Capítulo 3
CAPÍTULO TRES
Reuben
Trabajo cuatro jornadas de diez horas en la cuadrilla de construcción que dirige mi hermano Rye, lo que significa que tengo fines de semana de tres días. Es sábado y mi madre se ha llevado a Plum; por lo visto, Fig y ella le van a coser un vestido a Plum esta noche con su ayuda.
Mi hermana pequeña está obsesionada con todo lo relacionado con el diseño de moda. Así que esta no es la primera vez que decide jugar a los disfraces con mi hija.
Con el día libre por delante, recojo la casa.
Lo sé, no es la forma más sexy de pasar el tiempo, pero tengo colada que doblar y platos que fregar.
Y terminar eso sin la niña de cinco años correteando por aquí es más fácil.
Sin embargo, una vez que acabo, miro mi reloj.
Pam. Solo es la una de la tarde, lo que significa que tengo una barbaridad de tiempo ante mí.
Mac y Graham me mandan un mensaje preguntando si quiero ir a cenar a un bar esta noche, pero no lo sé.
Todo ese ambiente no va conmigo. Y supongo que Mac y Graham van a buscar más diversión de la que a mí me interesa tener.
No digo que sean unos mujeriegos, ni mucho menos, pero son tíos a los que les gusta pasárselo bien y siempre están atentos por si encuentran a alguien con quien salir.
Supongo que el amor está realmente en el aire después de que Rye, Bartlett y Lemon pasaran por el altar a principios de este año. De repente, el matrimonio está en la mente de todos, incluso en la de Plum.
Gruñendo, pongo el móvil en silencio y lo meto en mi mochila.
Añado una botella de agua, unas bolsas de frutos secos y echo la llave a la puerta trasera de la pequeña cabaña de armazón en A que construí el verano después de que Beth muriera.
Trago saliva. Los recuerdos son algo real, pero no estoy para regodearme en ellos ahora mismo.
Por aquel entonces yo era otro hombre. Es de locos decirlo, teniendo en cuenta que solo tengo veintitrés años, pero el tiempo sigue su curso.
Fuera, inspiro profundamente. Este es mi lugar feliz.
Los senderos que hay detrás de mi cabaña son la razón por la que me encanta vivir aquí, en Rough Valley.
Esta es la tierra que mi familia levantó, por donde caminaron mis antepasados, y salir por estos senderos significa algo para mí. Lo noto en los huesos, en la sangre.
Paso las siguientes horas perdido en el bosque. No literalmente, sino que me permito deambular por algunos de mis lugares favoritos, parando en un pequeño arroyo para tomar algo y luego siguiendo adelante.
Puede que mis hermanos piensen que soy un poco solitario, pero no es la verdad. Últimamente, o estoy con Plum o doy vueltas en la cama. Porque mi madre no se equivocaba. Cuatro años es mucho tiempo.
Mientras recorro mi parte favorita del sendero, donde se extiende una pradera cubierta de tréboles y flores silvestres en esta época del año, oigo algo.
Una mujer.
—Oh, maldita sea, maldita sea, maldita sea —la voz resuena por el bosque—. Por favor, dime que esto no ha pasado —A las palabras las sigue un largo quejido.
Corro hacia el sonido. Y cuando corono la cima de la colina, la veo: Rapunzel, la mujer que asomaba la cabeza por la caravana que pasó junto a Plum y a mí el fin de semana pasado mientras estábamos en la cafetería.
Se sujeta el tobillo de forma protectora, haciendo muecas de dolor. Sin embargo, cuando me ve, sus ojos se agrandan. —Oh, gracias a Dios que estás aquí —dice.
—¿Estás bien? —pregunto, dándome cuenta al instante de que ha sido una pregunta estúpida.
—Lo estaba —dice ella, negando con la cabeza.
Al acercarme a ella, me doy cuenta de lo guapa que es.
Tiene el pelo largo, por debajo de la cintura, ondulado y dorado bajo la luz del sol.
Lleva un vestido playero de lino vaporoso y unas Birkenstock.
Tiene pulseras de cuero envueltas en la muñeca, y su rostro y su piel solo pueden describirse como radiantes.
Me arrodillo a su lado. —Oye —digo—, ¿te has caído hace un momento?
Ella gime. —Sí. Primero me he perdido, que ya sé que es una estupidez, pero este bosque es bastante grande y me he desorientado por completo. Debería haber traído una brújula o algo así. Y luego me he caído. Duele muchísimo —Vuelve a gemir.
