Capítulo 7
Sloane
Después de escribir una carta de renuncia escueta que básicamente dice «vete a la mierda» y enviársela por correo electrónico a Jerry, me subo al coche y conduzco hasta el lugar, eufórica y emocionada, mucho mejor de lo que me sentí cuando acepté mi aumento y rechacé este trabajo en un principio.
Cuando llego, Jacob está fuera, esperándome.
Con un apretón de manos firme, me da la bienvenida formal a la empresa, y miro el hermoso edificio. —Vaya, sin duda elegiste uno bueno.
—Jessie, nuestro agente inmobiliario, se ha forrado con Terence y conmigo, y está a punto de ganar aún más, ya que ahora yo también estoy buscando un sitio.
—Mi hermana Ellie también —añado.
—¿Su agente inmobiliario también se llama Jessie? —pregunta, pero creo que está bromeando, porque lo dice con una risita.
—No —digo con una risita nasal.
Abre la puerta principal y me hace un gesto para que entre. —¿Por qué no entramos a echar un vistazo?
—Me parece bien.
Entramos y enseguida notamos el eco y el ruido de gente en la parte de atrás.
—Tenemos todos los muebles y equipos pedidos, como te mencioné —explica—.
Como siempre tenemos un plan de expansión en marcha, la empresa que diseña nuestros muebles personalizados tiene nuestros artículos con el logo en stock, así que es solo cuestión de envío.
—¿Y cuál es la fecha prevista para la apertura?
—Probablemente una semana, quizá menos —responde mientras caminamos por las oficinas vacías—.
Tardarán un día en instalar y otro para configurar ordenadores, teléfonos y el cableado de red, cosas así, pero no llevará mucho tiempo.
Tenemos portátiles de repuesto que ya están conectados a nuestro servidor, así que el trabajo en remoto puede empezar en cualquier momento —hace una pausa—. ¿Qué despacho quieres?
Mi voz suena inexpresiva. —Hablas en serio.
—Claro que hablo en serio —asiente con énfasis.
—¿Cómo es que puedo elegir yo?
—Bueno, ¿por qué no? —pregunta retóricamente—. Un despacho es un despacho. Terence y yo apenas estamos en los nuestros, de todos modos. Usaremos la sala de juntas para casi todo.
—¿Y el resto del personal? ¿No crees que les gustaría opinar?
—Si tú lo dices, pero francamente, ya es mucho tener un despacho.
—Me valdría cualquiera. Todos están bien. Todos tienen ventana.
—Bueno, este va a ser el mío, creo. Terence se quedará con el de al lado. ¿Qué tal si tú te quedas con el del otro lado, para que estemos todos juntos?
—Me parece bien —me encojo de hombros. Oímos gente que se acerca a la zona de despachos, y Jacob me hace un gesto con la cabeza para que lo siga.
Después de un montón de presentaciones con personas con las que trabajaré, tanto en esta planta como en la sede de Luisiana, Jacob me lleva a la parte de atrás, donde tiene una pila de bolsas para portátiles.
—Toma —dice, y me entrega una—. Está todo configurado.
Las contraseñas están apuntadas en el teclado.
Puedes familiarizarte a tu ritmo y llamarme en cualquier momento si tienes preguntas.
Te enviaré un contrato por correo mañana, a tu dirección personal, y para entonces también te habré creado una de empresa.
—Esto es genial —digo impresionada.
—¿Tienes alguna pregunta?
—Solo... ¿por dónde quieres que empiece?
Me explica una versión resumida de la nueva línea de productos, la que inició Kobie, su nueva cuñada, y hacia dónde planean ir a partir de ahí.
Mi trabajo es ayudar a lanzar la línea: preparar la publicidad, las listas de tareas, las proyecciones, etc.
—¿Crees que puedes encargarte de eso? Terence y yo estaremos contigo en cada paso, mientras nos preparamos para la parte de ventas.
—Por supuesto. Esto pinta muy divertido. Mucho más que lidiar con productos farmacéuticos.
—Estoy de acuerdo —sonríe—. Y hacemos comidas todos los viernes. Para mantener alta la moral, y cada vez que alcanzamos un hito en ventas, salimos a cenar.
—Vaya. Eso es mucho más de lo que he tenido nunca.
—Es importante mantener vínculos fuertes con el personal —explica Jacob—. Queremos que todos se sientan parte de la familia, y así es como creemos que hemos mantenido una rotación tan baja. Eso, y que pagamos bien a nuestros empleados.
—Ya lo creo —digo con sorna.
Me mira, después de marcar con un lápiz un punto en la pared que hay que arreglar. —¿Te importa si te pregunto cuánto te ofrecieron para que te quedaras?
Se lo digo sin dudar. Es más de lo que él me ofreció. No mucho más, pero más, al fin y al cabo.
—Te igualaremos el sueldo —dice, y me quedo de piedra.
—No tienes que hacer eso.
Sigue mirándome fijamente. —Sí, tenemos que hacerlo —dice con firmeza—. Acabo de decirte que creemos que la moral se mantiene alta y la gente se queda cuando se les paga bien, ¿verdad?
—B... bueno, sí, pero...
—Pero nada. Tú eres la persona que yo quería para este trabajo. Y ahora estás aquí para aceptarlo. Te mereces lo que esta otra... empresa... —se interrumpe, como si le dejara mal sabor de boca el hecho de que me hayan jodido— te ofreció para quedarte. Así que eso es lo que vas a cobrar.
—Gracias, Jacob —digo con profunda sinceridad—. No te defraudaré.
—Muy pocas personas lo han hecho, Sloane.
