25. Capítulo Veinticinco
Capítulo Veinticinco
Mia
M iro fijamente la caja azul que hay sobre la mesa. Una caja de un anillo. Una auténtica caja de Tiffany and Co.
Iba a pedirme matrimonio esta noche. En el mirador. Con los farolillos, el champán y la puesta de sol.
Y lo he fastidiado todo por contestar al teléfono.
—Estúpida —susurro a la habitación vacía—. Tan estúpida.
Intento ignorar la caja y, en su lugar, extiendo los contratos sobre la mesa de centro. Todavía me tiemblan las manos mientras reviso la pila interminable de papeles. El membrete de Walker & Associates me devuelve la mirada.
Directora ejecutiva. Cinco sedes. Salario duplicado. Paquete de beneficios.
Sobre el papel parece impresionante. El tipo de avance profesional con el que la gente sueña.
Pero el lenguaje es tan frío. Tan formal.
No dice nada de los animales, solo cifras, proyecciones y plazos de expansión. Nada sobre la esencia de lo que hago… sobre lo que hace que Tails & Paws sea especial.
¿Crees que elegiría el trabajo por encima de ti?
La pregunta que le había espetado resuena en mi mente, seguida inmediatamente por su devastadora respuesta:
Creo que lo estás considerando.
¿Y la peor parte? No se equivocaba. Por un breve y brillante momento, me había dejado seducir por la promesa de un mayor impacto, un mayor alcance, más recursos. Me había permitido imaginar una vida más allá de Iron Ridge, más allá del refugio de pueblo que había construido con mis propias manos.
Más allá del hombre que volvió a por mí.
Extiendo la mano hacia la caja del anillo, pero me detengo justo antes de tocarla. Deseo con todas mis fuerzas ver lo que hay dentro, pero abrirla me parece una violación. Como si estuviera robando un momento que debería haber sido perfecto. Que Ryder había planeado claramente que fuera perfecto.
Mis ojos se desvían hacia la ventana, desde donde puedo ver nuestro roble y el columpio meciéndose suavemente con la brisa del atardecer.
El columpio que le pedí a Bear que me ayudara a colgar porque quería que Ryder tuviera algo más que una vista de nuestro pasado.
Quería que tuviéramos un lugar donde construir nuestro futuro.
Echo un vistazo a la puerta por la que Ryder salió furioso hace unos instantes y, de repente, recuerdo la noche del evento benéfico.
La forma en que me lanzó un beso desde el centro de la pista de hielo. La forma en que señaló el total de la recaudación de fondos en la pantalla gigante, con el orgullo y el amor irradiando de él como una fuerza física.
Esta gente no quiere ampliar mi refugio. Quieren sustituirlo por su marca, su visión, su estructura para ganar dinero.
Me mantendrían como la cara visible, claro. La chica de pueblo con la historia conmovedora que sirve para tener buena publicidad.
Pero el alma de lo que he construido… eso desaparecería.
Luché con todas mis fuerzas para no volver a enamorarme de él. Mantuve mis barreras levantadas, convencida de que se marcharía otra vez en cuanto surgiera algo mejor.
Pero nunca lo hizo. Al contrario, estuvo ahí. Cada día.
Cuando el refugio se caía a pedazos, él estaba allí con un martillo y determinación.
Cuando necesitábamos dinero, organizó una recaudación de fondos que lo cambió todo.
Cuando necesité que alguien me abrazara durante la noche mientras me ahogaba entre cachorros abandonados, él estaba allí. Sólido, real y mío.
Me eligió a mí. Una y otra vez.
¿Y qué hice yo? Sostuve esos contratos como si fueran más importantes que la vida que hemos estado creando juntos.
Ryder no solo apoya mis sueños. Los amplifica. Coge lo que me importa y lo hace más grande, mejor, más bonito.
Y lo hace sin cambiar nunca lo que lo hacía especial en primer lugar.
Eso es lo que significa ser una pareja de verdad.
Tengo que encontrarlo.
Cojo la caja del anillo, con cuidado de no abrirla, y la meto en el bolso. Solo hay un lugar al que Ryder iría cuando está dolido, cuando necesita sentirse seguro. El mismo lugar al que solía retirarse cuando éramos adolescentes y el peso de las expectativas se sentía demasiado pesado de soportar.
Sé exactamente dónde está.
Conduzco por Iron Ridge con lágrimas nublándome la vista, las farolas difuminándose en vetas doradas contra el cielo nocturno. Agarro el volante con tanta fuerza que mis nudillos se vuelven blancos.