—¿Es un esguince? —pregunto—. ¿O algo peor?
—No hay nada roto.
—¿Te importa? —pregunto, alargando la mano hacia su pie. Ella se apoya hacia atrás sobre las manos, sentada entre las flores silvestres, con el aspecto de acabar de brotar de la tierra, inocente, natural y real de una forma que me deja sin aliento—. Soy Reuben —digo.
—Yo soy Meadow —me dice ella. Sonrío.
—Es muy apropiado —comento, considerando que estamos en la pradera más bonita de Rough Forest.
—¿Conoces este bosque?
Asiento. —Sí. Soy Reuben Rough —le digo—. He vivido aquí siempre.
Ella sonríe. —Qué suerte —Luego hace una mueca—. Oh, vaya, realmente duele.
—Creo que es un esguince. Diría que solo es un esguince, pero viendo cuánto te duele, supongo que no te va a gustar que use esa palabra.
—Si solo es un esguince, me alegro mucho de que no haya nada roto. Porque no creo que pudiera soportarlo.
—¿Tienes el umbral del dolor bajo?
Ella tuerce sus labios rosados. —Nunca me he roto un hueso.
Suelto una risita. —Yo sí. Me he roto el brazo, la pierna y la muñeca. Tengo cuatro hermanos. Va con el cargo.
Ella se ríe. —Eso es divertidísimo. Yo también tengo cuatro hermanos y una hermana.
—Vaya —digo—. Los dos venimos de familias grandes. Yo tengo dos hermanas.
—Bueno, si cuento a mi cuñada, estamos a la par —Ella sonríe, colocándose un mechón de pelo suelto tras la oreja.
Tiene un aire de elfo de lo más mono: nariz respingona, mandíbula fina, cuello largo.
Sus hombros son estrechos. Sin embargo, tiene los dedos cubiertos de callos.
Tiene las uñas cortas. Es raro fijarse en eso, pero no puedo evitar observarla, fijarme en todo.
—¿Qué pasa? —pregunta ella—. Me miras como si fuera algo muy grave.
Niego con la cabeza: —No, no. Es que... creo que te vi la semana pasada.
Ella frunce el ceño. —¿En serio? Creo que me acordaría si nos hubiéramos conocido.
—Estaba en la cafetería del pueblo y vi pasar dos caravanas. Estaban cubiertas con los murales más elaborados que he visto nunca en un vehículo. Y tú tenías la cabeza asomada por la parte de atrás. Tu pelo... —Niego con la cabeza, avergonzado.
—¿Qué? —dice ella.
—Ondeaba al viento. Y pensé que, bueno, te parecías un poco a Rapunzel.
Ella sonríe. —Creo que es lo más bonito que me han dicho nunca.
—Venga ya —digo. Sigo sosteniendo su pie. Ella mira hacia abajo.
—Me siento como Cenicienta, la verdad, como si fueras a intentar ponerme un zapato de cristal en el pie.
Me río entonces, con ganas. —Eso ha estado bien —digo—, pero no llevo ningún zapato de cristal en la mochila. Solo agua y frutos secos. ¿Tienes hambre?
Ella se ríe. —No, no de eso. No sé cómo voy a volver a casa.
—¿Dónde te alojas?
—En el Rough Valley Campground. Creo que está a varios kilómetros de aquí. Sinceramente, estoy perdidísima. Estaba tan absorta en lo bonito que es todo que he perdido la noción del tiempo y de dónde estaba el inicio del sendero.
—Creo que estás a unos seis kilómetros del camping.
—Oh, mierda —dice ella—. Y para rematar, se me ha apagado el móvil.
—Parece que has pasado un buen día desconectada del mundo. Yo mismo estaba vagando por el bosque.
—¿Ah, sí? —dice ella—. Pues ojalá me hubieras encontrado antes de que tropezara y me cayera, porque ahora no sé cómo me voy a ir.
—Veamos si puedes ponerte de pie —digo. Me sacudo los pantalones y me sitúo frente a ella, tendiéndole la mano. Sin embargo, en cuanto intenta levantarse, hace una mueca de dolor inmediata.
—Oh, mierda —dice ella—. No creo que pueda hacerlo —Las lágrimas le escuecen en los ojos para luego rodar por sus mejillas.
—Oye —digo, secándoselas—. No pasa nada —ahora está saltando sobre un pie—. ¿Por qué no te ayudo a volver?
—¿De verdad? —dice ella.
