creo que no nos habían presentado antes.
—No —digo—, acabo de llegar al pueblo el domingo.
Los ojos de Plum se agrandan. —Eres Rapunzel. Me parecía que te conocía de algún sitio.
Sonrío. —¿Rapunzel?
—Sí —dice—. Te vi cuando estabas en ese autobús tan grande pintado con arcoíris. Pareces una princesa de cuento. —Le brillan los ojos cuando me mira.
—Bueno, gracias —digo—. Pero quizá debería cortarme el pelo.
—No —dice Plum, negando con la cabeza—. Es perfecto, pero ¿qué ha pasado? —Señala la muleta y mi pie envuelto en la venda.
—Hoy me he caído en el bosque y me he torcido el tobillo. Tu padre me ha cuidado muy bien y se ha asegurado de que fuera al médico.
—A papi se le dan bien esas cosas —dice Plum—. Siempre me cuida muy bien.
Fig nos dedica a ambos una sonrisa, mordiéndose el labio inferior como si quisiera decir algo más, pero no lo hace. —Muy bien, Plum. Vamos a por mi café y volvemos a casa a coser ese disfraz. ¿Vale?
—Hasta mañana, papi —dice Plum, despidiéndose con la mano.
Cuando volvemos a estar solos Reuben y yo, hay un momento de silencio. —Bueno, pues ya has conocido a mi hija —dice él.
—Es adorable —digo—. No tenía ni idea de que fueras padre.
Él exhala. —Oye, ¿te apetece tomar otro café?
Me muerdo el labio inferior. Está claro que está evitando el tema.