Hace ocho años, hice esta misma ruta después de que Ryder me dijera que se iba a la NHL. Aquella noche, estaba desconsolada, segura de que lo había perdido para siempre.
Esta noche es diferente. Esta noche, estoy luchando por nosotros, no solo dejando que se vaya.
Cuando llego a la casa de los Scott, la luz del porche brilla cálidamente en la oscuridad. La camioneta de Ryder está en el camino de entrada, confirmando que mi instinto no me ha fallado.
Está aquí, en el lugar donde siempre se sintió más seguro.
Me quedo un momento sentada en el coche, reuniendo valor. El camino hasta la puerta principal parece cruzar un umbral entre mi antigua vida y lo que sea que venga después. Llamo suavemente y, en cuestión de segundos, Carol abre la puerta.
Echa un vistazo a mi cara y su expresión se suaviza con comprensión.
—Está arriba, cariño. En su antigua habitación —dice, haciéndose a un lado para dejarme entrar.
La casa huele como siempre. A canela y a ropa recién lavada, el aroma de un verdadero hogar.
Fotos familiares bordean el pasillo, relatando el viaje de Ryder desde niño desdentado hasta estrella del hockey.
Veo varias fotos de nosotros juntos —la noche del baile de fin de curso, la graduación, su decimoctavo cumpleaños—, conservadas como si Carol siempre hubiera sabido que nos reencontraríamos.
—Estaba tan emocionado, ¿sabes? —dice Carol en voz baja cuando llego al pie de la escalera—. Por lo de esta noche. Por pedírtelo.
La culpabilidad me atraviesa. —No lo sabía. No me he dado cuenta hasta que ha sido demasiado tarde.
Ella estudia mi rostro por un momento y luego me aprieta la mano. —No es demasiado tarde, Mia. Nunca es demasiado tarde. No si todavía quieres esto.
—Lo quiero —susurro—. Más que nada en el mundo.
—Entonces, ve a por él, querida. —Me da un suave empujón—. Te necesita.
Cada escalón me trae un recuerdo. Subir estas escaleras a escondidas después del toque de queda. Pasar de puntillas por delante de la habitación de sus padres, conteniendo la risa. Las innumerables noches que trepé por la ventana de su dormitorio porque no soportaba estar separada de él.
He recorrido estos pasillos mil veces, tanto de adolescente como en los meses transcurridos desde que Ryder y yo nos reencontramos.
Llego al rellano y me detengo, con el corazón martilleándome en las costillas.
La puerta del dormitorio de la infancia de Ryder está entornada, una rendija de luz se cuela en el pasillo. A través de la estrecha abertura, lo veo sentado en el borde de su cama, con la cabeza entre las manos.
Puedo ver sus trofeos de hockey todavía en las estanterías.
Los mismos pósteres descoloridos pegados a las paredes.
La cama individual donde nos susurramos por primera vez «Te quiero» a los dieciséis años.
Donde trazamos nuestros futuros en las últimas noches de verano, nuestros cuerpos enredados, con sueños más grandes que el pequeño pueblo tras su ventana.
Había olvidado cuánta de nuestra historia vivía en esta habitación.
Ryder levanta la vista y veo la desolación en su rostro. Tiene los ojos enrojecidos y los hombros caídos por la derrota.
Verlo así rompe algo dentro de mí. Todo el miedo, toda la duda, todos los años de protegerme para no volver a amarlo.
Sigue siendo el chico que talló nuestras iniciales en ese roble. Sigue siendo el hombre que volvió a por mí. Sigue siendo la única persona que alguna vez me ha visto, me ha visto y ha amado cada parte complicada, terca y apasionada de mí.
Abro la puerta del todo y me mira como si fuera una aparición.
—Joder. Sabía que me encontrarías aquí —dice Ryder, con la voz ronca por la emoción.
Doy un paso vacilante hacia adelante.
—Era aquí o en el estadio —digo, intentando sonar desenfadada, pero fracasando estrepitosamente—. Esto parecía más probable.
Levanta su mirada hacia la mía y el dolor en sus ojos casi me rompe. —Mia, siento haberme enfadado…
—No. —Cruzo la habitación rápidamente, cayendo de rodillas frente a él para que estemos cara a cara—. No te atrevas a disculparte. Después de todo lo que has hecho por ese lugar, por el refugio, por mí … Ni siquiera debería haberlo considerado.
Saco la caja de Tiffany del bolso y la sostengo entre nosotros como una ofrenda.