—Sí —asiento—. Mi casa no está lejos. Podemos atajar por aquí y es poco menos de un kilómetro y medio. Luego puedo llevarte en coche al camping. ¿Qué te parece?
—Me parece que tengo mucha suerte de haberte encontrado. Puede que hubiera tenido que volver a casa rodando.
Me río. —¿Crees que podrías rodar seis kilómetros?
—No lo sé, ¿pero qué otra cosa habría hecho? —pregunta ella, riendo—. Me daría miedo estar aquí sola por la noche. He oído que hay pumas.
—Y osos también —le digo.
Sus ojos se abren de par en par. —¿En serio?
—Sí —digo—. Supongo que no eres de por aquí.
Ella niega con la cabeza. —No. Mi familia y yo estamos en una banda itinerante y empezamos en Arizona. Así que soy del desierto, no de este paraíso verde y frondoso. He encontrado un arroyo con helechos que me llegan hasta las caderas. Es como si estuviéramos en un paraíso prehistórico.
Suelto una risita. —Sí, lo entiendo. El musgo es tan espeso como una manta en algunas partes. Los cedros se extienden tanto y sus raíces son tan grandes que nada los moverá.
—Eso me gusta —dice ella—. Es sólido.
—Cierto. Aguantará el paso del tiempo.
Nuestras miradas se cruzan entonces. Hay algo real, auténtico y verdadero que me atraviesa el corazón. Trago saliva, preguntándome por qué demonios me estoy perdiendo en estas ideas. —Ten —digo—. Deja que te coja en brazos y te lleve. De lo contrario, me temo que volverás a tropezar con ese pie.
Se estremece ligeramente cuando la agarro por debajo de los brazos y la levanto, cargándola con su cuerpo pegado a mi pecho.
Es ligera y fácil de llevar. Ahora, sin embargo, su cara está muy cerca de la mía.
Me mira, riendo nerviosa. —Vale, esto se ha vuelto algo serio muy rápido —dice ella, reconociendo la situación.
—No intento que te sientas incómoda —le digo.
—No estoy incómoda —dice ella, asegurándomelo mientras empiezo a caminar por el atajo del sendero hacia mi casa.
—Yo tampoco estoy incómodo —le digo—. De hecho...
—¿Qué? —pregunta ella.
—Siento que debía encontrarte hoy en este bosque, en esa pradera.
Ella sonríe, relajándose en mis brazos mientras camino con cuidado por el bosque que conozco como la palma de mi mano.
Lo último que quiero es tropezar con otra raíz o rama caída y que los dos salgamos volando.
Llevo una carga preciosa ahora mismo. —Así que —dice ella—, vives en el bosque.
¿Y qué haces aquí? ¿Simplemente das paseos todos los días?
—No —digo—, trabajo en la construcción. Construyo cosas: casas, graneros. Trabajo en una cuadrilla con mi padre. Casi toda la familia trabaja allí, excepto mi hermano Graham. Él es policía. Así que supongo que nos parecemos aún más. Los dos trabajamos con nuestras familias.
—Sí, supongo que sí.
—¿Te gusta trabajar con ellos? —le pregunto.
—Casi siempre —dice ella—. Me comprometí a viajar con ellos un año más. Sin embargo, a veces me canso de ir de un lado a otro.
—¿Tocáis en el pueblo? —le pregunto—. ¿Estáis aquí para dar un concierto en Home? Porque no he oído nada ni he visto carteles por ninguna parte.
—No —dice ella—. En realidad, mi padre nos propuso el trato de tomarnos una semana de vacaciones.
Y de algún modo encontró este camping, que sinceramente es increíble.
Pero en cuanto llegamos, mi madre ya estaba hablando de ensayar algunas canciones nuevas y yo le dije que ni hablar, que me iba a tomar una semana libre para mí. ¿Tú tienes algún descanso alguna vez?
Suelto una risita. —Sí, tengo tres días libres a la semana, además de mi propia cabaña. Pero no parece que tú tengas mucho descanso. Sigues de vacaciones con la gente con la que trabajas.
—Es verdad —dice ella—, y quizás eso sea parte del problema. Me fastidia decirlo, pero me estoy agobiando un poco. Toda la vida hemos vivido y trabajado juntos, pero ahora simplemente...
Nos acercamos a mi cabaña. Ella aún no puede verla, pero en mi interior tengo el pálpito de cómo va a terminar la frase.
—Simplemente quiero establecerme en algún sitio —dice Meadow—. Quiero volver a casa.