***
Con un contrato firmado y una amplia sonrisa en el rostro, me dirijo a casa de Terence y Kobie para reunirme con Terence y Jacob, ya que los muebles de oficina llegan hoy y es mejor que no estorbemos.
Empezamos con buen pie, repasando algunas notas y planes, y me sorprende gratamente lo bien que nos llevamos y conectamos desde el principio.
Es una compenetración instantánea que nunca había experimentado.
Kobie es un encanto. Está trajinando en la cocina, preparando algo para el almuerzo, supongo, cuando noto que Jacob no deja de rascarse un punto en el costado.
Terence y yo intercambiamos una mirada.
—¿Estás bien, hermano? —pregunta Terence.
—No lo sé, tío. Algo me pica. Los antiguos propietarios no tenían mascotas, ¿verdad?
—Pero si no eres alérgico, colega —añade Terence.
—No, me refiero a... pulgas o algo así.
—Limpié esta casa de arriba abajo —afirma Kobie—. Ni un pelo de perro o gato a la vista. Y nada que indicara roedores tampoco.
Jacob se rasca de nuevo, y noto un pequeño punto rojo en su cara.
—¿Por qué no echas un vistazo a donde te pica, Jacob? —sugiero.
Se saca el polo de los pantalones de vestir y se lo levanta.
—Joder, Jacob —digo, mirando los puntos rojos por todo su abdomen—. Tienes varicela.
Me mira como si acabara de decirle que tiene un ombligo de repuesto.
—Venga ya.
Terence mira a Kobie.
—Kobie, cariño, ¿has pasado la varicela?
Ella levanta la vista de la olla de fideos hirviendo y niega con la cabeza.
Terence vuelve a mirarnos a Jacob y a mí.
—¿Estás segura? Porque ¿no es la varicela muy peligrosa para las embarazadas?
Miro a Kobie.
—Oh, vaya, cariño, ¿estás esperando?
—Sí —responde ella, con una ligera sonrisa, pero la preocupación se le nota en los ojos.
—¿Estás segura de que es varicela? —pregunta Terence, examinando a su hermano—. Pensaba que los dos la habíamos pasado de niños.
—Tú la pasaste, pero yo no —confirma Jacob.
—Yo también la pasé —añado—. Mi hermana y yo la pillamos a la vez cuando estaba en segundo de primaria.
—Yo la pasé cuando tenía siete años también —añade Terence—. Lo recuerdo porque mamá me embadurnó con esa maldita cosa blanca. Aunque creo que a Jacob lo mandaron a otro sitio. No recuerdo dónde.
—Me quedé con los abuelos. Mamá no quería ni oír hablar de que la pilláramos los dos.
—¿No estabas ya allí? Si no recuerdo mal —añade Terence.
Jacob levanta un dedo.
—Ah, sí, creo que sí. Y entonces mamá llamó y dijo que tenía que quedarme otra semana.
—¿Podemos centrarnos aquí? —se ríe Kobie nerviosamente—. Si la tiene, entonces tenemos que hacer algo para que yo no la pille.
—Claro, cariño —dice Jacob, bajándose la camiseta—. Me iré a un hotel.
—¿Y cómo vas a arreglártelas, Jacob? Tienes varicela. Te vas a sentir fatal, con fiebre, cubierto de manchas que pican y que necesitan cuidados. No puedes quedarte en un hotel —argumento.
—Bueno, ¿qué sugieres? —casi ladra, pero de buen humor, y me encanta que actúe como si no fuésemos compañeros de trabajo, sino como si nos conociéramos de toda la vida. Parece que es así con todo el mundo, y me gusta.
—Puedo ir a verte al hotel, Jacob —ofrece Terence, mientras Kobie sale de la habitación, lanzándole a Jacob una mirada de disculpa. Él simplemente le guiña un ojo, y se me derrite el corazón.
—No te lo aconsejaría, Terence. Podrías traerle el virus a Kobie.
—Mierda, tienes razón —dice Jacob.
—Tengo una casa grande. Puedes quedarte conmigo si te parece bien —ofrezco—. Si no te importa mi hermana cascarrabias.
Jacob me sonríe.
—¿Por qué es cascarrabias?
Hago una mueca burlona.
—Divorcio.
Jacob pone los ojos en blanco.
—Vaya, qué alegría.
—No es para tanto. Solo está un poco borde, pero sé cómo manejarla.
—¿Crees que le importará que un tío con varicela se quede en tu casa? —pregunta Jacob con una risa algo avergonzada—. Mierda, esperaba tener mi propia casa a estas alturas. Parece que tendrá que esperar.
—Es mi casa, Jacob. Ella no tiene ni voz ni voto. Te lo decía más por tu bien.
—¿Y a ti no te importa? O sea, ¿no es un poco raro? Acabo de contratarte y ahora voy a vivir contigo, ¡por Dios!
Ahí está otra vez esa risa nerviosa.
—Es para mantener a salvo a tu cuñada, Jacob. ¿Qué es más importante?
—Mejor no se lo cuentes a los del pueblo —bromea Terence—. Pensarán que esto es mucho mejor que mi pequeño escándalo.
Jacob le lanza una mirada.
—Que prometimos no mencionar jamás.
Levanto una mano.
—Está bien, chicos. Bueno, Jacob, ¿dónde están tus cosas? Terence y yo iremos a buscarlas. Tú ve a esperar en el coche.
—Terence sabe —dice Jacob señalando con la barbilla—. Asegúrate de desinfectar este sitio, hermano. Y échale gasolina y una cerilla encendida a mi habitación.