—Y no lo estoy considerando, Ryder. No voy a aceptar su oferta.
—Mia…
—Puedo intentar salvar a todos los animales del mundo, Ryder, pero ¿qué importaría si pierdo a la única persona que hace que todo valga la pena? —Se me quiebra la voz, pero sigo adelante—. Tenías razón. En todo. Sobre ellos, sobre nosotros, sobre lo que realmente importa.
Me mira fijamente, la esperanza luchando contra la cautela en sus ojos.
—La cuestión es, Ryder Scott, que he pasado ocho años pensando que tenía que hacerlo todo sola. Que depender de alguien significaba prepararme para que me abandonaran.
Me tiemblan las manos al levantar la caja.
Los ojos de Ryder se abren cómicamente. —¿Qué haces?
—No estoy segura de cómo se supone que funciona esto, pero… —Extiendo la caja del anillo, todavía cerrada—. Creo que se supone que tengo que estar de rodillas para esta parte.
Una lenta sonrisa aparece en su rostro, y de repente se desliza para arrodillarse frente a mí, reflejando mi torpe posición sobre una rodilla.
—¿En serio, Harper? ¿Me estás robando la pedida?
—Estoy improvisando —replico, conteniendo las lágrimas—. Porque necesito que sepas que te elijo a ti. Nos elijo a nosotros. Elijo la vida que estamos construyendo juntos en Iron Ridge.
Toma la caja del anillo de mis manos, su sonrisa se hace más grande. —¿Así que me estás pidiendo matrimonio… con el anillo que compré para ti?
—Como he dicho, estoy improvisando.
Ryder se ríe, el sonido disipando la tensión de las últimas horas. —Bueno, en ese caso…
Abre la caja, revelando el anillo más bonito que he visto en mi vida.
—¡Oh, Dios mío! ¡ Ryder !
Me quedo sin aliento al ver el anillo: un impresionante diamante solitario que brilla desde todos los ángulos. Es el tipo de anillo que hace que tu corazón se pare y tus dedos hormigueen incluso antes de tocarlo.
El tipo de anillo que aparece en esos vídeos virales de pedidas de mano que te hacen llorar a moco tendido a las dos de la madrugada mientras comes helado directamente de la tarrina.
Nos quedamos arrodillados, cara a cara, ambos sobre una rodilla, y de alguna manera, es perfecto.
—¿Quieres casarte conmigo? —susurro.
En el mismo instante, él dice: —Cásate conmigo, Mia.
Nuestras palabras chocan en el espacio que nos separa y ambos rompemos a reír, de esa risa que está teñida de alivio, alegría y mil otras emociones que ni siquiera puedo nombrar.
—¿Eso es un sí? —pregunta él, con los ojos brillantes.
—Solo si tú también dices que sí —replico, obstinada.
Ryder me desliza el anillo en el dedo y encaja a la perfección, como si siempre hubiera estado destinado a estar ahí. —La peor. Pedida. De la historia.
Me atrae hacia sus brazos, ambos todavía arrodillados en la alfombra de su dormitorio de la infancia, rodeados de pósteres de hockey, trofeos y todos los recuerdos de dónde empezamos.
—De ninguna manera. La mejor pedida de la historia.
Me apoyo en las rodillas y Ryder me besa profundamente. Sus manos acunan mi cara como si fuera algo precioso, algo insustituible.
Cada emoción que hemos sentido el uno por el otro se vierte en este beso. Una liberación de todas las mariposas adolescentes, los años de anhelo, el dolor, la curación, la certeza.
Nuestras lenguas se encuentran y siento como si nuestros corazones estuvieran por fin, verdaderamente, unidos.
—Así que… prometida —dice, probando la palabra—. ¿Significa esto que estoy perdonado por haberme marchado?
—Por marcharte otra vez —lo corrijo, tratando de sonar severa a pesar de la felicidad eufórica que me burbujea por dentro—. Pero sí, estás perdonado. Solo si a mí se me perdona por casi arruinar el momento más romántico de nuestras vidas.
—Trato hecho. —Sus labios encuentran los míos en otro beso—. Te quiero, Mia Harper.
—Yo también te quiero, Ryder Scott.
Nos dejamos caer sobre su diminuta cama individual, riendo mientras luchamos por acomodar nuestros cuerpos de adultos en el colchón donde descubrimos por primera vez lo que era el amor.
Es estrecho e incómodo y absolutamente perfecto.
Igual que nosotros.